miércoles, 22 de febrero de 2012

A vueltas con San Eleuterio. Caldo de cabeza.

Aprovecho que estos días no me ofrecen ningún santo del que me apetezca más hablar para continuar divagando sobre los de los días pasados.
El punto culminante de la vida de San Eleuterio de Tournai (ver la entrada Los herejes en Tournai) es el regreso de su viaje a Roma, cargado de reliquias, que le aseguran el triunfo sobre la herejía arriana o unitaria.
Triunfo colectivo, no individual: porque la confusión de los herejes desencadena la conspiración que acabará con la vida del obispo.
La ceremonia de presentación al pueblo de las nuevas reliquias tuvo lugar en un monte llamado "del tesoro escondido" y también de San Andrés. En el Monte de San Andrés, cerca de Tournai, en el pueblo de Chercq, hubo una cartuja.
En tiempos modernos sigue existiendo en las proximidades de Tournai otro monte sagrado, hoy llamado monte Saint-Aubert por un obispo medieval que se retiró allí a hacer vida eremítica, pero que antiguamente se llamó Mont de Minerve (Minerva es la designación romana que a menudo oculta a una diosa gala identificable con la Brigit irlandesa, dice el celtista Sterckx) 
Diosa guerrera gala del museo de Rennes. S. II a. C.


y también Mont de la Trinité (nombre significativo puesto que era precisamente la Trinidad lo que defendía San Eleuterio frente a los herejes).
En este monte se celebra todavía una romería los lunes de pascua.
El antiguo monte de Minerva (Tournai)
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/eb/Mont-Saint-Aubert_-_view.jpg?uselang=fr leyenda
El folclorista Von Reisenberg-Düringsfeld (en sus Traditions et légendes de la Belgique) señala que el monte también se llamó Buillemont o Monte Sonoro.
Esta colina sagrada, que habla o canta, con sus tesoros ocultos y la divinidad que en ella habita no deja de recordarnos a los síd irlandeses, las colinas bajo las cuales vivían los dioses con sus grandes riquezas de todas clases. 
Dos montes sagrados, pues, flanquean Tournai: uno, Saint André, al Norte y el otro, Saint-Aubert, al Sureste, junto al Escalda. El nombre mismo de la ciudad, Turnacum, parece referirse a una altura o elevación del terreno.
Parte del éxito de las reliquias de San Eleuterio se debió sin duda a su procedencia romana. En aquellos tiempos iniciales del cristianismo en Europa occidental, Roma era un espacio mucho más cargado de sacralidad de lo que es hoy, incluso para los creyentes católicos. En Irlandés, por ejemplo, róimh, "Roma", significaba "cementerio": terreno santo. 
Bernard Sergent, especialista en la mitología griega, ha estudiado las relaciones entre ésta y la de los celtas y se ha fijado en las leyendas hagiográficas que prolongan  en la época medieval los mitos de los dioses galos. San Gangulfo, San Crispín y San Crispiniano heredan, según él, numerosos rasgos del importante dios céltico Lugu, equivalente del helénico Apolo.
Pues bien, también San Eleuterio reúne numerosos rasgos lugo-apolíneos.
Para empezar, se trata de un personaje relacionado, acabamos de verlo, con las alturas y sitios elevados.
Como Lug y Apolo, destaca por su juventud. Desde su niñez es versado en las letras divinas y se entrega al culto. Se le eleva en una edad excepcionalmente temprana a la dignidad episcopal.
Como ellos es un sanador. Especialmente significativa es su eficaz actuación contra la epidemia que asolaba Tournai. Sabido es que Apolo era considerado el responsable de las epidemias, con sus flechazos certeros, y se le invocaba para que les diese fin (el arma de Lugu, en cambio, era la lanza arrojadiza). 
Apolo enviando una epidemia sobre los griegos, por Stanislaw Wysplansky.
Especialmente apolínea entre las curaciones de San Eleuterio es la de la hija del tribuno, cuyo mal más que enfermedad era frenesí dionisíaco. Resucitada y sanada, la muchacha opta por mantenerse virgen como Artemisa o Minerva.
Recordemos que el antecesor de San Eleuterio en la cátedra episcopal murió repentinamente por un "flechazo o lanzazo divino".
Apolo y Lugu son fundadores de colonias y ciudades, como aquí lo es San Eleuterio, fundador de Blandinium, a la que da nombre por Blanda, su madre. Tanto Apolo como Lugu toman posesión de sus ciudades tras la muerte o expulsión de sus predecesores, como Pitón en Delfos (Teodoro en la leyenda de San Eleuterio).  
También son edificadores de murallas y edificios, como San Eleuterio lo es de la catedral de Tournai, a él dedicada.
Apolo y Lugu son dioses viajeros, dueños de los caminos de la tierra y el mar, y así también lo es San Eleuterio, dos veces peregrino a Roma, de donde trae las reliquias que le aseguran el dominio de Tournai y la derrota de los herejes.
Son dioses luminosos de aspecto deslumbrante. La claridad aparece repetidamente en la leyenda de San Eleuterio: en torno a las reliquias, en la muerte del santo, en el momento del excepcional perdón del rey Clodoveo.
En este episodio aparece San Eleuterio como intermediario o negociador, una de las funciones que el mito atribuye tanto a Apolo como a Lugu: intermediario entre unos dioses y otros, entre los dioses y los mortales.
Con su condición de negociador y con la de amo de los caminos tiene que ver la de guardián de las puertas (Thuraios en griego). Conocido es el episodio en que Lugu vence al portero de los Tuatha Dé Danann en un debate en el que va alardeando sucesivamente de todas sus habilidades técnicas. Lugu y Apolo son los grandes abridores de puertas, desveladores de lo oculto, y aquí San Eleuterio es el que sale libre de la prisión (aunque en este episodio de su leyenda pesará sin duda el recuerdo de la liberación de San Pedro de su cárcel por el ángel). Como liberador o desatador actúa (post mortem) San Eleuterio en la desatadura del clérigo Ferreolo. Y por supuesto abre las puertas del Otro Mundo, permitiendo la resurrección de difuntos o apareciéndose él mismo en una visión para disponer el emplazamiento de su tumba.
Ni Apolo ni Lugu tuvieron suerte con sus mujeres. Lug -Lleu- fue engañado y muerto por la suya en la leyenda galesa, Apolo lo fue por Coronis 
Adam Elsheimer, Apolo y Coronis.


y causó la muerte (o transformación en laurel) de Dafne. Lugh, en Irlanda, casó con Nás, de la que sabemos que cometió una locura (pero no cuál) y murió de resultas.
Por su condición de sacerdote, poco comparable es aquí Eusebio. Sin embargo, también como Nás la hija del tribuno enloqueció (de amor a Eusebio) y murió de ello a causa de su rechazo. Y Santa Tecla de Roubaix también murió por cumplir las órdenes del santo.
En lo que no se encuentra comparación de Lugu-Apolo con San Eusebio es en su relación con los animales. Cuervos, cisnes, caballos, delfines... nada. Como corresponde a un santo tan urbano (a pesar de su época) el mundo rural y la Naturaleza están ausentes de la vida de San Eusebio. 
Para un animal, salvaje o doméstico, que encontramos, se trata de un inverosímil león...
Probablemente serán casualidades todas estas coincidencias. También puede que no lo sean. En todo caso, siempre es entretenido el juego de las parejas.

martes, 21 de febrero de 2012

Los herejes en Tournai

La vida de San Eleuterio se ve inaugurada y concluida por sendas intervenciones de San Medardo, el santo sonriente. 
Ambos santos vivieron en el reino de los Francos y en la ciudad de Tournai (Tornacum), en el actual Henao (Bélgica). Pero, como se ve por sus nombres, San Medardo era de la nación franca mientras que San Eleuterio era galorromano.
Siendo niño San Eleuterio, San Medardo profetizó su santidad y a su muerte se encargó de rendirle honras fúnebres.
Los padres de San Eleuterio eran cristianos y se llamaban Sereno y Blanda. Blanda, Blandina, eran nombres más frecuentes en Galia que en otras partes. Se ha pensado que porque existía un adjetivo galo homónimo del latino y de sentido parecido: "tierno, mimoso".
Es muy poco lo que se sabe de la situación política en aquellos tiempos en esa frontera del Imperio Romano.
En las Vidas de San Medardo que se recogen en las Acta sanctorum se ve que la administración imperial continúa en funcionamiento, a la vez que se habla de los reyes francos.
En realidad, los reyes francos lo eran para sos propios súbditos, pero para el Imperio Romano eran medio aliados medio funcionarios a su servicio. Unos funcionarios a menudo díscolos. El rey franco Childerico I, por ejemplo, que fue enterrado con insignias y traje militares del Imperio, mantuvo, sin embargo, una larga guerra contra Roma.


Childerico I. Su efigie en el anillo hallado en su sepulcro.


Gregorio de Tours en la Historia Francorum (II, XII) cuenta que Childerico era un juerguista ("nimia in luxuria dissolutus"), y que se dedicaba a seducir a todas las jóvenes que se le pusieran por delante, por lo que los francos se conjuraron para matarlo, lo que hubieran puesto por obra si no llega a escapar. Entonces asumió la autoridad en la región Egidio, el general romano al mando de ella, y no la devolvió hasta que, apaciguados los ánimos, Childerico pudo regresar al trono.
Durante esos ocho años de administración militar romana, del 451 al 459, nació San Eleuterio (la fecha que se señala es 456).
Al cabo de ese tiempo Childerico, que había estado refugiado en Turingia, volvió trayéndose consigo a la mujer del rey que le había dado amparo, Basina.
-Basina -le dijo-: ¿cómo es que te has decidido a venirte conmigo?
-Porque he visto que eres un hombre fuerte y valiente; y que sepas que si hubiese sabido de otro más valiente, aunque fuese al otro lado del mar, me hubiera ido con ése y no contigo.
Este diálogo lo refiere Gregorio de Tours.
Esta respuesta le hizo gracia a Childerico y se casó con Basina.
Childerico murió hacia el 480 y subió al trono el hijo de ambos Clodoveo, al que llaman los franceses Clovis. Su reino era pequeño y abarcaba una parte de la actual Bélgica y otra del norte de Francia. Su capital estaba precisamente en Tournai. 


Estatua yacente de Clodoveo I en la catedral de Saint Denis.
No se sabe por qué, Clodoveo decide en el año 484 expulsar de la ciudad a los cristianos, que se desplazan y fundan la ciudad de Blandinium (Blandain, hoy parte de Tournai), nombrando obispo de ella a Teodoro. Pero he aquí que este Teodoro muere inmediata y súbitamente herido "por un dardo de Dios", "por venganza divina", sin que las Vidas nos aclaren por qué incurrió en la cólera divina. Tal vez tuvo algo que ver con el brote de la herejía que después estalló en la ciudad. ¿O algún otro tipo de escándalo...?
Como sucesor suyo, a pesar de su juventud, es nombrado Eleuterio.
Ocurrió entonces un suceso que le dio renombre enorme. Resultó que el tribuno romano, Censorino César, tenía una hija algo chiflada (vesana) que había dado en encapricharse frenéticamente del joven obispo y se resolvió a irlo a buscar, llena de audacia. Lo sorprendió entregado a sus oraciones y le interrumpió el rezo insinuándosele tan seductoramente como supo.


Clérigo (San Benito) tentado por una mujer. Capitel de Vézelay.
Eleuterio salió despavorido. La niña chorlito, de despecho y sofoco, cayó fulminada por un ataque. La encontraron envuelta en el manto del obispo y le dieron sepultura.
El padre, desesperado, recurrió a los poderes taumatúrgicos de Eleuterio, de los que le habían llegado ecos.
Eleuterio, tras recogerse un rato rezando, golpeó la lápida de la muerta con el cuento del báculo. La tierra tembló, pero no devolvió su presa.
Al día siguiente, repitió lo mismo con el resultado de un terremoto más violento.
Al tercer día, la tierra se abrió escupiendo de sí a la hija del tribuno, viva y sana. Recibió el bautismo la resucitada y en él el nombre de Blanda, como su madrina, la madre de Eleuterio. Y se le había curado su incendiaria pasión, o al menos nada más se dice de ella en los libros.  
Por entonces se abatió una epidemia terrible sobre Tournai. La gente, sin previo aviso, caía muerta donde fuese, en los campos, por la calle. La pestilencia no respetaba edad, sexo ni estado.
Cundió el pánico y muchos pensaron que la culpa debía de ser de Eleuterio, ese prodigioso mago. Y así, fueron en tropel a su casa y lo entregaron al tribuno con exigencia de que lo encerrase a buen recaudo para ejecutarlo cuanto antes.
Eleuterio, como San Pedro, fue liberado milagrosamente de su prisión y volvió a casa por su propio pie.
Las masas, siempre volubles, mudaron entonces de parecer y amotinadas se encaminaron al palacio del tribuno, al que arrancaron de casa y obligaron a bautizarse. Esto, por lo visto, sí ahuyentó a la epidemia.
Eleuterio continuó haciendo milagros: devolvió la vista a un ciego llamado Mantillo y sanó al leproso Pericio, que luego fue abad.
Entre tanto, el rey Clodoveo se había convertido al cristianismo y tanta fe tenía en Eleuterio que le encomendó una misión delicada: había cometido el monarca un pecado (no sabemos cuál) de tal naturaleza y gravedad que no se atrevía a confesarlo. El obispo obtuvo la gracia especial de que le fuera perdonado sólo con el arrepentimiento del pecador, y como signo de ello una claridad sobrenatural iluminó la catedral de Tournai.
Pero los paganos no eran los únicos enemigos de Eleuterio. Cundía en su tiempo la herejía en la ciudad. 
Aquellos herejes sostenían que Cristo era sólo hombre, que no existía el Espíritu Santo ni había habido Encarnación de ninguna clase: eran unitarios radicales. Y violentos: tiempo atrás habían atacado a los otros cristianos, ahogando a varios de ellos en el Escalda.
Para frenar su auge, Eleuterio viajó a Roma buscando el apoyo del Papa y volvió cargado de reliquias, que presentó a la ciudad en un monte llamado "Monte del tesoro Escondido".
Sin duda, la posesión de reliquias importantes y eficaces era un arma de peso en la controversia religiosa: las reliquias tenían mucho de talismán. Y no deja de ser extraño el nombre del monte: ¿no se trataría de algún lugar sagrado desde tiempos precristianos, donde habitase alguna de esas divinidades que custodian tesoros enterrados?
Con este triunfo, Eleuterio cerró la boca a los herejes, pero no se dieron por vencidos. Por el contrario, decidieron acabar con él por lo rápido. Y una noche lo esperaron ocultos tras una esquina cercana a la catedral. Cuando lo vieron llegar, le salieron al paso y a garrotazos lo dejaron maltrecho: tanto, que los que lo encontraron tirado en la calle lo llevaron a casa medio muerto y a los pocos días sufrió un vómito de sangre y expiró.
Estando en su lecho de muerte, vio entrar a la habitación un demonio ridículo haciéndole muecas de burla e insultándolo con gestos grotescos.




-¿Qué has venido a hacer aquí, espíritu malo?
-Sacarte de quicio a ver si consigo arrancarte alguna mala palabra o movimiento de ira, porque si me voy sin nada que echar a nuestro platillo de la balanza, me la voy a cargar pero bien en el Infierno.
-Anda por ahí, chocarrero, que no está uno para guasas.
A la muerte de san Eleuterio, se vio una luz sobrenatural por todo Tournai y a los ángeles que se llevaban su alma a lo alto entre nubes brillantes como fuego.
Los milagros de San Eleuterio no acabaron con su muerte.
Fue famoso el del clérigo Ferreolo, que había sido encadenado y condenado a muerte por el tribuno Libertino tan sólo porque había suplicado el indulto para otro reo. Las cadenas de Ferreolo se soltaron milagrosamente, pero con tal violencia que golpearon en la cara a Libertino y murió del zurriagazo.
Por intercesión de San Eleuterio fue devuelto a la vida un pastorcillo atacado y medio devorado por un león. Sería de algún gran señor o del rey, como los que salen en el Quijote, porque leones en el Henao...
Leones. Bestiario del siglo XII.
Suscitó Eleuterio diversas visiones: en una de ellas muy lírica, un difunto, luego vuelto a la vida, vio un prado ameno cubierto de rosas y azucenas, con su hierba verde, cielo azul de esmalte y árboles perfumados: y por él paseando con solemne continente a unos cuantos obispos llevando su nombre escrito en las mitras, para ser reconocidos (como se ven en las pinturas góticas): San Piato, San Eleuterio, san Euquerio, San Medardo...
La más importante de ellas fue la que contempló Santa Tecla de Roubaix. Por tres veces se le apareció el santo obispo (y la tercera ya bastante irritado e impaciente) ordenándole que exhumase sus reliquias de Blandain y las llevase a enterrar a la catedral de Tournai... Al final hizo caso, y el traslado se hizo con toda honra.
Yo comprendo la renuencia inicial de la santa, porque en cuanto se hubo dado fin a la ceremonia, Santa Tecla, cumplido su santo deber, quedó muerta en mitad del templo. Algo había intuido... Y aunque iría al Paraíso de un vuelo, la carne es débil.


La festividad de San Eleuterio se celebra el 20 de Febrero.













lunes, 20 de febrero de 2012

Las travesuras de Heliodoro

Hubo en Catania, en tiempos de los emperadores Isaurios, un joven ambicioso que aspiraba a la prefectura y desconfiaba de obtenerla por los medios habituales.
Heliodoro, que así se llamaba, acudió a un sabio judío de quien se rumoreaba que era maestro en hechicerías. 
-Voy a darte un papelillo -le dijo el nigromante-. Una noche trepa a la columna que está en la Tumba de los Héroes. Haz trocitos el papel y espárcelos al viento. Pase lo que pase, no te asustes y si te dicen que bajes de la columna, tú nada: hasta que te hayas salido con la tuya.
Heliodoro siguió las instrucciones y se le apareció un diablo que le dijo que si renegaba de Cristo le enviaría a Gaspar, un demonio familiar que lo serviría en lo que se le antojase. Heliodoro aceptó, besando la mano al diablo en homenaje.


Demonio bizantino. Maestro de Torcello.
Días después, se presentó a un sobrino del obispo León, llamado Crisis, con la siguiente oferta:
-¿Quieres participar en las carreras de caballos que van a celebrarse? Si haces de jinete para mí te proporciono un caballo invencible.
-Bueno.
Crisis salió en las carreras montando un caballo blanco tan bello y rápido como no se había visto otro igual, y, por supuesto, ganó. El prefecto -un tal Lucio- al verlo, mandó requisar el caballo blanco para regalárselo al emperador; pero cuando fueron por él Crisis, aún boquiabierto del asombro, dijo que se había esfumado en el aire. 
El joven dio con sus huesos en la cárcel.
Cuando su tío el obispo se enteró, fue derecho al prefecto:
-Aquí no ha habido nunca ni caballo blanco ni negro. Estos son los enredos de un brujo que se llama Heliodoro.
La verdad se averiguó y mandaron apresar a Heliodoro. Pero éste sobornó a los corchetes comprándolos con un guijarro de la calle, transmutado en oro con ayuda de Gaspar. Así le dejaron marchar.
Y cuando les pidieron cuentas:
-¿Qué sabemos? Por arte de magia hizo aparecer un caballo y salió como el viento.
La trola coló. Pero la enorme pepita al poco tiempo volvió a su naturaleza primera de humilde pedrusco.
Soldados bizantinos.


Heliodoro, envalentonado, empezó a hacer gamberradas no sólo en Catania, sino por toda Sicilia. Una vez paseando con unos amigotes vieron venir hacia ellos un grupo de mujeres que les gustaron por las caras bonitas y lo salado de los andares.
-No tienen que estar mal de pantorrillas ésas.
-Esperar, veréis -dijo el mago.
Y al pasar junto a ellas (dice el libro) las alucinó haciéndoles creer que la calle bajaba inundada de agua, conque todas se remangaron los vestidos hasta las rodillas para no empaparse y así fueron andando un trecho de puntillas por la calle seca y polvorienta como por mitad de un arroyo.
Y así pudieron los mirones juzgar a sus anchas. 
Arruinó a varios tenderos pagándoles en oro diabólico; a varias muchachitas de lo más principal de la ciudad las emburundangaron con unos filtros para sacarlas de sus casas y hacer con ellas lo que se les antojaba.
Nobles bizantinas en un cuadro de Vassili Smyrnov


Resulta curioso ver cómo se repite el gamberrismo mágico a través de los tiempos: en el libro Vidas mágicas e Inquisición trata Julio Caro Baroja del licenciado Amador de Velasco, condenado por el Santo Tribunal a finales del XVI por usar recetas para "burlerías y bellaquerías" semejantes. 


Navíos bizantinos de guerra.

El prefecto, viendo que el asunto se volvía incontrolable dio parte al Basileo, que rápidamente envió sus soldados a detener a Heliodoro.
El joven mago les salió al encuentro a la playa y se entregó voluntariamente.
-Pues deprisa -dijo el jefe de los soldados-, que nos han dado un mes de plazo para entregarte y han corrido quince días. 
-Lo que te propongo es esto: que os paséis aquí los quince días de vacaciones y el último, por mis artes mágicas, os dejo inmediatamente en Constantinopla, y yo con vosotros.
-Conforme, pero como intentes alguna jugarreta te juro que vas al mar de cabeza.
A los quince días Heliodoro se llevó a los guardias a los baños de la ciudad, les hizo meter la cabeza en el agua y cuando la sacaron, ¡oh prodigio!, estaban en los baños imperiales de Constantinopla.
Ante tan flagrante hechicería los emperadores lo mandan ejecutar sin juicio. Como última voluntad, Heliodoro pide una palangana de agua, que le mandan traer.
-¡Adiós, emperador! -dijo alegremente el reo- ¡Si quieres algo de mí, estoy en Catania!
Se lanzó de cabeza a la palangana y desapareció en ella.
El emperador mandó a sus soldados a Sicilia tras él y de nuevo a su llegada Heliodoro les salió al encuentro:
-Vamos a hacer como la otra vez. De todas maneras, ya habéis visto que voy y vengo donde y como quiero.
Pero cuando ya iba pasando el plazo, los catanienses decidieron tomarse la justicia por su mano y una muchedumbre se juntaba en el puerto amontonando leña para quemar vivo a Heliodoro.
-¡Qué vergüenza! -dijo el mago- ¡Que pretenda una chusma arrebatar al emperador el honor de ejecutarme a mí!...
Y con una varita mágica de laurel hizo aparecer una galera encantada en la que se embarcó, llegando a Constantinopla en una noche de mágica travesía.
Talía, la mujer del capitán de los corchetes, se encaró con él y le escupió a la cara, diciendo:
-¡Tramposo, que ya has hecho ir y volver a mi marido de Sicilia dos veces!
-A ti, voy a hacer que se te caiga la cara de vergüenza delante de toda la ciudad como soy Heliodoro.
Aquí repite el mago la fechoría de Virgilio, atrayendo el hambre sobre Constantinopla y apagando todos los fuegos de la ciudad excepto uno, que está en la propia Talía, a la que deben acudir todos los hogares para encender los suyos. Esta leyenda, muy contada en la Edad Media (está en el Libro de Buen Amor, estrofa 262 y siguientes) parece ser de origen persa. Fue asunto de obras de arte picantes y estampas durante el renacimiento. Andrew Lang se valió de la Vida de San León en su cuento Virgilius the sorcerer .
El cuentecillo ya debía de ser popular cuando se escribió esta Vida, porque pudorosamente pudorosamente elude narrar su desenlace como cosa sabida y se excusa de insertar la anécdota: "no lo hacemos más que para que resplandezca la virtud de San León"...   
Volviendo a Heliodoro, ya teniendo el verdugo la espada en alto, se abrió en dos el techo de la estancia y entre globos de fuego el mago salió volando con la misma despedida:
-¡Don Emperador! ¡Que si quieres algo de mí, que estoy en Catania!... ¡Ya sabes dónde me tienes para lo que sea!
En Catania volvió a las andadas. Gaspar no le fallaba.
Su error fue enfrentarse directamente con San León. Una vez se metió en la iglesia cuando estaba diciendo misa y empezó a dar coces como una mula, con risa de unos e indignación de otros. Y amenazaba con hacerlo bailar otro día con los que le estuviesen ayudando, quisiera o no, ante el altar.
Otras fuentes distintas de la Vida cuentan más bromas de Heliodoro para entorpecer las misas de San León: cambiaba las cabezas de los fieles, poniéndoselas de mujer a los hombres y al revés; los mostraba con atuendos caprichosos y ridículos o rostros de animales; hacía aparecer visiones fantásticas y hasta llegó a traer un elefante que se paseaba y bailaba haciendo corvetas delante de la iglesia barritando ruidosamente, de manera que dejó al obispo sin público y con el templo vacío.
Este elefante se dice que, petrificado por el obispo, es el Liotru, estatua emblemática de catania.
Aquello ya no podía ser, así que San León preparó una gran fogarata junto a las termas, se fue derecho a Heliodoro y le echó su estola al cuello, impidiendo con ello que el demonio pudiese defenderlo. Así preso, lo llevó a rastras a la lumbre, que, por milagro, no causó el menor daño al santo mientras reducía al encantador a cenizas.
De esta manera acabaron las gamberradas del mago.
San León abrasando a Heliodoro, por Matteo Desiderato.






  

domingo, 19 de febrero de 2012

San Patricio y el muerto viviente

En su Topographia hibernica (cap. XXVIII), Giraldus Cambrensis a finales del siglo XII afeaba a Irlanda no haber dado un sólo mártir de la fe de Cristo.
Los propios irlandeses habían reparado en ello; seguramente por eso la Homilía de Cambray, del siglo VII u VIII (una de las muestras más antiguas de la prosa irlandesa), concede igual mérito al martirio que denomina rojo (el martirio propiamente dicho), al martirio "blanco" (renuncia por Dios a todas las cosas queridas) y al martirio "verde" (prácticas ascéticas y mortificación de la carne).
La acusación de Giraldus Cambrensis fue muy repetida a partir de entonces por autores de fuera de Irlanda y refutada una y otra vez por irlandeses, como Philip O'Sullivan Beare en su Historiae catholicae Hiberniae compendium (I, IX) publicado en Lisboa en 1621.
Uno de los mártires que cita O'Sullivan para confusión de maldicientes es San Odrán de Dísert Odráin.
Éste fue uno de los varios (por lo menos seis) santos de nombre Odrán que dio Irlanda. Odrán era un nombre bastante común, que significa "nutria" (es la palabra celta correspondiente al latín lutra y al inglés otter y deriva de la voz indoeuropea "agua" que resultó en el inglés water y en el griego hydor).
San Odrán era de Dísert Odráin en los Uí Failgi -que ha dado hoy inglés Offaly-, un reino de la Irlanda central venido a menos ya en aquellos tiempos que correspondía, más o menos, a los condados actuales de Offaly, Laois y Kildare. 


Paisaje de Kildare, donde estuvo el reino de los Uí Failgi.
Odrán fue uno de los primeros santos de Irlanda, ya que estaba al servicio de San Patricio: era su carretero (ara, en irlandés, de *are-sed-, "el que se sienta al lado").
San Patricio usaba para sus viajes el carro de dos ruedas tirado por bueyes. 
El carro de dos ruedas (carbad, el mismo nombre que entre los galos, carpentum, de donde nuestro carpintero, que eran los que los construían) era el más usual para transporte de personas, mientras las mercancías viajaban en vehículos más pesados, de cuatro ruedas, frecuentemente macizas (carr). 
En cambio el carbad llevaba ruedas con radios, uno, dos o hasta cuatro caballos, y dos asientos cubiertos con un dosel llamado puball, que es como pabellón.
Carros de caballos. Cruz de Clonmacnoise, siglo X.
Los caballos iban uncidos con yugo, ya que los antiguos irlandeses no conocían colleras ni otros sistemas de enganche.
En tiempos de Odrán reinaban en aquellas tierras dos monarcas epónimos: Failge Berraide y Failge Rois. Eran descendientes de Cathaír Mór, uno de los grandes reyes legendarios de Irlanda.
Failge Rois era un buen hombre y había abrazado la fe de Patricio, pero el otro no sólo se aferraba al paganismo, sino que odiaba a San Patricio y había jurado matarlo por la destrucción del Crom Cruach, un importante ídolo que el santo había derribado.
Al tener San Patricio que atravesar las tierras de Failge Berraide, su conductor, que algún peligro barruntaba, le propuso:
-Llevo todo el día conduciendo y necesito un descanso. Vamos a cambiar de sitio y coge tú las riendas un rato.
San Patricio aceptó. 
Odrán no se equivocaba: Failge estaba emboscado y de un lanzazo atravesó al pasajero, confundiéndolo con el santo.
-¡Que sea maldito por siempre...! -exclamó San Patricio.
-¡...El árbol aquél! -le interrumpió San Odrán, moribundo, señalando a uno que veía. Pues era tan bueno que no toleraba que ninguna persona fuese maldita por causa de su muerte.
Pero a pesar de todo, Failge Berraide quedó muerto al instante y su alma fue arrebatada al infierno.
Hasta aquí lo que cuenta la Vida tripartita de San Patricio, obra del siglo IX. La Vida de San Patricio del Libro de Lismore (que, aunque copiado en el siglo XV, contiene material muy antiguo) añade lo siguiente:
Mucho tiempo después, San Patricio pasó por la corte de Failge, y a la puerta de su morada llamó a un esclavo que andaba por ahí:


-¡Eh, chico!: ¿Está Failge Berraide?
-Está, sí, señor.
-Pues, anda: haz el favor de llamármelo y que salga.
-Voy.
El siervo salió de la casa al poco tiempo, aterrorizado:
-¿No está Failge?
-¡Están los huesos mondos -dijo espeluznado el mozo- sin carne ni sangre ni pellejo que los cubra, más que solamente el esqueleto limpio!
-No tiene nada de raro. Cuando le pegó el lanzazo a Odrán, murió y su alma salió disparada al Infierno. Pero un demonio se adueñó de su cuerpo y lo animó para poder seguir haciendo el mal mediante él. Ahora que he llegado yo, el demonio ha salido huyendo y su cadáver se ha quedado como tenía que estar si no hubiera sido por las artes de Satanás. 



sábado, 18 de febrero de 2012

San Colmán y los irlandeses en Northumbria

En Irlanda se cuentan más de ciento treinta santos de nombre Colmán. Colmán es diminutivo de Colum y significa, por lo tanto, "Palomita". No siempre resulta fácil distinguir unos Colmanes de otros. El que se celebra hoy es San Colmán, obispo de Lindisfarne en Northumbria.
El gran monasterio llamado en irlandés Í y en latín Iona, fundado en Escocia por San Colum Cille, llegó a alcanzar tanta fama que los ingleses del norte apelaron a él para su evangelización.
El rey Oswald, que vivió en la primera mitad del siglo VII, y que había pasado años de su juventud en Irlanda y la Escocia gaélica, les cedió con este fin la isla de Lindisfarne. Oswald, que se había convertido al cristianismo en tierra de Irlandeses, estaba empapado de su cultura y hablaba corrientemente su idioma.
El monasterio de Lindisfarne se fundó en el 635. Sus tres abades-obispos fueron irlandeses, monjes de Iona y santos: Aedan, Finnan y Colmán (después de Colmán los cargos de abad y obispo recayeron en personas diferentes). No se sabe apenas nada de San Colmán antes de su nombramiento en Lindisfarne. 
Existía entonces en las Islas Británicas una viva controversia acerca de la fecha en que debía celebrarse la Pascua. Como es frecuente, intereses políticos se mezclaban con las diferencias puramente religiosas. La Irlanda del Norte, dominada por la poderosa dinastía de los O'Neill, defendía un calendario pascual distinto del romano.
Las diferencias de cálculo dependían fundamentalmente de si el equinoccio de primavera era el 21 o el 25 de marzo, de si el día comenzaba al salir el sol o al ponerse, y finalmente de si era admisible que la Pascua cristiana coincidiese con la judía.
Aparte de sus diferencias respecto del calendario, allí los monjes se tonsuraban de manera especial, afeitándose una superficie triangular, con uno de los vértices en la frente, en vez de dejarse cerquillo. Los detractores de esta tonsura aseguraban que era la que llevaba Simón el Mago.
Aceptaban el cómputo y tonsura hibernios los Pictos, Ingleses del Norte y Britanos (incluidos los bretones).
La Irlanda meridional, dominada por la dinastía Eoganacht, seguía la costumbre romana, al igual que los Ingleses del Sur.
Las cuestiones políticas entretejidas con la polémica religiosa eran de importancia: si el Norte o el Sur habían de ser hegemónicos en Irlanda e Inglaterra y sobre todo si los reinos germanos de Gran Bretaña caerían bajo influencia romana o insular.
Hoy día parece extraño, pero para los britanos el último bastión de la romanidad eran ellos mismos (de lo que estaban sumamente orgullosos) y no la Italia sumergida una y otra vez bajo las oleadas bárbaras. El centro del imperio se había desplazado tiempo atrás desde Roma hacia la Galia y la frontera de Germania, y aunque hoy al pensar en los britanos se nos viene inmediatamente a la cabeza la Bretaña armoricana es porque se nos olvida que durante mucho tiempo ocuparon territorios extensos en el Loira y la Francia central, lindando con Aquitania.
La posición de los britanos en el continente se había visto muy debilitada desde que habían dejado de contar con la alianza de los francos. 
Los reyes britanos habían sido beligerantes en la guerra civil entre los francos Childeberto y Clotario, sosteniendo a aquél, que resultó perdedor.
Childeberto I consagrando una basílica. Miniatura del siglo XV.
La influencia de los clérigos britanos en la corte de los reyes francos disminuyó notablemente como consecuencia.
Así las cosas, Oswiu, rey de Northumbria (que se había educado también entre irlandeses y estaba imbuido de su cultura) estaba casado con la reina Eanfleda, que por el contrario se había criado en el Sur de Inglaterra y seguía las normas romanas, lo que resultaba en un desbarajuste para el protocolo de la corte, donde a veces se celebraba dos veces la Pascua y no se sabía cuándo había ayuno y abstinencia y cuándo no.
En Eanfleda influía poderosamente su consejero San Wilfrido, personalidad atravesada, clérigo ambicioso, enredador y amigo de pleitos y conjuras, que en Roma y Lyon se había hecho partidario a ultranza de la facción anti-insular. 
Da la sensación de que San Wilfrido tenía una ojeriza incurable a los britano-hibernios y su cultura, en la que se había formado durante sus años de estudio en Lindisfarne; y posiblemente a causa de ellos.
El rey Oswiu convocó un sínodo en el monasterio de Whitby, a cuya cabeza estaba Santa Hilda, de la que hablé hace unos días a cuento del poeta Caedmon.
(Cf. la entrada La inspiración de Caedmon). Caedmon, poeta inglés de nombre britano, es representativo de esa fusión cultural que se produjo en las Islas Británicas y Armórica y que personajes como San Wilfrido veían con muy malos ojos.
Ruinas de la abadía de Whitby.
En el Sínodo de Whitby (664) San Wilfrido habló a favor del rito romano y San Colmán del irlandés. El rey Oswiu zanjó la cuestión a favor del rito romano.
San Colmán, derrotado, renunció a su obispado de Lindisfarne y se retiró a Iona, y después a Irlanda,  con treinta de sus monjes de diferentes naciones.
En Irlanda fundaron la abadía de Inis Bó Finn ("Isla de la Vaca Blanca") en el 668.


Inis Bó Finn. Las ruinas son de un castillo moderno.
Pero no tardaron en surgir desavenencias en esta nueva abadía entre los monjes irlandeses y los ingleses. Éstos se quejaban de que aquéllos les dejaban las tareas más duras y pesadas, como la siega. 




No hubo más solución que la secesión. Los monjes ingleses se separaron de la comunidad y partieron a tierra firme, donde fundaron la abadía y obispado de Maigh Eo (Mayo). San Gerardo de mayo fue su primer abad obispo.
El sínodo de Whitby no supuso el fin de la presencia irlandesa en Northumbria ni del  flujo de clérigos ingleses y de otras naciones que pasaban a estudiar a los monasterios irlandeses. A lo sumo hubo un paréntesis que duró lo que la vida del rey Oswy. A la muerte de éste en el 670 siguieron unos tiempos turbulentos hasta la subida al trono de su hijo Aldfrith. Aldfrith era hombre ya viejo para aquella época, erudito, y versado en las Escrituras. Era  hijo de madre irlandesa y simpatizaba con la cultura cristiana hibernia. La controversia pascual ya era cosa del pasado y los contactos entre ingleses y gaélicos se restablecieron con normalidad. 
El reinado de Aldfrith se considera la Edad de Oro de Northumbria.  
Aldfrith y San Wilfrido nunca se tuvieron simpatía y a pesar de que al principio el rey levantó a San Wilfrido el destierro a que lo había condenado su antecesor el rey Ecgfrith, sus relaciones se enconaron hasta el punto de que lo volvió a desterrar. Aunque el papa en persona tomó cartas en el asunto ordenando al rey reponer a Wilfrido en su sede, el rey de Northumbria se negó a obedecer. San Wilfrido había sido excomulgado por parte de los obispos del reino.

viernes, 17 de febrero de 2012

San Fintan de Cluain Endech y sus profecías

San Colum (no el famoso Colum Cille, evangelizador de Escocia, sino otro del mismo nombre, Colum mac Crimthainn) fue pionero del monacato en las tierras del Loch Dearg, en el río Shannon. Sucedió allí a San Mac Creiche, figura más mitológica que histórica, y tuvo a su vez por sucesor a San Fintan.
Una vez iba este san Colum con Fintan y otros dos discípulos buscando un lugar donde edificar un nuevo monasterio, cuando encontraron un grupo de pastores con sus ovejas, mudo uno de ellos. Le devolvieron el habla por un momento para preguntarle e iluminado por el Espíritu les dijo que siguieran su camino y que cada uno encontraría un lugar diferente para esperar la Resurrección. Prosiguieron camino, pero al volver la vista atrás Colum se puso a llorar.
-¿Por qué lloras, Colum?
-Por habernos ido de donde estaban los pastores; y ahora mirando allá veo una muchedumbre innumerable de ángeles que allí moran y suben y bajan al cielo constantemente. ¡Que vaya Fintan a establecerse allí, ya que es un joven señalado por la Gracia!


Efectivamente, ya antes de nacer Fintan se habían manifestado en él los favores divinos. Cuando a su madre se le acercaba el parto, había venido a ella un ángel y le había ordenado que se retirase de la sociedad humana. La mujer, Findath ("Color Blanco"), se había embreñado en el bosque y al pie de un árbol sagrado se había pasado una semana ayunando, hasta que tuvo al hijo. A éste lo adoptaron los monjes para criarlo y desde la niñez había mostrado poseer dones proféticos.
Fintan descendió pues al valle donde estaban los ángeles y fundó un monasterio llamado Cluain Endech ("El Prado de la Hiedra", en inglés Clonenagh). Era un monasterio de la observancia más estricta. Estaba prohibido el ganado, tanto para la labranza como para la alimentación; los monjes no podían aceptar limosnas de mantequilla ni de leche si alguno la introducía clandestinamente se le derramaba y se le rompía la cacharra "por voluntad divina". 
Hasta los otros santos de Irlanda acudieron a él en comité para rogarle que se dejase de tanta exageración: que era un suicidio. Prevenido por un ángel, huyó al bosque para evitar recibirlos y perseveró en su penitencia severísima. 
-Preparáos -dijo una vez a sus monjes porque nos llegan invitados, y uno de ellos ha de ser un gran santo.
Pero lo que les vino era una gavilla de guerreros que acababan de emboscar a unos enemigos y cortarles las cabezas, las cuales traían de recuerdo con mucha risa.


Theodor de Bry. Hombre picto. 1588


Los monjes los acogieron como a huéspedes escogidos y al marcharse, los guerreros les preguntaron qué podían darles en pago. 
-Las cabezas.
-¿Eso? ¿Para qué lo queréis?
-Para darles sepultura en el cementerio nuestro.
-Bueno... ¡para lo que les va a aprovechar...!
-Pues mucho -replicó San Fintan-, porque la cabeza es la parte principal del hombre, y enterradas aquí se aprovecharán de los rezos de todos los que acudan a orar al monasterio, que son muchísimos; de manera que el Día del Juicio no padecerán tormento, sino irán a la diestra de Cristo.


Lanloup, Bretaña. Cajas para calavera sobre los doseles. Gozan de la protección del lugar sagrado y de los santos.


Casi todos los mesnaderos se tomaron la salida a broma, pero uno quedó tan impresionado que decidió quedarse en el convento, ya que tanta garantía de salvación proporcionaba; y vivió y murió santamente como había profetizado Fintan.
Este episodio es revelador del valor que le daban a la cabeza los antiguos irlandeses como sede de la fuerza vital. Se arrebataba las cabezas de los enemigos muertos (y se trataba de recuperar a toda costa las de los del propio bando) en la convicción de que su pérdida debilitaba al pueblo que la sufría. Claude Sterckx, celtista belga, ha estudiado estas creencias que explican el trato cruel y espeluznante que daban a veces los celtas a sus prisioneros.
En los relatos legendarios, a menudo la cabeza de un caudillo enterrada o expuesta junto a una frontera servía de protección a un territorio, deteniendo las invasiones enemigas.
En Bretaña, las calaveras se conservaban hasta no hace mucho en cajas decoradas en las iglesias. Se decía que en ciertas ocasiones, como la noche de Difuntos, cobraban el don de la palabra y mantenían animadas tertulias sobre la vida y la muerte de los vecinos de la parroquia. Todavía se pueden ver algunas, viejas, en pueblos y ciudades.
En otra ocasión, viajaba San Fintan en su carro cuando, al paso de un hombre que iba andando por la carretera, lo mando parar y se apeó, postrándose ante el caminante. 
-¿A qué viene esto?
-A que tú vas a ser un gran santo y te he visto en compañía de los coros angélicos. Te suplico que tomes el hábito de monje.
-Ya querría yo, pero verás: tengo doce hijos y siete hijas, una mujer estupenda a la que quiero mucho y una numerosa servidumbre que vive a mi sombra en paz y prosperidad. No sólo es que me parezca mal dejar a tanta gente en la estacada; es que además tengo apego a todo eso, cariño a los míos y (en suma) me es imposible separarme de ellos.
-Si cambias de idea, ven a verme.
Una semana después, el rico labriego estaba ante San Fintan.
-No sé que ha pasado -le confesó-, que desde que nos encontramos no he podido parar de pensar por qué me habrías dicho aquello. No concilio el sueño por las noches, venga a dar vueltas. No me deja sosegar la idea de que mi destino sea hacerme fraile. Se ha convertido en una obsesión. Me has fastidiado. Creo que no me curaré como no te haga caso y me meta monje de verdad.
Así hizo poco después y murió en opinión de santo.
San Fintan intervino a veces en acontecimientos políticos y bélicos de su tiempo. Liberó milagrosamente a Cormac mac Diarmada, príncipe y futuro rey de Laiginn del Sur, que estaba preso de Colm mac Cormaic, rey de Laiginn del Norte.
Según su Vida, era Fintan hombre de faz recolorada, de ojos brillantes y de pelo cano y escaso.
Una noche, uno de sus monjes decidió salir a espiarlo a ver a qué devociones secretas se entregaba mientras todos dormían. Lo encontró en el cementerio, envuelto en una luz cegadora cuyo fulgor lo lanzó a tierra hacia atrás. A la mañana siguiente, le dijo el santo, muy enfadado:
-¡Inconsciente! Sólo te ha salvado tu buena intención. San Pablo vio la lumbre del Cielo y quedó ciego una temporada larga. Tú, que no eres precisamente San Pablo, ¿qué quieres: perder la vista para siempre o quedarte tieso del fogonazo?
El monje escarmentó. 
Y es que san Fintan gozaba de especialísimos favores divinos. En una ocasión, cierto monje de San Colum Cille de Escocia, que tenía que partir hacia el Laiginn, dijo muy apesadumbrado a su superior:
-¿Cómo voy a arreglármelas sin tu magisterio? Pues no me imagino la vida sin confesarte a ti mis pecados.
-No te preocupes: cuéntaselos a Fintan y él me los dirá a mí. ¡Nos vemos todos los domingos por la noche en el tribunal de Cristo!
El joven refirió esto en confesión a San Fintan, a quien no le sentó nada bien. La cara -dice su Vida- se le puso como el fuego.
-¡Ese boceras de Colum Cille! ¡No repitas eso a nadie o me enfadaré de verdad!


Hasta aquí las maravillas de san Fintan de Cluain Endech. Versiones diferentes de su Vida se encuentran en los Acta Sanctorum (tomo III de Febrero) y en las Vitae sanctorum Hiberniae  de Charles Plummer. 






jueves, 16 de febrero de 2012

Las asechanzas de Japher Niger

La leyenda de Santa Juliana de Nicomedia es una de las que más popularidad gozaron durante la Edad Media, sin duda a causa del enfrentamiento entre la mártir y el Demonio, que acaba vencido en una escena de títeres de cachiporra.
Johannes Hesselius, teólogo flamenco del siglo XVI, ya se reía entonces de ese pobre diablo en su Censura de quibusdam sanctorum historiis. Y en las representaciones de la santa suele aparecer el tentador retratado con rasgos caricaturescos y ridículos, más que aterradores.
Reliquias de Santa Juliana se veneran en varias ciudades: Santillana del Mar (que le debe su nombre), Nápoles, Sacavem en Portugal (en el convento de las clarisas), Val Saint Germain (Essone, Francia) y Bruselas (en la iglesia del Sablon): éstas tres dicen poseer la cabeza de la santa.
Juliana no era nombre nada raro y el 16 de Febrero las Acta sanctorum traen otras dos aparte de la de Nicomedia. La Santa Juliana de Cumas (de la que hace mención san Gregorio Magno), origen de la popularidad del culto a Juliana en la región de Nápoles, se ha discutido mucho si era la misma de Nicomedia u otra. De manera que los restos podrían pertenecer a distintas mártires tocayas.
En todo caso, la leyenda es antigua y aparece ya en Usuardo (s. IX) y en el Santoral de Óengus:
Dond óig Iulianae
Án n-ainm nél co himbel,
Le sceith scél a annaig
Demon damair indel.

Para la virgen Juliana,
Ilustre su nombre, de las nubes hasta el linde,
Cuando vomitó el cuento de sus fechorías
El demonio sujeto al yugo.

Se trata de una estrofa enrevesada y que precisó de glosas porque ya en la Edad Media se comprendía mal.
Las actas antiguas de Santa Juliana dicen que sufrió martirio en tiempos de Maximiano Hércules, el que compartió el imperio con Diocleciano y fue suegro de Constantino.

Maximiano Hércules
Cuando su padre se dispuso a casarla con su prometido Eleusio, ella, para librarse, dijo que no aspiraba a menos que a un prefecto para marido. Sin duda no contaba con que Eleusio, corrompiendo a quien fuese, iba a conseguir la prefectura. Juliana le puso entonces una segunda condición: que se hiciese cristiano, condición inaceptable en tiempos de persecución como aquéllos.
Como la desposada no se dejaba ablandar por presiones ni por golpes, el prefecto recurrió a métodos más recios: la encarceló y comenzó a darle tormento.
En su prisión, entonces, fue cuando se le apareció a Juliana un ángel ordenándole que cediese y salvase la vida. A punto estaba de hacerle caso cuando una voz celestial la puso en guardia aconsejándole que agarrase al ángel y le hiciese confesar. Ella lo hizo así.
Según Óengus (detalle que no hemos visto en otra parte) lo sujetó sin necesitar más atadura que un solo cabello. Claro que si, como dice San Juan de la Cruz, basta un cabello del pescuezo para atar a Dios, con más razón se podrá amarrar con él a un diablejo.
Otras veces es a ella a quien vemos cogerlo del pelo a él.


Hay que decir sin embargo que el de Santa Juliana no era un demonio pelagatos. Era el mismísimo Japher Niger: el tentador de Adán y Eva, de Job, de Judas... un diablo vip donde los haya.
Pero de nada le valieron su encumbrada posición diabólica ni los ruegos con que intentaba enternecer a la muchacha pintándole el rapapolvo que le esperaba en el Infierno si retornaba humillado.
Sin hacer caso de sus gritos:
-¡Deja de ponerme en ridículo delante de todo el mundo! ("Jam amplius noli hominibus me ridiculum facere!")
Juliana lo arrastró de los pelos y lo arrojó "in locum stercore plenum".
Pero el prefecto, más demoníaco que el demonio, seguía erre que erre y para doblegar a su prometida la fue sometiendo a martirios cada vez más crueles: rueda de cuchillas, fuego, suspensión por los cabellos e inmersión en una olla de plomo hirviente (que se le convirtió en un agradable baño templado)...
Aprovechando que Juliana agonizaba después de tantas pruebas, volvió a aparecer por el escenario de los tormentos Japher Niger en forma de un mozo cualquiera de la ciudad, buscando el desquite y azuzando a los verdugos contra la joven: pero ésta, con una sola mirada de sus ojos medio muertos, lo puso en fuga presa del horror.
Como solía suceder, fue finalmente la decapitación la que puso término al martirio.