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miércoles, 2 de marzo de 2016

Ornitófilos, ornitófobos y el espíritu de la Poesía. A propósito de Austin Clarke.

"Para el poeta y el filósofo que vayan lentamente paseando por entre la verdura el tiempo no será nada. Pasará el tiempo sin sentir".
Así dice el maestro Azorín hablando de jardines y tiene toda la razón si hemos de creer al famoso cuento del monje que se quedó embebecido durante trescientos años que se le hicieron breve rato escuchando el cantar maravilloso de un pájaro.
Esta fábula, repetida una y otra vez por todo el mundo a lo largo de la Historia y cantada por Alfonso X en su cantiga 103, se atribuye en Galicia a san Ero, monje del monasterio de Armenteira.
Castelao, con su humor agridulce, compara este milagro con el del padre Navarrete que, como el canto de los pájaros lo distraía a la hora de rezar, les impuso perpetuo silencio en el lugar de su meditación.
El padre Navarrete -concluye Castelao- poseía el genio castellano; san Ero, en cambio, el genio gallego, el genio celta.
Arthur Wardle, A fairy tale.
Lo que sí es verdad es que tierras de lengua celta, Irlanda y Gales, vieron en la Edad Media temprana el florecimiento de una poesía inspirada en la Naturaleza excepcional en Europa, y más en lenguas vernáculas. Y también que un eco de esa sensibilidad nos parece percibir a veces en la lírica medieval gallega. Digo que nos parece porque no podemos dejar de leer a través de nuestros propios prejuicios y los de nuestros mayores, y así nos apetece sentir el soplo de un vientecillo druídico junto a los arroyos cuyas aguan enturbian (o no) los ciervos trovadorescos, por esos robledales donde podríamos tropezarnos en cualquier calvero con la choza de ramas de Isolda y de don Tristán. Y se hace uno cuenta de que esa brisa céltica aún rehíla en las "matutinas canciós" de los pájaros que ponen música al rosaliano cementerio de Adina.
No nos atrevemos a decir qué habrá de cierto en la afirmación de Castelao, siendo que tanto Galicia como Castilla han dado altísima lírica...
El padre Fray Juan de Navarrete, que efectivamente era monje franciscano en Pontevedra a finales del siglo XV y murió lastimosamente en Portela de Faveira de resultas de una mala caída de su asnillo,
Iglesia de los franciscanos de Pontevedra, donde decía misa el padre
Navarrete.
(Foto José Luis Filpo Cabana, tomada de Wikimedia Commons)
era hombre místico y extraña en un seguidor del santo de Asís esa inquina contra los pajaritos... Y es que Castelao hace una pequeña trampa.

Los pájaros contra los que se indignaba el buen fraile no eran alondras, ruiseñores, mirlos ni siquiera jilgueros o cuclillos: eran unas golondrinas de enfadoso y desquiciante piar. Porque, como dice el poeta bretón Guillevic, la golondrina
"Va, viene, gira, vuelve
abierto el pico sin duda
en busca de su presa,

Grita a veces,

descansa poco".
Y aun así, lo que más molestaba a Fray Juan no era su estridente y continua algarabía, sino las inmundicias que aquellas avecillas dejaban sobre los altares. 
La enfadosa golondrina. Miniatura del siglo XIII.
Es cierto que las maldijo el fraile y uno, nacido como él en la áspera Meseta, lo comprende bastante (será por ser su coterráneo): pero de donde las desterró no fue del claustro sino del interior de la iglesia, donde fuerza es reconocer que pintaban lo que los perros en misa. Al menos, así lo cuenta el Memorial illustre de los famosos hijos del Real, grave y religioso convento de Santa Maria de Jesus, vulgo de Diego Alcala, primado monasterio desta illustrissima ciudad, paladión seráphico que produxo tantos varones sabios..., salido de la pluma de fray Diego Álvarez, "predicador general de la exclarecida provincia de Castilla" de los franciscanos.
Pero volviendo a ese supuesto sentimiento celta del paisaje y al asunto de los pájaros, hace varios "retazos" que estamos dándole vueltas al personaje de una reina irlandesa de la Edad Media, poetisa y protagonista de la novela The Singing-men at Cashel, del también irlandés Austin Clarke.  
En ella, la reina, Gormlai, se encuentra en su corte de Cashel charlando con algunos clérigos sabios cuando uno de ellos cuenta una visión de san Maelanfaid. El cuento es el siguiente:
San Maelanfaid -que vivía a finales del siglo VIII o principios del IX-, vio una vez (¡caso prodigioso!) a un pájaro que estaba lamentándose y llorando en su rama.
-¡Dios mío! ¿qué habrá pasado?
Y como no se le ocurría de ninguna manera la respuesta, decidió apelar a un medio de presión tradicional en la Irlanda de entonces y aún usual en nuestros días:
-¡No pienso probar bocado hasta que se me manifieste el motivo de este portento! ¡Que se enteren arriba!
De modo que se sentó bajo el árbol, en huelga de hambre. Al cabo de algún tiempo divisó un ángel que venía bajando del cielo hacia él.
-¿Qué pasa, Maelanfaid? ¡Hay que dar explicaciones de todo...! En fin, para que se te pase la curiosidad, has de saber que ha muerto san Mo Lua mac Ocha.
Un monje conversa con un ángel. Miniatura de principios del siglo XV.

-¡Oh! 

-Sí. Y todas las criaturas del mundo están de duelo y llorando. Porque él nunca mató nada, ni pequeño ni grande, que estuviese vivo. Y por eso no lo lloran más las personas que las demás criaturas, ¡ya ves!: hasta ese pajarico pequeño...
Esto lo cuenta el Martirologio de Oéngus, en las notas al 31 de enero...
Así pues, no nos sorprende que se encuentre también en Irlanda la leyenda del pájaro que embelesa al fraile con su canto durante siglos, que se le pasan en un abrir y cerrar de ojos. Filgueira Valverde, en su detallado estudio sobre este motivo, da con él en Irlanda en la colección de Patrick Kennedy The fireside stories of Ireland, publicada en 1870. Lo que ya nos sorprende más es otro caso que sale a colación en la docta tertulia de Gormlai: el del fraile Colchú.
Colchú estaba al cargo de un scriptorium monástico, adecuadamente situado lejos de forja o lavadero, que distrajesen a los copistas con estruendos, parloteos u otras tentaciones más carnales incluso, pero la habían tomado con el los pájaros. En bandadas, en nubes acudían a martirizarlo con su garrulería un día tras otro, hasta que lo pusieron en fuga. Colchú se embreñó buscando paz en la aspereza del monte, pero allí lo hizo víctima de sus burlas el cuclillo. El desesperado fraile lo espantaba de un lugar y aparecía mofándose en otro con su canto. Tan humana parecía su chinchorrería que Colchú llegó a pensar que eran los chiquillos los que se escondían entre las matas, imitando su voz para hacerle rabiar...
-¡No puedo con ese pajarraco infernal! ¡Va a acabar haciéndome renegar del mundo entero y del que lo ha creado!
-Jesús, Jesús, Jesús. Pero, hermano...  ¡el cuclillo! ¡El lírico cuclillo de los poetas...! "¡El acostumbrado cuclillo sobre mi casa, coei gnáthchai uos mo thigh!". El ave de la primavera...
El malvado cuclillo. Ilustración del siglo XVIII
-¡Mucho cuco de la primavera!, pero lo que los poetas no dicen es que ese avechucho crece y cambia la voz, y en verano es una carraca insoportable...
No veía la vida Colchú como el poeta que mencionaba antes, Guillevic, cuando decía del cuco, al que a menudo había cantado en sus versos:
"Acordémonos,
vivamos con él

una primavera que atraviesa

todas las estaciones"...
Nadie mejor que el cuclillo para decir aquello de "en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño": ¡ni en los de antaño ni en los de ayer!, que ya se encarga el sinvergüenza de él de echarlos a patadas de su casa natal y que se partan la crisma en el suelo o los engulla una culebra; pero luego el pollo feroz y asesino, convertido por el paso del tiempo en flébil cantor lírico, suelta al aire su dulce breve queja y todo se le perdona.
¡Así es la vida!
ya que de celtas hablamos, el cuclillo en la poesía galesa es el pájaro más nostálgico, porque en galés cw? significa "¿dónde?" y así con sus dos notas melancólicas nos recuerda en cada primavera a las nieves de antaño y a todo lo que el año pasado se nos llevó sin esperanza de devolución.
Sin embargo es de creer que el monje Colchú, irlandés y celta hasta el tuétano, compartía los mismos sentimientos hacia las aves del estepario padre Navarrete y que si no los desterró de aquellas soledades donde se había guarecido del siglo no fue por falta de ganas, sino de poderes taumatúrgicos.
Gormlai, la reina poetisa, distinguía bien, según Clarke, esas dos sensibilidades opuestas, pero no hacía de su diferencia una cuestión de raza, sino de religión. Cuando, de soltera, frecuentaba las escuelas bárdicas de su tierra natal, la poesía la sumergía en un ambiente de alegría y amabilidad, habitado por Bran el navegante, explorador de otros mundos, Niamh Cinn Óir, hija del rey del mar, y Oéngus, dios de la poesía, la juventud y la belleza, que surcaba los aires en forma de cisne junto a su amada Etain. Todos ellos vivían en un paisaje al que daban un nuevo sentido de magia y sacralidad, y que era el mismo de ella, el de los antiguos dioses y de la tierra eterna.
En Glendalough y Cashel, por el contrario, el mundo descubierto para su desgracia con el atrimonio, la naturaleza se volvía hostil y las letras sagradas, al contrario que los cantares de los poetas, se apartaban con horror del mundo y sus peligrosos placeres.
Cashel, la Capilla de Cormac (muy posterior a la época de Gormlai).
Grabado del siglo XIX.  

Gormlai admira la poesía de la naturaleza, los poemas atribuidos al rey Suibhne, que enloquecido llevó durante años la vida de un pájaro del bosque (como el barón rampante de Italo Calvino), a Liadan, la monja nostálgica y enamorada y sobre todo al poeta ermitaño Marbhán, rival de aquel otro archipoeta Seanchán Torpéist. Marbhán, hermano y consejero del rey Guaire, a quien se atribuyó el bello diálogo de Rey y ermitaño
El de Marbhán es un personaje que debió de llamar la atención de Austin Clarke: no es esta la única de sus novelas en que se le menciona (ver Porquero contra poetas San Marbhán y el mito de los poetas). 
Aquí, el relato de su querella con los poetas de Seanchán Torpéist (que constituye el motivo principal del relato medieval Tromdámh Guaire) es largamente evocado en el torneo poético que enfrenta, en la casa del hospitalario Morna mac Morna, a los poetas del Ulster con el joven y simpático clérigo vagabundo Anier, que posiblemente no es sino el narrador protagonista de la obra humorística Aislinge maic Con Glinne (La visión de mac Con Glinne). Es esta visión una parodia de los relatos de excursiones al otro mundo, ya en fantásticas navegaciones, ya en viajes espirituales semejantes a los de los chamanes. Pero el otro mundo de Mac Con Glinne más se parece a un paraíso o tierra de Jauja imaginado por Carpanta, un país donde reinase Don Carnal y cuyo paisaje lo constituyesen manjares y viandas, montes de manteca y lacón, arroyos de miel y cerveza.
La justa poética aterroriza a Mac Morna. Tan de temer es la derrota del compatriota como la de los forasteros del Ulster, que vengarán en él su despecho con alguna terrible diatriba satírica.
Triunfa Anier por fin, pero en la calentura del furor poético se compromete a adentrarse en el Purgatorio de San Patricio, una caverna que, según se decía, daba acceso al otro mundo, que era importante centro de peregrinación en la Edad Media y lo continuó siendo después. 
Purgatorio. De Las muy ricas horas del duque de
Berry
. 
Entre nosotros es famosa la relación que escribió en catalán, muy a finales del siglo XIV, el caballero Ramon de Perellós, de su viaje a Irlanda y visita a la gruta. Ramon de Perellós seguía las huellas del Caballero Owen, un inglés que dejó escrita la crónica de su viaje al Más Allá a mediados del siglo XII: fue un libro de enorme éxito. La motivación de la obra de Perellós era de índole política: se trataba de encontrar al difunto rey de Aragón en el Purgatorio demostrando que no ardía en el Infierno ni, por tanto, sus allegados lo habían dejado morir sin confesión (de lo que se les acusaba).
En este sentido, el viaje de Perellós recuerda más a otros de la antigüedad, como el de Eneas en el poema de Virgilio, que a la tradición medieval: y es que ya clareaba el alba del humanismo. Pero dejemos esto para otro día si Dios quiere
El obligatorio viaje de Anier al Purgatorio de San Patricio es parte esencial del Libro III de la novela de Clarke.
En esta, Seanchán Torpéist, el poeta rival de Marbhán, aparece en una anécdota narrada por el propio rey Cormac, y tomada por Austin Clarke del Glosario (Sanas Cormaic) compuesto por el obispo monarca (puede leerse aquí en inglés bajo el título "The spirit of Poetry"). Seanchán Torpéist encuentra a una mujer abandonada en una isla, recogiendo algas y marisco. 
El marisco, hoy manjar de ricos y sibaritas, era sustento de miserables, que libremente podía cogerse de la costa. Las algas, aparte de alimento para las personas y ganado, se usaban para fertilizante o, como en este caso, para obtener de ellas la preciada sal, quemándolas e hirviendo sus cenizas. En antiguo irlandés, la sal se decía murluaith, "ceniza de mar".
Bartholomew C. Watkins, Bahía de Murlough y Fair Head.
Se reconocen en la mujer solitaria, en sus manos y pies, vestigios de antigua belleza y noble porte, pero está cubierta de harapos, ajada por los años y las privaciones. Toda su mesnada ha sucumbido a alguna calamidad: ¿naufragio, epidemia, ataque de piratas? No se sabe. 
Seanchán comprende que se trata de la desaparecida hija del poeta Ua Dulsaine, a la que los suyos buscan desde hace largo tiempo en vano: su pista se perdió durante un viaje por Irlanda, Man, Escocia y Gran Bretaña. 
Solo podrá rescatarla el poeta que sea capaz de completar las estrofas incompletas que ella recite. Seanchán Torpéist y los demás bardos que lo acompañan quedan mudos: la inspiración los ha abandonado. Pero reciben una inesperada ayuda: con ellos va un pasajero al que habían admitido en su barco por caridad y a regañadientes, a instancias de Seanchán. Es un ser de tremenda fealdad, cubierto de llagas malolientes y que supura exudaciones nauseabundas. Si se aprieta la frente con un dedo, los jugos pestilentes le caen a hilo por orejas afuera. 
Mendigo leproso, Rembrandt.
De hecho, al subir a bordo trepando por el timón con la agilidad de un ratoncillo a pesar de su enorme talla, fue él quien le grangeó a Seanchán el mote de Torpéist, que quiere decir "alcanzado por el monstruo". No solo eso: era tan sucio que cuando se desnudaba tenía que poner una piedra encima de la ropa, no fuese que se le escapase. ¡Tantos eran los miles y miles de piojos que hormigueaban en ella!
-No pierdas el tiempo preguntando a Seanchán -dice la horrible criatura-. No te va a contestar. Ni él ni todos esos poetas con sus vestidos carísimos y principescos. El hábito no hace al monje. Mejor pregúntame a mí. Créeme: yo sé algo de eso.
El desconocido responde a las adivinanzas de la anciana, deshaciendo el hechizo.
-Yo sé quién eres -dijo Seanchán-: la hija de Ua Dulsaine, la poetisa, a la que andan buscando por Irlanda y por todos estos mares.
-Sí, esa soy yo.
-Ven que te demos un baño, que buena falta te hace.
-¿Y dónde querías que me bañase? Agua salada no quita mugre.
-Ya tendrás ganas de perder de vista esos andrajos...
-¡No veas!
Seanchán Torpéist personalmente la bañó, viendo como mucho de su belleza volvía a resplandecer en ella. Luego, la ataviaron con magníficos y suntuosos ropajes.
-Esto ya es otra cosa.
-Volvamos a Irlanda.
-Eso: no veo la hora.
Con las emociones probablemente, no se acordaron más del pasajero: que muchas veces nos sucede eso con los que nos ayudan, cuando pasa la necesidad.
Y no bien desembarcaron en irlanda, vieron acercárseles a un joven de toda apostura, con una espléndida y perfumada cabellera que le caía en rizos de oro sobre los hombros. Sus vestiduras eran las de un rey. Se llegó a ellos y los saludó con la mayor cortesanía antes de desaparecer sin decir palabra.
-¿Os habéis dado cuenta? ¡Este muchacho tan guapo era el monstruo que cogimos a bordo! ¡Y vosotros que no queríais...!
-El que no lo ve, no lo cree. ¿Y quién será este prodigio?
-¿No lo adivináis, atontados? ¡¡Es el espíritu de la poesía!! 
Jacob Jordaens, Alegoría del poeta.
Y en efecto, la poesía es fea y trabajosa y hace sufrir a veces y sudar tinta al que la practica; pero cuando la obra está acabada y perfecta, no hay príncipe real que se le iguale.
En Tromdámh Guaire, que mencionábamos ante, se encuentra un episodio parecido al del monstruo poeta: allí se trata de un leproso al que Seanchán se ve obligado a besar y acoger a bordo de su barco rumbo a Escocia, y que al final acaba siendo un santo, medio hermano del poeta, que se había transformado para ponerlo a prueba.
Pero toda esta historia del Glosario de Cormac guarda mucha semejanza con un grupo de leyendas irlandesas acerca de la soberanía. En ellas, una vieja repelente se transforma en joven de deslumbrante belleza en los brazos del osado que se atreve a catar sus amores y por ese mismo hecho le confiere la Soberanía, que es ella misma en forma de mujer.
Y es que Seanchán, poeta que quita y pone reyes, tiene mucho que ver con la Soberanía: Marbhán, su rival, como vamos a ver, también.

jueves, 11 de febrero de 2016

Santidad, sexualidad y muerte (The singing-men at Cashel)

A fin de cuentas, si la reacción del rey Cormac mac Cuilleanáin ante el espectáculo nunca visto de la desnudez femenina fue un tanto exagerada, que cogió las de Villadiego corriendo a macerarse las carnes en la soledad de su oratorio (ver El terror a la mujer...), ¿seremos nosotros quién para echarle su miedo en cara? 
Ya se lo dice a sí mismo Brassens en la canción de La première fille (La primera mujer): 
"On a beau faire le brave, quand elle s'est mise nue
Mon coeur, t'en souviens-tu, on n'en menait pas large" 
("Ya puede uno ir de valiente: cuando se desnudó,
corazón mío, ¿te acuerdas?, no le llegaba a uno la camisa al cuerpo"...) 
El terror de Sigfrido ante Brunilda. Ilustración
de Arthur Rackham.
Si el mismísimo Sigfrido, ilustre matadragones, quedó temblando como una hoja ante el pecho descubierto de Brunilda -"Das ist kein mann! (¡Esto no es un hombre!")"-, bien podemos dar la razón a Karen Horney cuando afirma que ese terror es de los más universalmente repartidos. Porque además, añade, la mujer ante el varón teme por su integridad física, pero la herida del varón es en el orgullo. Y esa humillación al agriarse produce resentimiento y hostilidad.
Los santos de Irlanda no podían constituir una excepción.
Adán y Eva. Relieve en la cruz de Kinnity, erigida
probablemente por Flann Sína, el padre de la reina Gormlai.
Foto: zepherb, procedente de Wikimedia Commons.

En aquel mismo Glendalough donde tuvo lugar el primer traumático encuentro de la reina Gormlai, la mujer de Cormac mac Cuilleanáin, con el sexo varonil, el fundador de la que llegaría a ser verdadera ciudad monástica (como aparece en la novela The singing-men at Cashel, de Austin Clarke), san Kevin -Caoimhghin en irlandés-, se había instalado siglos atrás en una pequeña y eremítica celda. Pero sucedió que una mujer se enamoró de él; y la manera que se le ocurrió de demostrarle su cariño a aquel tipo hirsuto fue acudir regularmente a adecentarle y humanizar su morada anacorética y ferina.

Esto ya lo he contado en otro sitio hace poco (ver La mujer pez entre India e Hibernia), pero es una de mis leyendas preferidas. Continúo.
Yo no sé si las lugareñas de Glendalough desplegaban el celo limpiador de la arquetípica mujer actual. Pero me la imagino zorreando los pocos y pobres enseres del santo sin miramiento para los valiosos códices, sacando brillo a alguna antigua calavera de meditar y levantando nubes de polvo con la escoba sin dejar de tararear algún cantarcillo de la época, como aquello de: 
"Críde é,
daire cnó,
ógán é,
pógán dó!",

(Él, mi corazón,

bellota del robledal,
es un mocito:
¡un besito para él!)
Tentaciones de San Antonio,
Lieven van Lathem
Todo ello, como se ve, incompatible con el recogimiento y la oración. El solitario, sabedor de que algo tentador y diabólico acecha siempre agazapado en la feminidad, le prohibió ásperamente que volviese a dar la lata, pero ella se marchó sin dar su brazo a torcer y pensando que de cuándo acá es pecado la limpieza.
Cuando otro día san Kevin, de regreso del gélido lago donde pasaba largas horas en remojo rezando los salmos se la encontró haciéndole la cama con una canción en los labios, le dijo hoscamente:
-Anda, hija, quítate la ropa y túmbate en la cama. 
Ella obedeció presurosa.
-Fan go bhfeicfidh tú (Espera verás). ¡Esto va a ser mano de santo!
Y agarrando un manojo de ortigas que tenía en un rincón para sus penitencias, le aplicó unas vigorosas friegas sin dejarse conmover por sus quejas y protestas.
-Vuelve por otra.
-Este santo -rumiaría ella camino de casa, restregándose y con lágrimas en los ojos- está resultando durillo de pelar, pero como me llamo Catalina -Caitlín se llamaba, en efecto- que cae. ¡Vamos, que cae!...
Aquí viene el brusco y lamentable desenlace. Porque al poco tiempo, al levantar la vista de su lectura, san Kevin se la topó de nuevo. Yo la veo pasando el polvo de algún estante, acaso restregando la madera con enérgicos meneos
Esa vez el santo no dijo nada: la agarró sin más y la arrojó al lago. Nunca se la volvió a ver con vida ni sin ella, aunque dicen que a veces se la oye cantar y se adivina en el agua el reflejo de sus ojos.
Pues de esta escuela salía el el sabio, el espiritual e inocente marido de Gormlai...
Más atrevido fue san Brendan, como cuenta el Martirologio de Oéngus
San Brendan supo que otro santo, san Suithin o Scuithin, dormía cada noche con dos doncellas "de pechos puntiagudos" (chorrchíchecha). ¡Serían como la de nuestro romance: "las teticas agudicas / que el brial quieren romper"...! 
Y sin embargo, noche tras noche quedaba intacta siempre su pureza. 
Brendan quiso probar fortuna.
Scuithin lo acogió amablemente y mandó que le preparasen la cama donde solía acostarse él. Brendan se retiró y aparecieron al poco tiempo las risueñas muchachas con el cuenco de las faldas lleno de brasas que esparcieron por el suelo de la estancia. Sus vestidos no se habían chamuscado siquiera, signo milagroso de castidad.
-¿Qué hacéis? ¿Esto para qué es?
-No sabemos -contestaron ellas-. Esto lo hacemos todas las noches. ¿Vamos a la cama?
Brendan se acostó con una doncella a cada lado y no podía pegar ojo con el calentón (lasin elscoth). ¡Venga a dar vueltas!... ¡Venga a dar vueltas!
-¡Pero, padre! -dijeron las mozas- ¡Esto no está bien! Ese que duerme aquí todas las noches ni se entera de que estamos nosotras y se queda frito como un bebé. ¿No quieres darte un chapuzoncito en la tina de agua helada que tiene ahí para sus oraciones? ¡Igual te venía bien! Él se mete dentro muchas veces a rezar...
-¡Bah, no vale la pena, hijitas! ¡Para estar padeciendo...! ¡Quién me mandaría a mí!... Mejor dejarlo. ¡No hay duda de que es mejor santo Scuithin que yo!
Al despedirse, Brendan le preguntó a su amigo:
-¿Cómo te las arreglas para mantenerte siempre con la cabeza fría y libre de las tentaciones?
-Porque cuando duermo tengo dos guardianas que velan mi sueño y que me protegen de esos males: la Esperanza y la Caridad.
Tentaciones de san Antonio (detalle), Cornelis Massijs.
-¡Pues para ser virtudes teologales -pensaría san Brendan- a mí me han parecido de carne y hueso, y de carne muy bien colocada sobre el hueso...!
Tanta era la pureza de San Scuithin que su cuerpo era capaz de grandes prodigios, como el de caminar sobre las aguas. Un día iba cruzando a Britania san Finbarr (Finbarr es el santo de los que se llaman Barry) en su barco cuando se lo encontró.
-¡Eh, Scuithin! Dios te bendiga, ¿que haces andando por encima del agua?
-¿Agua? ¡A mí esto me parece un prado de flores bien sencido! Mira, toma una: ¡qué bonita! 
Y sacando una hermosa flor de entre las olas, se la regaló a Finbarr. De ahí, por cierto, le vino su nombre de Scuithin o Scoithin, Scothinus en latín, porque "flor" se dice en irlandés scoth, todavía para ponderar la excelencia de algo dicen que es "den chéad scoth", "de la primera flor.
Finbarr aceptó el obsequio, pero sin convencerse:
-¡Que no, hombre! ¡Que esto es el mar! ¡Mira verás!
Y hundiendo un brazo en el agua, pescó un brillante y lustroso salmón, que le tendió a Scoithin.
-Bueno: ¡nos quedaremos cada uno con su parecer!
-Me parece muy bien. ¡Adiós!
Este milagro llegó a oídos del fabulador Álvaro Cunqueiro, que lo relató en un artículo recogido en el libro Laberinto y Compañía
El milagro de san Scuithin debió de llamarle la atención porque no es un milagro cristiano. Desde el mismo Jesús, muchos santos cristianos han caminado sobre las aguas. Algunos santos irlandeses lo han hecho así. Sin duda los habrá que hayan transformado en lagos y mares lo que fueron llanuras y valles, y al revés como en la profecía del apocalíptico brasileño: "Então o sertão virará mar e o mar virará sertão!"
Pero lo que no ha hecho ninguno, que yo sepa, es que el mar sea de verdad tierra firme sin dejar de ser mar. Como dice el poeta Denis Florence McCarthy:
"And how Scothinus walked upon the waves,
which seemed to him the meadow's verdant sod!"
"Y cómo Scoithin anduvo sobre las olas,
que le parecían la tierra de de los prados, verdeando..."
Y eso mismo es lo que sucedió cuando Bran mac Febal, que iba en su barco, se cruzó con Manannán mac Lér, el dios marino, que estaba paseando tranquilamente con su carro por las praderas oceánicas. 
Tiene mucho de los héroes paganos este Scoithin, como su pariente san Ailbe, el niño lobo, que según el sabio O'Hanlon era su primo...
La visión aterradora de la desnudez femenina, de la de su propia esposa, a la vez que espanta induce a seductora tentación al rey Cormac, en la novela de Clarke. La cabellera tendida a la espalda descubre unos pezones menudos, morenos, erectos (como los que le proporcionaron su noche de insomnio a san Brendan), "como ansiosos de proteger a su dueña del frío de la noche". En el azoramiento de la sorpresa, se tapa la cara, exponiendo el resto del cuerpo. La voz, algo ronca del susto, es de miel y por un instante Cormac piensa, por sugestión diabólica, que aquella es su legítima esposa y que bien podría sin pecado dejarse arrastrar al "febril abandono de la medianoche, a la tibieza de los miembros entrelazados por la mañana". Pero el cristiano monarca huye, y en su fuga lo acompaña el ejemplo de san Enda.
Ya he contado la conversión de san Enda, otro príncipe santo (ver El desengaño de un príncipe). Es una historia que parece sacada de una comedia de santos del Siglo de Oro. Enda, príncipe joven, apuesto y aguerrido, se encapricha de los encantos de una muchacha. Acaso haya espoleado su deseo el hechizo de lo prohibido porque la doncella es novicia y precisamente en el convento cuya abadesa es la hermana mayor de Enda, la que siempre le ha servido de mentora y sabido reprenderle con severidad cuando ha hecho falta. Conociéndola, el voluntarioso Enda le entra con prudencia y buenas palabras.
-Hay una novicia en tu convento que me tiene perdido de amores. Dale permiso para que nos casemos.
-Mal asunto es levantarle la novia a Dios.
-Dale permiso, créeme, si no quieres que ocurra cualquier disparate y caiga sobre tu conciencia; porque no sé de lo que soy capaz.
-En todo caso, lo suyo es preguntarle a ella.
-Me parece justo. La semana que viene vendré a saber la respuesta.
La abadesa convocó a la novicia y le preguntó:
-¿Qué prefieres, di: seguir constante en tu intención y entrar en religión o volver al siglo y casarte? Te advierto que te ha salido un partido inmejorable.-No valgo yo para casada, como no sea con Cristo.
-Está bien: me alegro de que creas eso. No te preocupes, yo me encargo de todo. Ahora vete a acostar que mañana será otro día.Días después, Enda volvió al convento, ansioso de de ver a la novia y hablarle.
-A ver, ¿dónde tienes escondida a esa maravilla? Di que la traigan, que no aguanto un minuto más.
-Ven tú mejor. Está en su celda esperando.
La historia se repite. Conversión de san Francisco
de Borja
, Muttoni della Vecchia.
Pero cuando el rey se precipitó a la celda, encontró a la novicia entre cuatro cirios, con la cara velada.
-¿Qué broma de mal gusto es esta?
-Has llegado tarde, hermanito.
-¡Oh, qué aspecto tan horrendo!, ¡Qué palidez cadavérica! ¡Qué ojos hundidos, en sombra, y qué nariz afilada como un cuchillo! ¡Qué dientes que le asoman! ¡Tapa, tapa, que me da escalofríos!
-¿Ves eso? Pues es de lo que te había hecho enamorarte Satanás. Si no llego a tomar cartas en el asunto...
¡Qué juego de espejos y de espejismos tan barroco edifica Clarke en la escena de la huida de Cormac, cargada de sombras y resplandores infernales! Cormac ve a su mujer a la clara luz de las velas, como una criatura luminosa hecha de tinieblas por arte diabólica (ella, que se ha desnudado y, cansada, se ha tapado un instante la cara con las manos, no ha llegado a verlo a él). Pero en el espejo de esa situación sobrecogedora, Cormac ve a Enda viendo los despojos de lo que fueron sus amores, y en él la miseria y la nada del siglo... La maldad intrínseca e insondable de la sexualidad, visión dolorosa que por distintos caminos han llegado a compartir el marido y la mujer.


Vanidad, Luca Cambiaso.






jueves, 10 de diciembre de 2015

La reina tres veces viuda y el fantasma de su amor

Hace algunos meses me estuve ocupando de un par de novelas del irlandés Austin Clarke (ver Dioses, ángeles, genios y santosSan Marbhán y el mito de los poetas). Ahora vuelvo a él y al tercero de sus relatos novelescos, segundo cronológicamente, The Singing-men at Cashel (1936).
Esta es una novela histórica con personajes reales, de cuya existencia sabemos por los anales y otras fuentes medievales, generalmente parcas y equívoca, por otra parte. Protagonista de la narración es Gormlaith, hija del rey supremo de Irlanda Flann Sinna y mujer y viuda de otros tres reyes: Cormac mac Cuillenáin, Cerball mac Muirecáin y Niall Glúndub (Rodilla Negra), muertos en combate los tres, todos los cuales desempeñan importante papel en la narración.
La época en que la acción se desarrolla -en torno al año 900- es crítica en la Historia de Irlanda. Es el período en que los reinos del Sur de la isla se ven obligados a hacer frente a la pujanza expansionista de los Uí Neill, principal poder en el Norte desde siglos atrás. La dinastía dominante en el Sur, los Eóganacht, reinaba sobre una multitud de pequeños estados y pueblos laxamente unidos y mantenía tradiciones políticas más arcaicas que sus rivales del Norte, deseosos de establecer una unión más estrecha entre sus distintos pueblos y una continuidad dinástica basada en la alternancia en el trono de dos ramas de la misma familia. Gormlaith pertenecía a la estirpe de los Uí Neill, que se acabarían imponiendo por poco tiempo a los Eóganacht para ser derrotados un siglo más tarde por Brian Boru, de los Dál Cais (otro pueblo de Munster).
Incursión vikinga, por Luminais.

Por otro lado, los vikingos, no contentos con sus repetidas incursiones de saqueo, empezaban a establecerse fundando pequeños estados con la intención de permanecer colonizando el territorio. Los reinos locales buscaron la alianza de aquel nuevo poder, que a se aprovechaba a su vez de las rivalidades de los irlandeses.

Gormlai, Gormlaith o Gormfhlaith , hija del rey supremo de Irlanda Flann Sinna, la protagonista, es una figura de cierta importancia en la literatura irlandesa. Distintos manuscritos le atribuyen más de una decena de poemas. Con seguridad no fue ella quien los escribió, pero sabemos que se remontan por lo menos al siglo XV y probablemente al XIII o aun al XII. El gran filólogo Osborne Bergin los recopila en su estudio y antología de la poesía bárdica, aunque no lo son propiamente, sino poemas líricos inspirados por acontecimientos dramáticos de su vida.
Como sabemos también que existió un relato medieval de ficción, hoy perdido, que la tenía por protagonista, Serc Gormlaithe do Niall (El amor de Gormlaith a Niall), es lo probable que aquellos poemas estén puestos en boca de la princesa novelesca y no de la histórica.
Los Anales de Clonmacnoise, epítome inglés de una crónica irlandesa perdida, mencionan algunos de esos episodios.
Nos son conocidos sus tres matrimonios, fracasados los dos primeros por la santidad de un marido y la brutalidad del otro y trágicamente interrumpido el último por la muerte en combate del único amado, Liam Glúndub, en guerra contra los invasores escandinavos del reino de Dublín, en 919. También de la trágica pérdida de su hijo, ahogado, y de cómo en su tercera viudez, caída en la miseria, iba pidiendo por las puertas y soportando las humillaciones de quienes la habían servido beneficiándose de su generosidad.
Tugas di gallcochal gorm
agus corn sealbha na salm
agus tríocha uinge óir:
mairid ag Móir Mhuighe Sainbh.

Tug sisi damhsa anocht

-nocha maith cumann nach ceart-
dá deachmhadh do chóirce chrúaidh
dá uigh chirce ar mbáin dá beart!

Yo le di un manto azul vikingo,

y una funda de cuerno para los salmos
y treinta onzas de oro:
¡Todavía los tiene, Mór de Mag Sainbh!

Ella a mí me ha dado anoche

(no está bien corresponder con ruindad)
dos puñados de avena dura,
dos huevos de gallina que sacó de un talego...

Una noche, en sueños, se le apareció su difunto amado.

-He venido a pedirte una cosa: que no llores tanto mi muerte. No creas que los llantos de los vivos nos sirven de ayuda a las almas en la otra vida: al revés.
Esta creencia en lo perjudicial de los lamentos por los difuntos, curiosamente, se encuentra también en Bretaña: Anatole Le Braz le dedica bastantes páginas de su La légende de la Mort...
Comunicado su mensaje, Niall se dio media vuelta y se marchó sin más palabras. Gormlaith quiso trabarlo de la ropa, pero se le escurrió de entre los dedos. Se abalanzó sobre él por retenerlo y la despertó el vivo dolor: cuando creía ir a abrazar a su marido, se había arrojado sobre uno de los montantes de la cama, que se había hincado en el pecho. 
Tres o cuatro días sobrevivió con la terrible herida antes de morir: así lo expresa el poema medieval, puesto en boca de la pobre reina:
Uaithne don iobhar áluinn
fám iomdhaigh is eadh tárruinn:
tharla m'ucht fán uaithne corr,
gur ro scoilt mo chroídhe a ccomhthrom.

Un montante de hermoso tejo

de mi cama fue lo que agarré:
El pulido poste me traspasó el pecho,
partiéndome el corazón en dos mitades...

Dora Sigerson Shorter, escritora irlandesa de la época del renacimiento literario de aquel país, dedica a esta muerte romántica un poema, donde dice que, según algunos, cuando sus manos cogieron en vano la vestidura de Niall, este había murmurado: "¡Vente!". 
Un fantasma en la alcoba. Clerk Saunders,
por Elisabeth Siddal
El propio Austin Clarke, en The confession of Queen Gormlai, del libro Pilgrimage and other poems (1929), ya había esbozado un resumen poético de la vida y muerte de la legendaria reina antes de dedicar a tan poética figura su novela.  
Su personaje novelesco tiene evidente relación con la representación de la Soberanía como una mujer que se aparece unas veces juvenil, radiante y poderosa y otras decrépita, enferma y miserable, motivo repetidísimo en la tradición irlandesa a lo largo de los siglos. 
El personaje real parece haber tenido otras luces y otras sombras. Con su segundo marido Cerball  (Carroll, escrito a la inglesa, en la novela de Clarke), su tirano, del cual huyó y se divorció en la leyenda, parece que en la realidad conspiró para dar muerte a Cellach Cermáin y su mujer, porque aquél quería disputar a Cerball la corona de Irlanda.
Al final de la novela de Clarke vemos que todo el relato está siendo leído por un copista un siglo después de la acción principal, en tiempos de Brian Boru, que consiguió por fin la unificación de Irlanda y la derrota del poder vikingo en la batalla de Clontarf, donde 
encontró la muerte junto a muchos otros miembros de su familia.
Jorge Luis Borges, dicho sea de paso, escribió un estupendo cuento sobre un rey supremo de Irlanda que encargaba a un bardo una oda celebrando el triunfo de Clontarf. Es "El espejo y la máscara", en El libro de arena. Este rey no podía ser Brian Boru, que había muerto. Sería su sucesor Mael Sechnaill mac Domhnaill. Pero no es muy probable tampoco que este  encargase ditirambos de Brian, que lo había desplazado del trono supremo de Irlanda.
Preparativos de la batalla de Clontarf, por Hugh Frazer.
En la novela de Clarke los personajes de ficción se mezclan con los históricos y se codean con otros personajes que pertenecen a otras obras muy anteriores. Vemos, así, desempeñar importante papel a Anier mac Conglinne, protagonista de la visión burlesca relatada en el medieval Aislinge meic Con Gline y aquí emprendedor muy a su pesar de una expedición al Purgatorio de San Patricio. El Anier de Clarke es un joven clérigo goliardesco enredado una y otra vez en cómicas, vodevilescas aventuras amorosas que no dejan de recordar al Arcipreste de Hita.

sábado, 17 de octubre de 2015

El dragón estandarte

Entre las obras de Luciano de Samosata que tuvieron mayor difusión en la Edad Media y el Renacimiento se encuentra el breve tratado Cómo escribir historia. Por lo que en él se lee, las campañas victoriosas del Imperio Romano contra el Imperio Parto en los años 160 a 167 dieron pie a una rclosión de obras históricas, muchas de ellas en tono panegírico. Al entusiasmo patriótico el asunto añadía el interés del exotismo pintoresco que también había probado su éxito en los relatos de la vida de Alejandro, por ejemplo. 
Los escitas y otras gentes orientales vistas por
un inglés del siglo XIX. En la fila superior
puede verse un estandarte serpiente.
Me llama ahora la atención un pasaje del opúsculo de Luciano. En él se critica a cierto historiador que, sin haber salido de Corinto, hablaba de los lejanos escenarios de la guerra presumiendo de haberlos visto con sus propios ojos, precursor en esto de un Verne o un Salgari. Y así da testimonio del siguiente prodigio: que en Persia, allende la Iberia, vivían unos grandes dragones que los persas solían capturar para atarlos a largas astas, enarbolándolas a manera de estandartes, cuya visión sembraba el pánico en el enemigo.
No es privativo de los indoeuropeos (a los que pertenecían -concretamente a los iranios- partos y escitas), pero sí muy frecuente en ellos, el recurso militar al pánico que paraliza o pone en fuga al enemigo y que se provoca por medios mágicos. Es la magia femenina odínica del seidhr entre los escandinavos; la fuerza paralizante de la mirada de Medusa en el escudo de Atenea o la de la gran diosa hindú (ver Ojos de pez, vista de pájaro).
De hecho, dragón es nombre que se refiere a la mirada, a la mirada mortal. Está emparentado con el galo derco, 'ojo' y con el irlandés radharc, 'vista'.
A decir del historiador en cuestión, los persas soltaban a continuación sus dragones, que causaban un gran estrago en las tropas romanas, engullendo a los soldados o asfixiándolos y aplastándolos entre sus anillos. 
Es decir, dos maneras de matar asociadas con lo femenino, al menos en el mundo griego, especialmente la segunda: la mujer mata y se mata con los lazos, ahorcándose, que es una muerte sin efusión de sangre.
Según Luciano, todo esto de los dragones es pura invención y nacida del nombre de "dragón" que recibía entre los partos cierta unidad militar.
Mucha imaginación supone esto en el fantasioso historiador para habérselo inventado de cabo a rabo y la sensación que le da a uno es la de que ha reseñado una creencia de los iranios, partos o escitas, tomándola por hechos reales.
Existe una insistente conexión entre los escitas y las serpientes. El nombre de los sármatas o saurómatas, pueblo escítico, se relacionó con saurio, bien precisamente por estos estandartes serpiente, bien por las armaduras de escamas solapadas que gastaban.
Los dragones desempeñan un papel importante en las creencias de los escitas, como que son ellos mismos algo dragones al descender de una criatura medio mujer medio serpiente, una de esas melusinas. El cuento lo trae Herodoto y también alude a él Valerio Flaco en las Argonáuticas. Es el caso que Hércules, conduciendo los ganados de Gerión, acertó a pasar por el país que luego sería Escitia. Hacía un frío terrible. Hércules desunció a las yeguas de su carro y se envolvió para pasar la noche en su piel de león. Al despertar, vio que las yeguas habían desaparecido. Busca que te buscarás, llegó a una cueva donde vivía un extraño ser, mujer de cintura para arriba y serpiente de cintura para abajo.
-¿Qué, no habrás visto por aquí unas yeguas sueltas?
-Las tengo yo bien guardadas.
Mujer escita ordeñando una yegua. Delacroix, Ovidio entre
los escitas
(detalle).
-Pues dámelas, que son mías.
-Muy bien, pero con una condición, si te parece: que te acuestes conmigo.
-De acuerdo: me parece un trato muy razonable.
Hércules cumplió su parte, aunque la mujer reptil no le debía de resultar muy escitante, y pasó una larga temporada con ella aunque no pensaba más que en volver a casa. Al final, se lo dijo directamente.
-Yo encontré -dijo ella- tus yeguas y las guardé. Ese servicio tú me lo compensaste como habíamos acordado. Me has dado tres hijos: me considero pagada. Ahora dime: cuando haya criado a esos niños, ¿qué prefieres, que se queden aquí en Escitia o que te los mande?
-Vamos a hacer una cosa: voy a dejarte mi cinto, con una taza colgada como suelo llevarlo, y un arco. Cuando puedan ceñirse el cinto, que prueben a tensar el arco. El que lo consiga, que se quede. El que no, me da igual lo que sea de él.
De los tres hijos, solo uno -el pequeño- fue capaz de tensar el arco: Escites, primer rey de los escitas. A los otros dos la madre los desterró y no se supo más de ellos. Y desde aquellos tiempo, los escitas siempre llevaban una tacita colgada del cinturón o de la faja.
Hay en todo esto algo familiar. 
Bernard Sergent ha estudiado detenidamente los paralelos irlandeses de los trabajos de Hércules, encontrando grandes semejanzas entre ellos y el relato de La muerte de los hijos de Tuirenn. El trabajo de los bueyes de Gerión, por otra parte, no puede dejar de recordar al género de los robos de ganado que tanta importancia adquiere en la épica irlandesa.
Lucas Cranach, Hércules y los ganados de Gerión.
Pero otros parecidos creo encontrar con un famoso cuento de Cú Chulainn: el Tochmarc Emire. En él, para conseguir la mano de la bella Emer, el joven Cú Chulainn tiene que ir a aprender las artes bélicas con Scáthach (la Sombría), famosa guerrera, en cuya familia causa estragos. Primero cae presa de sus encantos la hija que, bien educada, pide permiso a su madre para dormir con el joven huésped. La madre se lo concede, cosa que la hija -Uathach (la Horrible o Majuelo) le paga revelando a Cú Chulainn cómo debía arreglárselas para obtener que Scáthach le sirviese a la vez de maestra y de amante. Tampoco requería mucha astucia: poniéndole una espada en el pecho. Por último, la tía, Aífe, a la que Cú vence en combate mediante el ardid, no más sutil, de estrujarle los pechos por sorpresa, y perdona la vida a condición de que le para un hijo.
Cú Chulainn marcha dejando encinta a Aífe y le da un anillo para que el niño lo lleve cuando crezca.
En ambos cuentos, el protagonista lo es también de un episodio de robo de ganados. Ambos transcurren en un misterioso y oscuro país al Norte. En el cuento escita tiene amores con una mujer que le da tres hijos; en el irlandés con tres mujeres, una de las cuales le da un hijo. Estos amores y sus frutos son resultado de un pacto o contrato. En el cuento irlandés el hijo es desterrado al crecer; en el escita, el hijo menor y favorito permanece, siendo desterrados sus hermanos. En la narración de Herodoto, Hércules enseña a la mujer cómo manejar un arma, en el cuento irlandés la mujer instruye en el manejo de las armas a Cú Chulainn.
Incluso puede verse que la trinidad de amantes de Cú Chulainn responde a la división trifuncional descubierta por Dumézil: Uathach representa a la juventud y la belleza, Scáthach es profetisa e Aoife, principalmente guerrera, es derrotada en combate.
Pero la cosa viene de bastante más atrás. En un libro ya clásico, How to Kill a Dragon, Calvert Watkins llama la atención sobre un mito hitita en el que el dios de la tormenta se ve vencido por el dios serpiente, Illuyanka, que le arrebata el corazón y los ojos. El dios de la tormenta tiene un hijo, al que casa con la hija del dios serpiente a fin de recobrar los órganos robados, lo que consigue. 
El dios de la tormenta luchando con la serpiente Illuyanka. relieve hitita.
(Foto de JoJan tomada de Wikimedia)
Restablecida su integridad, lucha de nuevo con el dios serpiente y lo vence y mata esta vez. Pero se ve obligado a dar muerte también a su propio hijo, que pertenecía ya a la familia serpiente y se había hecho culpable de varias transgresiones.
Watkins señala notables paralelos con otra narración épica medieval irlandesa relacionada también con ganados y con dragones: La saga de Fergus mac Léti.
De hecho, los estandartes serpiente dotados de vida propia también aparecen en la épica irlandesa; y como no es verosímil que se trate de una innovación venida de Oriente, con toda probabilidad están allí desde los tiempos más remotos.
La palabra irlandesa que los designa es onchú, compuesta de , 'perro' y otro elemento de dudoso significado. Con onchú  se refieren tanto al estandarte como a un monstruo acuático que, por lo que dicen los textos, más recuerda al dragón que al perro.
El relato Caithréim Ceallaigh (El desquite de Cellach), narra el combate del príncipe Cú Coingelt con uno de estos onchú, monstruo voraz y venenoso que vive en el fondo de un lago y que es capaz de engullir a nueve hombres de una sentada.
Calvert Watkins, al que mencionaba más arriba, señala que el combate subacuático con el dragón es uno de los elementos más antiguos y fundamentales del mito.
El investigador Dennis King, en una entrada de su interesante blog Nótaí imill (Notas al margen) identifica el onchú estandarte con las representaciones que aparecen en miniaturas medievales y relieves romanos antiguos, correspondientes al oriente del Imperio. 
Trofeo de los ejércitos romanos: armas y
estandartes tomados a los dacios. Cuatro
estandartes serpiente.
Se trataba de una manga cónica rematada en una feroz cabeza -de aspecto canino o lobuno por cierto- cuyas fauces mantenían abierto el estandarte de manera que al avanzar el viento, metiéndose en él, le daba volumen y consistencia.
La propiedad de cobrar vida o permanecer inerte al servicio de su vencedor y dueño también la tienen, como los estandartes escitas, los dragones irlandeses. En el relato Táin bó Froéch, el héroe Conall Cernach, perteneciente a la Rama Roja o conjunto de paladines del Ulster, persigue a los ladrones de los ganados de Froech y raptores de su mujer Findabair hasta un lejano país más allá de los Alpes, tierra lóbrega y helada (un viaje, por tanto, en la misma dirección y con un destino similar al de Hércules en el mito contado por Herodoto.
Cerca ya de su meta, Conall Cernach es atacado por un feroz dragón tan voraz que ya lleva devoradas varias naciones enteras. Pero el paladín del Ulster consigue enredárselo en el cinto, donde lo mantiene preso hasta que decide devolverle la libertad. El dragón entonces se marcha sin hacer caso de Conall que, por su parte, tampoco hace nada por apresarlo o darle muerte.
En todo esto se nota cierto aire de familia con el material escita. El cinto atrapadragones de Cernall nos recuerda al cinto de Hércules en el relato de Herodoto, un cinto del cual pende una taza misteriosa cuya función mal se nos alcanza, pero que era a decir del historiador un complemento característico del atuendo escita.
En ambas narraciones se trata de robos de ganado, en ambas está en juego una esposa. En la saga irlandesa se trata de Findabair, hija de los reyes Ailill y Medb de Connacht. Su conducta es puesta en tela de juicio una y otra vez y los compañeros de Froech, el esposo ultrajado, expresan repetidamente sus dudas de que Findabair sea una mujer de fiar. Ciertamente, su conducta anterior en Táin bó Froéch la muestra como mujer audaz y capaz de decisiones e iniciativas en lo amoroso; pero es la Táin bó Cuailge (cuya acción es posterior a la de Táin bó Froéch: se trata, como se dice hoy con horrendo palabro, de una precuela) donde se revela su carácter en toda su fuerza. Medb, su madre (Findabair tiene a quién salir), la usa como cebo para atraer a su causa a un guerrero tras otro y convencerlos de combatir contra el terrible Cú Chulainn, lo cual acabará por provocar una verdadera batalla entre pretendientes en el propio bando de Connacht.
Es curioso que el nombre de Findabair es el equivalente irlandés del de otra famosa reina, infiel a su marido: Ginebra, Gwennhwyfar en galés.
Tanto en Findabair como, más claramente aún, en Medb, se ven rasgos de una antigua diosa de la soberanía, que la confería a los reyes por matrimonio. Hay que advertir que en el libro de Herodoto es también su mujer melusina la que convierte a Hércules en raíz de la monarquía escita.
Un príncipe iranio mata a un dragón. El rey Bahram
Gur.
Irlanda parece haber conservado vestigios de un antiquísimo mito indoeuropeo donde aparece el combate con un dragón, la muerte del hijo del héroe causada por la transgresión de un tabú, el robo de ganados y un país frío y oscuro situado al Noreste. El dragón, tanto en Irlanda como en Escitia, puede cobrar vida a voluntad de quien lo vence y servir como estandarte animado capaz de intervenir en la batalla si se le da suelta.
De ser así, se trataría de un caso más de coincidencia entre dos puntos muy alejados y casi extremos del espacio indoeuropeo: el extremo occidente céltico y las estepas iranias.