martes, 22 de mayo de 2012

La antirrábica

La leyenda de Quiteria y de sus ocho hermanas, vírgenes y mártires como ella, es de las más repetidas en nuestra hagiografía y encuentra su autoridad en los cronicones de Dextro y de Julián, fuente de tantos fantásticos relatos piadosos.
Seguiré a uno de los primeros que lo refieren, Juan de Marieta en su Historia eclesiástica y flores de santos de España (1594).
En época desconocida (otros historiadores precisarán que en tiempos del emperador Adriano), era gobernador en Galicia "con veces y corona de rey" un pagano llamado Cathelio; Lucio Catelio Severo, precisará Pedro de Rojas en la Historia de la nobilísima, ínclita y esclarecida ciudad de Toledo.
Rodrigo Caro y Juan Tamayo de Salazar en su Anamnesis sive commemorationes sanctorum hispanorum medio siglo después, seguramente encontrando extraño el nombre, supusieron que se trataba no de Catelio, sino de C.Atilio, es decir Cayo Atilio.
Sin embargo, el nombre de Catelio no es excepcional en la onomástica latina ni, por cierto, en la materia de Bretaña. Un rey de ese nombre aparece en Monmouth y Catelio se llamó el fundador del reino británico de los Votadinos del Sur. Catelio, como Catulo, remite al mundo canino (al igual que los Maelgwn, Cynfael, galeses o el Conomor bretón), lo cual no es irrelevante, como luego se verá.
El gobernador Catelio, "ciudadano de Braga" donde estaba la capital de su virreinato (como dice el ingenioso Renales) busca una mujer de noble sangre y de altas prendas, Calsia (Casia, Calcia o Calpe en otras fuentes), de sangre real, y el matrimonio se traslada a Belcagia, después llamada Estuciana, ciudad cercana a Tuy, más agradable para vivir, que todos coinciden en identificar con Bayona, donde tenía, a decir de Renales, su audiencia: ciudad "populosa, fuerte, rica y bien abastecida".
Vista de Tuy. Grabado del siglo XIX.
Allí se produce la gran catástrofe cuando Calsia da a luz a nueve niñas de su primer parto. Podrá parecer raro, dice Marieta, pero ¿qué tiene de extraño para Dios hacer nueve hijas iguales si hizo nueve coros de ángeles en sólo un día? 
La mujer se ve enormemente abochornada, bien fuera por haber parido "tanta muchedumbre de mujeres" y ningún varoncito, bien por la creencia de que los embarazos múltiples eran consecuencia del adulterio, creencia nada extraña en la época medieval (como puede verse en esta correspondencia de Inocencio III en el siglo XIII) y mucho después, ya que Joseph Renales en Las nueve infantas de un parto se cree obligado a refutarla aún en 1736.
Y creencia muy antigua. Timothy Taylor, arqueólogo estudioso de los rituales funerarios, en su libro The buried soul apunta la sospecha de que algunos enterramientos prehistóricos que se han descubierto corresponden a personas sacrificadas por su parecido -gemelos, por ejemplo-, considerado como monstruoso o aciago para su comunidad. 
El de la madre que, avergonzada por un parto múltiple y la sospecha de adulterio correspondiente, abandona a sus hijos es un motivo folclórico que, con variantes, se repite frecuentemente. Es la leyenda del Caballero del Cisne, la del origen de la familia de los Güelfos (así llamados porque los llevaban a ahogar recién nacidos como cachorros, whelps  en inglés), se encuentra en el lay de Fresne de María de Francia... Existe un artículo de Samuel Armistead, "La tradición épica de las Mocedades de Rodrigo", donde se toca este asunto. 
Esto de ahogar a los perritos trae a la cabeza la tremenda maldición irlandesa: "Bás na piscíní ort!" ("¡Así tengas la muerte de los cachorros!") 
Las fuentes españolas sobre Catelio y Calsia se hacen eco repetidamente de la leyenda de Margarita de Holanda, que riñó a una mendiga por haber tenido gemelos, tildándola de promiscua, y en castigo parió ella trescientos sesenta y cinco niños de un parto.
Todos los varones fueron bautizados como Juan y las niñas como Isabela, pero tanto ellos como la madre murieron en veinticuatro horas.
¡Enhorabuena! Ha tenido usted 365 niños y niñas... Leyenda de
Margarita de Holanda. Grabado popular.
Calsia decide, pues, mantener su parto en secreto y ahogar a "toda aquella pequeña compañía", de lo que encarga a la partera (Sila, según las demás fuentes: Marieta no dice su nombre). 
Renales, en su libro, que es una colección de ejemplos y curiosidades mucho más amena de lo que podría temerse, afirma que tanta crueldad no se explica por motivos naturales, sino porque el Diablo, previendo la santidad de la prole, turbó la mente a Calsia para que abortase cuanto antes tan terrible peligro para el Infierno.
El libro del ingenioso Renales digo que está bien; pero es exagerado lo que se lee en un poema de sus preliminares:
"Digno es de eterna memoria
El ingenioso Renales,
Y la fama en sus anales
le cantará la victoria."    
Dice, pues, Renales que en el Ulla es donde habían de acabar su breve vida, pero como cae bastante lejos de donde sucedió el alumbramiento, es más probable que las quisieran echar al Miño, si estaban en Tuy o al Miñor si en Bayona. 


El río Miño por Tuy.
Pero Sila es cristiana y compadecida de las niñas las bautiza y las reparte entre distintas amas de "un barrio de cristianos" (es curioso cómo Marieta imagina la ciudad tardorromana de Belcagia como una ciudad medieval castellana, con su judería, su barrio morisco...).
Las niñas reciben los nombres de Geníbera (Ginebra, como la mujer de Arturo), Liberata (Librada, patrona de Bayona y de Sigüenza), Victoria (identificada por otros con Santa Victoria de Córdoba), Eumelia, Germana, Gema o Marina (pero no Santa Margarita ni Santa Marina la penitente, que engañó a todo el mundo haciéndose pasar por hombre durante su vida entera, como creen algunos modernos por despiste), Marcia o Marciana, Basilia o Basilisa y, por fin, Quiteria, que es la santa que me ocupa hoy. 
Las nueve princesas, nueve dechados de virtudes y hermosuras, se educan cristianamente, encomendadas a los cuidados de San Adón (nada sé de este supuesto obispo) y de San Ovidio, tercer obispo de Braga (esta noticia se encuentra, al menos, en Joseph Renales y Pedro de Rojas. 
San Ovidio de Braga. 
Y así transcurre apacible su infancia hasta que se desencadena una terrible persecución contra los cristiano y las nueve gemelas, famosas en toda la ciudad como es normal, son convocadas a la presencia de su padre, a quien le revelan su condición. Sorprendido como se puede imaginar y tan contento por conocer a sus nueve hijas como afligido y rabioso por encontrarlas cristianas y reas de muerte, llama a Calsia, la cual confiesa de plano y acoge a las hijas con extremos de emoción y amor materno. Pero las hijas no dejan de recordarle: 
-"¡Miserablemente nos echaste para que fuésemos manjar de los peces!"
Y los padres, enfurecidos, las mandan encerrar para que recapaciten.
En su prisión, Quiteria recibe la visita de la Virgen, que la consuela y anima y, según Tamayo de Salazar, le regala varios objetos: un vaso de esencias, una cruz, un anillo de pudor. Además, le concede el don de hacer curaciones milagrosas.
En medio de una luz cegadora, las puertas de la cárcel se abren y los prisioneros escapan, incluidas las nueve hermanas: no por miedo al martirio, que deseaban, sino (dice Marieta) para ahorrarles a sus padres el pecado que iban a cometer con su muerte.
Las hermanas se dispersan y Quiteria permanece en un monte, el monte Oria u Orial, cercano a Bayona, haciendo oración, hasta que un ángel se le aparece ordenándole marchar al valle de Eufrasia, Eufragia o Aufragia, que resulta estar en el reino de Toledo.
Santa Quiteria. paso procesional en Sorihuela de Guadalimar, Jaén.
Véase el perrito a sus pies. 
Entre tanto, Catelio y Calsia, hartos de las murmuraciones a que dan pie tantas visitas diurnas y nocturnas de Quiteria al monte, deciden casarla y optan por un pretendiente llamado Germán (o Gernado según el Flos sanctorum  de Villegas).
Llegada a Aufragia, Quiteria recibe nuevas revelaciones de su ángel. Se le dice que sufrirá martirio allí, que será enterrada en el Monte Columbino y que tendrá una horrenda visión donde se le aparecerá un ángel en figura de un noble anciano, un demonio en forma de perro para llevarse el alma del rey (¡otra vez los perros en la leyenda de esta santa! En cuanto al perro como animal demoníaco, ver Los demonios perrunos) y una fiera de tres cabezas (que no deja de recordar al perro infernal más famoso, Cerbero).
El valle de Aufragia pertenecía, según Tamayo de Salazar, al reino de los carpetanos, donde reinaba a la sazón Ludiván (según Marieta: Leuciano según las demás fuentes), al que le perdía la avaricia. Tenía, dice Marieta, una casa bajo las aguas de un río y en ella conservaba todos los tesoros de que había expoliado a los cristianos.
Quiteria, con un séquito de treinta mujeres vírgenes y ocho mozos, pide audiencia a Ludiván, que al enterarse de su religión los manda meter presos.
Las mazmorras se llenan de luz y de una fragancia exquisita, las gentes empiezan a concurrir por curiosidad y atraídos por los rumores de que allí se operan maravillas y se cura a los enfermos. Los carceleros se convierten, las cadenas se rompen, las puertas se abren y Ludiván, inquieto por tal desmadre, acude a tomar las riendas de la situación, pero queda ciego y sordo.
A la cabeza de miles y miles de seguidores, Quiteria regresa al valle de su futuro martirio, donde hace brotar una fuente de propiedades milagrosas.
Ludiván se rinde a la evidencia, se convierte y, lo que más le cuesta, devuelve a los cristianos sus bienes confiscados.
Mas como la felicidad nunca es duradera, hete aquí que se presenta Germán, el prometido de Quiteria, al mando de numerosa hueste, con el fin de llevársela y celebrar el matrimonio o darle muerte.
De entre los capitanes de Germán fue Dormián el que encontró a la santa, que estaba rezando metida en el agua de un arroyo hasta los pechos, como los ascetas irlandeses  (detalle que apunta Tamayo de Salazar). Furioso, le espetó:
-"¡Endemoniada rabiosa, epiléptica, yo te mato!"
Y de un golpe le cortó la cabeza.
Estas frases no son gratuitas porque Santa Quiteria es abogada contra la rabia y mordeduras de animales rabiosos, en lo que insiste Villegas. 
Llegaron en seguida los ángeles y le dijeron a la mártir:
-Levanta, vamos a tu sepultura. No seas despistada, no te vayas a dejar la cabeza.
La santa tomó la cabeza en las manos y salió caminando rumbo al lugar de su reposo en el Monte Columbino. Cristóbal Lozano y la mayoría de los españoles están de acuerdo en que el lugar de su sepultura es la actual Marjaliza (Toledo).  Otros sin embargo, como Marieta y Villegas, creen que está enterrada en Francia, en Aire sur l'Adour, lo que supone una marcha cabeza en mano mucho más considerable.
Aire sur l'Adour.
Santa Quiteria despierta más devoción en tres zonas: la del Sur de Galicia y Norte de Portugal, la del Reino de Toledo, que se extiende al Este hasta Sigüenza y la aquitana y Pirenaica.
Lo más sorprendente es la afirmación de Cristóbal Lozano en El grande hijo de David más perseguido y otros autores que se ocupan de este martirio: que tan sólo se lee de esta santa y de San Dionisio de París el haber caminado portando su cabeza, prodigio que bastantes santos han llevado a cabo.
No se aplacó con la muerte de Quiteria la furia de los paganos, que cometieron una auténtica matanza de cristianos por aquellos montes, hasta que colmada la paciencia divina los ejércitos enloquecieron, empezando los soldados a revolcarse por el suelo, a devorarse a sí mismos, "asombrados como si la Muerte se les apareciese delante" (Marieta).
Después, el ángel se le apareció a un hombre, llamado Estrancho, y le comunicó la masacre que acababa de ocurrir y que Dios le había hecho a él la merced de que enterrase a los difuntos.
Es de esperar que Estrancho fuese cristiano y devoto, porque si no maldita la gracia que debió de hacerle la merced divina.
Cuenta Pedro de Rojas que, andando el tiempo, también se convirtieron a la fe de Cristo y fueron mártires y santos Germán y su padre, Catelio y Calsia. Sila fue capturada y martirizada en la ciudad portuguesa de Tomar.
La leyenda de las santas nueve hermanas también se encontrará en la Antigüedad de la ciudad y Iglesia de Tuy de Prudencio de Sandoval y en los Anales de el reyno de Galicia de Francisco Xavier de la Huerta y Vega.
Todos estos libros de los que me he servido pueden consultarse en línea.

sábado, 19 de mayo de 2012

El justiciero

En Bretaña, donde se rinde culto a tantos santos de épocas misteriosas y legendarias, también conoce la devoción popular santos más modernos como San Vicente Ferrer, San Juan Discalceato (el Santito Negro), San Guillermo Pinchon, o el que probablemente sea más venerado dentro y fuera del país, San Erwan Helory de Kermartin, Yves en Francés.
San Ivo. Le Folgoët, Bretaña.
La vida de San Erwan, Yves o Ivo abarca toda la segunda mitad del siglo XIII y la rebasa. Fue canonizado cuarenta y cuatro años después de su muerte; ya antes de ella gozaba de extendida fama de santidad por sus obras y vida ascética. Fue santo de tejas abajo y no dudó en encabezar una revuelta popular en la ciudad de Tréguier en contra de una subida de impuestos que pretendía imponerse a sus vecinos (incluida la Iglesia).
Era orador infatigable y allí donde veía un corrillo se acercaba y empezaba a predicar con brío contra los vicios de su tiempo. Las gentes, en vez de arrojarle cualquier troncho o marcharse a otra parte, lo escuchaban con atención, viniendo multitudes desde lejos a sus sermones, y eran muchos los pecadores que se convertían y abominaban de sus malas costumbres.
Con motivo: estaba un día predicando San Ivo en una plaza cuando cruzó un hombre a caballo que iba a sus asuntos sin hacer caso de sermones.
-¿Veis ése que pasa de largo? -dijo San Ivo- ¡Bien se pararía si en vez de estar yo predicando la palabra de Dios estuviesen cuatro fulanas meneándose y tocando las panderetas de Satanás! Pero ya se parará, ya... 
Efectivamente, días después le dio un ataque y quedó paralítico.  
San Ivo, que tan duramente juzgaba a las bailarinas callejeras, años más tarde acogería en su casa, una noche de invierno, a la familia del juglar Riwallon, su mujer, música y algo bruja, sus hijos que tocaban el biniou y la bombarda y sus dos preciosas hijas que deleitaban a los espectadores con sus bailes y lo que hiciese falta (dice Le Braz, el gran folclorista bretón).
Juglar y bailarina. Manuscrito de principios del siglo XIV.
 Les abrió su puerta para que pasasen la noche y allí quedaron más de diez años como huéspedes y sirvientes de San Ivo, al menos hasta 1303. Este episodio lo narró en verso el poeta bretón Tiercelin, en su libro Les cloches (Las campanas).
Los Acta sanctorum recogen el el día 19 de Mayo un resumen de su proceso de canonización, en un sabroso latín repleto de galicismos, así como una Vita más amplia obra del franciscano Mauricio Galfrido.
Como abogado que fue, el pueblo ensalza a San Ivo por su imparcialidad, honestidad a toda prueba y defensa de los desfavorecidos. Anatole Le Braz afirma que la nación bretona entera, como tal, se identifica con el pobre que suele acompañarle en las imágenes, mil veces avasallado y curtido en sufrir injusticias, para quien es causa de asombro la defensa que el santo abogado toma de él.
Y así se le ensalza en estros tres versos latinos:
Sanctus Yvo erat Brito,
Advocatus et non latro,
Res miranda populo!


San Ivo era bretón,
Abogado y no ladrón,
¡Cosa asombrosa para el pueblo!
san Ivo entre el rico y el pobre, cuyo memorial
acepta, escuchándolo con atención.
La Roche-Maurice, Bretaña.
La representación más frecuente, la que se encuentra en muchas iglesias y hogares por toda Bretaña, es la que lo muestra entre el pobre, que le ofrece un memorial que el santo recibe con gesto benévolo y el rico, que le tiende la bolsa con el soborno que el santo rechaza.
Su fama se debe también a sus obras de caridad. En su casa encontraban techo y comida los pobres; se quitaba el pan de la boca para darlo a los hambrientos; en ocasión que dos mujeres escandalizadas lo denunciaron por andar casi desnudo por la calle, se supo que había repartido sus vestiduras (irritante limosna, como se verá) entre los ateridos enfermos de un hospicio. Es cierto que en esto recibía auxilio divino; que panes y verduras se multiplicaban milagrosamente cuando los repartía; que lo que daba de limosna le era a veces devuelto por el Cielo, que de allí bajaban los ángeles con comida para que la diese a los pobres, cuando a él le faltaba.
Ivo había nacido en una familia noble y acomodada, sin ser de las más ilustres de su país. Viendo su aptitud para las letras, quisieron ponerle un maestro; pero el único que juzgaban adecuado tenía escuela lejos de donde vivían y su madre, mimosa, exigía que el niño hiciese las comidas en familia. No importó: por medios sobrenaturales el pequeño iba y venía puntualmente a sus lecciones para asombro de todos.
Aprendidas las primeras letras, estudió derecho en las universidades de París y Orléans, acompañado de su amigo de infancia y primer maestro Juan de Kergoz, y regresó a Bretaña donde, en Rennes y Tréguier, ejerció como abogado, se ordenó sacerdote y se le encomendaron dos parroquias.
En su proceso de canonización se refieren como milagros sucesos que, en todo caso, demuestran un extraordinario dominio psicológico. Una vez acudió a juicio una pareja. El hombre sostenía que ella era su mujer legítima; ella, que no estaban casados. El tribunal se inclinaba por fallar a favor de la mujer.
-Lo que tiene que hacer es irse con su marido -Dijo San Ivo.
-¿Qué pruebas tienes de que lo sea?
-¿Pruebas? Su propia declaración. A ver: ¿quién es este señor?
-Mi marido -afirmó ella.
Pero luego volvió a desdecirse. En el momento del juicio, San Ivo le preguntó:
-¿Estás soltera?
-No, señor: casada.
-¿Con quién?
-Con ese señor, mi marido -respondió señalando al otro pleiteante.
-¿Estás segura de que es tu marido?
-¿No voy a estar segura? Mi marido es, no he tenido otro ni creo que lo tenga nunca.
Cada vez que se le preguntaba sin estar delante San Ivo, lo negaba; pero en su presencia, como si la verdad escapase de su boca, la admitía bien a su pesar.
Ama de casa con su criada. Siglo XVI.
Otro caso sonado fue el de una mesonera a la que unos clientes, mercaderes, le dejaron a guardar una talega de gran peso cuidadosamente cerrada.
-¿Podrías tenernos esto hasta que volvamos? Nosotros vamos de ciudad en ciudad y no es seguro viajar con todo eso. Pero mira que no lo abras ni se la des a ninguno de los dos no estando el otro delante.
Cinco días más tarde, aparecieron los mercaderes en compañía de otros tres o cuatro.
-¡Ea, posadera, prepáranos de comer bien para esta noche, que vendremos a la cena!
Pero un rato después, llegó uno de los dos:
-¿Has comprado para la cena?
-Aún no.
-¡Menos mal! Venía a cancelarla. Hemos resuelto los asuntos que teníamos y vamos a aprovechar el viaje de unos paisanos que vuelven a casa. En estos tiempos, es mejor viajar muchos juntos. Pero se van ahora mismo ¿Me das la talega, que los tengo esperando? 
La ingenua posadera le dio la talega y al cabo de poco tiempo apareció el segundo mercader preguntando por su compañero.
-¿Has visto al otro que venía conmigo?
-¡Claro: y le he dado la talega!
-¿La talega? ¡Dios mío, me has matado!¡Mis mil doscientos escudos de oro! ¡Échales un galgo! Pero ¿no te habíamos dicho que no se la dieses a ninguno de los dos si no estaba el otro?
-Ya; pero yo... Como tenía prisa...
-¡Y tanta! Ahora: esto no se queda así... 
El comerciante la demandaba y le pedía la restitución de los mil doscientos escudos y un pico por otros efectos que contenía la bolsa.
En el juicio, a punto ya de dictarse sentencia, intervino San Ivo.
-¡Un momento! Aquí no hay caso, porque mi defendida ha recobrado la bolsa y está dispuesta a entregarla.
-¡La talega! ¡No puede ser! -exclamó el otro.
-Muy bien -dijo el juez-: hágasele entrega de ella a su dueño.
-Eso no: porque ella se ha comprometido a entregarla sólo si están los dos; y que comparezca el otro y la entregará. 
-¡Señoría, esto es un farol! ¡Son dilaciones para no pagar! -protestó el hombre.
Y empezó a ponerse tan nervioso y descompuesto, a temblar y a hacer tales visajes que el juez sospechó que había gato encerrado. Se tomaron nuevas declaraciones y el mercader confesó que la bolsa contenía clavos y chatarra vieja y que todo había sido combinado para timar a la posadera.
El frustrado estafador fue  debidamente ahorcado en la ciudad de Tours. 
No faltan en las actas sucesos de índole más sobrenatural. Estando a la mesa un día, recibió la visita de un pájaro maravilloso, de magnífico plumaje blanco y verde, de especie nunca vista, que estuvo jugando con él mientras duró la comida de los demás, porque el santo, como hipnotizado, no tenía ojos más que para él; y afirma el testigo que aquel ave no era cosa de este mundo. Otra vez sentó a su mesa a un pobre harapiento y sórdido ("todo podrido de lepra", añade Albert Le Grand) y lo convidó a comer de su propio plato. Al marcharse el mendigo, ya en el quicio de la puerta, se volvió y apareció radiante de belleza, luminoso, envuelto en una túnica como la nieve.
Con ocasión de la revuelta a que me refería antes, es sabido y así lo dicen los testigos en su proceso de canonización que mantuvo una conferencia en la catedral con el mismísimo San Tugdual, fundador de la diócesis.
A la manera de Moisés, separaba las aguas de los ríos crecidos para cruzarlos; alargaba con sus oraciones las vigas de madera; apagó un gran incendio con una jarrita de leche.
Eran prodigiosos los ayunos y otras mortificaciones que se imponía San Ivo. Muchas veces dormía en el suelo; otras muchas, que era mayor tormento, en una cama que se había hecho como obra de cestería de varas torcidas y nudosas. Muchas veces mojaba la ropa antes de irse a dormir con ella puesta.
Gastaba debajo de la camisa y sobre la piel una túnica de crin, a manera de cilicio que daba horror verla (quod horror erat inspicere) -dice la testigo Dathovada, hija del juglar Riwallon- por la infinita cantidad de piojos que vivían en ella. Los piojos eran para San Ivo sus amigos e instrumentos de mortificación y la tal camisa era un hervidero de ellos. Cuando San Ivo descubría que alguno se pretendía escapar, lo cogía delicadamente y lo devolvía con cuidado a su hábitat. Una vez alguien, en un gesto seguramente inconsciente, le quitó uno de aquellos piojos exploradores y aventureros y se lo aplastó: el santo le riñó agriamente. Tenía cariño a aquellos mordicantes huéspedes y a la camisa donde vivían la llamaba "garenna pediculorum", "el conejar de los piojos". Decía que le servían, devorándolo en vida, para no olvidar que se lo comerían los gusanos después de muerto.
En general, la limpieza de la ropa era un lujo sospechoso para San Ivo. Sabemos por el testimonio de su cuñada que cuando le lavaban la ropa y quedaba demasiado limpia a su juicio, se la regalaba a algún pobre.
Pobre. le Folgoët, Bretaña.
Este santo caritativo y bondadoso tiene, sin embargo, su cara severa y de echarse a temblar. No le gusta andarse con bromas. Cuenta Sébillot en La petite Légende Dorée de la Haute Bretagne que cierta criada del pueblo de Landezais, joven, mona, presumida y desparpajada, apostó un delantal de seda a que iría de noche a una capilla de San Ivo y se llevaría la imagen del santo. A la mañana siguiente lo único que se encontró de la moza fueron la cabellera, colgando atada a la rama de un árbol, los zapatitos al pie.
A San Ivo se recurre en última instancia cuando se tienen pleitos peliagudos. Se le invoca con la fórmula: "Fuiste justo en vida, sé justo después de muerto". Se peregrina o peregrinaba (cuenta Le Braz, que hizo esa romería) a una capilla suya perdida en el monte, caminando con una moneda, que se le ofrendaba luego, en el zapato. O se arrojaba la moneda a los pies del contrario.  También ejerce su poder cuando uno sospecha que le han robado algo. En Bretaña, cuando alguien acudía a esta intercesión, lo pregonaba o anunciaba con un pasquín en la puerta de la iglesia: si no había restitución, el ladrón se secaba y consumía e hincaba el pico antes de un año.
Escandalizado por esa costumbre, un párroco mandó derribar la fatal capilla y guardar la imagen vengativa en un almacén. Una mañana amaneció estrangulado en su cama. Dijo el ama que aquella noche había oído unos pasos extraños subiendo las escaleras hacia la alcoba del cura: pasos como de un hombre de palo.
A la muerte de San Ivo, se le edificó un suntuoso sepulcro en la catedral de Tréguier. El magnífico monumento gótico fue destrozado por los "azules", los soldados de la República, durante la encarnizada guerra de la chouannerie, en 1793.
Hoy se levanta en su lugar una reconstrucción de finales del siglo XIX. 
Reliquias de San Ivo. Catedral de Tréguier.
Es un cenotafio: al excavar para erigirlo no se halló ni resto del cuerpo. Se veneran, en cambio, las reliquias separadas de él antes de su inhumación: la calavera y dos fragmentos de hueso largo. 



viernes, 18 de mayo de 2012

Un difunto irritable


Uno de los clérigos más importantes en la Francia de su tiempo -la primera mitad del siglo X- fue Flodoardo, canónigo de Reims y más tarde obispo de Noyon y de Tournai. Es autor de un extenso poema hagiográfico, De trumphis Christi,  y de una vasta obra histórica. La Historia de la Iglesia de Reims dista de ser historia local por la importancia que tuvo esa ciudad durante los tiempos merovingios y carolingios.
Las luchas y forcejeos político-religiosos de Reims están en el núcleo de la Historia francesa de aquel tiempo.
Flodoardo participó en ellos y su carrera fluctuó al compás de la fortuna de las familias nobiliarias que se disputaban el poder, hasta que, desengañado y viejo, se retiró a la vida monástica.
Carlos el Simple.
En aquellos tiempos, el imperio de Carlomagno se había desmoronado y sus descendientes, cuando se sentaban en los tronos de Germania o Francia (que no era siempre), eran juguete de las grandes familias aristocráticas, que mandaban en sus territorios con verdadera independencia.
Uno de estos grandes estados nobiliarios era el Vermandois, al que pertenecía Reims, dominado por la familia del primer conde, Heriberto I, al que había sucedido su hijo Heriberto II, un político ambicioso y con pocos escrúpulos. Formó parte de los que promovieron la rebelión de los grandes nobles contra el rey Carlos el Simple, al que tomó preso a traición y mantuvo cautivo toda su vida.
Teniéndolo como rehén, chantajeaba a los reyes de Francia con la amenaza de liberarlo, ya que en Carlos recaía la legitimidad dinástica de Carlomagno. De hecho, fue la muerte de Carlos la que marcó el declinar de la fortuna de Heriberto, que buscó entonces sin éxito la alianza de Enrique el Pajarero, rey de Germania, y acabó ahorcado en 943 por orden de su pariente Hugo el Grande.
Entonces aquel Hugo se encargó de dividir el Vermandois entre los varios herederos de Heriberto y acabó para siempre con ese amenazante estado.
Hugo el Grande, que era hijo de Roberto I, rey de Francia, yerno de Enrique el Pajarero y padre de Hugo Capeto, se convirtió en cabeza de la dinastía que había de reinar en Francia hasta 1848.
Flodoardo estaba entre quienes se oponían a la poderosa familia de los Heribertos, lo que le valió numerosos sinsabores.
Cuenta, pues, Flodoardo en su Historia Ecclesiae Remensis la siguiente historia, que se lee (en latín) en los Acta sanctorum del día 18 de Mayo y en la Patrologia Latina y los Monumenta Germaniae Historica en línea.
Fue el caso que Hildegario, presbítero de una de las dos iglesias de San Hilario en Reims, recibió un día la visita de un grupo de vecinos que acudían a él con una súplica.
Acababa de morir en la ciudad un hombre de noble linaje pero de tan menguada hacienda que no había dejado ni lo necesario para un entierro decente. Ellos, sus amigos, querían ahorrarle la vergüenza póstuma de ser arrojado de mala manera como a cualquier pordiosero. 
Entierro en Tournai. Miniatura del siglo XIV.
Como entre todos no juntaban para un entierro decente, pedían permiso de rebuscar por el cementerio algún sarcófago viejo y sin dueño que pudiesen aprovechar. Hildegario no puso peros.
Encontraron uno de acuerdo a sus esperanzas y aun mejor, pero cerrado. Avisaron a Hildegario para que los autorizase a abrirlo. Él mismo acudió en persona, y no había levantado la tapa ni un dedo cuando un aroma suavísimo y tan delicioso como nunca habían olido se extendió por el ambiente. Hildegario arrimó un ojo a la rendija y entrevió un cuerpo entero, incorrupto, revestido de ropas sacerdotales.
-¡Señores: esto es cosa mayor de lo que pensábamos! Vamos a tapar inmediatamente y dejar todo como estaba.
Descubrimiento de un cuerpo incorrupto:
San Cuthberto. Miniatura del siglo XII.
-¿Y nuestro difunto?
-En este sarcófago no puede estar, que aquí hay gran misterio; echad unas tablas encima y poned el cuerpo de vuestro amigo de momento. Yo os prometo solucionarlo cuanto antes. ¡Tierra, tierra, tapad!
Quedó inquieto Hildegario. Aquella noche no conciliaba el sueño, y cuando por fin lo venció vio frente a sí a su abuelo, que había fallecido años atrás.
-¿Tú sabes la que has armado? -le dijo el aparecido- Has ofendido gravemente a Dios. ¡Menos mal que no se te ha ocurrido meter a ese fulano en el sarcófago!
Otro feligrés recibió en sueños la visita del ocupante del sepulcro.
-Estoy echando chispas -le dijo-. Dile a ese presbítero vuestro que qué es eso de darme con un muerto en las narices. No es ya el peso, que es lo de menos, sino la falta de respeto y de todo. Dile que como no me quite de encima esa carroña apestosa, pero deprisa, va a saber lo que és cólera divina.
Al pobre presbítero se le pusieron los pelos de punta y sin dejar pasar un día mandó abrir una sepultura nueva y trasladar a ella al muerto insolvente.
Es de creer que el dueño del sarcófago, satisfecho del éxito, cogió afición a aparecerse a la gente mientras dormía. El siguiente visionario fue un pobre labrador.
-¡Tú, vas a hacerme un favor! Vas adonde el obispo y le dices: "Artoldo, hay un cristiano enterrado junto a la iglesia de San Hilario: está en un sarcófago de tal y tal manera" (que el presbítero Hildegario ya sabe qué sarcófago es). Pues le dices al obispo:  "Ese cuerpo está enterrado fuera de la iglesia con gran desdoro, porque su sitio está en el interior, en puesto honroso", ¿me oyes? Y que me pasen adentro que ya está bien.
Aquel tal Artoldo, que era uno de los valedores de Frodoaldo, fue obispo en dos ocasiones, de 931 a 940 y de 946 a 961 (es decir, después del ajusticiamiento de su adversario Heriberto II). Frodoaldo está, pues, narrando hechos recientes y ocurridos en vida suya.
Cuando despertó el rústico, pensó que había tenido un sueño bien absurdo. ¿Quién era él para llevarle recados al obispo como si fuera el pastor o el zapatero? Antes de acercársele a cien pasos ya lo habían echado a patadas. Y se olvidó de la cuestión por unos días, hasta que volvió el sacerdote difunto, y de muy malas pulgas.
-Vamos a ver -exclamó-, pedazo de bestia: ¿a ti cómo hay que decirte las cosas? ¿Es que no entiendes francés? ¿Estás sordo? ¿Te lo explico por gestos? ¡Toma! ¡Para que estés sordo por algo!
Le sacudió tal bofetada (cuenta Flodoardo) que lo dejó con una migraña tremenda que tardó seis meses en írsele y una sordera de aquél oído que no se le quitó en la vida.
Seguramente se había convencido de que con los labriegos no hay manera de tratar y de que los clérigos son personas mucho más razonables, porque días después fueron los sueños de otro sacerdote los que honró con su visita. Era una noche de domingo.
Tal como corren las noticias en las ciudades pequeñas, es de creer que a este pobre clérigo ya le habrían llegado rumores de las indeseables apariciones del difunto y se echaría a temblar al verlo irrumpir en sus sueños.
-Ya sabrás lo que vengo a pedir, a ver si hay manera...
-¡Sí, sí, que te trasladen al interior de la iglesia...!
-Exactamente. Y abre bien los oídos: tienen que ponerme una sepultura decente, nada de sepulturuchas de ésas para salir del paso... ¡A quien se le diga!... ¡Una ciudad donde reciclan los sarcófagos!... ¡No sé cómo no...! En fin. ¿Me has entendido bien dónde quiero que me pongan?
-Si, sí.
-Me alegro. Y para que no se repitan situaciones desgradables de éstas, vas a encargarte de que me pongan en el sepulcro un letrero bien grande explicando quién soy yo.
Mandó, pues, que se escribiese con letra clara que él era un irlandés que con otros compañeros iba en peregrinación a Roma, para rezar ante las reliquias de los santos mártires.
Hay que recordar que los condes de Vermandois eran también señores de Perona, donde estaba el monasterio irlandés fundado por San Faoláin que constituía una verdadera cabeza de puente para los muchos monjes hibernios que desembarcaban en el continente, ya como peregrinos o como misioneros.
El río Aisne
Aquel romero había tenido mala suerte (una suerte que no sería tan excepcional en aquellos tiempos). Estando acampados junto al río Aisne, los habían asaltado los bandoleros y los habían matado para robarles; a su cuerpo, separado de los de los otros viajeros, le habían dado sepultura en aquel cementerio donde aún seguía, sin poder poner siquiera su nombre.
-Eso es una vergüenza, ¿no te parece?. Así que hay que ponerlo con letras bien gordas, que me llamo Merolilán. Es fácil, ¿no? Me-ro-li-lán. ¿Te acordarás?
-Merolilán. Sí, señor.
-Mira: mejor te lo apuntas.
En ese momento, el aparecido se fijó en un trozo de tiza que andaba tirado por el suelo. Se agachó a recogerla y se la tendió al cura.
-Coge eso. Apunta: delante de mí, que yo te vea. ¡Vamos!
-Sí, sí.
-Ahí mismo, en el arcón que está a los pies de la cama. Eso es... ¡Pero serás...! ¡He dicho Merolilán! ¡Me-ro-li-Lán, con dos eles! ¡No Merolirán, que es ridículo, parece estribillo de copla: 'merolirín, merolirán'! ¡Venga, borra eso! ¡Besugo! Así... ¡Anda, métete a la cama, que no sé si eres sordo o analfabeto!...
El cura se acostó y la aparición se desvaneció. A la mañana siguiente, sin embargo, el cura vio el letrero escrito con tiza en el arca y, por lo que pudiera suceder, le contó con pelos y señales su aventura al obispo.
El obispo Artaldo no hizo caso del santo. Mandó restaurar la iglesia, sí; pero no le pareció oportuno trasladar las reliquias del peregrino, ni costear una tumba nueva, ni escribir el epitafio. Poco tiempo después, aquella misma iglesia de San Hilario era teatro de una penosa escena. Artaldo, "o persuadido o aterrorizado" por Hugo el Grande y Heriberto II, cuyas tropas, aliadas a la sazón, habían puesto cerco a Reims, renunciaba al obispado y se disponía a retirarse a un monasterio. La ceremonia tenía lugar en presencia de aquellos nobles soberbios.
A un santo tan quisquilloso más vale tenerlo contento, y ya que todo su afán era que quedase memoria de su martirio y de su nombre, bueno será dedicarle un recuerdo el día de su festividad, 18 de mayo. 


miércoles, 16 de mayo de 2012

El defensor del dragón

Varios santos interesantes se ofrecen al curioso en estos días. De ellos, sin comparación, el que más tinta ha hecho correr es San Brendano, el santo navegante; pero por holgazanería y confiando en que no le moleste ceder la plaza a un colega menos celebrado volveremos la atención a otro santo pancéltico de cuya actividad fueron teatro Bretaña, Gran Bretaña e Irlanda. 
Dos son las versiones principales de la Vida de San Caradec o Karadoc (así llamado en Bretaña), conocido en Gales como Carannog y en irlanda como Cairnech. 
Hay distintos santos Cairnech irlandeses, como el que ayudó a la mujer de Muirchertach mac Erca (ver Una familia de aúpa), que no tiene que ver con éste.
Una de las Vidas de San Karadoc es de origen bretón, de Léon, y la otra galesa. La vida bretona, fragmentaria, es muy antigua, probablemente anterior al siglo X (publicada por el estudioso La Borderie bajo el título de "Les deux saints Caradec" en los Mélanges historiques, littéraires, bibliographiques pobléis par la Société des Bibliophiles Bretons, II: accesible en línea en Gallica, el sitio de la Biblioteca Nacional Francesa).
En el siglo V, britanos e irlandeses se hostigaban mutuamente con repetidas incursiones guerreras cuyo fin era la rapiña y el comercio de esclavos. 
Incursión guerrera. Northumbria, siglo VIII.
Uno de los más famosos caudillos britanos fue Ceredig, pariente cercano de San David de Gales y rey de Ceredigion (correspondiente a la región de Cardigan), al que dio nombre. 
Probablemente fue este Ceredig el mismo Corotico destinatario de una epístola de San Patricio donde el santo le echa en cara el rapto de cristianos irlandeses para su venta en Escocia y se interesa por la suerte de aquellos infelices. 
Entre los muchos hijos de Ceredig estaba Karadoc. Según ciertas versiones, su madre fue Darerca, la hermana de San Patricio. Quienes sostienen esto lo identifican con San Maccarthin, amigo de aquél y primer obispo de Clochar o Clogher (la patria de Santa Dymphna, ver Piel de Asno irlandesa en Bélgica). 
Según otros, por parte de madre descendía Karadoc de Ana, prima de María, como varios otros santos galeses (por ejemplo Gwynllyw, ver Lo que no se haga por un hijo...).
Como Ceredig era ya viejo para ir a la guerra contra los irlandeses, sus nobles le rogaron que abdicase en su hijo mayor, Karadoc. Al saberlo, el príncipe huyó, compró a un pobre su zurrón, su palo y un talego y con ese equipaje se marchó de ermitaño (según la versión galesa, a la caverna Edilu).
Tiempo después, una voz celeste le advirtió del peligro de que lo encontrasen y le aconsejó pasar a Irlanda y unirse a San Patricio.
Era mucho sacrificio aquél: no hay que olvidar que San Patricio se había dirigido a Ceredig muy duramente; pero Karadoc obedeció, cruzó la mar y en tierras irlandesas empezó a construir un monasterio.
La versión galesa afirma que Karadoc se entrevistó en Irlanda con San Patricio, repartiéndose el país: Patricio marchó hacia el Norte y Karadoc hacia el Sur. También se cuenta que ambos santos colaboraron en la redacción del Senchus mór, adaptación al cristianismo de las antiguas leyes irlandesas.
Dulcemio, uno de los muchos régulos de Irlanda -aún pagana en su mayor parte-, poseía un árbol magnífico (probablemente sería un árbol sagrado, bile en irlandés) y Karadoc se lo pidió para construir con él su iglesia (de esta manera, la fuerza sagrada del árbol se transfería al nuevo templo).
-Ya me lo han pedido otros muchos como tú -dijo el rey- y nunca he querido darlo. ¿Qué tienes tú que seas mejor que los demás?
-Yo, absolutamente nada.
-Bueno: si se cae él sólo, te lo doy.
El árbol, como era de esperar, se vino abajo ante la fuerza de las plegarias del santo y se hicieron de él cuatro pilares. Eran milagrosos: se cortaba de ellos leña para la lumbre y por la noche la madera se regeneraba. 
San Karadoc estaba constantemente acompañado por un ángel en forma de paloma.
Una vez le anunció:
-Viene a verte San Tenenan; arréglalo todo para recibirlo bien.
Karadoc le preparó el baño, pero San Tenenan no lo quería.
-Si no te bañas, no irás al Cielo.
-¿Quién lo ha dicho? pero, en fin, si te pones así...
Karadoc lo metió al agua e hizo ademán de irle a restregar.
En el agua. Manuscrito del siglo XII.
-¡Eh, quieto! ¡No me toques! ¡Yo soy Tenenan el leproso!
-Si no te dejas lavar, no irás al Cielo.
-Bueeno...
Según lo iba lavando Karadoc, Tenenan iba recuperando la tersura de la piel, hasta quedar limpio y suave como una doncella.
-Me has fastidiado, Karadoc, porque mi enfermedad infamante me obligaba a ser humilde, y ahora quizá me haré orgulloso y me perderé.
-Se puede ser humilde y estar limpio y no oler a mondas.
Albert le Grand, en su vida de san Tenenan, explica el motivo del disgusto de éste. Tenenan, de chico, había estado estudiando con Karadoc hasta salir perfecto filósofo; de allí había salido para la corte de Inglaterra, donde su elegancia y apostura habían hecho estragos entre las damas. Una de éstas, hija del conde Arondel, enferma de amor y despecho, confesó a su madre el motivo de su mal; y la astuta señora había conminado al joven a pedir la mano de su hija:
-Donde no, te acusaré de haberla forzado y todos me creerán. Quedarás infamado. Tú verás lo que te conviene más.
Seducción. Manuscrito del siglo VI.
Tenenan había implorado a las Alturas que lo sacasen del atolladero, y Dios le había enviado una lepra providencial que había hecho desistir con asco a la de Arondel.
¡Y ahora le privaban de aquel don divino, como si no le hubiera costado lágrimas!
 -Anda, Karadoc, entra al baño tú conmigo. ¿O te da reparo el agua de haberse bañado un leproso?
-¿A mí? 
Al quitarse el hábito para entrar a la bañera, Karadoc dejó al descubierto siete cinturones de hierro que llevaba ceñidos para macerar sus carnes. Tenenan lo sabía: los rozó con el dedo y se rompieron en pedazos.
-Ahora estamos en paz.
-¡Bueno! Pero a ti la lepra se te ha ido para siempre; en cambio un cinto de éstos se le encarga al herrero.
-¡Que te crees tú eso! Te prometo que aunque reúnas a todos los herreros de Irlanda, ni juntos ni cada uno de por sí serán capaces de forjarte un cinto.
Otro milagro de bañera se cuenta de San Karadoc en las notas del Santoral de Óengus relativas a San Cianan (24 de noviembre):
Aquella vez era San Karadoc el que visitaba a otro santo, y cuando le fueron a preparar el baño, la tina estaba desfondada. El santo anfitrión estaba abochornado. San Karadoc pidió que llenasen  la bañera de todos modos, y aunque no tenía fondo no se salió el agua. Ambos santos entraron juntos al baño. Karadoc exclamó sorprendido:
-¡Caramba, hermano: qué cuerpazo te gastas! ¡Qué hermosura!
-¿Te lo parece? ¡Espérate unos años y verás! 
-¿Qué veré? ¡No veré nada, porque en el nombre de Dios te digo que esa belleza no puede estropearse! ¡Amén!
Y así fue. Incluso después de muerto se conservó San Cianan tan hermoso como aquel día del baño. Y cada año, por Jueves Santo, un obispo le cortaba el peino y las uñas y lo peinaba.
Karadoc volvió a Britania con un altar que le había regalado Dios. Era tan maravilloso que su color no se podía entender cuál era. 
-Voy a echar este altar al agua -pensó-. Donde lo lleven las olas, allí fundaré mi monasterio.
La corriente fue a dejar el altar a los pies de los reyes Arturo y Cado. 
Este Cado debe de ser el mismo Cador de Cornualles que tuvo encomendada la custodia de Ginebra cuando estaba soltera.
Sir Cador (Paul Kynman en la serie Merlin).
 Dicen que este Cador fue hermano de Guignier, y por lo tanto cuñado de Caradoc Briefbras (ver Paterno entre Gwent y Gwened). también se dice que Cador era hijo de Gorlois y de Igraine, y por tanto medio hermano de Arturo por parte de madre.
-¡Mira! ¡Qué mesa más maja nos regalan los mares! -dijo a Arturo.
No tardó en aparecer por allí Karadoc.
-¿Han echado por aquí las aguas algún altar a la playa? ¿Habéis oído algo?
-Si te digo dónde está, ¿harás lo que te pida?
-Depende. ¿Qué es?
-Que nos libres de una serpiente de mar que anda por aquí haciendo de las suyas.
-Bueno; si no es más que eso... ¡Dragón! ¡Eh, dragón!
Serpiente de mar. Manuscrito bizantino, siglo X.
Con terribles bramidos, el dragón asomó la cabeza y acudió al santo alegremente, dice la Vida recogida en las Acta sanctorum que "como un ternerillo corriendo detrás de su madre". El dragón -siempre según la crónica- ni erizó las plumas ni sacó las uñas, se dejó ceñir con la estola del santo el cuello, grueso como de un toro de siete años, y miraba con ojos llenos de dulzura.
Karadoc, con el dragón, fue al palacio del rey Cado en la ciudad de Diudraichov (cuyo emplazamiento se desconoce), a la hora del almuerzo, y con espanto y horror de todos le daba de comer y el monstruo tomaba la comida de su mano.
Cuando estaba distraído comiendo, los guerreros sacaron las espadas para matarlo, pero Karadoc los detuvo.
-¡No os metáis con esta criatura de Dios! ¡Él la ha enviado para castigar a los malvados y escarmentaros! Sólo come pecadores. ¿Verdad que sí, dragón? Pero ya está bien. Ahora vete en paz y deja en paz también tú a la gente. 
Y mientras el dragón se marchaba tranquilamente al mar con la satisfacción del deber cumplido, dijo el santo:
-Y ahora, ¿me das el altar?
-¡Psch! Para ti para siempre. De todas maneras para mesa no vale: lo que pongas encima sale disparado a veinte pasos como una flecha.
-Voy a echarlo al agua otra vez, y donde toque tierra fundaré otra abadía y otro pueblo. 
Así fue fundada la gran abadía de Carrov donde vivió Karadoc hasta que su ángel le comunicó la orden de que cruzase a Irlanda a pasar allí sus últimos días. 
Y en Irlanda murió edificantemente, por lo que dice el Santoral de Óengus el 16 de Mayo:

"Bás cáid Cairnig chraibdig", "La santa muerte del piadoso Karadoc".


martes, 15 de mayo de 2012

Piel de Asno irlandesa en Bélgica (o la mártir de su padre)

De Santa Dimpna o Dymphna se ha escrito mucho, sobre todo fuera de Irlanda, porque en el continente, en tierras de los Países Bajos, padeció martirio y es objeto de gran devoción. A pesar de esa atención, varias contradicciones y lagunas oscurecen nuestro conocimiento de su breve vida.
Santa Dymphna de pastora o campesina (como Piel de Asno).
Estampa moderna.
Se dice que ésta transcurrió muy a principios del siglo VI. El nombre Dymphna se ha supuesto que es una adaptación del irlandés Damnat. Si fuera así, esa extraña grafía -"mph"- podría haber un intento de reflejar cómo sonaba esa -m- a oídos de un continental no familiarizado con las lenguas celtas. Otra latinización del nombre fue Daphne: era costumbre de los irlandeses traducir al latín sus nombres o adoptar alguno clásico de sonido semejante, y hacer de un Fergall un Virgilio, de un Seadhal un Sedulio,  de un Carthach un Cartago.
Las Acta sanctorum recogen una vida de santa Dymphna escrita en el siglo XIII por Pedro, canónigo de Cambrai.
La tradición escrita insiste en que Damnat Scene, o Damnat la Fugitiva (como se la conoce) era princesa en Airgialla (reino que se sitúa al Sur del Ulad o Ulster) y que nació en Rath Mór, junto a Clochar (Clogher en inglés), de padre pagano y madre cristiana. No parece esto muy probable en fecha tan tardía; especialmente porque es una situación familiar muy repetida en el folklore hagiográfico.
Clochar era en tiempos precristianos, en todo caso, un lugar de culto importante, donde se veneraba una piedra sagrada, de oro o que tenía parte de oro.
Damnat descendía de Colla Da Críoch y era pariente de San Enda (ver El desengaño de un príncipe). 
Según Pedro el canónigo, la madre de Damnat llamaba la atención por su belleza, tanto de cara como de cuerpo; y Damnat otro tanto, puesto que eran como dos gotas de agua.
Era una pequeña formal y seria, que no perdía el tiempo jugando ni cantando en corro (no usaba de "chorearum assultus nec joculatorias cantilenas") con las demás niñas ruidosas sino que se entretenía con devotas meditaciones.
La felicidad familiar se vino abajo cuando la madre de Damnat enfermó y murió. 
El rey, que estaba perdidamente enamorado de su mujer, sintió el golpe con dolor fortísimo, que daba compasión a cuantos lo veían.
Pero pasó el tiempo, que todas las penas alivia, y el rey, comprendiendo que no podía dejar a su tierra sin reina, envió mensajeros por todos sus dominios en busca de alguna jovencita virgen que no le fuese a la zaga en prendas a la difunta.
Los legados volvieron al cabo de muchos meses con las manos vacías.
-Otra como la reina que en paz descanse no la hay, como no sea la hija. Es amable y muy bonita, tan clavada a su madre que te parecerá que la propia difunta ha revivido. Éste es el consejo que te podemos dar: mándala casar contigo, pero cuanto antes.
Esto lo hacía Satanás, dice el canónigo Pedro, para ver si el padre podía lograr lo que él no había podido: torcer la firmeza de la fe de la muchacha y empañar su virtud, "profanando en la hija, por medio del padre, el templo de Dios".
Al oír aquel consejo, el rey se encendió en un fogonazo de pasión y sin esperar a más fue con la petición a su hija, prometiéndole el oro y el moro si accedía.
Pierre Saintyves, folclorista francés de finales del sigo XIX y principios del XX (indicando paralelos en otras vidas de santos) señaló la semejanza obvia de esta historia de incesto con el cuento de Piel de Asno (no era el primero: también Collin de Plancyy, según moda de la época, hizo remontarse todo a un mito astral, presente ya en el hinduísmo: el rey es el sol que ama y persigue a su hija, la aurora, y acaba matándola al triunfar la plenitud del día.
Hay expresa referencia a la antigüedad céltica en el cuento de Perrault, ya que el mal consejero que persuade al rey de la conveniencia política y moral del incesto es un druida.
Ilustración de Gustave Doré para Piel de Asno.
El druida con su hoz ceremonial, sentado
en un monumento megalítico.


Damnat, ajena a esas consideraciones mitológicas, respondió a su padre escandalizada:
-¡Qué despropósito! ¿No ves que va contra todas las leyes humanas y divinas?
-"Allá van leyes do quieren reyes". ¿No lo has oído tú eso?
-¡Si es que además es un caso horrendo y abominable, mancillar así una hija el lecho de su padre! -invertía aquí los términos la infeliz con ingenuo ardid retórico.
-Si es por mi lecho no te preocupes, que todo queda en casa. Tú dime que sí y te cubriré de tesoros, de telas preciosas y de joyas y toda clase de tesoros; lo que se te antoje; todo mi reino será tuyo y yo tu esclavo. 
-Que no puede ser. ¿En qué cabeza cabe?
-Lo sensato es hacer sin patalear lo que uno va a acabar haciendo por las buenas o por las malas. ¿Para qué cansarse y hacerse daño contra lo que no tiene remedio? He dicho que nos casamos y nos casamos. 
-Bueno, si te pones así... Pero la precipitación es muy mala -dijo, en un intento de ganar tiempo- . ¿Me caso con el rey? Pues quiero una boda regia. Eso tiene que ser por todo lo alto. Están todos los preparativos, la música, las flores, el vestido... ¡No se casa una todos los días! Mes y medio, mínimo.
Se reconoce aquí el motivo de los sucesivos vestidos que va exigiendo la muchacha para ganar tempo en el cuento de Perrault: vestido de color tiempo, de color sol, de color luna... 
¿Cómo es posible que tragase el rey el anzuelo? ¡"credula res amor est", dice el biógrafo! Apenas oído el sí de la doncella, toda su ferocidad se transformó en melosa blandura, y él mismo se interesaba y preocupaba por los detalles, por el traje de las doncellas de honor, por los adornos...
Contra las esperanzas de Damnat, la fiebre lujuriosa de su padre aunque, eso sí, se volvía más ñoña y empalagosa, no amainaba con el paso de los días. Y la princesa temía que el rey diese otro bandazo y la atacase a punta de cuchillo.
Damnat consultó el caso con un santo sabio y  anciano sacerdote, Gereberno (que hace en esta historia las veces del Hada de las Lilas del cuento), que le aconsejó como único remedio que se le ocurría la huida.  
Como el tiempo apremiaba, en la primera ocasión escapó, acompañada de Gereberno y de un bufón del rey con su mujer.
En la antigua Irlanda, los bufones gozaban de elevada consideración. Sus poderes estaban casi a la par de los de los poetas y, por lo tanto, los druidas. La sátira de un bufón podía atraer las peores consecuencias sobre cualquiera. Se los honraba y temía.
El plan consistía en alcanzar un puerto y cruzar el mar rumbo al Continente. 
Monje navegante (San Cuthberto). Siglo XII.


Así lo hicieron y tocaron tierra en Amberes, desde donde, buscando un lugar adecuado, llegaron a la ciudad de Geel y allí, en un bosque, se instalaron, levantaron una choza y se dedicaron a vivir religiosamente.
El rey, entre tanto, cuando supo la fuga de su hija y novia, creyó morir de dolor. Constantemente le parecía ver ante sus ojos la sencillez de su aspecto, la elegancia de su rostro, la modestia llena de donaire de su actitud, y esos recuerdos eran espinas que se le clavaban y le arrancaban "gemidos y bramidos de sentimiento y furor" (Dice Ribadeneira en su Flos sanctorum). 
Era universal la compasión que despertaba en sus súbditos. No sólo a las mujeres, sino a los guerreros curtidos en los combates les costaba contener las lágrimas.
Se buscó a la ausente con toda diligencia. Se rastreó todo el país, y el rey era el primero y el más activo de los buscadores. Ante la inutilidad de las pesquisas, se optó por extenderlas allende el mar. Dicho y hecho; se inflan las velas; baten las olas los remeros, y en poco tiempo he aquí la flota en Amberes.
Aceleraba al rey el doble acicate del amor y el temor.  A cada momento parecía que tenía a Damnat en sus manos, porque (sigue diciendo el canónigo Pedro) el amor siempre cree tropezarse con lo que ama.
Una mañana, al pagar el hospedaje los agentes enviados por el rey a pesquisar por la tierra, los posaderos se asombraron:
-¿Qué clase de moneda es ésta?
-Moneda buena.
-Sí; pero desconocida por aquí; y es la segunda vez en pocos días que viene alguien pagando con ella. No estaréis metidos en nada raro, ¿eh? Que aquí lo que menos falta nos hace son complicaciones...
Conviene decir aquí que, fuese cual fuese aquel dinero, no podía ser irlandés, que no se acuñó moneda en Irlanda hasta varios siglos después.
-Tú, por si acaso, coge los cuartos; y puede haber más para ti si contestas una cosa: ¿quién te ha venido pagando a ti con dinero de éste?
-El viejo del bosque. Unos que se han puesto a vivir ahí, una pareja con un viejo y una niña. Y a mí ya me daba mala espina, ya, esa tropa. Debe de ser un circo, porque traen un juglar, la chica (que de mona, es monísima) que será la que baile, un payaso viejo; y la otra mujer, la gachí del juglar, yo qué sé: tocará la trompeta. Ahora, lo que compran, lo pagan.
-Ya, pero ¿con el dinero de quién?
-¡Ah! eso...
-Tenía yo una corazonada buena -dijo el jefe a los pesquisidores-. ¡Gracias, hombre, ha sido usted de gran ayuda!
-A mandar.
El jefe de los sabuesos se adentró con los suyos en el bosque y espiando al amparo de los matorrales comprobaron la presencia de los fugitivos (En Perrault, un príncipe descubre a la princesa espiando por el ojo de la cerradura mientras ella coquetamente se prueba sus maravillosos vestidos: erotismo y frivolidad incompatibles con la santa irlandesa).
 A galope tendido regresaron los rastreadores a Amberes, espoleados por la ilusión de las albricias que esperaban del rey.
La alegría de éste, que se consumía de amor y de angustia temblando que Damnat hubiera muerto, rayaba en la locura. Se precipitó al campamento de los fugitivos y por sorpresa se presentó a su hija. 
Se la bebía con los ojos y tan pronto lo dominaba el júbilo de verla como la pena de encontrarla desmejorada y afeada por el cansancio y las penitencias.
(En el cuento de Perrault, esta transformación tiene su emblema en la piel de burro -animal feo, inmundo y lascivo por excelencia: a Príapo se le sacrificaban burros- que reviste la joven).
-¡Hija mía -le dijo-, amor, dulzura y deseo de mi vida, ¿qué necesidad tenías de despreciar la dignidad real y la altura de tu cuna para venirte hecha una pordiosera por tierras extrañas? ¿O quién te ha convencido con tal maña y tan suave labia de que abandonases a tu padre y a tu rey? ¡Y eso para someterte a la obediencia de ese cura carcamal y chocho, como si fuese tu padre él! ¡Mira que dejar los palacios excelsos para irse a meter en una choza de ramajos y barro...! 
Refugio eremítico en el bosque. Lanrivoaré, Bretaña.
¡Anda, vente conmigo a casa, que voy a poner tu estatua en un altar y a mandar que te adoren chicos y grandes, y ay del que ponga mala cara!
Iba a contestar la doncella cuando Gereberno le quitó la palabra de la boca:
-Rey criminal, ¿cómo quieres arrebatar a esta virgen la pureza, que una vez perdida no hay remiendo que valga para recomponerla? Vas a ser la vergüenza de la realeza. La fechoría que intentas es abominable no ya para los castos y virtuosos, sino hasta para los viciosos  y parranderos. Pero yo te digo que a tu hija no la doblegas ni con halagos ni con amenazas; y que además Dios castiga cuando menos lo esperas.
-¿Oís? ¡Este maldito es el que tiene subyugada a la princesa para que me desobedezca!
-Hay que cortarle el pescuezo. Muerto el perro, se acabó la rabia.
-¡Insolente! -le decían a Gereberno- ¿No te bastaba con soliviantar a la princesa y raptarla, que encima escarneces al rey y lo injurias? Ve y procura convencerla de que entre en razón, que a ti te hace caso.
-Antes me dejo arrancar el pellejo.
-Eso te va a pasar, ¡insensato!
Los cortesanos se abalanzaron sobre el viejo y lo lincharon. Algo más calmado, el rey mandó llamar a su hija. Con la dulce expresión y el rubor que le daban la tristeza y la vergüenza, le pareció más deseable que nunca. 
-¿Cómo -le dijo- me martirizas y no te importa verme morir de amor? Dime que sí, y te daré todo el poder del mundo y te colocaré por encima de las diosas. Ten lástima.
-Es más fácil retener lo que se tiene que recobrar lo que se ha perdido. Yo estoy perdida para ti. Ni me seducen tus dádivas ni me asustan tus amenazas. Porque Cristo...
-Déjate de palabrería cristiana. Obedece o atente a las consecuencias: mira cómo ha acabado ese embaucador miserable. No quiero que vuelvas a mezclarte con cristianos o haré que escarmienten en cabeza tuya todas las hijas locas que se atreven a llevar la contraria a sus padres.
-Menos cuento. Has matado a Gereberno por celos y a mí me matarías por puro despecho. Hazlo, ¡vamos! que prefiero estar unida a él en la muerte que a ti en vida.
-Esto sí que ya no lo aguanto -dijo el rey. 
Y sacando el puñal la degolló y le cortó la cabeza.
Rey supervisando el trabajo de los sicarios. Manuscrito bizantino, siglo XII.
-Dejadlos aquí para las alimañas y los cuervos, que estas fieras no merecen un entierro de personas.
Allí quedaron los cuerpos abandonados; pero fue el caso que, muchísimos años después, unos hombres cavando encontraron dos primorosos sarcófagos, labrados (por mano de los ángeles, dice Ribadeneira) en una piedra blanquísima que no existe en todos aquellos contornos, y que contenían las reliquias de los santos. Desde el primer día, numerosas fueron las curaciones milagrosas que se alcanzaron por su intercesión.
Lo que, en todo caso, omite decir Pedro el canónigo es la suerte que corrieron el bufón y su mujer. Si, como es lógico pensar, pagaron con la vida su lealtad a la princesa, ¿qué se hizo de sus reliquias? ¿No fueron juzgados dignos de sarcófagos milagrosos? Y si se libraron de la matanza general, ¿Regresarían a Airgialla con el rey o se quedarían en los Países Bajos?
En todo caso, como el rey había matado a su hija poseído por el demonio de la lujuria y en un ataque de enajenación erótica, fueron los endemoniados y enajenados los que más se beneficiaron de los poderes taumatúrgicos de Gereberno y Dymphna. De manera que la ciudad de Geel se convirtió en refugio y santuario de los locos, que allí eran tratados con humanidad, cuidados y sustentados por los vecinos y gozaban de libertad de movimientos, en contraste con la reclusión y trato insoportable a que se los sometía en todas partes.