viernes, 17 de septiembre de 2021
La princesa de Lochlann y otras historias de Ben Edair
domingo, 8 de agosto de 2021
Padres e hijos: más enredos conyugales
Hablaba en la entrada anterior del desgraciado matrimonio de Lugaid Réodhearg o Riab nDearg -que de las dos maneras se llama-, hermano o hijo adoptivo de Cú Chulainn.
Ahora me fijaré en dos de sus descendientes directos, Conn Cétchathach –“El de las Cien Batallas”- y su hijo Art mac Cuinn. Conn es un personaje de la mayor importancia en la época legendaria de las antigüedades irlandesas. Si, en sus tiempos, Cú Chulainn enfurecido rompió y enmudeció la Piedra del Destino, la que gritaba bajo los pies de los reyes de Irlanda en el momento de su entronización, precisamente porque había callado al ser hollada por Lugaid Réodherg, fue Conn Cétchathach el que le devolvió la voz al pisarla inadvertidamente cuando yacía olvidada por los campos de Tara.
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| La Piedra del Destino, en Tara (Wikipedia) |
Una más de aquellas maravillas era el desbordamiento del pozo sagrado de Nechtan y el nacimiento del río Bóand –Boyne en inglés- (ver Antigüedad de Dahut).
Otra narración mitológica, Baile an Scáil (El trance del fantasma), cuenta cómo el dios Lug conduce a Conn y a sus druidas a un palacio donde una hermosa doncella (se ha visto personalizada en ella a la soberanía de Irlanda) le da de beber de un caldero en una copa de oro. El dios le profetiza sus triunfos y los de los muchos reyes de Irlanda que serán sus descendientes.
El Baile an Scáil presenta, por tanto, a Conn como el favorito de Lug, como lo fueran Cú Chulainn y Lugaid Réodherg. Se ha dicho, y es probable, que los personajes medio míticos o legendarios que llevan el nombre de Lugaid son evemerizaciones de aquel dios.
Lug es el protector de la fortaleza de Tara y el fundador de la feria anual y de los juegos que se celebraban precisamente por estas fechas, en la fiesta de Lughnasad, primero de agosto. Juegos funerarios en honor de su madre, Tailte, muerta de agotamiento tras haber roturado la fértil llanura cercana a la ciudadela regia. Aún hoy, el mes de agosto se denomina Lúnasa en irlandés. Esta fiesta señalaba el comienzo del otoño y el fin del verano.
Conn Cétchathach, pues, se encuentra en Tara. Su reino goza de prosperidad: tres siegas hacen al año. Sin embargo el rey está triste. No levanta cabeza desde la muerte, hace años, de su mujer, Ethne Taebhfhada, que reposa en la famosa necrópolis de Tailtiu, junto a la madre de Lug (otra Eithne). Y los súbditos comienzan a inquietarse, pues no es cosa buena que un rey esté viudo y solo.
En Irlanda, la realeza es mujer y un rey sin reina es como un rey sin trono ni corona.
Conocemos a Ethne Taebhfhada por otro cuento medieval, Esnada tige Buchet, donde aparece como hija natural del gran rey Cathair Mór y adoptiva del riquísimo Buchet. Cuando este, por su enorme generosidad, se arruina y se destierra, Ethne lo acompaña y cuida de él, viviendo humildemente a su lado en una pequeña cabaña. En un episodio que recuerda a las pastorelas medievales, el rey de aquellas tierras la ve, se enamora y se casa con ella; pero aquí ya no se trata de Conn Cétchathach sino de su nieto, el no menos célebre Cormac mac Airt.
Por otra parte, aunque Cathair Mór murió combatiendo contra Conn Cétchathach, en Esnada tige Buchet aparece sin fuerzas y decrépito. Todo esto es confuso.
Mientras llora su viudez en las soledades de Ben Edair –el moderno Howth, no lejos de Dublín- , Conn ve acercarse a una mujer que llega decidida a sentarse a su lado.
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| Ben Edair, donde solía meditar Conn Cétchathach. (Wikipedia) |
-¿Quién eres tú y de dónde vienes? –dijo asombrado.
-Yo soy Delbchaem, hija de Morgan, y vengo de la Tierra Prometida.
Así le contestó, aunque sabemos que se trataba de Becuma Cneisgel (Pielblanca), hija de Eogan Inbir y mujer de Labraid Luathlam ar Claideb, uno de los señores de la Tierra Prometida, que es una de las maneras como llamaban los irlandeses al más allá, al mundo de los Tuatha Dé Danann.
Desde luego, aquella no era una mujer corriente. Vestía saya de satén rojo y manto verde con una orla de oro, al modo de las mujeres del otro mundo, y tenía la belleza y el porte de una diosa porque lo era. No había pega que ponerle, salvo que venía desterrada por su mala conducta. Pues había ofendido a su marido con Gaidiar, un hijo de Manannán, el dios del mar; y aquel mismo día los dioses se habían reunido a ver qué hacían con ella, si quemarla viva o expulsarla. Al final se habían decidido por lo segundo, no fuese su pecado a contaminar toda la Tierra Prometida, y habían despachado mensajeros a otros Tuatha Dé Danann para que no le diesen cobijo y pusiera mar por medio cuanto antes. “¡La mandaremos a Irlanda!” –habían decidido: pues de antiguo tenían odio los Tuatha Dé Danann a los irlandeses, que los habían barrido de la faz de la tierra, relegándolos a su mundo subterráneo.
-Pues tú dirás –le dijo Conn Cétchathach.
-Verás: yo estoy enamorada de un hombre de aquí, aunque él no lo sabe. Por lo bien que he oído hablar de él me he enamorado y vengo en su busca. He montado en una barca encantada, sin remos, velas ni timón, que me ha traído derecha hasta acá. Al verte de lejos, he conocido que eras el rey y he subido a tu encuentro.
-Y ¿quién es el afortunado, si puede saberse?
-Art mac Cuinn es el muchacho.
-Ah. Art es hijo mío, yo soy Conn; si lo quieres a él, no me voy a entrometer; pero que sepas que estoy ahora mismo sin reina.
-¿Y eso por qué?
-Porque se me murió.
-¡Vaya! Y entonces ¿con cuál de los dos me voy a ir a la cama: contigo o con Art?
-Eso es cosa que tendrás que decidirla tú.
-Ya que tú no me quieres -repuso, coqueta-, escogeré a otro hombre en Irlanda.
-¿Que no te quiero? ¿Quién lo ha dicho? Yo no veo ningún motivo para rechazarte, como no sea que tengas algún defecto oculto.
Bien que lo tenía, porque su repudio y destierro la inhabilitaban para casarse con el rey, pero Conn ¿qué sabía?
-Bueno, entonces quedamos de acuerdo en esto –dijo el rey-: tú te quedas conmigo.
-Sí pero comprenderás que así las cosas uno de los dos está de más en Tara: o tú o tu hijo.
-¿Y eso?
-Hombre, pues porque sería una situación tirante y violentísima: ¿no lo ves? ¡Por lo menos hasta que no pase un año no puede ser estar ahí unos encima de otros!
-Me sabe mal echarlo sin que haya hecho nada malo; pero, en fin, como tú veas.
Becuma se fue con el rey, dejando escondido su barco mágico por lo que pudiera suceder, y Art mac Cuinn se despidió de Tara hasta el año siguiente.
Saltan a la vista los parecidos con la historia de Derbforgaille (ver la entrada anterior). En ambos casos, una mujer sobrenatural, venida de allende los mares en busca de un hombre del que se ha enamorado por su fama acaba conformándose con otro que no es el deseado: Derbforgaille, con el hijo y Bécuma, con el padre.
En cuanto a la mujer del otro mundo que elige por pareja a un rey exigiéndole el destierro de su hijo, lo encontramos también de modo parecido en otra narración medieval, La muerte de Muirchertach mac Erca, con la diferencia de que Muirchertach, casado, tiene que expulsar también a su mujer.
En El parricidio de Rónán, otro de estos relatos del ciclo épico irlandés de los reyes, también se trata de una joven que va a casarse a un país ajeno; cuando llega, descubre con enorme despecho que su futuro esposo no es el príncipe, como ella creía, sino su padre el rey, viudo y ya bastante cargado de años. Y ¿quién no ve que esta situación equívoca es el núcleo mismo de la leyenda de Tristán e Isolda, siendo aquí los rivales no ya padre e hijo sino tío y sobrino?
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| Tristán, Isolda y el rey en una miniatura del siglo XV (Wikipedia) |
Volviendo a nuestro cuento, lo que ocurrió fue que empezaron a venir malas cosechas y penuria donde antes todo era felicidad y bonanza. Los druidas averiguaron que la causa era la reina y el remedio sacrificar a un niño que fuese hijo de padres sin culpa.
-¿De padres sin culpa? –pensó Conn Cétchathach- ¿Y dónde están esos? ¡Lo que es aquí en Irlanda, no!
Y partió en su busca, dejando en el trono a su hijo Art con orden de que no se apartase de Tara hasta su regreso.
El cuento entra entonces en los géneros del echtra–viajes al Más Allá- y el immram–navegación por “ínsulas extrañas”-; Conn viajó largo tiempo por tierras y mares fantásticos hasta dar con Daire Degamra y Rigru Roisclethan, la pareja impecable. Estos, aunque a regañadientes y bajo la garantía de los más nobles irlandeses, consintieron que su hijo Segda Saerlabraid lo acompañase a Irlanda.
Allí lo estaban esperando los druidas y el pueblo para sacrificarlo y mezclar su carne y sangre con la tierra para devolverle al reino la prosperidad. Aunque el rey y demás garantes salieron en su defensa, se veían impotentes frente a la muchedumbre y sacerdotes, y el propio niño consentía ya en su sacrificio cuando lo salvó la intervención mágica y providencial de una anciana que apareció con una vaca para reemplazar al muchacho.
-Esta vaca –dijo- contiene dos pájaros: uno os representa a vosotros y el otro al chaval. Vamos a echarlos a luchar.
Y cuando venció el del niño:
-Si este pájaro hubiera perdido, hubiera sido cuestión de sacrificar al crío; pero como ha ganado, pues os toca a vosotros.
Y mandó ahorcar a todos los druidas.
-Y ahora, rey, tú echa de tu lado a esa mala mujer, que se llama Bécuma Cneisgel y está casada y viene aquí desterrada por haber puesto cuernos a su marido.
-Excelente consejo si pudiera seguirlo; pero apartarme yo de ella no puede ser de ninguna manera.
Tiene disculpa en esto Conn si consideramos que el mismísimo Cú Chulainn sucumbió al encanto de una mujer del otro mundo, olvidando a su esposa (por cierto, también llamada Ethne, y van tres), ¡con los muchos trabajos que le había costado ganarse su mano!
Aquel día fue cuando se conocieron Bécuma y su hijastro Art mac Cuinn, que estaba jugando al fidchelljunto a la fortaleza, sobre la hierba. Al joven le pesó del encuentro, pero la mujer se empeñó en jugar con él. Perdió la primera partida.
-¿Qué prenda tengo que pagar?
-La vara que gastaba en las batallas Cú Roí mac Dáire, el enemigo de Cú Chulainn –contestó el príncipe.
-¡Difícil me lo pones!
Bécuma marchó y al cabo de los días volvió a pagar su deuda de juego y a pedir la revancha.
| Cathair Con Roí, la fortaleza donde Becuma encontróla vara de mando de Cú Roí (Wikipedia) |
Aquella vez salió ganando ella.
-Me has hecho trampa –dijo Art-, que estaban por aquí algunos Tuatha Dé Danann quitándome piezas y escondiéndolas. ¿Qué crees: que no me he dado cuenta?
-Tú lo que pasa es que no sabes perder.
-Es igual. ¿Qué prenda tengo que pagar?
-Que me traigas a Delbchaem, la hija de Morgan.
-¿Y dónde está?
-¿Aaah…? Te doy una pista: en una isla de la mar.
Es de suponer que la traidora de ella pensaba que lo enviaba en una misión imposible y sin retorno.
Zarpó, pues, Art mac Cuinn y estuvo largo tiempo viajando por las islas de la mar, donde le ocurrieron extraordinarias aventuras. Finalmente encontró a Delbchaem, hija de Morgan, y ambos, felices y contentos, pasaron juntos la noche. Art tuvo que matar a los padres de Delbchaem, con cuyo reino y tesoros se alzó: aquello estaba así profetizado y tenía que cumplirse para que Art volviese con su amada a Irlanda.
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| Regreso de Art y Delbchaem a Irlanda. (Ilustración de Oakham para Irish Fairy Tales de James Stephens). (Wikipedia) |
A su regreso, Art fue recibido como agua de mayo, al igual que su mágica compañera. Bécuma no se quedó a esperarlos: se encaminó a Ben Edair, desde donde seguramente se hizo a la mar en su barca prodigiosa. Y nada más refiere el cuento de Conn Cétchathach.
Así queda el orden restablecido. Al principio, una falsa Delbchaem quedaba unida (en falso, puesto que estaba inhabilitada para ello) a una pareja inadecuada (el padre en vez del deseado hijo), con catastróficas consecuencias para el reino. Al final, la verdadera Delbchaem queda emparejada con el correspondiente príncipe, mientras el rey se esfuma en el silencio y la impostora se da a la fuga. Puede volver a Irlanda la prosperidad.
Este relato fue editado y traducido por el celtista Richard Irvine Best en la revista Ériu (vol. III) en 1907; James Stephens, escritor irlandés que ya ha aparecido unas cuantas veces por estas entradas, lo contó de nuevo y lo publicó en sus Irish Fairy Talesen 1920, con ilustraciones de Rakham.
lunes, 19 de julio de 2021
Hibernia caucasica
Los osetas, pueblo del Cáucaso, son los únicos iranios que hoy día subsisten en Europa, y por lo tanto los únicos descendientes de ese gran conjunto de pueblos que antaño dominó gran parte de nuestro continente euroasiático y al que los griegos llamaron “escitas”.
El cuento se relaciona con una antiquísima tradición indoirania pero que encuentra lejanos paralelos por todo el ámbito indoeuropeo, incluso en Escandinavia. Su prototipo consiste en que una mujer elige marido entre dos o más candidatos, dos de los cuales son gemelos: son los Ashvin de la tradición hindú. En la elección ocurre un engaño o un malentendido y el matrimonio suele tener mal fin. Al final, los gemelos son admitidos entre los dioses.
La narración oseta es como sigue:
Los Nartos –el grupo de héroes que protagoniza las gestas osetas- poseen un manzano que cada día da una manzana: una sola. Todas las noches, alguien se la roba. Deciden montar guardia por turnos y cuando les toca a los gemelos Æxsar y Æxsærtæg descubren a los ladrones, que son tres pájaros. Los pájaros logran huir, pero uno de ellos, herido, va sangrando y Æxsærtæg le sigue el rastro, que se pierde en un gran lago. Decidido, se zambulle, dejando a su hermano en tierra. Bajo el agua encuentra a una pareja con sus tres hijas. Una de ellas está en cama, herida. Eran ellas las que, transformadas en pájaros, acudían cada noche a robar la manzana. Æxsærtæg, que había ido recogiendo la sangre derramada, cura con ella a la muchacha herida, llamada Dzerassæ, y se casa con ella. Al cabo del tiempo, nostálgico, decide regresar a su tierra con su mujer. La deja esperando en su cabaña y parte en busca de su hermano. Este, entre tanto, llega a la casa y la encuentra allí. Dzerassæ lo recibe como buena cuñada, pero el otro gemelo, al volver, sospecha que Æxsar ha burlado a su mujer y la ha gozado valiéndose de su parecido. Furioso de celos, lo mata. Demasiado tarde, Dzerassæ deshace el engaño y Æxsærtæg, desesperado, se suicida. Tiempo después, Dzerassæ vuelve al fondo del lago.
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| Escitas de guardia (Wikipedia) |
Esta es una historia parecida a tantas otras que se encuentran esparcidas por diversas tierras y que tienen por asunto el matrimonio o los amores de un humano con una mujer sobrenatural que, tarde o temprano, muere o parte reclamada por el mundo al que pertenece. Es, en suma, la historia del cuento de La sirenita de Andersen, de las leyendas de mujeres del pueblo silkyestudiadas entre los hojalateros escoceses por Javier Cardeña (Ver Diosas marinas y fenómenos de feria), de las mujeres-pájaro de Las mil y una noches o de la novela El tiempo de la noche(To walk the night) de William Sloane.
Al leerla me vino a la cabeza un episodio de la épica irlandesa medieval, que se narra brevemente en la historia del casamiento de Cú Chulainn (Tochmarc Emire; hay traducción castellana en La embriaguez de los Ulates) y de modo más amplio en la de la muerte de Lugaid y Derbforgaill (Aided Derbforgaill, texto que ha sido bastante estudiado y discutido desde hace tiempo), y que puede encontrarse en línea en varios sitios; por ejemplo, en el original y en traducción inglesa con un amplio estudio de Kicki Ingridsdóttir, aquí.
| Una vista de Loch Cuan (Wikipedia) |
Lugaid Réoderg, que quiere decir Lugaid Cielo Rojo, es un personaje curioso. Fue elegido rey supremo de Irlanda, pero en su entronización la piedra ritual, la Piedra del Destino, no quiso dar su grito como solía en la coronación de todo monarca legítimo. Así que Cú Chulainn la emprendió a golpes con ella y la estropeó, de modo que no volvió a gritar nunca más.
Cú Chulainn quería mucho a Lugaid porque era este, según unos textos, su hijo adoptivo; su hermano adoptivo según otros. Bernard Sergent, que estudia a ambos en su libro Celtes et Grecs I. Le livre des héros, les encuentra muchos parecidos con la pareja de Aquiles y su hijo Neoptólemo. Para empezar, los dos hijos son rojos de aspecto y de nombre, porque Neoptólemo también tenía el de Pirro, o sea ‘colorado’ o ‘pelirrojo’, ‘color de fuego’: la misma raíz está en Pirro y en pira.
| El pelirrojo Neoptólemo. Andrómaca y Pirro, por Guérin (Wikipedia) |
Este Lugaid también se llamaba Riab nDearg, que quiere decir Rayas Rojas, y no por casualidad: su madre, Clothru, temiendo que se extinguiese su estirpe, se acostó una noche con sus tres hermanos, uno detrás de otro; y el hijo que concibió de los tres, Lugaid, nació con unas líneas rojas que delimitaban la parte correspondiente a cada uno de los padres. Estos casos de incestos no son raros en personajes de este tipo: también Freyr y Freija eran hijos de Njördhr y de su hermana.
Iban, pues, Cú y Lugaid por el lago cuando vieron flotando en el agua dos cisnes atados uno al otro con una cadena de oro.
-¿Has traído la honda? –dijo Lugaid.
-Sí, ¿por qué?
-¡Mira esos pajarotes! ¡Tírales una pedrada!
-Venga.
Cú Chulainn atinó a uno pero cuando corrieron a cobrar la pieza no vieron ningún pájaro y sí a dos mujeres jóvenes, una de ellas herida, en la playa.
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| Las mujeres cisne. Ilustración de un libro de leyendas universales de 1916. (Wikipedia). |
Y succionó la herida hasta extraer la piedra, que a través de las costillas se había ido a alojar en la matriz.
-Ya estás.
-Yo –dijo la joven- soy Derbforgaille y soy hija del rey de Lochlann. Por lo mucho bueno que he oído decir de ti me enamoré, y he venido de tan lejos a que te cases conmigo.
-Pues ahora ya ves que no puede ser –respondió Cú Chulainn- porque he tragado de tu sangre al sacarte la piedra. Eso nos hace casi como hermanos.
-Siendo así –repuso la mujer- me da igual una cosa que otra. Dame en casamiento a quien se te antoje.
-¡Vas a salir ganando! Te voy a casar con el hombre más noble y mejor que hay en Irlanda.
-¿Y quién es?
-Aquí, Lugaid Réoderg. ¿Qué me dices?
-Que bien, siempre y cuando pueda verte a ti cada vez que quiera.
Y con esa condición se hizo la boda y andando el tiempo, Lugaid y Derbforgaille tuvieron un hijo.
Lochlann es, en irlandés actual, Noruega; y en la Edad Media designaba a Escandinavia y otras tierras pobladas por los nórdicos. Pero aún antes, cuando los irlandeses no habían tenido aún contacto con aquellos, imaginaban en Lochlann un país sobrenatural situado en el norte, allende los mares, morada de esos monstruos marinos, los Fomoré, que varias veces intentaron la invasión de Irlanda. Y que, curiosamente, lindaba con Escitia en su fantasía topográfica.
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| Los fomoré, por Duncan |
Esto convierte a Derbforgaille en una criatura del mar y aumenta la coincidencia entre los relatos irlandés y oseta.
Sigamos mirando hacia el Cáucaso. Moisés de Khorén, discípulo de san Mesrop Mashtots, inventor del alfabeto armenio, fue, allá por el siglo V de nuestra era, el primer historiador de aquel pueblo. En su Historia de Armenia pueden leerse los hechos de la reina Shamiram, en quien sin dificultad se reconoce a nuestra famosa Semíramis, criatura también acuática aunque solo sea por parte de madre, ya que era hija de Derceto, la diosa pez de los sirios.
Pues cuenta Moisés de Khorén que el rey Nino de Babilonia, harto del trono y de su mujer Shamiram, abdicó en ella y se retiró a vivir, oscuro y tranquilo, en Creta. La reina, enamorada apasionadamente del rey Aray el Hermoso de Armenia por la fama de su belleza, que había llegado a oídos suyos, se le ofreció una y otra vez por esposa. Y ante su obstinada negativa, se resolvió a invadir su reino y llevárselo por las malas. Lo peor fue que en la batalla el rey pereció. Shamiram, entonces, mandó que pusiesen su cadáver en una alta terraza para que los dioses le devolviesen vida y salud, lamiéndole las heridas.
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| Shamiram ante el cadáver de Argay, por Vardges Sureniants (Wikipedia) |
No deja de sorprender el parecido entre los dos relatos, aunque en Armenia sea el hombre el herido… y aunque, al revés que en Irlanda, el remedio resulte ineficaz. Pero, en fin, en ambos se vuelve imposible la boda apetecida y en ambos el otro miembro de la pareja masculina alcanza, aunque solo en parte o con ciertas condiciones, el puesto destinado a su compañero. Ya hemos visto cómo en la épica irlandesa; en Armenia se trata del príncipe Aray hijo, viva imagen de su padre, que reinará bajo la maternal protección de Shamiram.
Pero con el matrimonio de Derbforgaill no acaba su historia, que es bien triste. A partir de aquí el texto se vuelve más oscuro y en varios lugares se presta a diversas interpretaciones, pero ya se sabe que en los mitos no tiene por qué haber una única verdad y que las distintas versiones se superponen y complementan. Al caso, pues.
Un día de gran nevada, los hombres del Ulster se entretuvieron en hacer un gran mojón o pila de nieve. Cuando se cansaron, las mujeres subieron a aquel montón.
-¡Vamos a hacer una cosa! Vamos a orinar aquí, y la que con el chorro haga el hoyo más hondo y con más espumilla será la mejor dotada y la mejor para un hombre.
-¡Venga, eso! ¡A ver esas mujeres del Ulster!
Y así concursaron, haciendo sus hoyuelos más o menos profundos. Cuando se dieron cuenta de que faltaba Derbforgaille por medirse con las demás, fueron en su busca.
-No, de verdad: a mí estos juegos no…
-Nada, nada; aquí hay que retratarse todas.
Con que, muy a regañadientes, la forastera probó sus fuerzas. La orina brotó con tal ímpetu que fundiendo la nieve atravesó el montón de arriba abajo, alcanzando el suelo.
-¡Abusona! –exclamó una de las mujeres- ¡Como los hombres se enteren ya no querrán a ninguna más que a esta! ¡Los ojos había que sacarle!
-¿Y si la rapamos?
-Pero ¿yo qué he hecho?
-¿Que tú qué has hecho? ¿Qué te has creído: que vas a venir de donde vengas, con tu cara bonita, a llevarte lo nuestro? ¡Espera, verás! ¡Pajarraco!
-Verás qué maja te vamos a poner.
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| Enfurecidas. La muerte de Orfeo, por Gerhard Marcks. |
Cuando el marido volvió a casa con Cú Chulainn, la encontraron en las últimas: pelona, desnarigada y desorejada. Le habían sacado los ojos e incluso le habían rebanado tajadas de carne. Poco duró con vida: tuvo tiempo, sí, de entonar un canto de despedida, que presenta dificultades de comprensión. Y al ver su desgracia, Lugaid cayó muerto de la impresión o, según otras fuentes, se mató con su propia espada: desenlace este que evoca al suicidio del gemelo oseta desesperado por el injusto asesinato de su hermano.
Cú Chulainn, fuera de sí, se encaminó a la casa de las mujeres, donde estaban todas juntas, y con todas sus fuerzas la derrocó sobre sus cabezas. Ciento cincuenta estaban y no salió viva ni una –dice el relato La muerte de Derbforgaill, aunque otra tradición asegura que algunas lograron huir perseguidas por el vengador, que las alcanzó y les dio muerte en un vado, llamado desde entonces Vado de la Matanza de las Mujeres (Áth mBanslechta) o Vado de la Tumba de las Mujeres (Áth Banlechta). Esta es la historia de la muerte de Lugaid y Derbforgaille.
Conviene ahora que volvamos adonde empezamos: a los osetas. Se nos quedó la infeliz Dzerassæ en su lago, viuda y sin cuñado. Pero estaba embarazada de su marido y tuvo dos gemelos. Estos fueron a buscar al único familiar que les quedaba, su abuelo paterno, y lo encontraron en penosas condiciones. Los de su tribu lo habían repudiado y lo tenían para guardar el ganado, dejado de la mano de Dios en una casa ruinosa lejos del pueblo. Los nietos lo asearon y vistieron con ropa decente, que parecía otro, y arreglaron la casa con su huerto. Luego hicieron un montón de estiércol y en lo alto de él un hoyuelo donde mandaron orinar al remozado viejo delante de ellos.
-¡Cuánta espumilla que hace!
-¡Estamos hecho un chaval!, ¿eh, abuelo?
-Sí, hijos. ¡Ya solo me falta que me busquéis novia!
-¡Anda el abuelo, y parecía tonto!
-¡No se apure que ya se la tenemos buscada!
Los nietos le presentaron a su madre. Los dos viudos se parecieron bien y se casaron y comieron perdices.
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| Campesino orinando, por Rembrandt (Wikipedia) |
Dice Dumézil, comentando este cuento tradicional, que lo que los gemelos pretendían con su experimento urológico era comprobar si la orina del abuelo contenía esperma, señal para ellos de que era apto para el matrimonio.
Ahora bien: Ingridsdóttir, en su estudio sobre La muerte de Derbforgaill, llama la atención sobre esta variante que se lee en la versión del manuscrito llamado Libro de Leinster: “la mujer que lo atraviese [el montón de nieve, con el chorro de su orina] será la mejor portadora de espuma”. Y explica que posiblemente, para las mujeres del Ulster, tal energía en la micción era indicio de una superior capacidad de acoger el esperma del varón, cualidad que hacía más deseable a la afortunada que la poseyese.
¿Serán fruto del azar tantas coincidencias, y tan precisas algunas, entre la historia de los gemelos recogida en el rincón más suroriental de Europa, e incluso más allá, en tierras asiáticas, y un relato épico del extremo occidente? Yo no digo ni que sí ni que no porque no soy quién (aunque no me lo creo), pero desde luego hay que admitir que no deja de ser curioso y llamativo.
jueves, 7 de julio de 2016
Travesuras y perrerías de Merlín, o Como en casa en ningún lado
Es decir que estaba enamorado y era correspondido, y no de cualquier doncellica ingenua de las que están llenos los libros de caballerías, sino de la mismísima Niniana, Dama del Lago más poderosa que él como vino a saberse y que hablaba de tú a tú con la bella y cruel Diana cazadora, reina de los bosques y de la noche.
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| Edward Burne-Jones, Merlín y Nimue |
Estos rasgos tampoco debían de preocuparle mucho, teniendo como tenía la virtud de cambiar de aspecto a su antojo gracias a la herencia diabólica de su padre el íncubo.
Diablo a medias y salvaje como era, los amores no habían sido capaces de sentarle del todo la cabeza ni de quitarle su inclinación a las burlas y a las faldas.
Como bromista salvaje se había dado el gusto de poner en danza a toda Roma favoreciendo a la prudente doncella Grisandola (que andaba ejerciendo de consejero áulico imperial en traje y opinión de hombre) y destapando de paso el escándalo sexual de la Emperatriz, que mantenía para su solaz una corte de efebos debidamente travestidos a los que hacía pasar por camareras de su servicio.
Este episodio coincide con el de un roman en verso, el Roman de Silence, que permaneció desconocido durante siglos hasta su descubrimiento en 1927.
Para mayor impostura, la viciosa emperatriz les hacía pelarse rostro y cuerpo con una pasta depilatoria de la que el libro precisa los ingredientes: oropimente y cal, desleídos y hervidos en orina.
Dicho quede por si a algún curioso le interesa experimentar. Y también para refutar el tópico de que el detalle preciso, el toque realista, brillan por su ausencia en los relatos caballerescos. Los paladines y las damas de los libros de caballerías ¡claro que dormían, comían bebían y se aliñaban como cada hijo de vecino!
Por eso, cuando los señores levantiscos y felones tramaron raptar a Ginebra (recién casada con Arturo), sobornaron a una vieja dueña de su servidumbre para que la acompañase al jardín, desnuda -en camisa, suponemos- como para acostarse, a hacer una necesidad ("l'enmena el garding pour pissier", dice el Libro del Graal) antes de ir a la cama. E imagino que esta visita nocturna al jardín oscuro, primaveral o veraniego -porque es de creer que en la brumosa Logres dispondrían de un servicio para los meses de mal tiempo- sería un ritual cotidiano y ocasión de íntimas confidencias entre la joven reina y la experimentada dueña.
Parece que ya en aquellos remotos tiempos alentaba en el mundo artúrico un soplo celestinesco, un aire cervantino, del palacio de los Duques...
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| Albert Pinkham Ryder, Navegando bajo la luna. |
La escena se nos cuenta con viveza cinematográfica. Vamos a verlo.
En la oscuridad del jardín (imaginamos los perfumes de la primavera, el susurro del río) los traidores entregan a la Ginebra impostora a la dueña vendida. La verdadera quiere gritar; la vista de las espadas desnudas le corta la voz en seco. Y el susurro imperioso:
-Una palabra, un ruido, y eres muerta.
La van arrastrando al río por un sendero oculto que se despeña entre zarzas; un barco está a la espera.
Prevenidos por Merlín, dos leales surgen de improviso a impedir el rapto. Los secuestradores se dividen: unos les hacen frente, otros se escabullen con la reina. Aprovechando la confusión, esta se deja caer al suelo, se retuerce entre las manos que la tienen presa, se suelta y huye corriendo jardín abajo hasta abrazarse con las fuerzas de la desesperación al tronco de un árbol. No son capaces de separarla de él los traidores a pesar de tirar de ella con tal fuerza que parecían irle a arrancar las manos, dejándolas aferradas al tronco.
Varios de los raptores han caído a manos de los defensores de Ginebra; los restantes huyen. Los leales desisten de la persecución. Rabiosos, se apoderan de la dueña y la arrojan por la hoz del río, rodando y rebotando de roca en roca sin parar hasta la misma orilla. Los cuerpos de los sicarios muertos van cayendo uno tras otro detrás.
La reina es acompañada a sus aposentos y acostada solemnemente. Su padre el rey Leodegante, a solas con ella, la destapa y le sube la camisa. Comprueba con alivio la mancha en forma de corona real que le adorna los reales riñones: se trata en efecto de su hija, la verdadera Ginebra. Carece la falsa de ese augusto antojo. Solo entonces Arturo es introducido en la estancia y los cónyuges consuman feliz y gozosamente el matrimonio.
Arturo, instrumento del destino, perdonará la vida a la falsa Ginebra, condenándola a perpetuo encierro en áspero y remoto monasterio. Poco sabía él los grandes males que se derivarían de su clemencia. Pero eso ya es harina de otro costal.
El que sí lo sabría sería sin duda Merlín, pero entre las muchas cosas que sabía el buen sabio, una de las principales era la futilidad de la resistencia humana al destino.
Merlín, pues, trae de cabeza al pueblo romano y a la corte con sus espantadas y disfraces de sabio, de salvaje, y de ciervo porque una de las características del caos (representado por el bosque) es la inestabilidad, lo variable, frente al aplomo y asentada firmeza del mundo ordenado, representado por la geometría nítida del claustro o de la portada de una iglesia.
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| Caza del ciervo. Manuscrito del siglo XV |
-¿Qué castillo es ese? -preguntó Ban-. En tan espléndida morada no puede vivir más que una gran persona. ¡Cómo me gustaría pasar allí la noche y conocerla!
-No tienes más que tañer -contestó Merlín- el cuerno que pende de ese árbol. Este es el castillo de los pantanos de Agravadante el Negro y si avisamos nos darán hospitalidad.
Dicho y hecho. Reyes y mago fueron acogidos por Agravadante y servidos por tres graciosas, bellas y corteses mujeres: la hija y sobrinas del señor del castillo. Tres hadas probablemente en una primitiva versión de la leyenda, según apunta su comentarista, Anne Berthelot.
Tan hermosas eran que los huéspedes no les quitaban los ojos de encima, sobre todo a la hija de Agravadante, que era la más guapa. Ni ellas dejaban de fijarse en la apostura de los reyes y de Merlín, que por lo que pudiera suceder había adoptado el aspecto de un muchacho de quince años, luciendo los más selectos, lujosos y elegantes vestidos.
-¡Si no fuera por los amores de Niniana -se dijo Merlín-, esta doncella caía! Pero si no puedo yo, que no salga de nosotros tres esta gloria. ¡Vamos a hacerle un favor al cachondo de Ban ("Ban [...] qui molt estoit envoisiés et amourous")!
Y con blando acento y susurrantes palabras, tout suavet (dice el texto del libro), echó el mago un conjuro de pasión que enamoró instantáneamente a los dos jóvenes.
Tuvo Merlín, en forma de mancebito, la humorada de servir de paje y trinchante a los reyes; y mientras les presentaba las fuentes de rodillas y separaba con elegancia las tajadas, las sobrinas se lo comían a él con los ojos, pero no la hija de Agravadante, que los tenía prendados del rey Ban y en su confusión tan pronto lo miraba con descarada avidez como con azorada vergüenza. Porque, por obra del encantamiento, la obsesión de verse desnuda en la cama con él la desazonaba y le hacía la boca agua. Pues Ban, abrasado en amores de la dama de los Pantanos pero sabedor del respeto debido a su mujer (que era casado) y a su huésped, sudaba tinta; todo ello para risa y deleite del travieso mago.
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| Escena de banquete. Ilustración del siglo XIV de las obras de Guillaume de Machaut. |
-Levanta, bonita, ven con el que tanto deseas.
Tales fueron -las recoge el libro- las palabras de Merlín.
La doncella salió de la cama desnuda en camisa, se puso un simple pellote (peliçon) y subyugada siguió al encantador.
Era el pellote una prenda interior de abrigo (de piel, como su nombre indica) que se llevaba bajo la saya o brial. Ir "en pellote" era no ir vestido: heredera de esa expresión es la nuestra actual "en pelota". Pero tampoco era ir desnudo y el pellote podía servir de vestido exterior para andar por casa: Lázaro Carreter cita el Libro de Buen Amor, donde Trotaconventos dice a doña Endrina que para recorrer una corta distancia por la calle "en pellote vos iredes como por vuestra morada". Así que el gesto de la apasionada sobrina sería equivalente al actual de vestir apresuradamente una bata.
Y así en tan informal atuendo cruza las estancias donde todos duermen aletargados, de la mano del mago que la entrega en brazos del insomne:
-¿Ves esta moza tan buena y tan guapa? Pues de ella ha de salir un hijo así de bueno y de guapo, que dará que hablar por todo Logres. Así que ya lo sabes.
Y dice el libro que ella, sin empacho ninguno, se despojó de los dos vestidos que la cubrían y los amantes se miraron sonrientes y sin pudor, como si llevasen durmiendo juntos veinte años.
Merlín volvió al alba para devolver a su alcoba a la mujer, que embelesada olvidó las ropas en el suelo; se llevaba a cambio un anillo, regalo del rey y recuerdo de aquel encuentro.
Cuando llegó para la regia comitiva la hora de la partida, la dama de los Pantanos se despidió de Ban con una mirada de amor y ruborizada bajó la frente. Ban comprendió entonces que se había desvanecido el hechizo pero no la memoria de lo ocurrido. Y debió de sentir una tristeza honda, porque era buen caballero y leal: no en vano fue su hijo el mejor de la tabla redonda, lanzarote del lago.
-Dios me conserve la alegría de esta noche -le dijo la dama- pues nunca amores se departieron tan a deshora.
Y así fue concebido Héctor de los Pantanos, el esforzado caballero, más conocido en las novelas como Hector de Mares o de Maris (del francés marais, "pantano").
Sobre este episodio de amores imposibles y felicidad vislumbrada flota una bruma de magia céltica. El aletargar a todos los presentes en una noche de fiesta para favorecer la unión de dos amantes es algo que se repite con cierta frecuencia en los relatos medievales de Irlanda: lo encontramos en dos que guardan alguna relación temática con la leyenda de Tristán e Isolda, el de Cano mac Gartnáin (Scéla Cano meic Gartnáin) y el de Diarmad y Gráinne (Tóraíocht Dhiarmada agus Gráinne).
Iguales reminiscencias irlandesas nos trae la maravillosa descripción del arpista ciego que acude a ofrecer su arte a las bodas de Arturo y Ginebra, en el Libro del Graal. Leyéndola nos parece encontrarnos en el mundo de brillante colorido y exuberante sensualidad de las antiguas sagas de aquella tierra.
Sucede que para aguar el nupcial regocijo aparece un heraldo del rey Rion desafiando a Arturo si no consiente en entregarle su barba. Aquel Rion coleccionaba las barbas de los reyes a los que sometía para hacerse con ellas un abrigado manto; y lo peor era que las exigía con piel y todo, es decir que a los vencidos les desollaba la cara. Obvio es que esta humillante mutilación es una representación simbólica de la castración, mediante la cual el rey bárbaro se arroga la condición que tiene el padre tiránico en el mito fundacional de la cultura tal como Freud lo presenta en Totem y Tabú.
Por supuesto, Arturo recoge el guante de Rion y para sorpresa de todos el arpista exige en pago de su música de incomparable belleza que se le conceda el honor de llevar el estandarte en la batalla.
Como el honor de ser alférez no es para ministriles ni mucho menos para ciegos, que nunca se había un gonfalonero guiado por un perro lazarillo, no tardan en deducir los cortesanos de Arturo que el arpista era una vez más Merlín disfrazado.
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| Arpista y su perro. Vidriera de la catedral de Chester (1916) (foto:Wolfgang Sauber, tomada de Wikimedia Commons) |
Y cómo no pensar en en el perro terrible de Culann el herrero, al que nadie se atrevía hasta que lo venció el jovencísimo Cú Chulainn matándolo de un pelotazo. El perro de Culann formaba parte de una camada famosa. Uno de sus hermanos era Ailbe (Elvis en inglés), el perro de Mac Dathó, que vigilaba los confines del reino de Laiginn y por cuya posesión estalló entre los del Ulster y los de Connacht una descomunal trifulca en la sala de banquetes de Mac Dathó, rey de Laiginn o Leinster. El tercero era el perro de Celtchar. Este Celtchar fue un personaje muy relacionado con los perros. A su mujer, Brig Brethach, mujer traviesa, no se le ocurrió otra diablura que presentarse acompañada en casa de Blai Briugu.
En la antigua Irlanda había por los caminos albergues donde se acogía y obsequiaba magníficamente a los viajeros. Gentes de mucha riqueza mantenían a su costa tales establecimientos, lo que constituía para ellos un gran honor. Uno de aquellos era el anciano Blai Briugu, Blai el Hospitalario, en el Ulster o Ulad.
-Mujer -dijo Blai a Brig-, ¿cómo se te ha pasado esta idea por la cabeza? Si hubieras venido sola... pero ¿no sabes que yo estoy obligado por un mandato mágico a dormir con cualquier mujer que venga a mi albergue acompañada, salvo que lo esté por su propio marido?
-Claro que lo sé, pero nada de temo de ti, porque eres un pureta cargado de años que no podría atentar contra mi vergüenza ni aun abrasándose en deseos.
-Contra tu vergüenza, porque no la tienes ni quien te la ponga; pero aun así conviene que duermas conmigo esta noche.
-Vamos, vamos -rió Brig, metiéndose en la alcoba del vejete- ¡Abuelo, tenga lástima de esta indefensa mujer y no me haga fuerza!...
Pero las nuevas de lo ocurrido llegaron a Celtchar y no le hicieron tanta gracia como a la bromista de su esposa.
-Ahora no tengo más remedio que matar a ese pobre hombre, ¡ya ves qué chiste!
Así lo hizo, y en consecuencia tuvo que expiar su crimen con tres servicios que le exigieron los del Ulster. El primero fue acabar con un enemigo invulnerable llamado Conganchnes. Para vencerlo, mandó a su hija que lo sedujese y se casase con él de manera que averiguase si tenía un punto flaco. El pobre marido se fue de la lengua y confesó que la única manera de matarlo era hincándole espetos a martillazos en las plantas de los pies.
La mujer lo traicionó, y así fue muerto y decapitado. Su cabeza se enterró bajo un túmulo de piedras.
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| Perros, escultura gótica. |
El segundo trabajo fue matar al Ratón Pardo (Luch Donn), un perrillo que había encontrado abandonado en el hueco de un árbol y adoptado una viuda. El falderito había crecido hasta convertirse en una bestia gigantesca y feroz.
Un año justo después de la muerte del Ratón Pardo, unos pastores oyeron ruidos raros en el túmulo de la cabeza de Conganchnes y escarbando encontraron en su interior tres magníficos cachorros. Celtchar se quedó con uno, y como era negro como el azabache le pusieron Dóelchú, que significa Perro-Escarabajo. Los otros fueron Ailbe y el perro de Cualann.
Dóelchú no tardó en mostrarse tan avieso y salvaje como el Ratón Pardo, y con gran pesar Celtchar tuvo que sacrificarlo de un lanzazo. Una gota de su malísima sangre corrió por el asta de la lanza abajo, y al tocar a Celtchar lo dejó muerto en el sitio. La lanza quedó envenenada para siempre, su herida era mortal; y estaba continuamente tan sedienta, que había que tenerla siempre en remojo en un caldero de sangre: si no, se abalanzaba sobre quien fuera con movimiento propio y hería sola.
Cabría recordar aquí a todos los dragones lacustres medio caninos de los relatos irlandeses medievales, y al onchú, y a aquella otra criatura que tantos quebraderos dio a los caballeros de la Mesa Redonda y en particular a Palamedes y Hector de los Pantanos, hasta que fue muerta por Galaad: La Bestia Ladrador.
No es perro la Bestia Ladrador, que es monstruo con cuello de serpiente, cabeza y cola de dragón y cuerpo de leopardo, pero va ladrando como si en su interior viviesen jaurías de perros y con los perros tiene que ver su origen.
Así lo cuenta la Demanda del Santo Graal portuguesa:
Resultó que el rey Hipómenes de Logres tenía una hija tan bella como sabia, dada a la magia y a la nigromancia. Y al llegar a los veinte años se enamoró perdidamente de su hermano y se le declaró.
-Calla y no vuelvas a decir eso, desgraciada -le contestó el hermano-, o me encargaré de de que te quemen viva.
La doncella se quedó pasmada de la respuesta al pronto, pero no tardó en sobreponerse y empezó a emplear todo su arsenal brujeril contra el mozo. Pero en vano.
Ya se había decidido a acabar con sus días cuando se le apareció un demonio en forma de un joven apuesto.
-Yo sé lo que te pasa y no debes tomártelo así porque todo tiene solución.
-¿Tú qué vas a saber?
-Yo sé que tú quieres a tu hermano y no él quiere saber nada de ti; y si tú haces lo que yo te diga, te lo meteré en la cama.
-Si puedes eso, no habrá nada en que no te obedezca.
-Pues no es difícil: que me des tu amor.
-¿No ves que solo quiero a mi hermano y me muero por él? -Y yo por ti: conque si no pasas por esto que te pido ya te aseguro que nunca lo conseguirás.
-Si no hay más remedio...
La muchacha se le entregó, según el libro, muy a regañadientes, "pero ayudaba mucho que el demonio le parecía muy bien" (todo hay que decirlo).
De modo que yació con ella como había yacido -siempre según el libro- con la madre de Merlín. Y esa unión tuvo tal efecto que todo el amor que había tenido hasta entonces la hechicera a su hermano se trocó en odio mortal y empezó a cavilar cómo podría darle muerte.
-Yo te sugiero un arbitrio muy viejo pero de eficacia probada -dijo el diablo.
-A ver.
-Procura quedarte a solas con él y sacarlo de quicio hasta que te levante la mano. Entonces das voces y dices que te ha ultrajado.
-No está mal pensado.
Así lo hizo la princesa y para matar dos pájaros de un tiro le achacó al hermano su estado, pues entre tanto había quedado preñada del guapo demonio.
Furioso, Hipómenes lo mandó matar y la rencorosa despechada exigió que lo echasen a los perros hambrientos.
Así murió el infeliz, pero antes clamó:
-Cuando paras se verá mi inocencia, porque ningún hombre puede engendrar una bestia tan desasemejante como la que llevas en las entrañas: el demonio, con el que te has revolcado, sí. y en memoria de estos canes que me van a despedazar, has de saber que ese monstruo dará los más horribles ladridos que pueden imaginarse y se llamará la Bestia Ladrador.
Cuando nació la bestia, todas las parteras murieron del susto; el engendro huyó pegando sus horribles ladridos y el rey, comprendiendo su error, dio a la princesa una muerte más horrible que la que había padecido su otro hijo.
Llaman la atención algunas coincidencias de la leyenda de estos dos príncipes con la de san Ronan (santo bretón de origen irlandés) y Keben, la mala mujer (Ver El defensor de los bosques). También este, calumniado por una hechicera, fue condenado a morir devorado por perros hambrientos; pero Ronan los venció con su carisma. Las acusaciones de Keben, sin embargo, eran menos tópicas que las de la hija de Hipómenes: licantropía y asesinato de una niña.
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| San Ronan y el lobo. Vidriera de la catedral de Quimper. (tomado de la Base Mérimée) |
Pero volviendo a Merlín, si fue rechazado como adalid en su figura de arpista ciego con sus lebreles, la corte recapacitó y en su siguiente aparición como niño salvaje, lleno de tiña y armado de cachiporra se lo aceptó. Y llevando él el estandarte fueron derrotados los gigantes.
Despidiose de Arturo y los suyos y en un vuelo, atravesando montes, bosques y mares se presentó en Tierra Santa, donde resolvió unos asuntos privados del rey sarraceno de allá, Flualis, antes de regresar al reino de Benoic. Aquel Flualis, andando el tiempo, se haría cristiano y moriría en España peregrinando el Camino de Santiago.
Otras aventuras esperaban a Arturo y Merlín. Una, la batalla contra el gigante del monte san Miguel, en los confines de Galia y Bretaña, donde luego se construiría la celebre abadía. Allí encontraron una dueña llorando junto a una tumba.
-¿A quién lloras o quién está sepultado ahí?
-Una doncella niña, Elena, sobrina de Hoel de Nantes, y yo fui su aya. Hace tiempo la raptó de su casa un gigante muy descomunal y horroroso para hacer de ella su concubina y a mí para que la sirviese. Solo que la pobrecita no le duró, que a la primera se le murió, no porque la destrozase como podía creerse de sus proporciones y ferocidad, sino porque la impresión y el susto bastaron a que se le saliese el alma huyendo. Entonces, en vista de que a falta de pan buenas son tortas, echó mano de mí, que como ya tengo mis años el cuerpo mío resiste (a duras penas) sus embates y así sacia en mí su lujuria, que es grande y feroz. Cada vez paso un martirio con lo feo, gigantesco y bestial que es el gigante y de esta manera voy arrastrando la vida.
Arturo tomó a su cargo la defensa de aquella pobre mujer y retó a su raptor. El combate fue largo y el jayán parecía ir a dar cuenta del rey cuando este, a la desesperada, recurrió a un ardid eficaz, si bien nada caballeresco: dejar al adversario fuera de combate con un certero rodillazo en en la entrepierna. La tierra retumbó al caer el bárbaro hecho un ovillo y Arturo aprovechó para cortarle la cabeza.
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| El islote de Tombelaine, donde se cree enterrada a Elena de Nantes, y el monte San Miguel. |
Puesto a limpiar el mundo de monstruos, su siguiente objetivo, dictado por Merlín, fue un animal pavoroso, ya no perro sino gato, enorme y diabólico: el de Lausana. Otro más de la serie de monstruos lacustres que han ido apareciendo por estos Retazos.
Se contaba, pues, que un pescador salió en su barca el día de la Ascensión, ación ya pecaminosa, prometiendo entregar a Dios lo primero que cogiese. Cogió un pescado tan hermoso que se dijo: "Este para mí; ya se contentará Dios con el segundo". El segundo fue más grande y mejor que el primero y el pescador decidió guardárselo del mismo modo y ofrendar el siguiente. Lo que a continuación cayó en las redes fue un gatito negro, tan mono que el pescador optó por quedárselo. Pero aquella criatura no tardó en convertirse en un monstruo gigantesco que se enmontó y empezó a devastar la comarca devorando rebaños y personas.
¿No parece acaso esta criatura una versión felina del Luch Donn, el perrito faldero de la viuda irlandesa que mencionábamos antes?
Arturo, guiado por Merlín, ascendió a la caverna donde vivía el gato, en la montaña. El monstruo acudió a los silbidos del encantador y se abalanzó sobre el rey. Arturo lo pasó mal para vencerlo, pero cuando la bestia se quedó clavada de uñas en su escudo y armadura, pudo cortarle las patas y acabar con su vida.
Esta última victoria fue el final de las hazañas de Merlín, conocedor de su hado ineluctable: "lo que tenga que pasar pasará (tout avenra ce qu'il doit avenir)". El monstruo que lo esperaba a continuación era más grato y peor de vencer: Niniana y sus amores.
En textos posteriores se ve a Merlín desesperado de su prisión, rabiando y pataleando y estremeciendo al mundo con su famoso baladro anual. El Libro del Graal nos lo pinta feliz y enamorado, colmado de ventura y, en el sentido más habitual, encantado de su destino: su amor es su más verdadera prisión. Y en cuanto a Niniana, ninguna malicia en ella, más allá de una malicia retentiva y femenina que solo figuradamente merece el nombre de magia o hechizo. Eso sí, dice el libro que Niniana salía poco, pero que Merlín no salía nunca. ¡Como en casa en ningún lado! Y la casa de los Merlín era palacio de encantamiento: Niniana había trazado con su toca o impla un círculo
alrededor del majuelo a cuya sombra dormían, Merlín con la cabeza apoyada en su regazo, y el encantador se veía en la más bella torre del mundo y acostado en la mejor cama.
-Me has engañado, traidora -dijo Merlín,- si te vas y me dejas. Porque esta torre solo puedes hacerla y deshacerla tú.
Pero Niniana no lo engañó, porque no se fue.
Es cierto que, al revés de algunos de los antiguos mitos cuyos vestigios contiene, El libro del Graal es misógino. Y el fin de las andanzas de Merlín aparece acompañado de otras asechanzas femeniles de sentido semejante: las que convirtieron, temporalmente, en enanos al mismísimo don Galván y al príncipe de Estrangorra (poder de estirar y encoger de obvio simbolismo fálico, como el de las pócimas encontradas por Alicia en el País de las Maravillas). El príncipe en cuestión, llamado Evadeam en otras versiones del cuento, fue convertido en un enano cargado de años por una hechicera despechada cuyos amores había rechazado. El verdadero amor que él y su amiga se mantuvieron fue causa de su curación.
Pero el cuento no deja de recordar el episodio de la vejez prematura de Fionn mac Cumhail, engatusado y encantado por un hada maléfica y lacustre en Sliabh gCuillin.
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| Sliabh gCuillin, donde fue embrujado Fionn mac Cumhaill |
En fin, ¡ojo con la mujer! como dice en otra parte del ciclo novelesco del Graal: "yo no sé si sería doncella o diablo, pero de mujer tenía la apariencia (je ne sai se ce fu damoisele ou diables, mais de feme avoit ele semblance".

























