sábado, 20 de febrero de 2016

Los peligros de fisgar. Más santos y dioses en Austin Clarke.

Como suele ocurrir en el mundo fantástico de Austin Clarke, en The singing-men at Cashel lo maravilloso cristiano aparece inextricablemente unido a lo pagano. Esto da la sensación de una continuidad en lo religioso irlandés a la que poco afectó la arrolladora llegada del cristianismo.
Yo supongo que esta revelación de la esencial identidad de toda la experiencia religiosa fue una de las causas de la censura que sufrió la obra de Clarke en su país. Aparte de la alegría pagana de vivir que rebosan algunas páginas del libro, como el comienzo en que un joven clérigo giróvago, un tanto agoliardado, traba conversación con unas alegres, desenfadadas y frescachonas lavanderas que están charlando y jugando entregadas a su tarea y chapoteando medio desnudas como ninfas del río.
Francisco Pradilla, Las lavanderas.
No es casual que la narración se abra con el encuentro de tan importantes personajes. El encuentro con las lavanderas, que ocupan en el folclore un lugar tan relevante como enviadas del otro mundo, como inquietantes conocedoras de secretos y profetisas, adquiere aquí una jovialidad, una claridad diáfana que contrasta con las sombras y luces temblorosas, apagadas, de los interiores palaciegos y monásticos. La naturaleza cósmica en todo su esplendor, oponiendo su risueña inocencia al  mundo cerrado y enfermo de temores de los clérigos y de la corte.
Es curiosa esta aparición matinal y vitalista de las lavanderas, deidades nocturnas y bastante pavorosas en los cuentos medievales irlandeses y en el folclore actual.
La reina Gormlai, con toda su devoción y su erudición en las letras sagradas, es incapaz de deshacerse de los antiguos dioses, puesto que no se trata de antiguos mitos y leyendas que puedan trocarse por otras creencias nuevas, sino de realidades vivas y tangibles, en un mundo donde lo delirante y lo real se confunden indiscerniblemente (es decir, el nuestro).
Infierno. Hieronymus Bosch, El Bosco,
El jardín de las Delicias (detalle)
Y así, cuando huye del pavor y de la huida de su marido, el santo y casto Cormac, creyendo haberla provocado con la pecaminosa exhibición de su cuerpo, se encuentra en un espacio de pesadilla, donde entre peñascales desnudos unas sombras vagabundas caminan portando lámparas de mortecina luz, y una enorme comitiva de fugitivos va huyendo sin rumbo fijo, como si escapase de alguna gran calamidad, guerra o pestilencia.
Llega después a un segundo lugar donde montes y prados brillan con luz propia como gemas y salen a su encuentro unos personajes semejantes a alhajas vivas, de la más arrebatadora belleza y que danzan graciosamente, envueltos en lo que Gormlai toma al principio por exquisitos ropajes y luego comprende que es su gloriosa desnudez, que irradia amorosa hermosura. Otros aparecen después, niños juguetones y saltarines.
Arthur Bowen Davies, Campos Elíseos
La primera idea que se le ocurre a la reina es la de que se trata de bienaventurados, santos del Paraíso, y que va a ser juzgada por su pecado de querer desentrañar los misterios del sexo, rebelándose así contra su condición de mujer. 
Pero tanto ella como el lector tienen suficiente familiaridad con el mundo imaginario del Renacimiento Céltico para darse cuenta en seguida de que aquellos parajes se asemejan demasiado al síd, el trasmundo de los antiguos dioses, donde habitan los Tuatha Dé Danann.
La confirmación la proporciona la aparición del dios Lugh, fugaz y deslumbrante como un relámpago, que despierta a la reina de su extraño sueño.
Sin embargo, el despertar no le borra el escrupuloso sentimiento de culpabilidad ni la onírica y bochornosa sensación de desnudez. 
Lo pagano y lo cristiano, para Gormlai, no forman dos mundos distintos: son uno solo poblado por el recuerdo de los antiguos santos y la presencia de los dioses más antiguos aún. 
No es invención del novelista; es la coexistencia que retratan también El crepúsculo celta de Yeats y las narraciones recogidas por los folcloristas. Para sus narradores, gente del pueblo, gente sencilla -labriegos, tenderos, artesanos-, no había más que un mundo, y a él pertenecían con igual concreción y realidad los reyes de Inglaterra y la reina Medb, que venció inútilmente a los del Ulster en la guerra de los Toros de Cualann.
Por eso, cuando, aún casada con Cerball, la reina va huyendo con Niall, que será su tercer marido, y llega a un lugar donde el tiempo parece detenido y la claridad lunar tan transparente que ha convertido al paisaje en una imagen de sí misma, azotado por el viento y alumbrado acá y allá por el resplandor feérico de los hogares, no se da cuenta de que lo que contempla es ciudad monacal de santa Brígida, antaño gobernada milagrosamente por la santa abadesa, cuyos pensamientos protectores montaban guardia defendiendo el territorio, sombras vigilantes cuyo aspecto paralizaba a los atacantes, a los intrusos. 
Probable representación galorromana del
dios Lugu, el irlandés Lugh.
No en vano los edificios se acurrucaban al amparo de un bosque circular, antaño venerado por los druidas -un lubre o luco, como diría el romántico historiador Benito Vicetto- y ni un palmo de aquellos terrenos carecía de un poeta que lo hubiese celebrado, porque, como predicaban los antiguos sabios, la materia es no menos sagrada que el espíritu y el paisaje de la tierra no es más que el aspecto sensible de otras regiones imperecederas (parafraseo ideas de Clarke). 
Es cierto, o por lo menos es opinión general, que tras la santa Brígida de Kildare se oculta una antigua diosa de los celtas, diosa de la luz y del fuego, y que por eso, como las vestales de Roma, consagradas a otra diosa de la lumbre, sus monjas mantenían perennemente encendida una pequeña hoguera sagrada.
Se dice que fueron las tropas de Cromwell en su invasión de Irlanda las que extinguieron el fuego.
Entre los parientes de santa Brígida, según dice Mervyn Archdall, que lo toma del Martirologio de Donegal, en su Monasticon Hibernicum, estaba san Mobhí, apodado Cláraineach, que quiere decir Caratabla.
Este mote se debía a que tenía la cara completamente plana, sin ojos, orejas ni nariz. Se dice que san Mobhí era discípulo de San Columba o Colum Cille y que quedó desfigurado en castigo de haber querido fisgar por el ojo de la cerradura el origen de la misteriosa luz sobrenatural que cada noche brillaba en la celda del santo. Así lo cuenta Adamnán en su Vita Columbae. ¡El que acecha por agujero ve su duelo! (Una buena amiga, hablando de refranes, me señalaba no hace mucho este que con alguna variación traía ya en su colección Mosén Pedro Vallés en 1549 y que ella usa corrientemente).
Pero lo más cierto es que Mobhí no fue discípulo sino maestro y que fue Colum Cille, de joven, el que estuvo estudiando con él en Glas Naoidhen (Glasnevin) hasta el año 544, cuando una pestilencia dispersó a toda la escuela y acabó con la vida del profesor santo.
El Martirologio de Oéngus ofrece otra explicación de la deformidad de Mobhí, y es que fue engendrado en una mujer muerta (hija, por cierto, de san Finbarr) y el peso de la tierra le aplastó el rostro. 
Con tan extraordinario nacimiento, no es de extrañar que a Mobhí se le invocase para obtener la fecundidad y para que ayudase a las mujeres en los partos. 
Según se lee en la novela, había una fuente sagrada de san Mobhí (sigue habiéndola, por cierto). A ella, como a la de san Fechin que desempeña tan importante papel en la otra novela de Clarke El sol baila por Pascua (ver Dioses, ángeles, genios y santos) acudían las mujeres en pos de la fertilidad y de un feliz alumbramiento. El ritual consistía en dar siete vueltas al pozo en sentido contrario al del sol rezando determinadas oraciones; en una ofrenda de alfileres y monedas y en atar a un espino junto al pozo un jirón de una camisa o enagua que se hubiese llevado durante quince días seguidos sobre la piel. Una anciana sentada junto a la fuente recogía los donativos. Estas operaciones habían de repetirse durante tres días seguidos en tres meses consecutivos.
Gormlai, durante otro de sus alucinantes viajes, recibe la recomendación de visitar el pozo sagrado para tener descendencia. Quien así le aconseja es una anciana de repugnante aspecto y de gigantescas manos, de aspecto cambiante, ante la cual la reina siente una mezcla de horror y sumiso respeto, como ante un juez que le pide cuentas de su virginidad y de su posible embarazo. 
Gormlai se la encuentra en cuclillas junto a la lumbre. Por su aspecto, como de antiguo tocón o cacarañada escoria, parece salida de los reinos subterráneos y recuerda a las brujas de las leyendas de tiempos heroicos y paganos. De los tiempos, dice ella misma, anteriores al Cáin Adamnáin, la ley de san Adamnán, cuando las mujeres guerreaban, como Scáthach, la maestra del héroe Cú Chulainn.
Esta a la que llama Cailleach, "Vieja", lo es tanto que recuerda la llegada de los primeros vikingos, de las grandes epidemias cuando las gentes aterrorizadas volvían a buscar el amparo de los antiguos dioses, y, en suma, de todas las generaciones de Irlanda.
Es la Bean Glún o Partera (así con mayúscula), símbolo de la fecundidad de la tierra de Irlanda, de cuyo gran zurrón han salido todos los irlandeses y cuyo inmenso poder proviene de su conocimiento de los misterios de la Caída, es decir del pecado y del mal, que para Gormlai, no lo olvidemos, se identifica con la feminidad. No en vano, como luego sabrá el lector, esta Partera es una enviada del demonio tentador Jafer Niger.
Bean Glún: la partera arrodillada. Grabado de
Giulio Bonasone.

Foto de Wellcome Images tomada de Wikimedia Commons.
Bean glún es una de las maneras de decir "partera" en irlandés y significa literalmente "mujer de rodillas". Una posible explicación de esto es que las comadronas se arrodillaban para ayudar a las parturientas sentadas; en partes de la Escocia gaélica era corriente, según leo, que las mujeres pariesen con una rodilla en tierra y el uso pudo venir de Irlanda.
Pero  glúin, "rodilla", también significa "generación". Parece raro a primera vista, pero también decimos en castellano cuando alguien es de una muy antigua familia que "viene de la rodilla del Cid". Y, de hecho, el celtista Sterckx señala que esta coincidencia se da en muchas lenguas, empezando por el latín, donde la rodilla se dice genu y engendrar generare.
Pero si la figura arquetípica de la partera tiene su lado sombrío, no puede faltarle el luminoso, y aquí tropezamos de nuevo con santa Brígida. Es tradición en Irlanda, Escocia, Gales y Bretaña que santa Brígida, de muy joven, fue la partera que ayudó a la Virgen María en el nacimiento de Jesús. 
Esta creencia, muy extendida, no está, que yo recuerde, en la Vida de santa Brígida por Cogitosus ni en ninguna de sus tempranas biografías.
Natividad, Maestro de Spitz. A la izquierda de
María, santa Brígida, manca, y un ángel azul que
le trae su par de flamantes manitas.
Unos dicen que los ángeles la trasladaron hasta Belén en volandas o en un cesto; otros que estaba trabajando de moza en una de las ventas donde se negaron a dar posada a la santa pareja. Ya acostumbraban a emigrar los irlandeses entonces, al parecer, porque también irlandés era Mug Ruith, el verdugo de san Juan Bautista.
La leyenda asegura que santa Bígida no tenía manos, grave defecto para aquel trascendental cometido, pero todo fue de maravilla (como sabemos) y a la santita le salieron las manos después por decreto divino.
Santa Brígida y la Virgen. Detalle
 ampliado.

Por eso santa Brígida es la santa a la que se encomiendan las mujeres en el trance del parto. 
Esta tradición choca, sin embargo, con la de los evangelios apócrifos, donde san José trajo dos comadronas al portal pero llegaron tarde, cuando ya había nacido el niño. Y era tan intensa la luz sobrenatural que iluminaba el lugar que no se atrevían a entrar. Una de ellas, Zelomí, comprendió al primer vistazo lo que había pasado:
-¡Válgame Dios! ¡Esta mujer no ha echado una gota de sangre y se ha quedado tan virgen como la parió su madre! ¡Están más frescos que una lechuga los dos!... ¡Míralos: tan campantes!
-Eso no me lo creo yo ni... ¡vamos! -dijo la otra, Salomé- Aquí tengo yo que sacar el intríngulis de esto...
La curiosidad mató al gato.
Salomé la partera, manca.
Trono de Maximiano, siglo VI.
Y alargó la mano para cerciorarse al tacto. Pero apenas había rozado a María cuando empezó a bailar de dolor. El brazo se le había quedado seco y colgaba inútil.
Otra víctima de la negra curiosidad: "el que acecha por agujero..."
Santa Brígida, volviendo a ella, no solo estuvo asistiendo a María como partera, sino que se quedó ayudando a la familia (sagrada) y fue ella quien acompañó a la Virgen al templo para su purificación.  
Y es que aquel día hacía mucho viento, y como Brígida mandaba mucho en el fuego, las velas no se le apagaban por más fuerte que soplase.
Presentación de Jesús en el Templo, Maestro de la
Adoración de los Magos del Prado.
¿Será santa Brígida una de las dos doncellas de extraña
mirada?
Así que la fiesta de santa Brígida, que es el primero de febrero, cae junto a la Candelaria, que es la Purificación de la Virgen. Y casualmente se celebra el mismo día que la fiesta precristiana de imbolc, celebración de la fecundidad de la Naturaleza: los antiguos irlandeses percibían, con o sin razón, una relación entre la palabra imbolc, la preñez (bolg, "vientre") y la leche (melg) de las ovejas.
Santa Brígida y la Ban Glún de Clarke vienen pues a constituir la cara y la cruz de un aspecto esencial de la feminidad y sus misterios, objeto de obsesiva inquisición para la reina Gormlai. Una más que padeció lo suyo por culpa de la curiosidad.

jueves, 11 de febrero de 2016

Santidad, sexualidad y muerte (The singing-men at Cashel)

A fin de cuentas, si la reacción del rey Cormac mac Cuilleanáin ante el espectáculo nunca visto de la desnudez femenina fue un tanto exagerada, que cogió las de Villadiego corriendo a macerarse las carnes en la soledad de su oratorio (ver El terror a la mujer...), ¿seremos nosotros quién para echarle su miedo en cara? 
Ya se lo dice a sí mismo Brassens en la canción de La première fille (La primera mujer): 
"On a beau faire le brave, quand elle s'est mise nue
Mon coeur, t'en souviens-tu, on n'en menait pas large" 
("Ya puede uno ir de valiente: cuando se desnudó,
corazón mío, ¿te acuerdas?, no le llegaba a uno la camisa al cuerpo"...) 
El terror de Sigfrido ante Brunilda. Ilustración
de Arthur Rackham.
Si el mismísimo Sigfrido, ilustre matadragones, quedó temblando como una hoja ante el pecho descubierto de Brunilda -"Das ist kein mann! (¡Esto no es un hombre!")"-, bien podemos dar la razón a Karen Horney cuando afirma que ese terror es de los más universalmente repartidos. Porque además, añade, la mujer ante el varón teme por su integridad física, pero la herida del varón es en el orgullo. Y esa humillación al agriarse produce resentimiento y hostilidad.
Los santos de Irlanda no podían constituir una excepción.
Adán y Eva. Relieve en la cruz de Kinnity, erigida
probablemente por Flann Sína, el padre de la reina Gormlai.
Foto: zepherb, procedente de Wikimedia Commons.

En aquel mismo Glendalough donde tuvo lugar el primer traumático encuentro de la reina Gormlai, la mujer de Cormac mac Cuilleanáin, con el sexo varonil, el fundador de la que llegaría a ser verdadera ciudad monástica (como aparece en la novela The singing-men at Cashel, de Austin Clarke), san Kevin -Caoimhghin en irlandés-, se había instalado siglos atrás en una pequeña y eremítica celda. Pero sucedió que una mujer se enamoró de él; y la manera que se le ocurrió de demostrarle su cariño a aquel tipo hirsuto fue acudir regularmente a adecentarle y humanizar su morada anacorética y ferina.

Esto ya lo he contado en otro sitio hace poco (ver La mujer pez entre India e Hibernia), pero es una de mis leyendas preferidas. Continúo.
Yo no sé si las lugareñas de Glendalough desplegaban el celo limpiador de la arquetípica mujer actual. Pero me la imagino zorreando los pocos y pobres enseres del santo sin miramiento para los valiosos códices, sacando brillo a alguna antigua calavera de meditar y levantando nubes de polvo con la escoba sin dejar de tararear algún cantarcillo de la época, como aquello de: 
"Críde é,
daire cnó,
ógán é,
pógán dó!",

(Él, mi corazón,

bellota del robledal,
es un mocito:
¡un besito para él!)
Tentaciones de San Antonio,
Lieven van Lathem
Todo ello, como se ve, incompatible con el recogimiento y la oración. El solitario, sabedor de que algo tentador y diabólico acecha siempre agazapado en la feminidad, le prohibió ásperamente que volviese a dar la lata, pero ella se marchó sin dar su brazo a torcer y pensando que de cuándo acá es pecado la limpieza.
Cuando otro día san Kevin, de regreso del gélido lago donde pasaba largas horas en remojo rezando los salmos se la encontró haciéndole la cama con una canción en los labios, le dijo hoscamente:
-Anda, hija, quítate la ropa y túmbate en la cama. 
Ella obedeció presurosa.
-Fan go bhfeicfidh tú (Espera verás). ¡Esto va a ser mano de santo!
Y agarrando un manojo de ortigas que tenía en un rincón para sus penitencias, le aplicó unas vigorosas friegas sin dejarse conmover por sus quejas y protestas.
-Vuelve por otra.
-Este santo -rumiaría ella camino de casa, restregándose y con lágrimas en los ojos- está resultando durillo de pelar, pero como me llamo Catalina -Caitlín se llamaba, en efecto- que cae. ¡Vamos, que cae!...
Aquí viene el brusco y lamentable desenlace. Porque al poco tiempo, al levantar la vista de su lectura, san Kevin se la topó de nuevo. Yo la veo pasando el polvo de algún estante, acaso restregando la madera con enérgicos meneos
Esa vez el santo no dijo nada: la agarró sin más y la arrojó al lago. Nunca se la volvió a ver con vida ni sin ella, aunque dicen que a veces se la oye cantar y se adivina en el agua el reflejo de sus ojos.
Pues de esta escuela salía el el sabio, el espiritual e inocente marido de Gormlai...
Más atrevido fue san Brendan, como cuenta el Martirologio de Oéngus
San Brendan supo que otro santo, san Suithin o Scuithin, dormía cada noche con dos doncellas "de pechos puntiagudos" (chorrchíchecha). ¡Serían como la de nuestro romance: "las teticas agudicas / que el brial quieren romper"...! 
Y sin embargo, noche tras noche quedaba intacta siempre su pureza. 
Brendan quiso probar fortuna.
Scuithin lo acogió amablemente y mandó que le preparasen la cama donde solía acostarse él. Brendan se retiró y aparecieron al poco tiempo las risueñas muchachas con el cuenco de las faldas lleno de brasas que esparcieron por el suelo de la estancia. Sus vestidos no se habían chamuscado siquiera, signo milagroso de castidad.
-¿Qué hacéis? ¿Esto para qué es?
-No sabemos -contestaron ellas-. Esto lo hacemos todas las noches. ¿Vamos a la cama?
Brendan se acostó con una doncella a cada lado y no podía pegar ojo con el calentón (lasin elscoth). ¡Venga a dar vueltas!... ¡Venga a dar vueltas!
-¡Pero, padre! -dijeron las mozas- ¡Esto no está bien! Ese que duerme aquí todas las noches ni se entera de que estamos nosotras y se queda frito como un bebé. ¿No quieres darte un chapuzoncito en la tina de agua helada que tiene ahí para sus oraciones? ¡Igual te venía bien! Él se mete dentro muchas veces a rezar...
-¡Bah, no vale la pena, hijitas! ¡Para estar padeciendo...! ¡Quién me mandaría a mí!... Mejor dejarlo. ¡No hay duda de que es mejor santo Scuithin que yo!
Al despedirse, Brendan le preguntó a su amigo:
-¿Cómo te las arreglas para mantenerte siempre con la cabeza fría y libre de las tentaciones?
-Porque cuando duermo tengo dos guardianas que velan mi sueño y que me protegen de esos males: la Esperanza y la Caridad.
Tentaciones de san Antonio (detalle), Cornelis Massijs.
-¡Pues para ser virtudes teologales -pensaría san Brendan- a mí me han parecido de carne y hueso, y de carne muy bien colocada sobre el hueso...!
Tanta era la pureza de San Scuithin que su cuerpo era capaz de grandes prodigios, como el de caminar sobre las aguas. Un día iba cruzando a Britania san Finbarr (Finbarr es el santo de los que se llaman Barry) en su barco cuando se lo encontró.
-¡Eh, Scuithin! Dios te bendiga, ¿que haces andando por encima del agua?
-¿Agua? ¡A mí esto me parece un prado de flores bien sencido! Mira, toma una: ¡qué bonita! 
Y sacando una hermosa flor de entre las olas, se la regaló a Finbarr. De ahí, por cierto, le vino su nombre de Scuithin o Scoithin, Scothinus en latín, porque "flor" se dice en irlandés scoth, todavía para ponderar la excelencia de algo dicen que es "den chéad scoth", "de la primera flor.
Finbarr aceptó el obsequio, pero sin convencerse:
-¡Que no, hombre! ¡Que esto es el mar! ¡Mira verás!
Y hundiendo un brazo en el agua, pescó un brillante y lustroso salmón, que le tendió a Scoithin.
-Bueno: ¡nos quedaremos cada uno con su parecer!
-Me parece muy bien. ¡Adiós!
Este milagro llegó a oídos del fabulador Álvaro Cunqueiro, que lo relató en un artículo recogido en el libro Laberinto y Compañía
El milagro de san Scuithin debió de llamarle la atención porque no es un milagro cristiano. Desde el mismo Jesús, muchos santos cristianos han caminado sobre las aguas. Algunos santos irlandeses lo han hecho así. Sin duda los habrá que hayan transformado en lagos y mares lo que fueron llanuras y valles, y al revés como en la profecía del apocalíptico brasileño: "Então o sertão virará mar e o mar virará sertão!"
Pero lo que no ha hecho ninguno, que yo sepa, es que el mar sea de verdad tierra firme sin dejar de ser mar. Como dice el poeta Denis Florence McCarthy:
"And how Scothinus walked upon the waves,
which seemed to him the meadow's verdant sod!"
"Y cómo Scoithin anduvo sobre las olas,
que le parecían la tierra de de los prados, verdeando..."
Y eso mismo es lo que sucedió cuando Bran mac Febal, que iba en su barco, se cruzó con Manannán mac Lér, el dios marino, que estaba paseando tranquilamente con su carro por las praderas oceánicas. 
Tiene mucho de los héroes paganos este Scoithin, como su pariente san Ailbe, el niño lobo, que según el sabio O'Hanlon era su primo...
La visión aterradora de la desnudez femenina, de la de su propia esposa, a la vez que espanta induce a seductora tentación al rey Cormac, en la novela de Clarke. La cabellera tendida a la espalda descubre unos pezones menudos, morenos, erectos (como los que le proporcionaron su noche de insomnio a san Brendan), "como ansiosos de proteger a su dueña del frío de la noche". En el azoramiento de la sorpresa, se tapa la cara, exponiendo el resto del cuerpo. La voz, algo ronca del susto, es de miel y por un instante Cormac piensa, por sugestión diabólica, que aquella es su legítima esposa y que bien podría sin pecado dejarse arrastrar al "febril abandono de la medianoche, a la tibieza de los miembros entrelazados por la mañana". Pero el cristiano monarca huye, y en su fuga lo acompaña el ejemplo de san Enda.
Ya he contado la conversión de san Enda, otro príncipe santo (ver El desengaño de un príncipe). Es una historia que parece sacada de una comedia de santos del Siglo de Oro. Enda, príncipe joven, apuesto y aguerrido, se encapricha de los encantos de una muchacha. Acaso haya espoleado su deseo el hechizo de lo prohibido porque la doncella es novicia y precisamente en el convento cuya abadesa es la hermana mayor de Enda, la que siempre le ha servido de mentora y sabido reprenderle con severidad cuando ha hecho falta. Conociéndola, el voluntarioso Enda le entra con prudencia y buenas palabras.
-Hay una novicia en tu convento que me tiene perdido de amores. Dale permiso para que nos casemos.
-Mal asunto es levantarle la novia a Dios.
-Dale permiso, créeme, si no quieres que ocurra cualquier disparate y caiga sobre tu conciencia; porque no sé de lo que soy capaz.
-En todo caso, lo suyo es preguntarle a ella.
-Me parece justo. La semana que viene vendré a saber la respuesta.
La abadesa convocó a la novicia y le preguntó:
-¿Qué prefieres, di: seguir constante en tu intención y entrar en religión o volver al siglo y casarte? Te advierto que te ha salido un partido inmejorable.-No valgo yo para casada, como no sea con Cristo.
-Está bien: me alegro de que creas eso. No te preocupes, yo me encargo de todo. Ahora vete a acostar que mañana será otro día.Días después, Enda volvió al convento, ansioso de de ver a la novia y hablarle.
-A ver, ¿dónde tienes escondida a esa maravilla? Di que la traigan, que no aguanto un minuto más.
-Ven tú mejor. Está en su celda esperando.
La historia se repite. Conversión de san Francisco
de Borja
, Muttoni della Vecchia.
Pero cuando el rey se precipitó a la celda, encontró a la novicia entre cuatro cirios, con la cara velada.
-¿Qué broma de mal gusto es esta?
-Has llegado tarde, hermanito.
-¡Oh, qué aspecto tan horrendo!, ¡Qué palidez cadavérica! ¡Qué ojos hundidos, en sombra, y qué nariz afilada como un cuchillo! ¡Qué dientes que le asoman! ¡Tapa, tapa, que me da escalofríos!
-¿Ves eso? Pues es de lo que te había hecho enamorarte Satanás. Si no llego a tomar cartas en el asunto...
¡Qué juego de espejos y de espejismos tan barroco edifica Clarke en la escena de la huida de Cormac, cargada de sombras y resplandores infernales! Cormac ve a su mujer a la clara luz de las velas, como una criatura luminosa hecha de tinieblas por arte diabólica (ella, que se ha desnudado y, cansada, se ha tapado un instante la cara con las manos, no ha llegado a verlo a él). Pero en el espejo de esa situación sobrecogedora, Cormac ve a Enda viendo los despojos de lo que fueron sus amores, y en él la miseria y la nada del siglo... La maldad intrínseca e insondable de la sexualidad, visión dolorosa que por distintos caminos han llegado a compartir el marido y la mujer.


Vanidad, Luca Cambiaso.






martes, 26 de enero de 2016

El terror a la mujer y el santo filólogo.

Vamos a volver ahora a la reina Gormlai que protagoniza la novela The Singing-men at Cashel, de Austin Clarke, después de habernos asomado un momento al ocaso de los vikingos en Irlanda...
Pero, perdón; un momento. "El ocaso de los vikingos"... ¿Qué eco resuena en esas palabras al escribirlas? 
Vikingos: lecturas infantiles.
El eco de un tebeo: su título, precisamente, Ocaso de Vikingos. En su cubierta, uno de aquellos temidos navegantes, con el casco cornudo sobre la cabellera trenzada, descargaba un hachazo sobre un enemigo del que solo se veían las manos, en primer plano, al trasluz. Un tebeo mejicano, perteneciente a la colección Epopeya, de la editorial Novaro. Mirando por la Red, veo que se publicó en 1963. Recuerdo ahora otro de la misma colección y su cubierta con la figura escorzada de un guerrero rapado despeñándose por una catarata, de espaldas al espectador, que lo veía venírsele encima; mientras, en lo alto, sus compañeros gesticulaban espantados precipitándose, demasiado tarde, en su auxilio. Se llamaba Brian Boru y la bandera de Irlanda. Este es más viejo: data del 61. Del subtítulo y la fecha me entero ahora en Internet; los demás detalles los conservaba la memoria, que es la que ha traído, sin avisar ni pedir permiso, la frase del ocaso de los vikingos a la punta de los dedos.
Esas lecturas me absorbían entonces y por lo que se ve el paso de los años no ha menguado en uno la fascinación de aquellas gentes y aquellos tiempos. 
En fin, volvamos de una vez a la reina Gormlai. El que tenga interés por la hagiografía y la mitología de la antigua Irlanda (tan entrelazadas muchas veces una con otra) irá encontrando en la novela de Austin Clarke mucho de que disfrutar al hilo de las andanzas y amores de su protagonista. Voy a ver si me entretengo yo en algo de eso.
Para empezar, hay en sus tres matrimonios una cosa que llama la atención luminosamente, y es que su sucesión se conforma a la estructura tripartita de la ideología indoeuropea, estudiada por Dumézil (aunque los tres reinaron y murieron en el campo de batalla). Ya sabemos: soberanía, guerra, producción. 
El primer marido, Cormac, rey y obispo, más preocupado de las cosas divinas que las del siglo, corresponde a la primera función; el segundo, Cerball, recio y rudo soldado en quien se hacen patentes todos los vicios y virtudes marciales, a la función militar; y el tercero, Niall, siempre bajo el signo del amor, a la tercera función, que abarca fecundidad, riqueza, placer y todos los bienes mundanales.


La reina y las tres funciones. Isaac Oliver, Isabel I de
Inglaterra y las tres diosas
.
Si esto no fuese casual querría decir que la novelita o leyenda de Gormlai hunde sus raíces en una visión de la sociedad antiquísima.
El personaje de la reina con su serie de maridos recuerda también a la Soberanía deificada, que va casándose con los sucesivos reyes por el sencillo motivo de que es ella la realeza y no puede haber rey que no comparta su lecho. Una figura característica del pensamiento político de la antigua Irlanda.
Del Cormac mac Cuilleanáin histórico, rey de Cashel, la corte sagrada de Munster, poco es lo que se sabe, aunque generalmente se admite su importancia en lo político y en la cultura. Hoy se le rinde culto como santo, celebrándose su festividad el 14 de septiembre.
Cormac fue autor de una recopilación de himnos y de obras históricas y genealógicas hoy perdidas. Su obra más conocida es el Sanas Cormaic (Glosario de Cormac), que nos ha llegado en varios manuscritos pero permanece a la espera de una edición completa y moderna. Sigue trabajándose en ello, de lo que da prueba este interesante sitio.
Etimologías de San Isidoro. Manuscrito
del siglo VIII.
Esta obra se inspira en las Etimologías de san Isidoro, autor siempre muy estimado por los sabios irlandeses, pero es pionera en estudiar el léxico de un idioma vernáculo en vez de las grandes lenguas de la cultura clásica y cristiana. Gran parte de sus etimologías es de nombres propios, lo que nos reporta de paso una abundante información mitológica.
Por supuesto, el Sanas Cormaic no se propone un estudio científico del porqué de las palabras ni de su evolución: lo que procura es desvelar las relaciones que se establecen entre ellas como indicio de la sabia estructura y trabazón de lo creado. He aquí unos ejemplos. De aed, "fuego" -hoy sabemos que está emparentado con el latín aedes "fuego sagrado, templo" y con el nombre que les dieron los griegos a los etí-opes ("caras tostadas")- se fija en que, leído al revés, dice dea ("diosa", en latín): esa diosa es sin duda, indica, Vesta, diosa del fuego del hogar. Muinéal, "cuello", le parece sonar parecido a mó in fheoil, "más en carne", cosa acertada porque el cuello está más entrado en carnes que la cabeza, que al fin y al cabo es piel y hueso. Mésci, "embriaguez", se descompone en mó do asci, "más para reproche"; bás, "muerte", en beo as, "vivo fuera" y aisling, "visión" en as ling, "salto afuera".
Cormac murió peleando en la batalla de Belach Mugna contra las tropas aliadas de Flann Sinna (su suegro) y Cerball (que sería el segundo marido de Gormlai).


Irlandeses: lecturas infantiles (una mala caída).
Antes del combate, uno de los lugartenientes de Cormac, el abad Flaithbhertach mac Inmainén, recorriendo a caballo el campamento, tropezó y cayó en una zanja. Esto se consideró pésimo agüero y muchos de sus guerreros desistieron de la lucha, proponiendo aceptar el tratado de paz que ofrecían los enemigos.
Flaithbhertach se mostró inflexible y arrastró al rey a la lid:
-¡No puede ser que te dejes acobardar por agüeros y tontunas, como una vieja supersticiosa! ¡Tú eres un monarca cristiano!
-Yo lo que sé es que esta guerra me da muy mal barrunto y que me extrañaría vivir para contarlo. Pero ya no es momento de echarse atrás.
Las tropas de Munster, desmoralizadas, fueron barridas por los enemigos. El rey Cormac, en el fragor del combate, cayó con su montura y se desnucó. Los soldados lo decapitaron y, esperando seguramente espléndidas albricias, entregaron su cabeza a los reyes. Era costumbre entre los antiguos irlandeses hacerse con las cabezas de los caídos porque creían que en ellas residía una virtud sagrada. Se intentaba recobrar las del propio bando y retener y conservar las del enemigo, adueñándose de su fuerza.
Flann y Cerball rindieron honores a las santas reliquias de Cormac, deplorando su muerte.  A sus profanadores, lejos de recompensarlos, los reprendieron agriamente.
Según la novela de Austin Clarke, el matrimonio de Cormac y Gormlai nunca pasó de una profunda amistad espiritual. En realidad, lo probable es que tenga más que ver con la ficción novelesca que con la realidad histórica. 
Imagina Clarke que ambos cónyuges se habían educado en una temerosa ignorancia de todo lo sexual hasta el punto de que el rey Cormac nunca había visto una mujer desnuda cuando, meses después de la boda, la suya decidió esperarlo así para consumar el matrimonio. Y del susto que se llevó, salió el rey corriendo como alma que lleva el Diablo a la capilla, a macerarse las carnes en penitencia. El atrevido paso de Gormlai fue la puntilla de su vida conyugal.
Cormac no tenía la menor vocación de casado. El matrimonio se le había impuesto por motivos políticos para sellar una unión entre las dos mitades de Irlanda: la septentrional dominada por los Uí Neill, con quien estaba emparentada Gormlai, y la meridional donde reinaban los Eoganacht, a los que pertenecía el propio Cormac. Al plegarse a esta dura  razón de estado, Cormac seguía la tradición de su antecesor Oéngus mac Nad Froich (en quien se ha visto al padre de la enamorada Isolda), que había soportado la larga ceremonia de su bautismo con el pie clavado al suelo por el regatón del báculo episcopal, en forma de punta de hierro.
-Pero, ¡hombre de Dios!, ¡Qué dolor! ¿Y cómo no te quejas ni dices nada, sino aguantar pinchado como una mosca en un alfiler? -le preguntaba, atónito, Patricio.
-¿Yo qué sabía? ¡Yo soy el primero que se bautiza por estos pagos y creía que lo del pie era parte de la ceremonia!
Para Cormac el casamiento era una tortura que sufría por docilidad y penitencia. Pensaba con envidia en los raros ejemplos de virtuosas mujeres que habían alcanzado, por premio de su santa vida, un embarazo sin intervención de varón o, al menos, sin los degradantes gestos acostumbrados: la madre de san Ciarán, Liadan, fecundada por una estrella fugaz (ver Milagros de san Ciarán), la de san Finnán Camm, por un salmón dorado, mientras se bañaba en Loch Léin, o la de san Baithine, Cred, que quedó preñada al comer de unos berros donde había derramado un ladrón escondido su simiente (Ver Concepciones y partos raros)...
Pero cuando vio las orejas al lobo, es decir el cuerpo entero a Gormlai, el miedo al pecado -¿o a la mujer?- pudo con él, y se desencadenó el proceso de anulación del matrimonio.

Tentaciones de San Antonio, Jan Wellens de Cock
Lo extraordinario es que la evolución de la vida sexual y afectiva de ambos cónyuges se ve trastornada y determinada por sendas visiones. Acabo de comentar la de Cormac.
Pero también Gormlai, hecho nada raro en personajes de Clarke, sufre una revelación como una violenta descarga eléctrica.
Recién casados Cormac y ella, deciden hacer un rodeo y detenerse en Glendalough (Glenalua en la novela), donde Cormac había estudiado en su juventud. La visita entusiasma a Gormlai. El marido pasa largos ratos conversando con sus antiguos maestros, dejándola explayarse sola en largos paseos.
Durante uno de ellos, he aquí que de golpe le sale al camino un ser monstruoso, medio hombre medio fiera y semejante a los monstruos calderonianos, vociferando contra ella espantosas amenazas y maldiciones y sin cuidarse de ocultar su pujante y terrorífico sexo, que al pronto la inocente casada toma por maléfica serpiente.
 La visión es horrible y traumática. 
El personaje no deja de evocar a algunas de las formas bajo las que se revela el dios de la Juventud, el Amor, la poesía y la Belleza, Aengus Mac Óg, en la novela The sun dances at Easter, de este mismo autor (ver Dioses, ángeles, genios y santos). La anécdota referida a Oéngus mac Óg, apenas esbozada en esta The singing men..., se desarrollará ampliamente en The sun dances at Easter.  En ambas es Oéngus el numen caprichoso, desordenado y tirano, con estampa y modales de loco vagabundo. Y adopta esta forma alejada de la aniñada, rubichi y un tanto relamida que le presta la iconología del revival celta porque a Clarke le interesa resaltar que el amor es el motor indómito de la naturaleza, ajeno a reglas y adornos, caótico y salvaje. Y precisamente a un salvaje, a un homo silvaticus de la imaginación medieval, a un genio del bosque como los que todavía los campesinos que hablaron con Yeats veían pasar furtivamente entre los árboles, tímidas sombras y bromistas de dudoso humor (como se lee en El crepúsculo celta) es a lo que más recuerda el prodigio de los montes que se abalanza sobre Gormlai en Glenalua.
Sin embargo no hay nada de sobrenatural ni siquiera de sobrehumano en el vestiglo furioso. Se trata simplemente de un ermitaño que vive retirado y apartado de toda sociedad humana en expiación de un único pecado, pecado de lascivia cometido un lejano día, desliz aislado pero suficiente para transmitirle el veneno vengador de una infección.
Diré de paso que el terror obsesivo al contagio venéreo es una pesadilla más propia de la Irlanda de Clarke que de la de Gormlai. Esa forma médica del pavor a la sexualidad es un signo de modernidad que se propaga con el renacimiento. Yo no sé si se encontrarán en nuestra literatura castellana alusiones a él muy anteriores a La Celestina... No por eso dejó de asociar la Edad Media algunas conductas sexuales reprobadas con la enfermedad: la lepra, en primer lugar.
San Onofre, como hombre salvaje. Maestro de
Rabenden.
Pero a lo que iba es a que, incluso en el cristianismo, la elección del desierto, de la soledad, la ruptura con la sociedad humana, puede transformar a la persona confiriéndole los rasgos del hombre salvaje. Así sucede a los ermitaños san Onofre y santa María Egipcíaca, que acaban por criar pelambre de fieras. El forestero de las novelas caballerescas, el ermitaño, el porquero, ocupan un lugar dudoso entre la humanidad y lo sobrenatural, del mismo modo que viven en un espacio fronterizo entre el cosmos y el caos. ¿No hablaba san Antonio abad con sátiros y centauros?
Esta repentina irrupción el el orden paradisíaco de la ciudad monacal -imagen de la Jerusalén celeste- de las fuerzas de la naturaleza desenfrenadas, representadas por el enloquecido ermitaño (que, en desconcertante juego de espejos, ha tomado a su vez la aparición de la joven y espiritualizada reina por asechanza diabólica) tiene como primer efecto traumático el de dejar marcada a fuego en la joven la estrecha vecindad de la sexualidad con la monstruosidad y el mal. Y es que en efecto, detrás de esa escena pánica está la diabólica mano de Jafer Niger, el demonio encargado del alma de Gormlai.
Sin haber buscado muy detenidamente, no he encontrado otra mención de este Jafer y es posible que se lo haya inventado Austin Clarke, que en todo caso le concede el primer puesto entre los suyos en cuanto a astucia.
Más grave aún otra secuela: una ávida, hidrópica curiosidad de comprender los más profundos arcanos del ser humano, los misterios de la feminidad y del sexo (que vienen siendo las preguntas de la Esfinge). Gormlai es mujer de exquisita sensibilidad y de extraordinaria cultura. Tiene a su disposición una nutrida biblioteca y todo el tiempo que se le antoje. ¿Para qué más? 
Bajo el trauma del susto, sus lecturas voraces la conducen todas a un horror del sexo, incluso en el matrimonio porque es pecaminoso en sí, y de la feminidad, vinculada al pecado original y la maldición de la sangre. Y precisamente el que este sea su principio es causa de que la perversidad del sexo es independiente de la voluntad del pecador. De donde nace una profunda repulsión de uno mismo.
Hogarth, El Demonio, el pecado y la Muerte.
Y aquí se riza el rizo, porque el asco de la sexualidad requerida por el matrimonio es tan mortificante que puede convertirse es ascesis y penitencia válida para la expiación de pecados propios y ajenos.
Esto es lo que explica la resignación con que Gormlai se somete al connubio con Cerball, personaje que de rudo pasa a bárbaro y causante de la muerte del buen Cormac, buen rey y obispo sin duda, pero pésimo para marido.

sábado, 16 de enero de 2016

La malvada tocaya

La novela The Singing-men at Cashel, de Austin Clarke, de la que recientemente me ocupaba, es, como suelen ser las de su autor, un relato bastante laberíntico y mechado de leyendas contadas de modo más o menos alusivo, donde el decurso de los tiempos queda neutralizado por el juego de paralelismos y prefiguraciones.
Vamos a ver un ejemplo: hacia el final de la novela encontramos al monje Ceallachán (este es el apellido que en inglés se escribe Callaghan, y tiene su origen en el Sur de Irlanda, en torno a Cashel) encargado de escribir, compilando la información de varias fuentes, la historia de la reina Gormfhlaith y sus maridos (véase la entrada anterior). Se trata de hechos ocurridos cien años antes de la redacción de su propia obra. Y el austero cronista ha tropezado (no podía ser de otra manera) con la novela amorosa de Niall y la princesa. Novela hoy desaparecida, como decía en la entrada anterior, pero que existía en la Edad Media (aunque probablemente aún no a principios del siglo XI, cuando supuestamente la lee Ceallachán).
Deirdre y Naoise en una ilustración de Helen
Stratton (1915). 
Acostumbrado a la sequedad de sus crónicas y anales, Ceallachán se siente un poco escandalizado por la frivolidad de los sentimientos y lances relatados, inspirados en las populares novelas de fugas de enamorados como las famosísimas de Diarmaid y Gráinne o de Deirdré y Naoise. Pero a la vez lo atrae la frescura y vivacidad del estilo y su espontaneidad y gracia no le permiten abandonar la lectura. 
Veamos: aislados en medio de una impenetrable niebla sobrenatural, los enamorados se asustan de lo intenso de su propia pasión, deciden separarse y parten cada uno por su lado. Pero eso no es lo que tienen determinado los dioses. Una música  de otro mundo los envuelve, y la diosa Aoibheall les envía sus hadas, con los rostros ocultos por sus capuchas, para que los conduzcan a las orillas del lago Uaithne, donde solía la reina Medb de antaño acudir a bañarse con sus damas. 
Se conocen en Irlanda varios lugares preferidos por las mná síde, las antiguas diosas, para sus baños. 
Carl Spitzweg, El baño de las ninfas.
William Butler Yeats cuenta en El crepúsculo celta que un día fue a visitar uno de esos baños y que la conversación con su guía recayó en Mary Hynes, mujer que tuvo fama de haberse llevado la palma de la hermosura en su tiempo y que fue celebrada en sus versos por el gran poeta Raftery.
-¿Pero cómo podía Raftery admirar la belleza de Mary Hynes, si era completamente ciego?
-¡Por eso mismo! ¿No ve usted que los ciegos ven a su modo, y sienten y saben y adivinan más que los que vemos? ¡Tienen una sabiduría y una agudeza especial, y son capaces de cosas que nosotros no podemos hacer.
Pero volviendo a la visión de Gormlai, aquella Aoibheall era, de hecho, una diosa que compartía muchos rasgos con Medb. 
Atraída por las mágicas y cristalinas risas de las hadas, Gormfhlaith o Gormlai cede a la tentación de bajar a la orilla del lago con su querido Niall. Las carcajadas, grititos y chapoteos de las hadas invisibles eran tan reales que no solo los enamorados podían oírlos, sino que incluso llegaban a los oídos del atónito monje Ceallachán, que durante unos instantes se creyó transportado por arte diabólica a los tiempos del paganismo. Pero no: las voces que percibía eran de este mundo y de su tiempo y procedían de un grupo de mujeres de carne y hueso que acababan de desembarcar con el sano y deportivo propósito de esparcirse y refrescarse en el lago.
Scarsellino, El baño de las ninfas.
Ceallachán las ve despojarse de sus mantos azules -color que augura muerte- de grandes capuchas y quedar en carnes, lozanas, rozagantes, risueñas y resplandecientes de alhajas de oro; le llegan retazos de su parloteo en la lengua de los daneses. En la más vieja de todas, pero no la menos bella, reconoce a Karmala, la que fue mujer del rey Brian Boru. Y al verla siente un escalofrío y "horrorizada fascinación" porque hasta su retiro monacal ha llegado la fama de la maldad diabólica de Karmala. Karmala, que había pasado por todos los reales lechos de Irlanda, entre los de los gaélicos y los de los vikingos y que había sido capaz de apostatar y sacrificar a los dioses paganos. 
Nuevo juego de espejos, porque Karmala es la forma adaptada a la fonética y grafía escandinavas de Gormlai, que era su verdadero nombre.
Karmala es la imagen invertida, el reflejo especular de su antigua tocaya Gormlai, mujer de Cormac, de Cerball y de Niall Glúndub.
Una de las sagas islandesas más largas, famosas y celebradas es la de Njáll el Quemado: Brennu-Njáls saga. En ella, que termina en la batalla de Cluain Tarbh o Clontarf, gran victoria de Brian Boru pero funesta para él y su estirpe, la cual quedó diezmada en ella, también aparece esta liante y rencorosa reina, llamada Kormlada o Kormlöd aquí. De ella se nos dice que era la más bella de las mujeres, pero también la peor en sus actos. Belleza que desafiaba al tiempo: que para la batalla de Clontarf Gormlai era ya una mujer de más de sesenta años. 
Según la saga, Gormlai estaba divorciada del rey Brian y lo aborrecía hasta el punto de que envió a Sictrygg, su hijo, a pedir la alianza del jarl de las Orcadas, ofreciéndose a sí misma como pago, con la corona de Irlanda, si Brian era vencido. No contenta con ello, como toda ayuda era poca, lo mandó a solicitar a cualquier precio el auxilio de un pirata vikingo que andaba haciendo de las suyas por aquellas islas.
-Hijo ¿qué te ha dicho el vikingo ese? -le preguntó a la vuelta.
-Que de acuerdo, pero si le das tu mano y la corona.
-¿Y tú que le has contestado?
-Que vale, que bien.
-Así me gusta, eso es saber negociar; lo único, tener cuidado que no se cosque ninguno de los dos toláis.  
Brian Boru arengando a sus tropas antes de la batalla de Clontarf.Mural de James Ward
Esto de poner en almoneda sus propios encantos (o de los de su hija) a cambio de la ayuda militar es cosa que también recuerda a Medb: da la sensación de que la figura legendaria de Gormfhlaith, mujer de Brian Boru, se inspiró en parte de la gran reina guerrera de Connacht.
Si hemos de creer a Yeats en El crepúsculo celta, Medb seguía apareciéndose en sus tiempos, a principios del siglo XX, y conservaba la fama de una mujer guerrera bellísima, pero que había ido por el mal camino y tenido mal fin. Una anciana que la había visto varias veces le dijo al poeta: "de eso mejor no hablar; que se quede entre el libro y el que oye leer". 
Y también le contaron de un joven a quien la antigua reina había salido al camino:
-¡Eh, mozo!: vengo regalando oro y placeres; ¿cuál de las dos cosas escoges?
-¡El oro no!
Y había gozado los amores de la reina milenaria hasta que se hartó de él y lo dejó loco de tristeza, repitiendo siempre la misma canción llorosa.
Esta locura de melancolía erótica también dicen que afecta a los que sorprenden en su baño a las ninfas y Marguerite Yourcenar tiene escrito un cuento de un pobre muchacho que la padeció, en una isla griega.
De manera que Kormlada repetía una conducta consagrada por la leyenda cuando iba tentando a los guerreros con el cebo de sus encantos y su poder.
Aquel vikingo al que su hijo la ofreció, llamado Bródir, era un apóstata, como ella misma. Había sido cristiano; era un hechicero consumado. Su aspecto era feroz: su negra cabellera era tan larga y espesa que se la liaba a la cintura como grueso cinturón. Tenía un compañero de correrías llamado Ospákr que siempre se había mantenido fiel al paganismo. Por aquellos años aún era reciente la conversión de Islandia al cristianismo.

Bródir, tras concluir su trato, fue víctima de grandes y ominosos prodigios. 
El primero fue una lluvia de sangre hirviendo, que escaldó hasta la muerte a varios de sus hombres y duró toda una noche.
El segundo, la noche siguiente, fue que hachas, lanzas y espadas parecieron cobrar vida y elevándose en el aire, reñían con saña entre sí y contra los hombres, de los que mataron uno en cada barco.
La tercera noche fueron víctimas de una bandada de cuervos con uñas y picos de hierro, que les estuvieron moviendo guerra hasta el amanecer.
Afirma Régis Boyer (traductor de la saga al francés y gran conocedor de la cultura escandinava antigua) que esta clase de sucesos anunciadores de combates y matanzas se da poco en la literatura nórdica y es más propia de la imaginación céltica. No hay duda de que escandinavos e irlandeses se habían empezado a mezclar y sus culturas sufrían mutua influencia, del mismo modo que las grandes familias reales de Irlanda no tenían empacho en  aliarse por matrimonio con los poderosos recién llegados.
Armas mágicas, musicales, que anuncian cantando las muertes que van a causar sí aparecen con frecuencia en la tradición escandinava. Una de ellas desempeña importante papel en la novela de Sigrid Undset Olav Audunsson, cuya acción transcurre en la Noruega medieval.
En cuanto a los cuervos como animal emblemático de la muerte en combate, son frecuentísimos en la literatura irlandesa. Mórrigán, la diosa guerrera, se hace acompañar de ellos o adopta su forma; también son aves caras al dios Lug (como estudia Bernard Sergent, que ve en esto una de las muchas semejanzas entre el dios celta y Apolo).
Bródir consultó aquellos espantos con su amigo, que le contestó:
-La sangre que habéis sufrido es la mucha que se va a derramar; las armas animadas significan un combate encarnizado que se avecina y los cuervos son los demonios que os van a llevar al mismísimo infierno.
-¡Pero si tú no crees en demonios!
-Yo no creía, pero con lo que me cuentas me has convencido.
Y se hizo cristiano y se unió a las tropas de Brian Boru. 
Bródir no desistió de su empeño; él fue quien mató a Brian Boru, a decir de la saga, decapitándolo: surgió como una aparición, cogiéndolo por sorpresa donde estaba, apartado de la lucha, con un puñado de leales. No había querido pelear en Domingo de Ramos, o fuese devoción o superstición. Al comprender lo que había hecho, Bródir se dio rápidamente a la fuga, gritando:
-¡Eh, eh! ¡Decid que yo, Bródir, he matado al rey Brian!
Y desapareció tan deprisa que no les dio tiempo a reaccionar.
 También había mutilado a uno de sus hijos, cortándole un brazo, pero la sangre del rey derramada sobre la herida del príncipe, la sanó. Cuando, acabado el combate, fueron a recobrar el cadáver del rey, vieron que la cabeza se había unido de nuevo al tronco, milagrosamente. Brian murió en opinión de santo y se contaron varios milagros que había obrado.
En cuanto a Bródir, tras la batalla cayó preso de un pelotón enemigo y le dieron una muerte  horrible. 
Una valkiria tejiendo. Brunilda, por August Malmström.
Lejos de allí, en Caithness, Escocia, un hombre vio en una cabaña, a través de una rendija, a varias mujeres que tejían reunidas, cantando. Su telar tenía por pesas cabezas humanas. Trama y urdimbre eran de intestinos, la lanzadera una espada y los carretes flechas. Eran valquirias, tejedoras de los destinos, que celebraban la gran cosecha de héroes que se esperaba. No en vano las valquirias son "las que escogen a los caídos en combate", que es lo que significa val: y por eso los val se reúnen y celebran sus banquetes en el Valhöll, que nosotros decimos Valhalla, "el Salón de los Caídos". 
Estas apariciones macabras y sangrientas antes de las batallas más encarnizadas también son cosa frecuente en la épica irlandesa medieval. ¡También, al parecer, la palabra val, del antiguo nórdico, está emparentada con la irlandesa fuil, "sangre"!