miércoles, 17 de abril de 2013

Los viejos roqueros nunca mueren

Ya hace bastante tiempo apareció por estas entradas San Vicente Madelgario, el mercenario irlandés que cruzó la mar no como peregrino sino para poner su espada al sevicio de los francos pero que acabó su vida en santidad, primero dentro del matrimonio y luego en el seno de un monasterio. Fue conde de Henao y marido de otra santa, Waldetrudis, que se dice en francés Waudru, y santa fue su progenie.
En realidad, es muy difícil discernir lo que es historia de lo que es leyenda en este santo:
Gougaud, especialista en la labor de los cristianos irlandeses en el continente, no se ocupa siquiera de él en sus libros, hasta donde se me alcanza. Parece ser, además, que mucho de lo escrito sobre San Vicente Madelgario (o Mauger en francés) obedece a las posteriores aspiraciones y rivalidades de las abadías fundadas por él entre sí y con otras fundaciones monásticas. 
Procesión. Pieza de tejido altomedieval encontrada en el relicario de San Vicente Madelgario. Resultan enigmáticas las manos, que en monumentos galorromanos simbolizan al dios Lug.

Lo que sí está claro es que ya en tiempos merovingios existía un culto de peregrinación en la zona, y no sería de extrañar que prolongase alguna manifestación religiosa pagana.
Su primogénito fue llamado Landerico: nombre no insólito a juzgar porque al menos tres santos lo llevaron. Landerico, o sea Landry, se llama también el pueblo de la canción, donde las mozas,  por lo pobre y aislado que está, no encuentran partido para casarse y piden a sus madres cuartos para comprarse puntillas y lazos a ver si así hay manera:
"A Landry, petit village,
y a des filles à marier;
y a des filles à marier dans la misère,
qui voudraient s'y marier mais comment faire?"
Pues aquel Landerico, hijo de Vicente Madelgario, dio a su padre un buen disgusto cuando le manifestó su firme deseo de sufrir la tonsura y entrar en religión. Hubiera querido San Vicente tener en él un digno heredero de sus dominios, casarlo y tener nietos. 
Landerico, aparte de inteligente y estudioso, era sano y buen mozo.
-Eso es una chiquillada tuya -decía-, y suele pasar que los muchachos se dejan arrastrar por ventoleras así, de manera que luego se arrepienten y tiran de los pelos por el tiempo y las ocasiones perdidos.
-Que no, que no, que esto es serio.
Así que  consultó con sus barones y todos le aconsejaron que se alegrase con la vocación divina de su hijo y eso hizo. Probablemente pensaría que gran parte de la culpa era suya, ya que de acuerdo con su mujer lo había puesto a estudiar desde niño con doctos clérigos que lo instruyesen en los arcanos de la fe y doctrina. No con el propósito de que fuese hombre de iglesia, sino de que al empezar su carrera militar y caballeresca lo hiciese con la prudencia y sabiduría de las letras bien asentada. Si lo hubiera avezado desde el principio a la vida guerrera, tal vez otro gallo hubiera cantado. 
-Que sepas que para mí, dejarte meter cura es tan penoso como para Abraham el sacrificio de Isaac. Pero, en fin, sea lo que Dios quiera.
¡Qué paradoja! -dice el autor de la vida: Cuando son tantísimos los que adoptan esa vida y ministerio a palos y domeñados por los vergajazos de sus maestros, éste la abrazaba voluntariamente y teniendo que someter él la voluntad contraria de su padre.
Dice la tradición que Landerico llegó a obispo de Metz, creencia que ya los propios Bolandistas dan por altamente improbable en la erudita introducción a su vida. Otros lo han supuesto obispo de Meaux, de Grandmetz y de otras ciudades. En todo caso, lo que no es de extrañar es que, dada su condición principesca y sangre real, su carrera eclesiástica fuera rápida. Y en cambio su biógrafo se asombra de que las muchas riquezas que llegaban a sus manos a causa de su misión episcopal no iban a parar a sus arcas sino que se repartían entre los pobres, mientras que Landerico llevaba una vida de estudio, austeridad y penitencia ascética, sirviendo a Dios con todos sus sentidos.
Entretanto, San Vicente había fundado los monasterios de Hautmont, donde se retiró a hacer vida monástica, y Soignies, que escogió para su sepultura; cuando se vio anciano y cercano a su fin, mandó venir a sí a su hijo Landerico.
Landerico quedó doblemente impresionado por la alegría de volver a ver a su padre y por la pena de verlo con un pie en la tumba, de manera que cuando, poco después, se produjo la muerte del conde resolvió renunciar a su obispado y permanecer en los lugares tan queridos para San Vicente Madelgario. Los monjes se alegraron sumamente de que quedase a su cabeza el hijo de su fundador y allí permaneció hasta el fin de sus días.
Desde luego, Landerico, como sacerdote y obispo, tendría otra autoridad sobre sus monjes que Madelgario, simple lego que había aportado las tierras y bienes necesarios a la creación de los monasterios.
Después de su muerte, Landerico hizo varios milagros. Castigó con enfermedades a los que se habían adueñado inicuamente de los bienes de su abadía. En una ocasión en que se llevaba en procesión el ataúd que contenía sus reliquias, como uno de los portadores era un hombre indigno, la caja saltó de su hombro, debido a la irritación del santo, y se mantuvo flotando en el aire, mientras el atrevido caía fulminado de cabeza al suelo. 
Traslación de unas reliquias. Manuscrito bizantino del siglo X.
Se cantaron himnos y plegarias al santo y el desmayado volvió a la vida a la par que el ataúd bajaba a posarse sobre los hombros de sus legítimos portadores. 
Los lugareños de un pueblo cercano a Soignies querían, para edificar de una iglesia, remover una peña de enorme tamaño y peso. Habían aplicado a la tarea todo su esfuerzo e ingenio, empleando diversas máquinas pero todos sus sudores habían sido en vano. La roca era inamovible. Sucedió que pasaban por allí unos monjes llevando el féretro de San Landerico a lugar seguro, porque en Soignies lo amenazaba algún peligro (que el autor de la vita no precisa). Cansados, se detuvieron a reposar junto a los trabajadores, dejando el sagrado ataúd sobre la gran piedra. Cuando los frailes decidieron reanudar el traslado y los cavadores su tarea, los obreros se arrodillaron a orar encomendándose al santo. Para su asombro, la roca antes firmísima se movía con la mayor facilidad, bastando pocas manos para levantarla y removerla, cosa imposible antes para una cuadrilla de forzudos con máquinas y animales de tiro.
Que existió un culto precristiano al que se superpone el de San Landerico lo dejan sospechar varias tradiciones. Cuenta Otto von Reinsberg-Dürinsfeld, autor de un libro sobre el folklore de Bélgica, que en el pueblo de Crayenhoven, cerca de Bruselas, solían acudir al alba a la capilla de San Landerico numerosos peregrinos que recogían el agua de una fuente supuestamente milagrosa contra la fiebre. La virtud del santo consistía en atar a la calentura y por eso se le ofrendaban ligas, que se dejaban colgadas a la puerta de la capilla. Se decía que, perdido una noche en el bosque, San Landerico oyó el canto de un gallo, indicio de que por allí había alguna granja.
Gallo. Manuscrito mozárabe.
 Tranquilizado, se echó a dormir allí mismo y en torno a aquel lugar se edificó luego la capilla. Junto al altar del santo se mantenía en ella a un gallo vivo, como se hace en Santo Domingo de la Calzada. Se decía también que por donde había pasado San Landerico las mieses crecían más vigorosas y cargadas de grano.
El dios Lug (como el Mercurio galo), al igual que Apolo, según señala Bernard Sergent, era el gran protector de las cosechas; tenía entre sus animales predilectos al gallo y el amanecer le estaba consagrado. Y tanto uno como otro están estrechamente relacionados con las ataduras y lazos.
Tal vez el episodio más significativo resulte el de la peña que se volvió liviana. En su libro sobre las semejanzas entre los dioses griegos y los celtas, Sergent dedica un capítulo a la litolatría apolínea y sus paralelos en el culto de Lug, aspecto de este dios que encuentra pocos paralelos en Irlanda. Sin embargo, Lug realiza también una proeza consistente en mover un enorme peñasco a su llegada a Tara para ser aceptado entre los Tuatha Dé Danann y Sergent señala el paralelo entre esta hazaña y la construcción de las murallas de Tebas por Anfión. Las grandes rocas desplazadas maravillosamente por estos prsonajes mitológicos tienen a menudo un caracter central, como el ónfalos de Delfos, o fundacional. Esto es lo que le sucede al peñasco de San Landerico, en torno al cual, transformado en altar, se construirá una nueva capilla. Sucede, por otra parte, que el milagro ocurre en una carretera, cuando Lug y Apolo son los dioses que abren camino, a cuyo paso se crean, diríamos que brotan, las carreteras.
Un último detalle: se lee en el sitio hagiográfico de Internet Santi, beati e testimoni (http://www.santiebeati.it/dettaglio/94431) que en Italia San Landerico se ha convertido en patrón de los queseros. Nada trae la vida del santo que lo relacione con ese gremio. Sin embargo, Lug (al igual que Apolo) era un dios relacionado con el dominio de la putrefacción, al que dentro de la gastronomía pertenece el queso.
Aunque la palabra con que se designa al queso en los idiomas germánicos y celtas actuales es de origen latino, los antiguos irlandeses fabricaban quesos y cuajadas de distintos tipos con leche de cabra, de oveja y de vaca. Lo que se desprende del completo libro Early Irish farming, de Fergus Kelly, es que no consideraban que todos los quesos formasen parte de una categoría común.  
Lisa M. Bítel, en Land of women, indica que todo lo relativo a la elaboración de la leche y los lacticinios, desde el ordeño, formaba parte de las tareas y responsabilidades femeninas de la casa (nada tiene de raro que lo lácteo se asignase a la mujer); probablemente la más importante junto al vestido. En una de las vidas de San Kevin un monje pregunta a unas mujeres que se encuentra por el camino qué llevan cuidadosamente protegido bajo los mantos. 
-¡Copos de lino!
-¡Copos de lino para hilar! 
En realidad llevaban unos quesos frescos a vender. Pero temerían que el monje, pedigüeño y goloso, se interesase demasiado por ellos y no les quedase más remedio que regalárselos.   San Kevin apareció por allí y castigó su embuste transformando los quesos en piedras, que todavía se enseñaban como muestra del milagro, dice el autor de la vida
La anécdota recoge las dos principales actividades económicas femeninas de la antigua Irlanda. Probablemente sería lo mismo en muchas partes de Europa.
La preparación del queso era tarea de mujeres.
Manuscrito italiano del siglo XIV
En el pastoreo, sin embargo, el ganado vacuno correspondía al hombre (buachaill, "vaquero", sigue hoy día significando "mozo"), el porquero ya hemos visto repetidamente que era una figura sagrada y vinculada al otro mundo, y el ganado ovino era cosa de la mujer, aunque resalta Bítel que esta oposición tenía más de simbólico que de real y práctico.
Uno se pregunta si no habrá tras ella una correspondencia con las tres funciones de Dumézil, correspondiendo el toro a lo bélico, el puerco a lo sagrado y la oveja a lo productivo y generativo.
En todo caso, la gran fiesta ovina y láctea era para los irlandeses el imbolc, que hoy día corresponde a Santa Brígida, primero de Febrero, y que ya antiguamente se relacionaba con la gran diosa Brigit. Era la gran fiesta de la fertilidad y de la regeneración cósmica. 
El queso es alimento lunar y que se relaciona con los misterios de la reproducción. A los niños anglosajones les cuentan que la luna está hecha de queso. En varias culturas se asocia el cuajarse la leche con el concebir la mujer y formarse el embrión en su vientre. Y en varias partes existe la prohibición de trabajar en la elaboración del queso para las mujeres menstruantes.
La reina Medb, otro avatar de la diosa de la soberanía y de la fertilidad, murió de un quesazo. Sucedió que un día su sobrino la vio (sin conocerla) desnuda bañándose y comentó  su belleza a los que estaban con él.
-¿Te gusta? ¡Es tu tía! ¡La hermana de tu madre!
-¡No me digas!
Aquel muchacho sabía que Medb había mandado matar a su madre cuando él aún no había nacido. Lo habían sacado del vientre materno abriéndolo a punta de espada. 
Al ver ante sus ojos a la asesina, cogió lo que tenía en la mano: un pedazo de queso que estaba royendo, lo puso en una honda y se lo disparó. Le acertó en la coronilla y la dejó en el sitio.
Esta historia reúne a la Diosa, el queso y el misterio del nacimiento.
El queso es leche cuajada, la leche es sangre purificada por la alquimia fisiológica femenina; el mayor calor del cuerpo masculino la transformará (dice Aristóteles) en esperma; y sangre es el alimento del feto... 
Este largo rodeo acerca de los quesos viene a cuento de la feminidad que la imaginación tradicional asigna al producto. 
Bítel supone que en el milagro de San Kevin mencionado atrás, aparte de su atractivo gastronómico, los quesos significan la tentación de la mujer y que su textura, blandura elástica y suavidad serían parte a despertar deseos lascivos en el pobre cenobita.
Ahora me trae el azar a la vista un cuadro de Lucas Cranach el Viejo llamado El matrimonio desigual o algo así.
Lucas Cranach el Viejo, Matrimonio desigual.
Este cuadro tiene un contenido simbólico obvio. La moza, de buen ver pero de calculador mirar, pesa el oro de su propio precio; el viejo lujurioso (cazado como con la escopeta que pende de la pared, como las aves que enmarcan su figura) alza los ojos embelesados hacia la felicidad celestial que se promete; pero su mirada tropieza en la cornamenta que se le tiene dispuesta... 
La moza expone sus armas y trofeos: aves que son atributo de la primitiva Diosa, y perdices que auguran el mutuo desplume (vestimentario y melibeo para ella, crematístico en el caso de él).
La fruta de la mesa es jeroglífico de la tentadora y generosamente expuesta belleza de la novia. La granada, fruto infernal por cierto, es sanguínea y evocadora de la fertilidad por la multiplicidad de los granos enjambrados en su interior; lo mismo el racimo, que, por si fuera poco, remite a la embriaguez y por tanto al éxtasis erótico... Un exuberante despliegue en contraste con la parquedad elemental que acompaña al novio: pan, vino blanco. El objeto piramidal que preside a tal explosión de pujanza femenina y que parece una torre de Babel en miniatura es, al parecer, un gran trozo de queso.
Detalle de la ilustración anterior.
Y siendo todo esto así, he aquí otro elemento que acerca a Landerico a Lug el que sea el santo de los quesos: porque Lug, al igual que Apolo, es un dios andrógino, sobre lo que llama la atención Sergent (del mismo modo, su hermana Artemisa -de Apolo, no de Sergent- tiene muchos rasgos antifemeninos: virginidad, actividad cinegética...).
No sé (ni me preocupa mucho) si será verdad, pero me gusta pensar que San Landerico, el antiguo monje irlandés (si es que lo fue), heredó parte de la devoción, de la fe y de las creencias que los antepasados de sus fieles dedicaban al dios ancestral de los caminos, de las rocas y de la aurora... ¡Tan ancestral que ya existía cuando no se le conocía por Apolo en una punta de Europa y por Lug en la otra! 
la festividad de San Landerico se celebra el día 17 de abril.





domingo, 7 de abril de 2013

El hijo del salmón

No hace mucho, San José  de Arimatea nos traía a la memoria el antiguo símbolo del pez, pez de la sabiduría como el salmón de Fionn mac Cumhail, pez de la abundancia y la regeneración, como en la multiplicación de los panes y los peces o en el milagro de San Corentín, que se alimentaba (monótona dieta) de un pescado cuyas carnes volvían a crecer cada vez en torno a la espina; de hecho, el pez es uno de los símbolos que en el lenguaje de la imaginación significan la virtud generativa de la mujer y de su cuerpo. Ahora, como buena criatura marina (el mar representa el caos inicial), su simbolismo es, como dirían los jungianos "urobórico", de manera que reúne a la vez lo femenino y lo masculino.
Hubo una noble mujer llamada Begnat entre los Corcu Duibne, pueblo que habitaba en el extremo suroeste de Irlanda y que alardeaba de descender del gran Cónaire Mór, el rey legendario que murió abrasado en el hostal de Dá Derga, como se cuenta en el relato medieval Tógáil Bruidne Dá Derga. Begnat, pues, vio una vez en sueños un pez del color del oro rojo que se le acercaba volando desde oriente, se le colaba por la boca y se le alojaba en las entrañas.
Visión que no tiene nada que envidiar en cuanto a lo simbólico al famoso buitre de La virgen con el niño Jesús y Santa Ana de Leonardo Da Vinci, estudiado por Freud, pero que a mi juicio poéticamente lo supera con creces.

Esto dicen sus vidas latina e irlandesa. El Santoral de Óengus trae una versión algo distinta, según la cual la concepción fue obra de un salmón mientras Begnat se bañaba en un lago. El poeta citado por el Santoral compara a Begnat con María y asegura que su hijo fue concebido por obra del Verbo divino, aunque pocos versos más adelante sólo afirma que Dios fue su padre adoptivo.

Erich Neumann, mitólogo jungiano al que ya me he referido varias veces, se refiere en su libro La Gran Madre a concepciones como ésta. La Madre Virgen que concibe al Hijo Luminoso (y eso significa Finán) lo hace por obra de un principio masculino cósmico, por esto la fecundación se efectúa por medios insólitos como el oído, la boca, una caricia, un beso, una mirada u otros.
Como el antepasado de los suyos, muerto en un apocalipsis de llamas, Finano aparece muchas veces relacionado con la luz y el fuego. También impide la lluvia y la nieve, aleja las tempestades...  Con las manos fundía y amasaba el hierro como si fuese arcilla; lo mismo hacía con el barro cocido y así arreglaba los cacharros rotos sin lañas: era como el fuego del horno o de la forja.  Cierto que, como tantos otros, hizo brotar fuentes, pero no hay que olvidar el elemento ígneo que percibían los celtas, como los indoeuropeos en general, en el agua viva y saltarina que mana entre centellas cristalinas (ver Tres fuentes que encierran sangre,  El fuego libre del agua)...
Tan extraña concepción merecía consulta y Begnat habló con San Critan (no sé cuál, pues existen varios santos de ese nombre) que le profetizó un gran porvenir de renombre y santidad para su hijo, a quien pusieron Finán, latinizado en Finano.
Fionn mac Cumhail, al que me refería antes, adquirió sus dones sobrenaturales al comer de un salmón, pez primordial de la sabiduría, cebado de las avellanas de árboles que hundían sus raíces en lo más hondo de los tiempos. Finán, que es diminutivo de Fionn, resulta en cierto modo ser el pez mismo, transformado en niño en el vientre materno, o al menos su hijo.  Fionn se semonta al celta vindos, que significa "blanco, brillante". En Fionn se ha visto un equivalente humano del divino Lugh. 
Ya desde su gestación mostró el niño Finano sus maravillas. Tornó medicinal y curativa la saliva de su madre, a quien aseguraba amparo contra las inclemencias del tiempo; durante su embarazo nunca llovía ni nevaba por donde pasaba. La limosna que daba, por pequeña y desabrida que fuese, saciaba y deleitaba como el más abundante y exquisito manjar.
Cuando Finano era pequeño, les anunciaba su futuro sin equivocarse, como se comprobó después, a sus compañeros de juegos y los curaba milagrosamente si enfermaban o se hacían alguna herida. 
Ya de mayor, San Finano comprendió que muchas veces estos milagros no son lo que parecen.
Una mujer pobre le llevó una vez una cebolla pidiéndole que la bendijese, pues padecía muchísimos achaques y estaba en un grito; confiaba curarse con la cebolla bendita por el santo. A la mañana siguiente, recogió la cebolla, la puso en lugar honroso en su casa y efectivamente se curó.
-La ha curado su propia fe -explicó después a sus monjes- porque, a decir verdad, yo estaba ocupado y me olvidé de la cebolla de la pobre mujer. No la bendije ni siquiera puedo asegurar que se llevase la misma que trajo u otra cualquiera ni que la suya no acabase en nuestro hervido.
El caso es que tantas maravillas como se contaban del niño Finano llegaron a oídos de San Brendan, el navegante, que quiso conocer a la criatura.
-Tenéis aquí un crío que destacará ante los hombres y ante Dios.
-Si te es simpático, ¿por qué no te lo quedas?
-No querría otra cosa, si me lo dejáis.
-Todo tuyo.
Finano no era, con todo, un niño perfecto. Como a todos, le encantaba jugar y perder el tiempo en frivolidades pueriles. Un día volvió al convento con un magnífico palo que había encontrado por el bosque.
-¿Te parece serio andar jugando con palitroques como un crío cualquiera? ¡Trae acá! 
Y San Brendán le quitó el palo y lo arrojó a la lumbre.
Pero las llamas no sólo lo respetaron, sino que lo transformaron en un báculo perfecto, con su cabo retorcido y todo, como salido de las manos de un ducho artesano.
Otra vez fue el pan lo que se le cayó en el fuego.
-Hijo, hay que tener cuidado con la comida, que cuesta mucho ganarla.
-No pasa nada. 
Finan metió la manita entre las llamas y la sacó ilesa con el pan no hecho carbonilla sino tostado a punto de comerse.
Una vez que tenían visitas, San Finan empezó a hacer muecas y a bizquear por hacer gracia y por patochada. Esto sentó mal a San Brendan.
-¿Quieres dejar de hacer memeces? ¡Pues para que te acuerdes, te vas a quedar así para siempre, por atontado! 
Y efectivamente Finan se quedó bizco para toda la vida, que por eso se le llama Finan Cam, el bizco. Pero hay más misterio en esta bizquera que el desproporcionado castigo de una broma pueril. Porque el bizco, como el tuerto, es el que tiene, como algunos peces que saben ver por encima y por debajo del agua, la mirada repartida entre ambos mundos, posición ambigua que volveremos a encontrar en Finán. 
Y entre los personajes de la irlanda precristiana, es inevitable recordar a Lugh y a Cú Chulainn, con su ojo reventón grande como un caldero y el otro, diminuto y hundido en el cráneo.
Lugh y Fionn tuvieron adversarios tuertos, y el de aquél, Balor, era además su abuelo.


Mascarilla britana hallada en un santuario de Bath.
A pesar de su juventud, se granjeó gran devoción entre los monjes de San Brendan.
uno de ellos estaba agonizando y pedía la comunión de manos del joven santo.
-Ahora no puede ser, que estoy liado con la comida de todos. Ve y dile al alma de ese hermano de mi parte que se quede donde está, que no se mueva mientras no vaya yo.
El monje permaneció, pues, en la agonía toda la noche. A la mañana siguiente, Finano acudió a visitarlo y a llevarle la comunión; no bien la hubo tomado, expiró.
Otra vez los monjes se vieron sorprendidos por unas grandes llamaradas que envolvían a la tahona del monasterio. Todos se precipitaron al lugar del incendio, sabiendo que dentro estaba Finano encargado aquella noche de hacer el pan.
-¡Quietos, hijos! -dijo San Brendan- Ahí no hay incendio que valga, sino la gloria de Dios resplandeciente en Finano, loemos al Señor.
-Hijo mío -le dijo después a Finano-: tú tienes que ser abad y mandar en monjes y no obedecer a un abad tú. Yo me voy a ir a fundar un monasterio a otro sitio.
-No: quédate tú aquí, que yo me iré: para eres tú el mayor; pero dame una señal de dónde debo asentarme.
-Hacia el monte Bladma, donde veas una manada de jabalíes.
Así se asocia a Finano con el personaje del porquero, al que ya hemos visto repetidamente adquirir una dimensión sagrada, sobrenatural. El propio San Patricio fue porquero durante sus días de esclavitud.
En el lugar donde los vio, Todavía en Mumu pero ya lindando con Laiginn, fundó su nuevo convento, al que pronto acudieron muchos fieles deseando hacerse monjes.
También acudieron otros con peores intenciones, como un pelotón de soldados exigiendo comida un día.
-Esperad un poco, que está el abad terminando de decir misa.
-Que lo deje, que el hambre aprieta.
Ante el aspecto amenazador de los soldados, el monje se atrevió a molestar a Finano.
-¡Déseles de lo que haya y no nos aburran más!
-Si es que no hay casi de nada y no se van a dar por contentos.
-Yo tengo -dijo una mujer que había allí- nueve panes y nueve cuadrados de mantequilla.
-Bueno, pues que se arreglen con eso.
Los guerreros -¡qué remedio!- se contentaron con lo que había. Comían bromeando y armando bulla y haciendo guerra de bolitas amasadas de mantequilla y miga de pan.
-Vergüenza debería daros tirar la comida que tenemos para limosna de los pobres y jugar con ella como críos.
-Vergüenza te va a dar a ti lo maja que te voy a poner la cara, bacín. ¡Toma y toma!
-Déjalos estar -dijo Finano al monje que acudía a él, quejoso y maltrecho-: pasado mañana estarán criando malvas, menos dos que están en su rincón sin meterse con nadie.
Y así se cumplió como lo había dicho. Por eso desde entonces los soldados tenían por cosa de mala suerte comer de lo que les diesen en aquel monasterio y lo evitaban aunque lampasen de hambre.
La ayuda de Dios siempre distinguía a Finano. Una vez mandó a sus monjes construir un gran barco para regalarlo al rey de Laiginn. Pero cuando estuvo hecho cayeron en que el mar estaba a muchísima distancia y ¿cómo harían para botarlo?
-Teniendo fe -dijo Finano.
Y los ángeles bajaron, lo cogieron en hombros como costaleros y lo llevaron volando al mar.
Iba de camino san Finano un día y el campesino que lo albergó, agradecido por el honor de su visita, mató para él su único ternero.
-Has hecho mal no pensando en el sufrimiento de la madre -le dijo Finano- aunque te agradezco la cortesía, y Dios os dará un ternero nuevo.
Y no bien terminaba de hablar, cuando venía corriendo hacia ellos un ternerito blanco con las orejas coloradas, como son los del otro mundo.
Perdió el santo un caballo, fuese que lo robasen los cuatreros o que se le partiese una pata y hubiese que matarlo (existen las dos versiones). Dios le mandó, como sustituto, a un caballo acuático, salido de las aguas de un lago, que le estuvo sirviendo durante tres años. Al cabo de ellos, el santo lo despidió. 
Caballos y unicornio marino en una alegoría de James Thornhill (siglo XVIII)
-Tendrás ya ganas de volver a tu tierra. Vete en paz, me has servido bien.
Y el caballo, contento, se adentró en el lago, en cuyas aguas se perdió para siempre.
El caballo marino, al que Borges dedica un capítulo de su Libro de los seres imaginarios, es frecuente en las leyendas irlandesas y escocesas.
Una vez que tenía invitados, Finano dijo a su monje cocinero: 
-Prepáranos pescado.
-¿Y de dónde lo saco?
-Eso es cosa tuya.
El cocinero salió al campo pensando que se tendrían que contentar con las acostumbradas hierbas y raíces, pero sobre el brillante verdor del prado vio resplandecer la piel de tres magníficos peces que saltaban alegremente entre la hierba.
Finano sacaba criaturas terrestres del agua y criaturas acuáticas de la tierra.
Con su carro, Finano rodaba a veces sobre las aguas, como Lér, el dios del mar, y si algún árbol se había caído interrumpiéndole el paso le mandaba levantarse y prender donde había estado plantado toda la vida.
Los hechos de San Finano tienen a veces un aspecto claramente chamánico, como en sus resurrecciones de animales.


San Cristóbal (detalle). El Bosco.
Era capaz de liberar a las almas de los cuerpos y, mientras éstos estaban aletargados o como muertos, los espíritus viajaban a distintas partes. Estos viajes espirituales forman parte importante del estudio de Carlo Ginzburg Historia nocturna. Como los Benandanti de que se ocupó éste, los de San Finano acuden en espíritu a una batalla (presidida por el rey). Los Benandanti luchaban contra criaturas maléficas y del resultado de su combate dependía la prosperidad del año siguiente.
Nechtan, rey de los Uí Fidgenti, que vivían al norte de Mumu, invadió a los Corcu Duibne, del Sur.
Será casual, pero Nechtan llevaba el mismo nombre de una deidad acuática de los antiguos irlandeses, y más precisamente del dios del fuego que está encerrado en el agua: el Neptuno latino y el Apam Napat de los indo-iranios (como dejó claro Dumézil).
Los paisanos de Nechtan acudieron a él.
-No os preocupéis, no hay riesgo.
En la primera batalla, cayeron treinta de los invasores; en la segunda, otros treinta, sin bajas por parte de los Corcu Duibne. 
Fintan fue a ver al rey.
-Las cosas no te están yendo bien. Retírate cuando todavía puedes salvar lo principal.
-¡Jamás!
-Pues prepárate a verte sin trono, arrastrado por los tuyos, mendigando la caridad de tus enemigos, miserable, cargando leña como un pobre florestero.
En efecto, su ejército, irritado por las derrotas, estalló en un motín que lo destronó. De pronto, en una alucinación, los guerreros creyeron ver sus casas cómo ardían en sus pueblos natales y salieron despavoridos en desbandada, arrastrando al rey en la debacle. 
Nechtan vivió en la miseria y oculto de sus propios ex-súbditos durante una temporada. Una vez, los guardias del nuevo rey lo obligaron, como a todos los campesinos pobres, a acarrear leña para la leñera real. Allí comprendió que se había cumplido todo lo anunciado por Finano. Al cabo de siete años, arrepentido, volvió a pedir el perdón del santo abad. Tiempo después recobró el trono y reinó largos años con paz y prosperidad.
Otro que acudió al santo fue su hermano, que debía de ser un bala.
-Me he metido en un lío y si dentro de unos días no pago una deuda de siete esclavas estoy perdido. Si tú no me remedias, me tendré que tirar por un precipicio.
Finano no le hizo el menor caso. La desesperación del endeudado aumentaba de día en día en día y con ella la batería que le daba al santo.
-Mira, hermanito -le dijo una noche Finano-: vete a la piltra y mañana será otro día; no me des más la brasa. ¡Ya está bien!
-Algún día te acordarás de tus palabras y te dolerá haberlas pronunciado -contestó el otro lúgubremente.
Y se fue a acostar. La desdicha a veces da sueño y el infeliz cayó dormido profundamente. Cuando despertó estaba lejos del convento, en su casa y en su propia alcoba. A la cabecera de su cama, un talego con el dinero adeudado.
-Ya que arreglas cosas de éstas -le dijeron los Corcu Duibne- a ver si nos consigues del rey una rebaja de impuestos
Failbe Fland era el rey de Mumu entonces. Un rey importante, que logró derrotar al poderoso Guaire de Connacht. Murió el año 637 ó 639.
Finano fue a ver a su tesorero.
-Yo os entiendo pero el reino no se financia solo dijo el ministro-
-Las guerras cuestan mucho dinero. ¿Preferís que nos invadan los vecinos? Entonces sabríais lo que son impuestos. Tenemos que arrimar el hombro todos.
-¿Es tu última palabra?
-Sí.
-No lo sabes tú bien. Ahora, una cosa: ten cuidado, que tienes la casa ardiendo. ¿Ves qué globo de fuego cae del cielo? ¡Mira cómo te la deja hecha pavesas en menos que se dice un Ave María!
El hacendista quiso poner el grito en el Cielo, pero se había quedado completamente mudo.
Al enterarse el rey de la doble desgracia, perdonó el impuesto a los Corcu Duibne y el tesorero recuperó la palabra, pero no la casa, que había quedado en cenizas.
El propio hijo de Failbe Fland probó esa medida de presión de la mudez y gracias a ella Finano salvó la vida de un condenado a muerte.
San Finano fue de visita al monasterio de San Mochellog y le extrañó que tenía dos vacas con sólo un ternero, al cual vigilaban constantemente los monjes con gran celo.
-Cada vaca tenía su ternero -explicó el otro santo-; pero los lobos se comieron uno. Gracias a Dios, con el que queda basta para que las vacas den leche. Por eso lo vigilamos tanto, porque si se lo llegan a llevar los lobos nos morimos de hambre.
-Pues por unos días podéis descansar, porque mientras esté aquí nuestro padre San Finano no hay peligro de lobos -dijo uno de los monjes, entusiasta de su abad.
Efectivamente, aprovechando la falta de vigilancia, bajaron los lobos y se comieron al ternero restante en tres bocados.
-¡Ya ves la gracia! -dijo San Mochellog.
-No te preocupes. ¡Lobo, lobito...!
El lobo acudió a la voz de San Finano y las vacas, queriéndolo como a ternero, lo lamían y volvían a dar leche (este mismo milagro lo hizo San Laseriano, cf. El aleph en Irlanda).
-Muy buen milagro, sí señor -dijo Mochellog-; pero nosotros preferíamos el ternero biológico a este adoptivo. Aunque desde luego esto es mucho más original, pero nosotros somos unos pobres monjes chapados a la antigua. 
-Bueno.
Allí llegó corriendo y triscando el consabido ternero blanco de orejas rojas.
-¡Esto, esto! -dijo Mochellog entusiasmado.
-Sí, pero este ternero es prestado. Cuando llevéis las vacas al toro y paran los suyos, volverá por donde ha venido. Pero una cosa: ya no tendréis que mataros vigilando a éste ternero ni a los que vengan, porque le voy a mandar al lobo que se encargue él.
Cuando ya era viejo San Finano y se acercaba su hora, su cuerpo se deterioró bruscamente y quedó claro que el fin era inminente.
-Me muero -dijo-; pero voy a aguantar hasta que llegue una muchachita que traen en angarillas a que la cure y no quiero que hayan hecho el viaje en balde.
Llegó la enferma; recibió la bendición y se levantó sana de sus parihuelas; el abad sonrió satisfecho y cerró los ojos. El cortejo angélico que solía descender a acompañar a los santos ya dejaba sentir su presencia con coros y cánticos sacros.
He dejado para el final un aspecto que resalta más el Santoral de Óengus
Cuenta las vidas de San Finán que uno de los enfermos que acudían a él estaba aquejado de agudísimos dolores por todo el cuerpo y llevaba tres años sin pegar ojo por culpa de ello. El santo lo curó casi totalmente y Carataco (que así, o Carthach, se llamaba) se tiró tres días seguidos durmiendo. Pero los dolores persistían en los pies.
-Eso lo permite Dios para que tengas temor de Él.
-Yo no dejaré de tenerlo porque me deje de doler.
-Vamos a hacer una cosa: ponte esta zapatilla (ficonem) y verás cómo te alivia; pero el día que no te la calces, ponte a bien con Dios porque tienes las horas contadas (en la versión irlandesa se trata de un calzón ceñido, triubhas, que es el origen del inglés trousers, aunque a su vez posiblemente provenga de algún nombre germánico).
El hombre siguió con éxito las instrucciones; pero un día la zapatilla no le entraba y no se la pudo poner; se sentía mal y tuvo que quedarse en cama, donde no tardó en expirar.
Tropezamos otra vez con el motivo de la semidescalcez, del único pie calzado, que ya nos ha ido saliendo aquí y allá en estas entradas.
Evangelista. Miniatura del siglo VII u VIII.
Bernard Sergent y Sterckx han insistido en que el dios Lug de los celtas se relaciona estrechamente con el oficio de la zapatería, al igual que sus sucesores cristianizados San Gangulfo y Santos Crispín y Crispiniano, los dos hermanos zapateros mártires. Y Bernard Sergent lo relaciona con la piel y el desollar: Apolo, equivalente griego de Lug, despellejando a Marsias; Apolo, dios carnicero como subraya marcel Détienne. Bajo este aspecto no son tan incoherentes las dos versiones, la zapatilla que se descalza y el triubhas que se "pela" como faja o leotardo.
En todo caso, el medio par de zapatos concuerda con la bizquera del santo: es tener un pie o tener un ojo en cada mundo.
Semidescalcez y santidad: detalle de la miniatura anterior.
Hay más; por el Santoral de Óengus sabemos que San Finano calzaba zapatos de hierro. Los zapatos de hierro no pueden dejar de traer a la memoria los que calzaban según la antigua creencia germánica los difuntos para su largo viaje hasta el otro mundo, Hel.
Pero, además, estos zapatos le sirvieron a Finán para introducir en Irlanda el trigo. José Manuel Pedrosa en el libro Gilgamesh, Prometeo, Ulises y San Martín, al que ya me he referido hace mucho (cf A vueltas con las abejas) estudia amplia y detenidamente este motivo del héroe civilizador que roba el secreto del cereal y pasa de contrabando algunos granos en los zapatos: en el País Vasco suele atribuírsele la hazaña a San Martín. Claro que no deja de recordar este caso de espionaje agrícola al robo del fuego por Prometeo, ni se le pasa a nadie por alto el carácter fálico de ambos escondites: el zapato de los santos y el bastón hueco de Prometeo (entre otros pueblos el ladrón esconde los granos bajo el prepucio).
Freud, en un artículo de 1932 sobre la conquista del fuego por el hombre y el mito de Prometeo, ve en éste una lucha de elementos: agua contra fuego. La represión del impulso de extinguir el fuego regándolo abre la puerta a su dominio, y eso es lo que simboliza el robo en la vara hueca. En todo caso, la lucha de agua y fuego está presente de manera reiterada en la leyenda de San Finán. 
Un santo en cuya vida no faltaron luchas y sonados conflictos. No en vano dice de él el Santoral de Óengus en la estrofa correspondiente al 7 de abril:
"Fínan camm  Cunn Etig
Imma mbí már ndelbae"

"Finano el bizco de Cinn Etig,
que levantó tanto ruido"...

sábado, 23 de marzo de 2013

El fin de la roca de oro

San Aed Mac Caorthainn, Macartano o Macartino en latín, es un santo al que su Vida nos presenta ya de viejo. Es un relato muy corto y parece que el principio se perdió; pero yo, independientemente de los azares de la transmisión, prefiero mirar el cuento, así como nos ha llegado, como una obra completa.
Lo recogen las Acta sanctorum  del 15 de Agosto y alguna otra noticia sobre el santo se puede espigar acá y allá en otras fuentes.
Los tratados genealógicos señalan que pertenecía a los Dál nAraide, pueblo que tenía a gala su origen picto y moraba en el centro del Ulster. El Martirologio de Donegal le atribuye una muy ilustre prosapia al hacerlo descendiente de Eochaic mac Muiredach, el mismo Eochaid Muigmedón con el que nos hemos tropezado repetidas veces, padre de Niall Noígiallach y de los reyes de Connacht. Por otra parte, el Santoral de Óengus afirma en una de sus notas que Macartino fue uno de los diecisiete hijos obispos de Darerca, la hermana de San Patricio. Añade que tuvo un abuelo de nombre Aithmet y que antes de llamarse Macartino se lo conocía por Fer Dá Crích, es decir, "el varón de los dos territorios". Efectivamente, los Dál nAraide ocupaban dos territorios distintos, pero me gusta creer que, tratándose de un santo, el nombre alude a la pertenencia a dos mundos: este nuestro y el superior y sagrado, el de Dios. 
El nombre primero era el de Aed, que se refiere al fuego y más concretamente a la llama sagrada (latín aedes).
Otro biógrafo de San Patricio, Tírechán, menciona a un Mac Cairtinn tío materno de Santa Brígida. Podría tratarse del mismo personaje, aunque el nombre de Macartino no era único: entre otros lo llevó un antiguo rey de Laiginn.
Según indica James F. Kenney, en este nombre no se alude a ninguna filiación: es un nombre precristiano que significa "Hijo del Serbal", que era un árbol mágico para los irlandeses precristianos. El héroe Cú Chulainn, por ejemplo, tenía prohibido comer nada cocinado en fuego de serbal (la transgresión de ese tabú lo llevó a la muerte). 
San Macartino es un santo importante: en Irlanda lo son todos aquellos cuya antigüedad se remonta a tiempos patricianos. El Martirologio de Donegal nos informa de que Macartino era el "hombre fuerte" (tréinfher) de San Patricio. Ese cargo incluía el honor de llevarlo a cuestas a la hora de atravesar vados o trechos peligrosos. Y es cierto que podía haber sirvientes que cargasen a los viajeros, como se lee del Perú en tiempos recientes en las novelas indigenistas, pero no dejará de sumarse a la literalidad de esa función una lectura simbólica: San Cristóbal llevando a hombros a Jesús, Eneas a Anquises (sacralizado por su unión con Venus), Atlas al mundo. El hombre espiritual soportando el peso de su relación con la realidad más sagrada, superior. Carga no siempre grata y aun odiosa a veces, como en el cuento de Simbad, en las Mil y una noches, obligado a servir de montura al anciano tiránico a quien aupó a sus hombros por caridad. 

Simbad con el viejo a las espaldas,
ilustración de Arthur Rakham.
Estaré mezclando asuntos que no tienen nada que ver. No importa: tienen que ver desde el momento en que se agolpan a la cabeza como las cerezas del cesto. Dice Gilbert Durand (y ya Freud) que entre la experiencias que más honda huella dejan en la persona y mayor ansia de elevación (en sentido espiritual) le confieren es la de verse elevado del suelo y como volando durante la primera infancia, en brazos de sus allegados y cabalgando sobre ellos. Tal vez ése sea el prototipo de todos los Pegasos e hipogrifos de la literatura. 
Cuenta, pues, la vida del santo, y también la de San Patricio por Jocelin que un día que había cruzado Macartino un vado al apóstol, al depositarlo en la arena de la orilla, dejó escapar un suspiro de esfuerzo.
-¿Qué es esto, Macartino? ¡Tantas veces me has llevado por terrenos escabrosos y resbaladizos, y nunca te había oído resollar como ahora! ¿Estás enfermo?
-La enfermedad son los años. ¿De qué te asombras? Ya no tengo las fuerzas que tenía. ¿No me ves todo el pelo blanco? Y no es que me queje, pero a otros servidores tuyos de mi quinta ya hace tiempo que los has jubilado concediéndoles terrenillos donde poner algún monasterio y ser útiles a Dios de manera más acorde a sus años. Yo en cambio estoy al pie del cañón y no me quejo, pero no aguantaré toda la vida ni aunque me empeñe. Necesito descanso.
-Yo te daré lo que pides, aunque echaré mucho de menos tu servicio. Te quiero cerca de mí, o sea de Armagh; pero no tanto que cuando yo llegue a faltar alguno de mis sucesores, envanecido por tener la sede más importante de Irlanda, quiera hacer y deshacer en la tuya, tentación que sería muy fuerte si te tiene al alcance de la mano. ¿Qué te parecería Clogher?
-Clogher está muy bien.
-Pues coge y vete a Argialla y a su corte, Clogher, y en la mismísima plaza, frente por frente del palacio real, levantarás tu monasterio y allí puedes pasar el resto de tu vida en oración y esperar la resurrección de la carne. Te nombro obispo de esa nueva diócesis. Y escucha mi profecía: el reino de Airgialla no tardará en hundirse, y sin embargo tu monasterio prosperará y prosperará y se convertirá en una antorcha para los irlandeses. Me despido de ti; no sé si nos volveremos a ver. De recuerdo te dejo estas reliquias: mi báculo, unos cabellos de la Virgen y una astilla de la Vera Cruz, amén de otras de los apóstoles y otros santos. Toma, mételos en esta arqueta que es obra divina y me ha sido entregada por manos angélicas mientras navegaba rumbo a Irlanda.
La arqueta, que hoy se conserva en el Museo Nacional de Irlanda (y en que la tradición ve la auténtica de San Macartino), data del siglo XIV. Se la conoce como Domhnach airgid (Iglesia de plata) En ella se ve, entre otras figuras, a San Patricio entregando la arqueta a Macartino y, a la derecha, Santa Brígida.


Los santos Patricio Macartino y Brígida en el Domhnach Airgid.
© National Museum of Ireland.
Ya que se trata de un milagro, tampoco me parece inconcebible que un santo pudiese regalar un objeto que se fabricaría nueve siglos mas tarde, especialmente si a él le había sido entregado por los ángeles.
Cuando llegó a Clogher, Macartino no fue bien acogido por Eochaid, que reinaba allí y que era pagano. Con razón, porque en su capital se encontraba uno de los santuarios más importantes del culto precristiano irlandés. Tanto, que era él el que le daba nombre a la ciudad: Cloch óir, "piedra de oro". 
Vallancey, curioso y un tanto extravagante anticuario del siglo XVIII, identifica en su Collectanea de rebus hibernicis el cloch óir con las piedras oraculares de los antiguos griegos y con los arim y tumim de la Biblia. No andaba tan desencaminado, puesto que Bernard Sergent ha demostrado la relación entre Lug y Apolo como dioses relacionados tanto con los oráculos como con el culto de grandes piedras. De hecho, el parecido del culto de Airgialla con el oráculo apolíneo no se les había pasado por alto a los eruditos irlandeses.
El Santoral de Óengus añade más precisión, y el autor de la nota correspondiente, que afirma haber visto la piedra con sus propios ojos, ya despojada de su oro, en la catedral de Clogher, la describe como redonda y baja. Indica incluso el nombre del demonio que hablaba en ella: Cemand Cestach, nombre ambiguo, derivado de ceist, "pregunta", y que puede significar Cemand el Solucionador o Cemand el Enredador. En todo caso, se trataba del ídolo de más rango en todo el Norte de Irlanda.
Para empezar, Eochaid, rey de Clogher, le negó a Macartino permiso para que su vaca pastase en los reales prados y mandó que fuese atada a una estaca. El pobre animal, hambriento, mugía lastimeramente.
-¡Buena la has hecho! -dijo al rey uno de sus druidas- has de saber lo que está escrito: que el dominio del obispo se extenderá hasta donde puedan ser oídos los mugidos de su vaca. ¡Y mira que muge fuerte la condenada!
-Con estos cristianos es mejor tratar por las buenas. Se las saben todas. Voy a mandar a mi hijo Coirpre a ver si lo convence de que ahueque el ala.
-Coirpre, pobre hijo mío -dijo al príncipe la reina madre-, ¡qué mala suerte has tenido en esta vida, que te haya tocado un padre tan gallina! te manda a ti por delante por si hubiera algún peligro, y es que lo hay. Toma esta preciosa manzana y llévasela al santo de regalo; no es nada, pero agradecerá el detalle.
Por el camino, el niño perdió la manzana. Se puso a buscarla y no aparecía por ninguna parte. Tanto tiempo transcurrió que le entró sueño y se quedó dormido en la hierba.
Quiso la mala suerte que justo por allí tenía que pasar una compañía de soldados. Pasaron los jinetes, pasaron los peones, y todos sin darse cuenta pisoteando al pobre niño que, sorprendido en su sueño, no tuvo tiempo mi de despertarse.
En la corte, al no haber noticia del principito, a la alarma habían sucedido los llantos porque, pasadas las horas, ya no se tenía esperanza de encontrarlo con vida.
A la mañana siguiente, Coirpre se presentó como si tal cosa a las puertas del palacio.
-¡He encontrado la manzana!
-¿Qué manzana?
-La del santo, la que se me había perdido...
El príncipe explicó lo que le había sucedido: que durante su sueño se le había aparecido un anciano diciéndole cómo se había quedado en medio del paso de los soldados, pero que con la protección de su manto no le sucedería nada malo. Ambos se cubrieron con él (que, por cierto, exhalaba un maravilloso aroma) y las tropas pasaban a su lado y a través de ellos como si fuesen sombras. Luego se había despedido el viejo y el príncipe se había vuelto a dormir hasta el amanecer. Tenía la manzana al lado a su despertar.
Aquel Coirpre se hizo cristiano andando el tiempo, heredó el trono de Clogher y se dice que fue bisabuelo de San Enda, el gran monje maestro de las islas Aran.
-Hay veces que te matas a buscar una cosa -dijo, asombrado aún, Coirpre- y no hay manera; sin embargo, la tienes delante... ¿verdad?
-Sí, hijo, sí. No me pilla esto de sorpresa -dijo el rey-. ¡Son las acostumbradas brujerías y diabluras de los cristianos, maldita sea su estampa!
-Prudencia -dijo el druida-: no emplees la violencia, que ya has visto el avisito que te ha mandado.
-Nada; en la plaza delante de palacio está prohibido encender fuego. Eso no es violencia, es aplicar la ley. Que apague la lumbre y si tiene frío que se vaya adonde dejen hacer hogueras.
Calentándose a la lumbre. Manuscrito del siglo IX.
Los guardias llegaron adonde estaba acampado el santo, con no muy buenos modos, como tenían por costumbre.
-¿Con qué permiso se ha encendido una fogarata en este prado? De momento, esa lumbre fuera; luego... ¿Eh? Pero ¿qué es esto?
-¡Mis manos! -exclamó otro guardia.
A todos los que habían ido en aquella misión se les habían quedado engurruminadas las manos y sin fuerza ni movimiento. 
-¡Quítanos este hechizo! ¡Nosotros somos unos mandados!
-Pero ¿qué pasa? ¿Aquí no se obedece o qué? -exclamó el rey que oportunamente apareció furioso blandiendo la espada.
Pero apenas la asestó al santo, se quedó mudo y tieso con ella en alto como la estatua de Daoiz.
La reina, que había corrido desesperada a ver si llegaba a tiempo de detener a su real esposo, se encontró con el cuadro espeluznante de los soldados sollozando con las manos engarabitadas, su marido fijo en actitud teatral revolviendo los ojos con furia, que era el único movimiento que le quedaba, y el santo calentándose tranquilamente al fuego.
La pobre mujer cayó de hinojos llorando ante el anciano: que si iba a pagar ella por el pronto de su marido, que qué futuro le esperaba de reina viuda con un principito pequeño y rodeada de cortesanos ambiciosos sin escrúpulos...
El santo se apiadó, la mandó por agua bendita e hisopándolos con ella los devolvió a su estado normal.
El rey, que había visto en sus propias carnes el poder del santo, se convirtió y le hizo grandes donaciones de tierras.
Probablemente, fue Macartino quien, al fundar la iglesia de Clogher, acabó para siempre con el oráculo de la piedra. El rey tenía dos hijos: Coirpre, que se hizo cristiano, y Bressal, que continuó apegado al paganismo y fue maldito por San Patricio. 
Éste se entrevistó con el rey Eochaid una vez:
-¿Para qué me has pedido audiencia?
-Para hablar de tu hija, la princesa Cinnia. ¿Qué has pensado para su futuro?
-No es difícil: un partido inmejorable para ella, es decir Cormac Cáech, hijo de Coirpre y nieto de Niall Noígiallach, para que se case con ella.
-Yo he hablado con ella y quiere un partido mejor, un esposo eterno que no se muera. Ése es Cristo. Yo la he bautizado y sólo necesitamos tu permiso.
-Yo no pienso soltar a mi hija, que es un tesoro, sin una buena dote, porque la vale. Lo que pido como precio de la chica es el Cielo, pero sin bautizarme porque eso no se ha hecho nunca aquí y no me da la gana. Que se bautice una niña, bueno; pero todo un rey, comprenderás que no es serio.
-Es muy difícil lo que me pides, pero te lo concedo.
Cinnia se hizo monja y de tan santa vida que subió a los altares.
Pasaron los años y a Eochaid le llegó su hora.
-¡Que no se os ocurra enterrarme sin que me vea primero San Patricio, que tenemos una cuenta pendiente!
El asunto le fue revelado al santo, que llegó a Clogher cuando ya llevaba Eochaid un día muerto.
-¿Qué pasa, Eochaid? ¡Levanta de entre los muertos, anda!
El rey se sentó en la cama como despertando de su sueño.
-Eres un tramposo. Me prometiste el Cielo sin bautizo y ahora resulta que de eso nada.
-Mentí por una buena causa. ¿Quieres que te bautice ahora?
-¡Cualquiera no se bautiza!
Y contó a todos los presentes las penas horribles de los condenados, que había presenciado.
-Mira -dijo San Patricio-: para compensarte de la mentirijilla piadosa te ofrezco un regalo: quince años de vida. Yo te bautizo ahora y dentro de quince años te vas al Cielo derecho.
-Ni hablar. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Yo hinco el pico y me voy al Cielo ahora mismo, que igual que he visto los tormentos del Infierno, he visto las delicias del Paraíso y no las quiero perder. Mira, quince años son muchos años y puede pasar de todo; y hasta condenarme. 
-¿No te digo que no?
-También decías que me colabas sin bautizo, y ahora mira. Yo lo que te digo, y no te ofendas, es que los cristianos sois unos marrulleros y todavía me estoy acordando de la vaca de Macartino. ¡Qué tío!
Vaca, escultura gótica. Bretaña.
Aquella pobre vaca de Macartino había sido a menudo fuente de problemas.
Un día que el viejo obispo iba de viaje caminando con ella atada de una soguilla, se cansó y se detuvo a reposar un rato. No tardó en aparecer un paisano enfurecido.
-¡Eh, tú, el de la vaca! ¿Qué te crees, que este pasto sale así de jugoso y de rico de la tierra, que dan ganas de ser rumiante, nada más que porque sí?
-Pues claro.
-Pues estás muy confundido, que me cuesta abonarlo y trabajarlo como un esclavo... para que luego venga un zángano con su cara bonita y ¡a disfrutar de mi trabajo se ha dicho! Anda, quita esa vaca. A pastar a la cuneta.
-Hombre, pero ¿qué cantidad de hierba va a comer el pobre bicho en un rato?
-Nada, nada: una brizna que coma es mía y yo no regalo nada a vagabundos.
-¿Sabes lo que te digo? Que te quedes con tu hierba y que te aproveche. Pero oye una cosa: no sé de dónde vienen ni adónde van, pero están de camino hacia acá nueve hombres con unos cuchillos así de grandes y su destino es degollarte a ti. Que lo sepas. Y está escrito que todas tus tierras serán mías.
-¡Te me vas de mi prado echando leches, pajarraco de mal agüero!
Fue el caso que al cabo de nueve días apareció una partida de hombres armados y rebanaron el pescuezo al dueño del prado. Le cortaron la cabeza y la metieron en un zurrón, para trofeo. Pero al poco tiempo les debió de pesar, o juzgaron que era poca víctima para que mereciese la pena conservar la cabeza y la dejaron tirada al borde del camino. No se volvió a saber de ellos.
Nadie se apenó mucho, porque aquel paisano era un tipo atrabiliario que se había malquistado con todo el vecindario.
Cuando San Macartino apelaba a la caridad del prójimo, no lo hacía por necesidad, como demuestra el siguiente suceso: una vez le anunciaron la visita de unos monjes forasteros y se daba la circunstancia de que el monasterio de Clogher estaba sin recursos para acogerlos. El abad obispo se recogió en oración y no tardó en empezar a llover del cielo un diluvio de trigo que no escampó hasta el siguiente amanecer. Por si aquello fuera poco, en las proximidades del monasterio brotó milagrosamente una fuente de agua fresca y limpísima.
Hemos visto hace días que el beato Mariano Escoto, el escriba de Ratisbona, trabajaba por las noches a la luz de sus dedos llameantes como candelas. San Macartino, que era otro santo pensador y estudioso, disponía de un método más cómodo: un haz de luz, como un reflector no menos resplandeciente que el sol diurno, brotaba del cielo por la noche y enfocaba al lugar donde Macartino estuviese trabajando.
A pesar de sus muchos años, era un trabajador infatigable. A veces se le veía comenzar un sermón con el alba y no concluirlo hasta que apuntaba el nuevo día.
Curación de una endemoniada. Capitel románico.
A los lados del exorcista (sin cabeza),  una figura
 masculina y la endemoniada, convulsa.
No abundan en la breve vida de San Macartino las curaciones milagrosas. Se lee en ella, sin embargo, la historia de una mujer en cuyo cuerpo se metió un demonio a atormentarla. Su marido, que lo había intentado todo inútilmente para curarla, desesperado, se resolvió a encadenarla en un sótano donde no pudiese hacer daño a los demás ni a sí misma. Pasaron los años, el hombre conoció a otra mujer y decidió rehacer con ella su vida. La energúmena no se ponía buena, pero se había vuelto mansa y se la podía tener por la casa, aunque atada con una cadena larga para que no se fuese a escapar y cometer cualquier disparate. Estaba sumida en profunda melancolía. La vida le resultaba un suplicio.
Una noche, al irse a acostar, se vio rodeada por una luz de brillo casi insoportable. En el centro de aquel fulgor había un hombre resplandeciente como el hierro candente, que con una sonrisa se le metía en su alcoba.
-¿Quién eres tú, hombre ascua, y qué es lo que quieres de mí?
-Yo soy el obispo Macartino, que vengo a librarte de ese espíritu inmundo que te está atormentando hace tantos años.
-¿Qué tengo que hacer?
-Nada: dormirte. Mañana por la mañana, cuando amanezcas, al demonio lo habré echado y te sentirás como una rosa.
-Dios te oiga.
-Me oye, me oye.
La mujer se despertó fuerte y alegre, llena de salud y energía. El demonio había desaparecido y sus prisiones, desatadas, estaban abiertas por el suelo a un lado de la cama. Nunca volvió a recaer y las dos mujeres vivieron felices en adelante con su marido.
San Macartino se celebra en dos días diferentes: el 24 de Marzo y el 15 de Agosto.


  

sábado, 16 de marzo de 2013

Caldero, sangre y lanza (otra vez a vueltas con ellos)

Robert de Boron en el Roman du Saint Graal cuenta que cuando Pilatos quiso lavarse las manos en descargo de cualquier responsabilidad en la muerte de Cristo, un mozo judío le presentó el agua en el Graal de la Última Cena, y que cuando José de Arimatea fue a pedirle como favor el cuerpo del Crucificado, le regaló aquel sagrado recipiente -"escodilla", dice la versón castellana del libro de José de Arimatea-  de propina porque no quería conservar ni recuerdo ni prueba que lo relacionase con la inicua ejecución.
Y como al desclavar a Jesús de la cruz y lavarlo, sus heridas se abrieron y sangraban, en el mismo Graal recogió hasta la última gota de aquella sangre.
En las representaciones del Descendimiento y Entierro de Cristo, José de Arimatea, judío notable, miembro del Sanhedrín y amigo de Pilatos, suele aparecer con vestiduras más suntuosas que Nicodemo, y al cargar el cuerpo de Cristo, él es el que está del lado de la cabeza, mientras que Nicodemo coge las piernas.
Entierro de Cristo. San José de Arimatea a la cabecera y Nicodemo a los pies.
Plougastel-Daoulas, Bretaña.
Después, José fue encarcelado por los judíos bajo la acusación de haber robado el cuerpo de Cristo; en su prisión se perdió el Graal y Cristo se lo devolvió apareciéndosele en su celda. 
Síguese la historia del cáncer o lepra de Vespasiano en la antigua y fecunda tradición del ciclo de Pilatos, con su curación por el paño de la Verónica (Verrine en Boron), que por primera vez aparece en estos apócrifos. 
El emperador adora el paño de la Verónica. Grabado en madera del siglo
XV para La destrucció de Jerusalem. 
El ciclo es tan antiguo que parte de él debe de remontarse al siglo II, aunque la historia de la muerte de Pilatos y la destrucción de Jerusalén sean más tardíos. La narración, ya popular, adquirió aún más difusión al incorporarse a la Leyenda áurea de Jacobo de Voragine.
Tras la destrucción de Jerusalén, José de Arimatea funda con sus judíos cristianos, empezando por su hermana Enyseus y Bron (o Hebron), su cuñado, una colonia próspera al principio, pero que andando el tiempo cae en la miseria por culpa del pecado de lujuria. Para remedio, José prepara una mesa a imitación de la de la Última Cena, con el Graal en el centro. Bron debe coger un pez para servirlo a la mesa. Deberán sentarse a ella los que sientan en sí la gracia que se lo permite; los demás dispersarse por el mundo. Un asiento queda vacío en memoria de Judas, el traidor.
A Bron y Enyseus les nacen doce hijos; Alein es designado para ser cabeza de todos sus hermanos; Petrus, otro discípulo de José, es enviado a predicar a las tierras occidentales:
"En la terre vers occident
Ki est sauvage durement".
A Bron se le encomienda la custodia del Graal, con el título de Rico Pescador.
En el siglo XIV, Juan de Glastonbury dice que fue el apóstol San Felipe, cuando estaba predicando en Galia, quien envió a José a evangelizar Gran Bretaña. La tradición medieval, pero algo tardía, señala a Glastonbury como la primera sede y cabeza de puente de José y los suyos en tierras británicas.
En Francia la creencia más extendida era que José de Arimatea había acompañado en su travesía maravillosa del Mediterráneo a las Santas Marías, Lázaro, Santa Marcela, Santa Sara, San Celedonio (el ciego de nacimiento sanado por Cristo) y toda una serie de personajes evangélicos embarcados en una nave sin timón ni remos por orden del emperador romano. La nave tocó tierra cerca de Marsella. 
Lestoire del Saint Graal del Lancelot en prosa dice, en cambio, que José de Arimatea partió con los suyos llevando el Graal a la ciudad de Sarras, de donde proceden los sarracenos. Allí a su hijo Josefo le encomienda Dios la custodia del Graal entre visiones de ángeles portando objetos místicos; le entrega algunos de ellos y lo unge como obispo.
En Sarras reina Evalac el Desconocido, francés de Meaux  entregado de niño al emperador romano, que tras vencer a sus enemigos con la ayuda de Dios y los cristianos se convierte y bautiza con el nombre de Mordrain. Para eso primero tiene que renunciar a una imagen de madera que tenía, "la más bella que nunca se había visto, en forma de mujer, con la que el rey yacía carnalmente y la vestía lo más ricamente que podía".
Aventuras como ésta ocurrían en aquellos tiempos y tenían su grandeza mágica. Hoy se prestan a burlas como en la película de Berlanga y Azcona Tamaño natural
El alcaide de Colombe hizo pacto con Satanás para que le entregase a cambio de su alma a Flegentina (mujer de Mordrain), a la que amaba en secreto y con desesperación desde hacía años. A la hora de la verdad se entregó a sí mismo engañosamente revestido de la forma de la inocente Flegentina. Una versión más del motivo del Cambiazo de la Novia, que nos ha ido apareciendo repetidas veces en estas entradas (ver El cambiazo de la novia).
Nasciano, cuñado de Mordrain y antepasado en línea directa de Lanzarote del Lago y Galaad, es arrebatado a Occidente, a la Isla Giratoria, y su mujer Flegentina (hermana de la de Mordrain, Sarracinta) sale en su busca. En el océano, a bordo de un barco construido por el rey Salomón con madera del árbol del paraíso, Nasciano se reúne tras mil peripecias con su hijo Celedonio y su cuñado.
Tan unidos estaban Nasciano, Flegentina y Sarracinta que, ya muy ancianos, morirían el mismo día.
José de Arimatea, su hijo Josefo, Bron y toda su familia cruzan el mar a pie enjuto; José valiéndose de una camisa de su hijo, que se va ensanchando a medida que van embarcando en ella pasajeros y les sirve de navío como la hoja de Santa Hía (ver la entrada San Fingar y setecientos setenta mártires).
Así llegan a la Gran Bretaña, donde tiempo después se les reúne Nasciano, luego Mordrain y Flegentina. 
A la vejez José de Arimatea y su mujer tienen otro hijo al que ponen Galaad. 
Mordrain quedará cegado y tullido por haber desobedecido a Dios en su afán de acercarse al Graal más de la cuenta. Se retira del mundo a una abadía en la que permanecerá hasta la llegada de Perceval y del segundo Galaad (triunfador de la Demanda).
Galaad, Bors, Perceval y el Graal. Dante Gabriel Rosetti.
Estos efectos de la fuerza sagrada o "mana" del Graal ya se habían producido en Tierra Santa según el libro de Boron y se repetirán en el lanzazo recibido en una visión (pero con consecuencias reales) por el rey Alphasem. Tienen su precedente bíblico en el poder mortal del Arca de la Alianza.
Alano, uno de los doce hijos de Bron, es nombrado Rico Pescador y Rey del Graal (títulos que heredarán sus sucesores hasta los tiempor de la Tabla Redonda). Del linaje de los Reyes Pescadores nacerá Elena, madre del segundo Galaad, el que culminará la Demanda, hijo de Lanzarote del Lago.
Pedro, otro de los compañeros de José de Arimatea, que repartió entre el pueblo de José de Arimatea la carne inagotable de un pescado milagroso, casará con una hija del rey de Orcania y será cabeza del linaje de Lot, el cual con la hermana de Arturo, Morgausa, tendrá a Don Galván (ver la entrada San Ke, sobrino de Arturo). De manera que éste desciende en línea directa de José de Arimatea.
Lo mismo que Yván hijo de Urien, que desciende en línea directa del rey Galaad, hijo menor y heredero de José de Arimatea.
Y Lanzarote desciende de Celedonio, hijo de Nasciano. La Historia del Santo Graal del Lanzarote en prosa se cierra con un hecho prodigioso acaecido al rey Lanzarote, abuelo del famoso Lanzarote. Lanzarote (el rey) amaba casta y limpiamente a la mujer de su primo. Éste, importándole poco la limpieza y castidad de tales amores, presa de los celos lo descabezó cuando se agachaba a beber a una fuente. La cabeza cayó al agua, que de fresca se volvió hirviente y escaldó las manos del asesino, que se había aventurado a sacar la cabeza del manantial.
Traigo este milagro a cuento de varias cosas: el valor sagrado de la cabeza cortada en primer lugar; pero sobre todo la ordalía de la fuente, semejante al episodio de la vida de San Gangulfo en que la mujer de éste, adúltera, mete las manos en una fuente de la que, por ser culpable, las saca despellejadas. Este prodigio remite, ya lo hemos visto, a la mitología irlandesa de Nechtan y Bóand, y a la leyenda etiológica del nacimiento del río Boyne (ver la entrada Antigüedad de Dahut).
Aquellos comienzos legendarios de la cristiandad británica no se producen sin guerras ni lances caballerescos. Los ermitaños, semejantes a monjes guerreros de una orden militar, emprenden una verdadera cruzada: de hecho, los nativos de Gran Bretaña son sarracenos. En la épica francesa, como se sabe, los paganos y los sarracenos no se distinguen.
Alfred Nutt, en un libro ya antiguo pero aún valioso (Studies on the legend of the Holy Grail, with special reference to the hypothesis of its Celtic origin), señaló que en toda esta leyenda del Graal se han fundido dos ciclos narrativos diferentes: el de la antigua historia del Graal y su custodia por José de Arimatea y el de la Demanda emprendida por Perceval. La fusión, que aún no se da en el Perceval de Chrétien de Troyes, ya está en la obra de Boron, así que debió de producirse a finales del siglo XIII en el Norte de Francia (que es donde Boron vivió y escribió). La imbricación de ambos ciclos se ve facilitada porque en uno y otro se encuentran símbolos parecidos que están amplísimamente difundidos por distintas culturas. Y no se hace de una sola vez: Nutt observa que en las versiones más antiguas la evangelización de Britania y la custodia del Graal se encomiendan a Bron; la presencia de José de Arimatea en tierras britanas es una innovación.
Probablemente la aceptación entusiasta de esta innovación entre los ingleses responde (al menos en parte) a designios ideológicos y políticos. Los reinos hispánicos contaban con Santiago; Pedro y Pablo santificaban a Italia, Francia tenía su convoy de desterrados evangélicos con San Lázaro y sus hermanas a la cabeza... Inglaterra y su iglesia necesitaban una piedra angular de prestigio evangélico en que fundar su legitimidad sacra.
Aunque el nombre de Bron adoptase a veces el maquillaje bíblico de "Hebrón", Nutt señala su parecido con Bran, que es como se llama una figura importante (o varias) de la mitología celta. El Bran irlandés es un navegante, como Bron, que viaja por distintas tierras fantásticas, se encuentra con Manannán mac Lir, el dios marino y vive un largo tiempo en la Tierra de las Mujeres (que no deja de recordar a la aventura del Castillo de las Mujeres donde para Galván en la Demanda). El Bran galés, Bendigeit Vran, Bran el Bendito, es según un antiguo texto hijo de Llyr (que es el Ler irlandés, padre de Manannán) y evangelizador de Britania (lo mismo que el Bron de Boron). También, por cierto, hermano de Branwen, heroína tocaya de la criada algo torpe de Isolda que confunde los filtros de su ama, la Brangäne de la ópera de Wagner.
Bendigeit Vran  es un gigante que, como Orión, cruza los mares a pie. Al final, muere herido por una lanza envenenada; es decapitado según su propio consejo y su cabeza permanece mucho tiempo viva dando apoyo a su pueblo y asesorándolo. 
También era dueño de un caldero de regeneración al que eran arrojados los guerreros malheridos o muertos y que, hervidos en su vientre, los devolvía sanos y salvos.
Es obvia la presencia de los dos elementos fundamentales de la demanda: la lanza y el recipiente vivífico (ver El santo de los calderos). La lanza que dejó medio muerto o muerto en vida al rey del Castillo del Graal y el Graal de cuya visión se mantiene y sustenta.
El caldero inagotable es imagen del vientre generador, de la tierra fructífera, de la ubre que amamanta. No en vano en la mitología griega Perséfone porta el cuerno de la abundancia y tiene por planta emblemática a la sangrienta granada, cuyo seno encierra un apretado enjambre de innumerables criaturas.
La fuerza de la tierra aúna dos temas diferentes: el de la abundancia y el de la regeneración.
Una tríada irlandesa del siglo IX dice: "Trí aithgine in domuin: brú mná, uth bó, ness gobann" (Tres renacimientos del mundo: vientre de mujer, ubre de vaca, molde de herrero). Lo del vientre y el molde (donde el metal fundido adquiere nueva forma, vida nueva) se entiende más, pero ¿la ubre? La ubre alimenta, pero regenerar...
Stercx, a cuyos estudios me he referido varias veces, explica esta dificultad: en la leche reside (según los antiguos celtas) la energía vital que la mujer transmite mediante la lactancia, de manera que como la tierra, a la vez nutre y regenera. 
Fuerza regeneradora de la primavera y del pecho femenino.
Benno Elkan, Proserpina.
Y como la sangre de que supuestamente se sustenta el feto en el vientre materno. Al fin y al cabo, en la leche la fisiología intuitiva de muchos pueblos no ve otra cosa sino sangre purificada por una más larga y mejor cocción (como en el esperma, por cierto: pero, como advierte Sterkx, los celtas intuían una estrecha relación entre la base de la cabeza y los testículos, probablemente unidos una y otros por el conducto de la médula espinal, en la generación y transmisión de la energía vital).
Y así resulta que el Castillo del Graal o del Rey Pescador, o el de las Mujeres visitado por Galván, son todos moradas del Más allá, del mundo de los muertos. A veces, señala Nutt, habitado por doncellas-cisne (que, como diría Gimbutas, son figura de la diosa-pájaro, símbolo de la eterna renovación del cosmos, del ciclo de muerte y resurrección ya que los cisnes se van cada año para regresar infaliblemente al año siguiente...)
Los muertos son los mudos, por eso su encantamiento se rompe hablando, que es precisamente lo que no hace Perceval y por eso pierde su oportunidad. 
Este motivo del silencio inoportuno, causa de que un encantamiento no se deshaga, no es desconocido en el folclore bretón. 
Un motivo extraño es el del pescado, que se repite una y otra vez en este ciclo simbólico de la Demanda. Uno intuye que el episodio evangélico de la multiplicación de los panes y los peces, aun a pesar de sus interpretaciones eucarísticas, el símil del evangelizador como pescador de almas o el pez como símbolo de Cristo no bastan para explicar todo lo que representa esta constelación de imágenes en la leyenda del Graal, especialmente con la figura del Rey Pescador.
Nutt pone en relación a este personaje clave con el druida de la leyenda de la infancia de Fionn mac Cumhail, que se pasó la vida en la inútil "demanda" del Salmón de la Sabiduría (cuando al fin lo pescó, fue para Fionn). De hecho, no faltan faltan paralelos -que Nutt señala- entre las vidas de Perceval y Fionn mac Cumhail, especialmente en sus mocedades.
Por otra parte, la doncella con su graal ante la mesa del rey es estampa evocadora de otra figura bíblica: Salomé con su bandeja preparada para recibir la cabeza cortada del Bautista. 
Con su intuición poética, Valle Inclán las pone en relación en un poema titulado La rosa pánida. La "rosa pánida" es la voz de la energía erótica del cosmos, en que se unen el aspecto más espiritual y elevado y el más instintivo y carnal:
"¡Flor de Herodías
y del Grial!"
Degollación de San Juan, Maestro de Cubells. Salomé con la bandeja
preparada.Según la tradición, el verdugo fue un irlandés, Mog Roith.
Karl Simrock, el erudito poeta alemán del siglo XIX, muy reacio por cierto a reconocer elementos célticos en la leyenda del Graal, señalaba la relación entre ambas narraciones. 
Nutt, en cambio, recogiendo este parecido, llamaba la atención sobre la cabeza cortada de Bran. 
La función nutricia y regenerativa de la sangre vertida por San Juan (como precursor de la Pasión) se ve reforzada por el hecho de que Herodías era el nombre que recibía a veces entre los germanos la conductora de la montería nocturna, la misma Venus de Tannhäuser, otras veces conocida como Abundia, lo que vuelve a remitir a Perséfone y su cuerno de Abundancia. Al fin y al cabo Perséfone es mujer de Plutón, el más rico de los dioses.
Perséfone es otra vez el caracter cíclicamente renacido de la naturaleza, el triunfo anual de la primavera...
Por supuesto, nada más fácil para Boron que reinterpretar todos estos símbolos dentro del plan divino de redención de la humanidad.
José de Arimatea es recordado sobre todo como una figura fúnebre, presente en el descendimiento y entierro de Cristo. Como guardián del Graal o de la sangre derramada en la Cruz se convierte en fuente de vida y renovación cósmica.
Su festividad se celebra el 17 de marzo.