miércoles, 17 de julio de 2013

Un experto en el trasmundo y unas reliquias asendereadas

Hace días que debía haber sido publicada esta entrada; los duendes del despiste han hecho que se quedase escondida en el seno del blog y ahora sale con retraso y con una ñapa de compensación.
Asegura el antiguo erudito François Duine, estudioso de los santos de la Domnonia (es decir la parte septentrional de la Bretaña al oeste de Léon) que los bretones identifican a San Suliac (ver La inversión de los pollinos) con San Turiaf, que es el mismo al que los galeses conocen como San Tyssilio.
De San Turiaf existía una vida antigua, conservada en San Germán de los Prados de París, que era la que habían recogido las Acta sanctorum, más tarde ampliada retóricamente por algún clérigo, a decir de Duine, lenguaz y cansino. A fuerza de cansar bibliotecas eclesiásticas, Duine dio en Clermont-Ferrand con otra biografía del santo, que según todos los indicios se remonta al siglo IX.
San Tyssilio era galés, hijo del rey Brochmael de Powys. De Turiaf, sin embargo, dice su vida que era armoricano, del Poutrécoët: vasto territorio de la Bretaña que se extendía desde cerca de Rennes hasta Rostrenen ocupando una amplia franja de las tierras interiores o Arcoat, "el bosque". Su padre se llamaba Leilliau y su madre Matgeen, campesinos acomodados.
Según la vida parisina, cuando fue algo mayor, espontáneamente, abandonó a sus padres y su futura herencia, no desdeñable y se lanzó a los caminos sin rumbo ni otro propósito que el de servir a Dios. Un día, estando cerca de la ciudad de Dol, un paseante se lo encontró durmiendo tranquilamente.
James Thornhill, El sueño de Jacob (detalle).
No sé por qué me recuerda este episodio al comienzo de El licenciado Vidriera...
-¿Qué haces ahí tumbadazo? ¿No tienes oficio?
-Pues... No, señor.
-¿Quieres hacer para mí de vaquero? Pago lo que se acostumbra...
-¿Por qué no? Yo no quiero más paga que aprender las letras...
¡Otro parecido con la novela de Cervantes, donde el futuro Vidriera asienta con su amo "por sólo que le diese estudios"...
Ya hemos visto muchas veces que este oficio de pastor frecuentemente es antesala de la santidad, acaso por el mucho tiempo que deja al hombre a solas consigo mismo, sin que le falte tiempo para meditar. El hagiógrafo dice que se trataba de una prefiguración, ya que Turiaf habría de ser gran pastor de hombres... También Tomás Rodaja, el futuro chalado cervantino, dijo a los que iban a ser sus amos aquello de que "de los hombres se hacen los obispos", y quién sabe si no hubiera acabado él así de no cruzársele la fatal "mujer de todo rumbo y manejo"... 
En todo caso, el joven Turiaf recibió unas tablillas de estudiante y mostró gran talento para aprender por sí solo las letras y la gramática; después, destacó también en la música (tenía una voz preciosa), tanto que llamó la atención del obispo de Dol, que lo animó a hacerse sacerdote y religioso y hasta lo adoptó como hijo...
En la versión de Clermont-Ferrand, el pequeño Turiaf hacía de pastor por cuenta de sus padres cuando se le apareció un ángel:
-Turiaf, déjate de rebaños, que eso no es para ti. Vete al monasterio de Ballon y que te enseñen las letras.
Abandonando el ganado a su suerte, Turiaf corrió adonde estaba su padre y le pidió licencia para ir a estudiar.
-Ya tenía yo, hijo -se apresuró a contestarle- la intención de mandarte, porque el ángel me ha venido también a mí con el mismo recado.
Turiaf era menudo de cuerpo -dice la vida de Clermont-, pero de noble mirada, de bello y augusto semblante, de blanca tez, de manos finas y dedos largos. Joven de buenas costumbres, de expresión modesta, parco en el comer (no probaba la carne y apenas el vino), sobrio en el vestir, ahorrativo para sí, largo en hacer caridad, estudioso hasta pasarse largas noches en vela y de lágrima abundante y frecuente, señal de santidad.
Vino a morir el obispo (Wurwal según Clermont, Tigernmayl según la la vida de París; nombres distintos, pero de significado parecido: "Superseñor" aquél, "Señor príncipe" éste) y el clero reunido en sínodo lo aclamó por sucesor.
Fueron muchísimas las curaciones milagrosas que hizo, devolviendo el movimiento a paralíticos, el habla a mudos, la vista a ciegos, la razón a locos y la vida a difuntos (hasta tres muertos resucitó, según la vida parisina). Y, a decir de la vida, hasta el que se llegaba  a él estando sano, se iba mucho mejor de lo que había venido. Muchísimas veces hizo brotar manantiales hincando el cuento de su báculo en el suelo. 
El cariño que le tenían los fieles era tal que se sentían en su ausencia -dice la vita con símil psicoanalítico- como un niño si lo quitan de la teta (sicut tristatur parvulus subtractus ab uberibus). Y es que como en la Bretaña de la época la autoridad del obispo iba mucho más allá de lo puramente religioso (lo que era causa de constantes tensiones entre nobles y reyes por un lado y abades y obispos por otro), las gentes veían en él un señor que despertaba los sentimientos contrarios de ternura y terror (tampoco hace falta ser psicoanalista para reconocer a la figura paterna). 
San Turiaf hubo de vérselas con el poder de los nobles. El célebre príncipe Riwallon, por ejemplo, lo hizo víctima de sus correrías y le quemó algún monasterio.
Riwallon fue un señor muy famoso, de cuya estirpe dicen descender algunas de las más linajudas familias bretonas, como los Rohan y los Chateaubriand.
Indignado, San Turiaf se encaminó a pie con doce de sus monjes a presencia del príncipe. Riwallon, al oír que el obispo venía indefenso y a pie, se aterrorizó ante tamaña osadía.
El encuentro se produjo en el lugar llamado Camfrut, que quiere decir Río de Muchas Vueltas.
-Señor obispo, ¿cómo a pie ante nosotros?
-Sacrílego, impío, malísima persona: ¿cómo te atreves a incendiar el monasterio de san Maoco? ¿Tú no ves, salvaje, que eso es como si molieses e hicieses harina el mismísimo brazo incorrupto de San Sansón? 
-No te pongas así -dijo temblando-. Por cada cosa que haya roto repondré siete. Lo prometo. Pero que Dios me dé vida para cumplirlo.
-Muy astuto eres tú. Pero con Dios no valen tahurerías. ¿Y si te mueres mañana? ¡Vas de patas al Infierno!
En ese momento, para sorpresa de todos, bajó una paloma blanca del cielo y posándose en el hombro de Turiaf le metió el pico en la oreja.
-¡Mira! Me dice este pajarito que, ya que todo lo vas a restituir multiplicado por siete, siete años de vida se te conceden.
-¿Ah, sí? ¿Y qué pajarraco es ése que tanto sabe?
-Ese pajarraco es el arcángel San Miguel, ¡Abombado! Y tú sigue haciéndote el gracioso: ya verás lo que consigues.
La paloma se perdió volando en los cielos, dejando perplejo y arrepentido al tirano.
En el incendio de ese monasterio de San Maoco sucedió un milagro singular. Toda la biblioteca del convento estaba hecha un globo de fuego cuando un evangeliario, intacto, salió volando por encima de las llamas, aleteando con sus hojas como un ave, y se mantuvo en vuelo mientras duró el incendio, aplacado el cual se fue a posar en el huerto de los monjes.
Allí se acercó a husmear un zorro hambriento y no tardó en despertarse en él  vivo interés por las letras evangélicas: no por aprenderlas, sino por masticarlas (con estas palabras lo dice la vida). Pero -prosigue el texto-, quieras que no aprendió en ellas la ciencia de la muerte. Porque fue todo uno hincarle el colmillo al volumen y estirar la pata el sacrílego zorro, como uno de los frailes de El nombre de la rosa
Zorro muerto. Mosaico del siglo XIII.
Cuando fue hallado el libro en las fauces del pobre bicho, los monjes lo recuperaron con veneración y les servía pata el juicio de Dios: quienquiera que juraba en falso sobre él, sufría la misma suerte del zorro famélico. 
Solía recorrer su diócesis predicando y allí donde se detenía era su costumbre sacar de la tierra seca algún manantial.
San Turiaf llegó al río Rance, a cuyas orillas lo esperaba una muchedumbre de fieles ávida de sus palabras. El santo empezó a predicar. El caudal del río iba creciendo y los clérigos que acompañaban al obispo se iban poniendo cada vez más nerviosos y le metían prisa, porque todo hacía temer que la riada acabase por impedirles el paso.
-No seáis pelmazos y dejadme terminar. ¿No veis que esta gente ha venido de muy lejos para oír la palabra de Dios? Plantad ese báculo en el río y tened por seguro que el agua no se atreve a cubrirlo.
Y sucedió que las aguas se retiraron y se pudo hincar el báculo en el centro del cauce. El santo terminó su sermón y atravesó con los suyos vadeando, como un nuevo Moisés. Llegado a la otra orilla:
-¡Vosotros! ¡Apartaos, que en el momento que quite el báculo las aguas van a volver por todo lo suyo!
Y al salir el báculo de la arena del lecho, las aguas reprimidas se abalanzaron con furia desbordando el cauce, como sale el toro del toril.
Una tarde de gran calor, los que habían acudido a oírle se morían de sed y le pedían agua.
Dio a uno de sus monjes el báculo:
-Mira a ver si ves por ahí tres matas de juncos, y planta el báculo en medio; saldrá una fuente de agua muy rica.
Así se hizo. Pero a la mañana siguiente lo que tenían los fieles era hambre. El santo dijo al mismo monje:
-Vete a la fuente de ayer y verás en el agua tres pececillos. Los coges, que se dejarán. Tráelos que son el desayuno.
Y con aquellos tres peces dio de comer a la muchedumbre. Este milagro se repetió por tres días consecutivos.
Entre los fieles que venían a escucharlo había uno muy enfermo una vez. Se le antojaron fresas.
-Mirad que puede ser mi último deseo. Id a Turiaf a ver si es capaz de darme el capricho.
-¿Fresas? -dijo el obispo cuando le fueron con el antojo- ¿En enero? Pero ¿qué se ha creído vuestro pariente que soy yo? ¿Mago? ¿Y no podía pedir algo normal, como ponerse bueno? Andad, id en buen hora y decidle que voy a rezar por su salud. Pero lo que son fresas...
Anocheciendo, paseaba San Turiaf cuando vio entre unas matas, no fresas, sino una fresa: pero una fresa enorme, gigantesca, como un melón. La cogió y se la mandó al enfermo.
-Que ya puede morirse a gusto, que otra fresa como ésta no la iba a catar así viviese mil años.
Pero en cuanto le hincó el diente a la fruta prodigiosa, no se sabe si del gusto o de que estaba bendecida por San Turiaf, recuperó además la salud.
-¡Mirad, mirad! -exclamó otro día de pronto ante la multitud- ¿No lo veis? ¡Los cielos se han abierto y he aquí a los ángeles portadores del Arca de la Alianza! ¿No veis a Dios padre en su trono y Jesucristo sentado a su diestra, que vienen como jueces?
Pero la visión desapareció.
-¡Que labren una gran cruz de madera y la erijan aquí, en memoria de esta señaladísima visión y maravilla del Señor!
Cosa extraña, el santo mandó plantar también junto a la cruz un roble conmemorativo que alzaba sus ramas sagradas junto al otro monumento cuando se redactó la vita. ¡Qué singular coexistencia del culto a los árboles, de aspecto pagano, y del culto a la Cruz!
El roble, árbol sagrado de los celtas. Bosque druídico, ilustración romántica (1845).
La vita de Clermont no menciona este roble y dice que la cruz era de piedra y que acudían a ella los enfermos para sanar de la calentura.
En todo caso, Turiaf solía predicar a la sombra de un roble, y mientras lo hacía a veces bajaba una paloma blanca y se posaba en una de las ramas más altas. Cuando terminaba el sermón, la paloma se iba volando. Después el roble se taló y con él hicieron una viga y de ella un altar, que tiene la virtud de sanar a los enfermos.
Esto sucedía -dice la vita de Clermont- en tiempos del buen rey Gradlon el Grande. 
Lo cierto es que eso no puede ser porque Gradlon, si es que existió, vivó a finales del siglo IV y la diócesis de Dol no la fundó San Sansón hasta el VI. Por lo demás San Turiaf debió de vivir en el VIII o el IX.
-¡Turiaf, Turiaf! -le dijo otra vez otro ángel- ¡Es voluntad de Dios que levantes una iglesia a San Pedro a orillas del río Oust!
El río Oust cerca de la abadía de Ballon.
Turiaf obedeció. Se alquilaron carros, se adquirieron herramientas, se reunieron obreros y se puso la cuadrilla en marcha con entusiasmo. Por el camino se cruzaron con otro cortejo, mucho menos animado ya que era la comitiva fúnebre de una doncella, Meldoc hija de Quoidwal, que llevaban a enterrar. La madre de la difunta, que vio de lejos a San Turiaf, acudió a todo correr a postrarse a sus pies.
-¡Sólo te pido que eches una bendición al cuerpo de mi hija! ¡Mi única hija!
El santo empezó a verter abundantes lágrimas, pues no podía ver a un desdichado llorando sin romper él a llorar a su vez. Se arrojó al suelo, donde quedó en éxtasis (motu spiritu, es decir que su alma se había ido a otro lado, dejando abandonado como un trozo de carne su cuerpo: esta expresión choca extraordinariamente al comentador bolandista, que la enmienda como si se tratase de un error del copista) hasta que la muchacha volvió a la vida. 
El santo ya sabía dónde había estado ella, pero de todos modos Meldoc se lo contó tiempo después:
-Señor Turiaf, por amor tuyo y por tus ruegos el Señor me mandó que volviese a este siglo. Desde entonces no he tomado más alimento que la comunión y un poco de leche.
(El estudioso Duine, extrañado por este detalle de la leche, alimento por cierto de tanta carga simbólica, se pregunta si no estaremos ante el vestigio de alguna antigua herejía céltica... Los estudios de Sterckx han demostrado la importancia simbólica que tenía la leche, entre los britanos, como vehículo de la energía vital entre las generaciones).
El rey Gradlon la mandó llamar para saber de sus labios lo que había visto.
-Rey Gradlon, he visto un trono que te tienen preparado en el Infierno; he visto en cambio un trono preparado en el Cielo para Constantino de Cornualles, hijo de Paterno (ver El penitente voraz). Si tú te portas como él, también tendrás su misma suerte. Donde no...
Los reyes no se libran. Escultura gótica. Catedral de Reims.
Turiaf gozaba una visión sobrenatural de lo que pasaba en el otro mundo. Advertía a veces a los monjes: 
-Rezad por el hermano Fulano, que acaba de morir en este momento.
Una vez, quedó sobrecogido:
-¡Oh, hermanos, ayudadme! Mi amigo Gereint, que vive del otro lado del mar, en Britania, acaba de morir. Los ángeles lo llevan al Cielo, pero los demonios van detrás de ellos en su alcance, pisándoles los talones. Recemos todos.
A medida que rezaban, los demonios perdían terreno hasta que tuvieron que renunciar a su presa.
Después, se envió recado a Britania a averiguar qué se sabía del caso y se halló que Gereint había muerto a la vez que Turiaf tenía la visión.
Por eso, cuando le llegó la hora, tuvo conocimiento de ello con antelación y se lo dijo a su confesor, San Budogán.
-Estoy muy preocupado. Sé que me voy a morir pero lo que no puedo saber y me tiene muy preocupado, a pesar de todos los esfuerzos que he hecho en mi vida para ganarme el Paraíso, es si me voy a salvar o no. Eso no lo puede saber nadie por santo que sea.
-Una obra muy buena que da muchos puntos es ganar un alma para el Cielo. ¿Por qué no me llevas contigo?
-¿Y tú querrías?
-De cabeza.
Volvió al monasterio y estuvo un año preparándose a bien morir. Se despidió familiarmente de todos sus monjes y falleció. Los frailes tocaron las campanas de Dol y lo enterraron en la iglesia de Santa María, actual catedral. A la vez, en su monasterio de Lisbican o Inisbican (Fuerte Chico o Isla Chica, que se duda el nombre), moría San Budogan.
La fiesta de San Turiaf se celebra el 13 de Julio, día en que las Acta sanctorum recogen el manuscrito de saint-Germain-des Prés de su vida.
Vaya ahora la propina hagiográfica.
No hace muchos días (ver Los sueños de San Gobán) hablaba de los primeros misioneros irlandeses en tierras del norte de Francia y Flandes, de San Fursa, san Faolán y sus compañeros, como el propio San Gobán.
Uno de aquéllos, dicen las crónicas, fue San Fredegando, llamado Fridigand en flamenco y Frégand o Frégaud en francés.
Lo ponen entre aquellos hibernios, principalmente, los hagiógrafos compatriotas suyos, como Colgan. Otros dudan de ese origen, y no sin razón: el nombre de Fredegando no tiene nada de irlandés y sí es típicamente germano. Está atestiguado, de hecho, entre los anglosajones.
Esto da fuerza a quienes sostienen (como la vida suya que recogen las Acta sanctorum) que fue nativo de un país germano, concretamente de Flandes, donde se desarrolló su vida de asceta y evangelizador.
Sin embargo, ante la insistencia de la otra tradición, que lo hace hijo de Irlanda, cabe pensar varias posibilidades: que lo de Fredegando fuese traducción o adaptación de algún nombre irlandés o, por ejemplo, que el santo partiese en misión desde Irlanda pero fuese de nación germana: era frecuente que anglosajones o francos se desplazasen a Irlanda para profundizar sus estudios y progresar en la vida espiritual. Alguno de ellos, estando en Irlanda, sintió la vocación de predicar el evangelio en el Continente.
Si San Fredegando perteneció a aquella compañía de santos a la que también San Gobán, cuando se separaron emocionados en Corbie, se encaminó al Norte y a la costa, donde habitaban los frisones, gente belicosa y cuya conversión acababa de empezar.
San Fredegando se instaló en la población llamada hoy Deurne. Hoy día Deurne es un barrio de Amberes. Pero según la vida y otras fuentes antiguas, en tiempos de San Fredegando el río de Deurne permitía la entrada de grandes barcos; y la ciudad, fortificada,  era mayor y más poblada que la propia Amberes.
Deurne sufrió en la Edad Media las incursiones vikingas, de las que no levantó cabeza. 
En el siglo XVI, era un pueblo tranquilo donde se puso de moda, entre los patricios de Amberes, construirse comfortables y lujosas casas de recreo, de las que alguna subsiste hoy. De aquella misma época data la iglesia de San Fredegando, edificio al parecer de interés pero más visitado a causa de su romántico y melancólico camposanto, embellecido por abundantes esculturas funerales.
Las Acta sanctorum, con su crítico racionalismo contrarreformista, han rechazado por fabulosas, y lo indican explícitamente, muchas de las leyendas que se contaban sobre San Fredegando. Se decía, por ejemplo, que había tenido que vérselas con jayanes que campaban en sus días por la región.
La verdad es que la tradición de esos gigantes está muy arraigada allí. La leyenda refiere que uno de ellos, Druon Antígono, se había apostado en un paso del río Escalda y cobraba un peaje abusivo a los viajeros, hasta que un yerno de Julio César, Silvio Brabo, lo venció y le cortó la mano, que arrojó al río. En este episodio se encuentra una explicación del nombre de la ciudad -Antwerpen-, que provendría de Hand werpen, "arrojar la mano" en flamenco.
La gran estatua de Silvio Brabo con la mano del gigante adorna la plaza mayor de la ciudad.
Otra de las fantasías de que se burlan los comentaristas de las Acta sanctorum es que San Fredegando padeció bajo los hunos, los mismos que martirizaron a Santa Úrsula y su comitiva.
Martirio de Santa Úrsula. Maestro
de la vida de Santa Úrsula, siglo XV.
Naturalmente, esto no casaría con la cronología de San Fursa, muy posterior a la invasión de los hunos. Sí da que pensar que existía la tradición, probablemente mitológica, de una población maléfica en esas regiones medio terrestres medio acuáticas del delta del Escalda y del Rin. Los pantanos, por su caracter ambiguo, que no son ni una cosa ni otra, se han considerado a menudo por distintos pueblos como lugares de tránsito, o por el contrario, tierras de nadie entre este mundo y el mundo sobrenatural.
Otras fuentes sobre San Fredegando nos hablan de arrianos y de sarracenos: éstos nos chocan menos; los sarracenos son los paganos de le épica francesa medieval.
Todo lo que se refiere a San Fredegando es muy confuso. Para algunos fue obispo, lo que niegan los bolandistas. Para otros fue monje benedictino y fundador de la abadía de Kerkelodoor. Se cuenta que fue amigo de otros dos grandes santos de la región, San Rumoldo y San Gomaro, con los cuales pasaba largos ratos de conversación espiritual; pero que siendo mucho mayor que ellos, murió también antes. Es cierto, dicen las Acta sanctorum, que en estos relatos medievales "no es raro inventar coloquios entre distintos santos de todas las épocas".
La vida ofrece el dato de que San Fredegando vivió en tiempos de Pipino; pero no se especifica si era Pipino el Breve, padre de Carlomagno, en el siglo VIII, Pipino de Herstal, en el VII (por el que se inclinan las Acta sanctorum, ya que se menciona su amistad con San Wilibrordo, que vivió por entonces) o incluso su abuelo Pipino de Landen en el siglo VI.
Parco en detalles y episodios de la vida de Fredegando es el texto; no conocemos sus milagros ni sus mortificaciones. Sabemos que dio ejemplo de santa vida y que convirtió a numerosos frisones a la fe de Cristo.
A la muerte de San Fredegando su cuerpo fue conservado con gran veneración en Deurne durante siglos. Llegaron las espantosas incursiones vikingas, flagelo con que Dios castigaba los pecados de los pueblos que las padecían. Deurne no se libró del asedio de los hombres del Norte.
-Es cuestión de tiempo -se dijeron los vecinos- que los bárbaros entren la ciudad. A toda costa tenemos que salvar de su furia sacrílega el cuerpo del santo.
-Sí; saquémoslo, pongámoslo en salvo.
Lo que no sabían los lugareños era que aquella reliquia era la última y eficacísima protección de la ciudad, la fuerza sagrada que contenía y tornaba impotente la furia vikinga. Dios, padre severo en su benevolencia, quería aplicar el duro, pero salutífero escarmiento a los pecadores de Deurne: por eso les inspiró la piadosa idea de resguardar a San Fredegando. Y en el momento en que los santos despojos cruzaron las puertas de la ciudad, se abatieron sobre ella los vikingos no dejando piedra sobre piedra, pasando a cuchillo a la mitad de la población y reduciendo a esclavitud a la otra mitad.
El culto a las reliquias de San Fredegando perduró durante toda la Edad Media, pero fue al final de ella, en tiempos del emperador Maximiliano I, cuando adquirió nuevo esplendor y popularidad, debido a una gran pestilencia que azotó a Amberes y su región. No sabiendo ya la gente a qué santo encomendarse, se recurrió a Fredegando y fue su intercesión la que acabó con la epidemia. Desde entonces creció su fama de santo sanador, especialmente de las enfermedades contagiosas y de la calentura. Su cuerpo estaba custodiado entonces en Moustier sur Sambre, cerca de la ciudad de Namur -o Namurco según dicen nuestros autores del siglo XVI-, en el gran convento de canonesas regulares que da nombre a la ciudad.
Antoine Caron, Quema de imágenes y reliquias por los calvinistas en Lyon.
Llegaron las convulsiones religiosas del siglo XVI y el celo de los reformados se desató en furia contra las imágenes y reliquias. Y, como dice Antonio de Yepes en la crónica de la orden benedictina (año 648), "con entradas de franceses, queriendo los naturales esconder su cuerpo, le han perdido y no se sabe ni hay memoria de dónde estén sus santas reliquias".
En todo caso, la festividad de San Fredegando se celebra el 17 de julio.

miércoles, 3 de julio de 2013

El sueño de Máximo y la pesadilla de Vortigerno


En el siglo VI, después de que las guerras con Justiniano dieran fin al poder de los godos en Italia, un nuevo pueblo germánico, los longobardos, irrumpió en ella creando una monarquía y multitud de pequeños estados.
Es poco lo que se sabe de los longobardos antes de su entrada en Italia. Paulo Diácono, ya en el ocaso de la dominación longobarda, escribió su historia, libro de amenísima lectura, inspirándose en fuentes perdidas hoy en gran parte. 
Parece ser que el solar de los longobardos estuvo al sur de Escandinavia, junto a la desembocadura del río Elba. Eran vecinos de los sajones. Se dedicaban a la agricultura, eran muy devotos de Odín, el dios barbudo al que acaso deban su gentilicio. Paulo Diácono le da otra explicación legendaria: habiendo de combatir contra un enemigo muy superior en número, los longobardos, aún no llamados así, recurrieron a la estratagema de que sus mujeres se atasen las trenzas debajo de la barbilla, para ser confundidas de lejos con guerreros barbudos. La treta tuvo éxito y los enemigos cedieron el campo. 
Astucia de las mujeres longobardas. Ilustración de principios del siglo XX.
Parece que hablaban un idioma que evolucionaría de modo muy parecido al alto alemán. De hecho, hay quien piensa que un par de dialectos alemanes del Norte de Italia son vestigios de la lengua de los longobardos.
En los primeros siglos de nuestra era, iniciaron la migración que los llevaría, Elba arriba y con algunas vueltas y desvíos, hasta Italia. En su camino, se forjaron como pueblo guerrero viéndoselas con vecinos hostiles, como los hunos, que los tuvieron sometidos durante algún tiempo.
Antes de que las agotadoras luchas entre godos y bizantinos les diesen la oportunidad de hacerse con Italia, los longobardos habían permanecido largo tiempo asentados en la Panonia, provincia de la cuenca del Danubio que se extendía por lo que hoy es el Norte de Serbia y Croacia. 
Por allí estarían cuando San Patricio emprendió la evangelización de Irlanda.
Todo esto viene a cuento de que una de las hermanas de San Patricio, (Lupatia o Darerca, que en esto no se aclaran las fuentes, pero si fue Darerca fue en segundas nupcias), casó con un longobardo -un longobardo de Letha, para ser más precisos-, llamado, al parecer, Conis (salvo que Conis fuese el primer marido, a veces mencionado como Chonas) cuando era pagano y que, al bautizarse, adoptó el nombre latino de Restituto. 
Este matrimonio es importante porque tuvo muchos hijos, varones y niñas, los Macu Baird ("hijos del longobardo"), obispos y santos casi todos, de los que el más famoso es probablemente San Sechnall.
Como no hay trazas de que la familia de San Patricio visitase la Panonia y como por otro lado Letha es la palabra que en la Edad Media designaba en irlandés a la Bretaña y la costa atlántica de Galia, donde no se sabe que hubiese longobardos en el siglo V, se ha supuesto que todo lo de este matrimonio es una lucubración tardía. Baring-Gould, por su parte, supone que los Uí Baird (es decir, los Macu Baird) eran un antiguo pueblo de Bretaña, antepasado de los modernos Bigouden (en el Suroeste de la Cornualla) a los que se atribuía un origen racial mongoloide. Con los calmucos, concretamente, los relaciona Baring-Gould.
Tipos "bigouden" a principios del siglo XIX. La altísima cofia hoy
característica del traje femenino bigouden no se empezó a llevar
hasta el siglo XX. 
Esta idea peregrina procedía de la creencia en que la raza amarilla había precedido en Europa a la raza blanca, dejando como vestigios a los fineses, lapones y otros pueblos dispersos acá y allá. También en Galicia Martínez Murguía creía reconocer en algunos tipos humanos los descendientes de aquella primitivísima población. 
Charles Le Goffic, poeta bretón de finales del siglo XIX y principios del XX, escribió el poema Les bigoudèns, haciéndose eco de esta creencia del origen oriental de los bigouden. Lo traigo a cuento porque casualmente me ha venido ahora a la mano. Le Goffic, a decir verdad, no es un gran admirador de la belleza de los y las bigouden, gentes según él "de ojos vagamente tibetanos", caras chatas y sin relieve, cráneos estrechos, pecho liso (las mujeres) y cuerpo rudo y basto. Sólo se salvan la tez nacarada y las negras cabelleras de reflejos azulados. 
En la cofia de las bigouden ve una representación del falo, lo que podría ser cierto a tenor de lo afirmado por Julio Caro Baroja sobre el tocado de las vizcaínas. Pero Le Goffic se expresa de una manera extraña:
"Et [c'est] lui" -dice-: "lui" es "el viejo Oriente fatalista estancado en sus estrechos cráneos",
"Et lui qui sur le front de nacre
des vierges encor dans l'avril,
plante l'obscène simulacre
d'un minuscule nerf viril"...
Evolución de la cofia bigouden: de 1907 (Lucien Simon, Recogida de la patata)...
Nervio ya es sinécdoque atrevida, pero minúsculo ¿por qué? Debe de ser alguna fantasía racista del poeta...
...a los años cuarenta (plato propagandístico del gobierno de Vichy,
cerámica de Quimper).
Según él, los bigouden descendían de algunos supervivientes de los hunos derrotados en Galia, que buscaron refugio en las remotas tierras del Finisterre cornuallés.
Mal cuadra esto con la teoría de Baring-Gould, porque entonces resultaría que los Macu Baird serían unos recién llegados a Armórica en tiempos de San Patricio, que fue contemporáneo de Atila. 
Antepasados de los bigouden, según Le Goffic. Las hordas de Atila invadiendo Italia, por Delacroix.
El erudito Alfred Anscombe, en un artículo de 1908, sugiere que  el letha de los Macu Baird se refiere no a una región -Letavia, es decir Bretaña- sino a los laeti, bárbaros que recibían del Imperio Romano un terreno para asentarse; no sería imposible -apunta- que hubiesen existido asentamientos así de longobardos en las costas de Galia, donde se confiaba a contingentes extranjeros la protección del tráfico marítimo del Canal de la Mancha, o en la propia Britania, siempre expuesta a incursiones hostiles y a trastornos internos que requerían la frecuente presencia de refuerzos.
Otro de los hijos de Restituto fue San Mogornón o Mogormán. Restándole al nombre el prefijo cariñoso mo-, queda Gormán, en que los tratadistas irlandeses vieron una adaptación gaélica del latín Germanus. Germanus era nombre frecuente y que llevaron varios santos: entre los más influyentes en el nacimiento y desarrollo de la cristiandad irlandesa San Germán de Auxerre, al que la tradición (muy antigua: ya desde la Vida de San Patricio de Muirchú en el siglo VII) conoce como maestro y aun pariente de San Patricio. Varios de estos Germanes se entremezclan y se confunden en la leyenda. De la vida de San Germán de Auxerre, que además de obispo y teólogo fue un político y militar de la mayor importancia (En Britania no sólo estuvo combatiendo a los pelagianos en la controversia teológica, sino también a los sajones en el campo de batalla), se desprende que Galia y Britania estaban estrechamente relacionadas en su época (aunque la administración imperial romana se había retirado de la isla) y que el Canal de la Mancha no era una frontera sino un lugar de paso entre dos partes de la misma entidad cultural y política: lo que explica la importancia de mantenerlo abierto y seguro.
De la familia del propio San Patricio dicen algunas fuentes que estaba repartida en ambas orillas del Canal. 
Sin embargo, es difícil que San Germán de Auxerre, maestro de varios santos, como San Brioc, San Iltudio y San Patricio, fuese el mismo Mogormán sobrino del Apóstol de Irlanda. Baring-Gould sostiene que el Germán maestro de San Brioc sí era el hijo de Darerca; sin embargo, su discípulo Patricio no era el evangelizador de Irlanda, sino un sobrino y tocayo de aquél, hijo de su hermano el diácono Sannan. Este Germano habría acompañado a San Patricio a Irlanda y a su regreso habría partido de Wexford (Loch Garmán -el Lago de Germán- en irlandés) rumbo a las colonias irlandesas en Gales y de ahí a la Galia, donde habría ejercido su magisterio.
La sospecha del origen bigouden de San Germán le viene a Baring-Gould de lo muy extendida que está la devoción a San Germán y a sus discípulos por aquellas tierras del suroeste cornuallés. 
San Germán, patrón de Pleyben, Cornualla (Bretaña).
Siempre según Baring-Gould, este Germán (distinto del de Auxerre, pues) viajó también a Britania donde se encontró con su tío San Patricio hacia el año 460. Se lee en la Vida de Santa Ninoc, en el cartulario de Quimperlé, que Germán había sido enviado por su tío San Patricio en misión al reino de Brychan Brycheiniog, en el actual País de Gales, y que allí fue el encargado de la delicada mediación entre el rey y su hija la princesa Ninoc. Pues aquél quería casarla con algún príncipe de sangre real y ésta pretendía (como hizo al fin) pasar a Bretaña y dedicarse allí a servir a Dios.
Es de este San Germán armoricano, hijo de Darerca del que (según Baring-Gould) habla con cierta extensión y de modo un tanto confuso la Historia Brittonum, del siglo IX. 
El compilador de la Historia Brittonum se basaba en dos fuentes principalmente. Una era la Vita beati Germani, biografía de San Germán de Auxerre escrita por Constancio de Lyon a instancias de Paciente, obispo de la misma ciudad y amigo de San Fausto de Riez, detalle de cierta importancia según se verá. Otra, siempre según el mismo Baring-Gould, era una vida, hoy perdida, del otro San Germán, el sobrino de Patricio. La Historia Brittonum los mezcla y los confunde.
Cuenta la Historia Brittonum que llegó a oídos del santo la mala fama de un tirano llamado Benlli -Benlli Gawr, Benlli el Gigante, según la tradición- y que Germán acudió a su corte con un puñado de monjes a predicarle. Benlli les negó la entrada en la ciudad y uno de sus criados, que vivía extramuros, acudió a saludarlos haciéndoles gran honra, por su propia cuenta, y les dio cobijo por aquella noche.
Se trataba de un portero (portarius), per Baring-Gould supone que este detalle puede proceder de un error de lectura y el texto original decir porcarius, "porquero". En varios relatos medievales insulares o bretones es el porquero, personaje singular y mágico en las leyendas celtas, el que cumple esta función de información e introducción ante el rey.
-Amigos, no tengo más que una vaca con su ternera; pero por tan nobles huéspedes no me duele ningún sacrificio. ¡Que maten la ternera para la cena!
-Un detalle que te honra -le dijo el santo.
Y a continuación ordenó a los de su séquito: 
-Comed todo lo que queráis, pero tened buen cuidado de no estropear los huesos, que me hacen falta para una cosa.
Así lo hicieron, y a la mañana siguiente vieron con asombro y alegría que la ternera, viva y coleando, jugaba junto a la madre en su pradito.
Aunque el libro no lo dice explícitamente, es obvio que se trata del difundidísimo milagro chamánico de la reconstrucción de un cuerpo a partir de su esqueleto y piel (ver San Fingar y setecientos setenta mártires) al que dedica tanta atención Ginzburg en Historia nocturna.
Alboreaba. Se pusieron a rezar ante las murallas, rogando al Cielo que el tirano les franquease la entrada, cuando vieron venir a un hombre bañado en sudor, que cayó de hinojos ante ellos.
-¿Qué quieres de nosotros?
-¡El bautismo!
-¿Crees acaso en Dios Uno y Trino?
-Por supuesto.
-Pues ven: yo te bautizo en Su nombre.
-¡Qué júbilo, qué felicidad!
-Y aún no sabes lo mejor: que antes de una hora vas a reunirte con Él.
-Vaya.
-Ya están los ángeles (puedo verlos) revoloteando en los cielos a la espera de tu llegada. ¡Menuda recepción te tienen preparada! ¿No te alegras?
-Es que me pilla así un poco de sopetón... ¡A lo mejor te estás confundiendo! Bueno, me voy, que se me hace tarde...
Al cruzar la puerta, lo agarraron los sayones de Benlli.
-¿De dónde vienes tú, turista? ¿De paseo?
-No, yo...
-¿Se nos han pegado las sábanas? ¿Hemos tenido una nochecita agitada?
-Es que...
-¿Tú no sabes lo que está mandado, que en cuanto sale el sol tiene que estar todo el mundo a su trabajo, pena de la vida, que aquí no se mantienen vagos?
- Sí; si yo...
-Venga, que le corten la cabeza aquí al diletante; lleváoslo.
-¡Cómo se las gasta este Benlli! -pensó San Germán.
Allí estuvo todo el día rezando con sus monjes sin que nadie viniese a abrirle la puerta; y era que el tirano, poco amigo de sermones, tenía dada orden de que no le dejasen entrar así se pasase veinte años al pie de las murallas.
Llegada la noche, volvieron a la casa de aquel hombre hospitalario.
-¿Tienes familia en la ciudad? -le preguntó Germán.
-Bastante: nueve hijos.
-Pues tráetelos; y si tienes algún amigo, tráetelo también.
Estaban los monjes y los allegados de su huésped reunidos, de sobremesa, cuando de repente una inmensa bola de fuego se abatió sobre la ciudad, haciéndola cenizas en un abrir y cerrar de ojos con toda la gente que tenía dentro. Los amigos, salvados de la quema, estaban con los pelos de punta.
-Si es que tenía que pasar una cosa así.
-Estaba visto.
San Germán bautizó a aquellos paganos buenos, imponiendo al dueño de la casa el nombre de Catel Drunluc. Catel, que es palabra latina, quiere decir "cachorrillo de perro" y Drunluc, a decir de Baring-Gould, "Puño Negro". Y le anunció:
-Tú serás rey desde ahora: no de la ciudad, que quedará arrasada por los siglos de los siglos, sino del país entero. Y después de ti, reinarán tus descendientes. 
El país era el reino de Powys, en el Este de Gales, y los reyes en cuestión la dinastía Cadelling que permaneció en el trono hasta mediados del siglo IX.
Según otra versión de la leyenda, que nos ha llegado en una crónica tardía, del siglo XVI, la ciudad no fue destruida por el fuego, sino que se la tragó la tierra, apareciendo un lago en su lugar.
Era ésta la época en que el rey britano Vortigerno, según cuenta la leyenda, se enfrentaba a la amenaza de los sajones a los que él mismo había llamado a Britania y que se habían rebelado contra su autoridad. Era el principio de la invasión inglesa. El rey se encontraba en una situación muy delicada e incómoda, ya que estaba profundamente enamorado de su mujer, que era hija de Hengist, el caudillo de los sajones. 
Hengist, suegro de Vortigerno, y Horsa emprenden
la conquista de Britania. Grabado del siglo XVII.
A Vortigerno lo perdía la sensualidad y estaba siempre rodeado de concubinas, una de las cuales era su propia hija, que le acababa de dar un hijo-nieto, llamado Fausto.
San Germán había convocado un sínodo para censurar la conducta escandalosa del rey, pero éste le tenía preparada una teatral sorpresa. Cuando el santo acudió a su presencia, mandó pasar a su hija, que entró con el pequeño en brazos.
-¡Cobarde! ¡Sinvergüenza! -le gritó la princesa a San Germán- ¿No quieres reconocer a tu pobre hijito? ¡Por lo menos míralo! Que no tienes corazón ni lo que hay que tener. ¡Poco hombre!
-Trae acá a ese infeliz, que yo lo criaré bien y no consentiré que le falte nada. Y dadme peine, tijeras y navaja para que le hagamos el primer corte de pelo.
San Germán cogió al niño y le puso en la mano las artes de afeitar que le entregaba un criado.
-¡Anda, rico, dale esos chismes a tu papá para que te corte el pelito! 
La criatura recién nacida tendió los utensilios resueltamente al rey hablando con voz bien clara:
-¡Papá, papá! ¡A cortar pelo, a cortar pelo!
Germán, a pesar de todo, cumplió su promesa; se quedó con el niño y lo educó. Le esperaba un gran futuro, puesto que llegaría a ser el gran asceta, teólogo y santo Fausto de Riez.
Confundido, el rey se dio a la fuga con su corte y serrallo, pero los obispos lo perseguían intentando que se comprometiese a reformarse. Cada vez iba el réprobo buscando refugio en fortalezas más remotas e inaccesibles; pero el tesón de San Germán siempre lo encontraba sin darle tregua. Allá donde estaba Vortigerno, plantaban Germán y los descontentos sus reales orando y ayunando. Eran la prefiguración de los indignados campistas, una verdadera obsesión, una pesadilla para el rey.
Al cabo de varios castillos, la paciencia de Dios se colmó y la última fortaleza fue fulminada por una bocanada de fuego exhalada del cielo. No quedaron huellas del edificio ni mucho menos de ningún ser vivo que hubiese en él. Otros dicen, sin embargo, que el rey pudo huir, único superviviente de la venganza divina, y que se lo tragó la tierra o que vivió vagabundo y miserable, pero impenitente, hasta que le llegó su hora.
Existe otro documento del siglo IX, contemporáneo grosso modo de la Historia Brittonum: la inscripción de la columna de Eliseg. Se trata de una columna de sección elíptica erigida cerca de la ciudad de Llangollen y de la abadía, hoy en ruinas, de Valle Crucis: de hecho, el nombre de la abadía se debe a la columna. 
Ruinas de Valle Crucis. Ilustración de principios del siglo XX para Wales,
de F.-M. Wilmot-Buxton.
La inscripción ya no es legible, pero lo era en parte aún en el siglo XVII, cuando la copió el gran erudito Edward Lhuyd. En ella se declara que el rey Cyngen de Powys erigió el monumento a la memoria de su bisabuelo el rey Elise, restaurador del reino. Su contenido es fundamentalmente genealógico y en ella aparece mencionado el rey Vortigerno y su hijo, "al que bendijo San Germán". Sólo que aquí ya no se llama Fausto (nombre que permite establecer la conexión entre Vortigerno y San Germán, obispo de Auxerre), sino Brydw. No aparece alusión alguna al incesto, como es natural; por el contrario, se identifica a la madre del príncipe, que fue Sevira -es decir, Severa-, hija del rey Máximo, el que mató al rey de los romanos". Información muy curiosa por cuanto se trata de un personaje conocido en las leyendas galesas y bretonas: el emperador de Occidente Magno Máximo, que efectivamente mandó matar al emperador Graciano antes de ser preso y ajusticiado él mismo por Teodosio. Macsen Wledig, el señor Macsen, como se le llama en el relato galés medieval, estaba casado con Elen Llwyddog y era cuñado de Conan Meriadec, al que puso al frente de la Bretaña armoricana, fundándola así como unidad política.
Aquí se difuminan los límites de la Historia, la leyenda y el mito.
Macsen, emperador de Roma, durante una cacería, se quedó dormido y soñó que viajaba a un lejano, desconocido y maravilloso país donde en un fantástico palacio encontraba a la doncella más bella del mundo, sentada frente a un hermoso joven ante un tablero de ajedrez. Era Elen. Ya despierto, emprendió su búsqueda y cuando dio con ella, en Britania, le ofreció hacerla su emperatriz, lo que ella aceptó. 
Jugadores de ajedrez, Francesco di Giorgio Martini, siglo XV.
En cualquier caso, dice la tradición que terminada su labor en Britania San Germán acudió a la llamada de su tío San Patricio, que solicitaba su colaboración en la consolidación de la Iglesia en Irlanda. Según una de las vidas del evangelizador, la de Joscelyn, San Patricio había vivido una temporada en la isla de Man (que por ese motivo había llegado a llamarse isla de San Patricio) y decidió convertirla en diócesis y poner a la cabeza de ella a su sobrino, "hombre sabio y santo". Germán aceptó y, acompañado según se dice por San Brioc, se instaló en la isla, de la que fue primer obispo y donde murió en 474.
La fecha que le está dedicada en man es el 3 de julio; en otros lugares se lo conmemora en días distintos. Este San Germán armoricano, si es que realmente existió (autores de la talla de Joseph Loth no lo creen), ha tenido mala fortuna: en muchos pueblos se ha visto confundido con la figura de su tocayo más famoso, el de Auxerre, y absorbido por ella. La celebridad de San Germán de Auxerre se debe en gran parte a la gran popularidad de la biografía de Constancio de Lyon. Y ésta a que se trataba de una obra de polémica teológica dirigida principalmente contra los arrianos, auspiciada por personajes de la mayor relevancia política en la Galia de su tiempo (finales del siglo V) y cuya razón de ser estaba en su difusión.

lunes, 24 de junio de 2013

Misionero y navegante

...La m'Luóc glan ngeldae,
grian Liss móir de Albae.
Con San Moluóg limpio luciente,
sol  de Lismore de Escocia.

Con estas palabras se refiere el Santoral de Óengus a San Moluóg, nombre por el que es más conocido este santo, cuyo verdadero nombre era Lugaid (derivado del de Lug, dios principal entre los celtas: como Lug era un dios eminentemente solar, el símil encomiástico de Óengus cobra su sentido pleno). Mo- es el posesivo de primera persona y óg el adjetivo que significa "joven", de manera que Moluóg viene a ser "Mi pequeño Lugaid". Óengus especifica que el Lismore de este santo es la isla escocesa, no el Lismore de Irlanda. Lismore, lios mór en irlandés, quiere decir "gran castro", así que no es de extrañar que se repita el topónimo.
La isla de Lismore fue sede episcopal de las Islas, que abarcaba las Hébridas y otras islas del oeste de Escocia.
La isla de Lismore.
Lugaid, Moluóg, Luano o Moloc, que todos estos nombres y otros más recibe, se dice que era descendiente directo de  Fiacha Araide, el legendario ancestro de los Dál nAraidi, pueblo que habitaba en el Ulster, a orillas del lago Neagh, y que pertenecía al grupo de los cruthin. Los cruthin tenían conciencia de ser una gente especial, distinta de los irlandeses propiamente dichos, y se los ha relacionado con los britanos (cruthin es el equivalente gaélico de la palabra britannus) y con los picthe  pero a decir verdad no hay ninguna certeza sobre sus orígenes (ciertamente, los propios pictos son un pueblo del que se sabe muy poco). Lo que sí se puede observar es que siempre tuvieron estos cruthin del Ulster (porque había otros pequeños grupos de cruthin en otras partes de la isla) una particular relación con Escocia.
Algunos estudiosos, escoceses sobre todo, han visto en Moluóg a un picto de Irlanda y se han complacido en comparar su carácter manso y amable con el imperioso y atrabiliario de su contemporáneo San Colum Cille, puramente irlandés.
La vida  de san Moluóg que recogen las Acta sanctorum dice que fue de noble familia y que se crió y educó con San Brendano: no San Brendano el navegante, el de Cluana Ferta o Clonfert, sino San Brendano de Birr, menos célebre en Europa.
No es indiferente que si Lug era protector de los herreros, como de todos los Áes Dána y si a su esfera pertenecía todo lo relativo a la música y al sonido (al igual que sucede con Apolo, su equivalente griego, como ha estudiado en profundidad Bernard Sergent), Lugaid, su casi tocayo, se estrene como taumaturgo con un milagro en que se reúnen uno y otro aspecto.
San Moluóg necesitaba una campana para su iglesia: una campana cuadrada, es decir de boca cuadrangular, como las varias de tiempos muy antiguos que se conservan en las islas Británicas y Bretaña. La campana no era entonces ese instrumento característico de toda iglesia. Es a partir del siglo VII cuando se empiezan a encontrar abundantes testimonios escritos de su presencia. La antigua campana irlandesa no tenía badajo: se la golpeaba con una barra por fuera o se la hacía girar colgada de un eje para que ella batiese contra algún objeto externo. Los misioneros irlandeses la introdujeron en Francia del Norte y Alemania. Las campanas a menudo, en vez de estar vinculadas a lugares o a templos, lo estaban a personas. Pertenecían a un monje, lo acompañaban en sus viajes, o porque él se desplazase con ellas o porque, por propia voluntad, lo seguían por el aire y a través de los mares.  Junto al objeto los monjes trajeron al continente el nombre: clog, que pervive en el inglés clock y en el francés cloche. Para los irlandeses (para todo auténtico cristiano, si creemos al Huysmans de Là-bas) las campanas son mucho más que un instrumento musical; están cargadas de sacralidad, son santas y muchas veces milagrosas.
Total: san Moluóg necesitaba una campana y se fue a encargarla al herrero. Pero el herrero se excusó: no le quedaba ni un puñado de carbón.
-¿No tienes carbón? No importa: prueba con esta brazada de juncos.
-Pero, hombre de Dios, ¿no sabes que la lumbre de los juncos ni dura ni hace brasa ni calienta ni nada? ¿Tú sabes el calor que hace falta para fundir el hierro?
-¿Y qué perdemos con probar?
-Bueno, ¡para que te convenzas por ti mismo!
El herrero echó los juncos a la fragua y milagrosamente comenzaron a arder con un fuego que no se extinguía y a tal temperatura que pronto el hierro se puso al rojo y pudo trabajarse con el martillo. La campana se hizo, pues, y durante muchos siglos se conservó como venerada reliquia.
La llamada Campana de San Patricio, de los primeros
siglos de la cristiandad irlandesa,  se conserva en
este relicario, muy posterior, de finales del siglo XI.
La fama de sus milagros se iba extendiendo y el santo comenzó a inquietarse. Aquello era una tentación diabólica: ¿y si llegaba a envanecerse de ellos?
-Mejor será escapar adonde nadie me conozca.
De manera que se embarcó rumbo al Norte, y pasando mil penalidades en su travesía, alcanzó las costas más septentrionales de Irlanda, donde se rodeó de un grupo de discípulos. Pero seguía persiguiéndolo su renombre.
-Hermanos, hay que hacer borrón y cuenta nueva. Tenemos que pasar el mar y asentarnos entre los lugareños más aislados y cerriles, que no tengan conocimiento de nada fuera de la linde de su pueblo. Es la única manera de huir de ocasiones de pecado.  ¿Vais a venir conmigo?
Todos los monjes quisieron acompañarlo en su peregrinación, pero no faltó el sembrador de cizaña:
-Hermanos: yendo con éste, no tenemos nada que hacer en ninguna parte. Donde vaya hará milagros y se correrán las voces; todo el mundo irá a rogarle a él y para él serán todos los honores, las limosnas y los buenos regalos; y a los demás que nos parta un rayo. Creedme: lo mejor es que lo dejemos abandonado en cualquier isla desierta y empecemos nosotros una vida nueva, pero por nuestra cuenta. Por él no os preocupéis: ¡que se salve con cualquier milagrete de los que tan bien sabe hacer!  
-No: eso sería un crimen. Pero zarpemos nosotros por la noche sin avisarle y cuando se despierte, que nos eche un galgo.
Ése fue el consejo que tomaron y cuando Moluóg amaneció, se encontró solo y sin embarcación en aquella remota playa. Estaba en un peñasco de la orilla, mirando al horizonte por si veía la nave de sus monjes y lamentándose amargamente, cuando sintió que la piedra se movía; y era que sin que él se diese cuenta se había despegado de la costa e iba navegando sobrenaturalmente sobre las olas del mar a tal velocidad que no tardó en tocar tierra en la isla de Lismore, adelantándose a los monjes que le habían dado esquinazo.
De allí no quiso pasar la barca milagrosa, nuevamente convertida en peña, y Moluóg decidió quedarse. La roca, a lo que se dice, se distingue perfectamente por ser de una piedra de la que sólo existe ella en toda la isla. 
Un santo evangelizador en Escocia. ¿San Colum Cille?
Vidriera moderna.
Lismore estaba entonces habitada por unos paganos obstinadísimos en su ceguera, que no hacían el más mínimo caso de la predicación de Moluóg, por más que sudase, se desgañitase y se deshiciese en penitencias y caridades. Al cabo de algún tiempo, reflexionó:
-Estoy queriendo llevarle la contraria a Dios, que bien a las claras me dice cada día que estoy perdiendo el tiempo. Esta obra no me está destinada. 
Y embarcándose de nuevo se dirigió a la abadía de Melrose, donde solicitó al abad que lo acogiese como fraile.
Allí estuvo viviendo unos años, hasta que aquel abad, admirado de la santidad de su vida, le dijo:
-Yo creo que deberías volver a la isla aquella; que te diste por vencido antes de tiempo. 
-Padre, tú no sabes lo que es aquella gente.
-Pero no pueden más que Dios. Tú ve y ten fe.
-Bueno, si es por obediencia...
Moluóg regresó a Lismore y los obstáculos insalvables de la primera vez parecían haberse allanado milagrosamente. La Gracia había tocado el corazón de aquellos paganos empedernidos, que se atropellaban y daban de empujones y codazos para recibir el bautismo. Moluóg, que ya no era ningún joven, comenzó una larga tarea misionera predicando y fundando conventos por toda Escocia, especialmente en la parte oriental, dado que el occidente era terreno ya muy trillado por los monjes dependientes directamente de Irlanda, discípulos de San Columbano, cuyas relaciones con San Moluóg no siempre habían sido muy cordiales.
Como subrayan algunos hagiógrafos, la labor de San Columbano se desarrolló fundamentalmente entre los irlandeses de Escocia y las tribus pictas más en contacto con ellos y bajo su influencia. A estas gentes, los pictos más orientales las miraban con recelo, cuando no con hostilidad.
Con el que sí tuvo mucha amistad en sus últimos días, que fue un largo periodo porque San Moluóg vivió una prolongada vejez, fue con San Bonifacio. Pero éste no era el famoso Bonifacio apóstol en tierras de Alemania y Frisia, sino otro muy venerado en Escocia que se llama San Bonifacio Curitan. Moluóg, a pesar de su ancianidad, sobrevivió a su amigo y quiso ser enterrado junto a él en su iglesia. Sin embargo, otra tradición insiste en que sus restos reposan en Lismore, el primer monasterio que fundó.
Una leyenda pintoresca de San Moluóg se encuentra muy presente en el folclore y sin embargo no aparece en las fuentes escritas tempranas. Se refiere al origen de la rivalidad que existía entre él y San Colum Cille, el otro gran apóstol de los escoceses del Norte. Los textos hagiográficos no ocultan que San Colum Cille tenía un carácter voluntarioso, decidido e irascible: aguantaba mal que le llevasen la contraria y que pusiesen la menor traba a lo que había resuelto, a veces en un impulso.
Una de esas ventoleras estuvo a punto de costarle la vida y le costó efectivamente un exilio doloroso aunque providencial, porque a él se le deben la evangelización (y gaelización) de los pictos y los inicios de la expansión monacal irlandesa en Gran Bretaña, preludio de la gran misión europea de los monjes escotos.
San Colum Cille, desterrado, iba buscando en su barco una isla adecuada para sus planes de oración y evangelización, situada no lejos de la patria pero sí a la suficiente distancia para que las costas de Irlanda no fuesen visibles desde ningún punto de ella. No quería que su dolor se renovase cada día con la visión de las costas añoradas.
Tardó bastante tiempo en ver una que reunía las condiciones y puso proa a ella. No tardó en avistar otro barco como el suyo singlando con el mismo rumbo. Lo tripulaba otro santo como él.
-¡Eh, el de la barca! Hermano, esa isla es para mí. ¡Yo la he visto primero!
-Bueno, hermano: eso lo dices tú.
-Por aquí si hay algo que sobre son islas: búscate otra y que Dios te guíe.
-Pero a mí me gusta precisamente ésa: da esa casualidad.
-Bueno -dijo San Colum Cille- pues que Dios sea nuestro árbitro. El primero que toque tierra, que se la quede y el otro que se la ceda con buen conformar.
-¡De acuerdo!
Sabía San Colum Cille que a su barco no había otro que lo ganase en rapidez.
La isla era Lismore y el otro santo, Moluóg. Y cuando Moluóg se dio cuenta de que tenía la carrera perdida, tomó rápidamente una determinación audaz. Cogió un hacha pequeña y de un golpe se tajó el meñique. Lo cogió y con todas sus fuerzas lo arrojó a la ribera. Como en alas del viento, el dedo recorrió un largo vuelo, porque Dios tenía reservada aquella isla para su dueño, y fue a caer en la orilla. Moluóg había ganado la carrera.
San Colum Cille estaba estupefacto e indignado.
Combate de animales y embarcación. Relieve picto (unas señas interesantes
para los curiosos de la escultura picta:
http://www.pictishstones.org.uk/pictishstones/pictishstoneshome.htm).
-¡Tramposo!
-Nada, nada: yo he tocado tierra primero, con el dedo. 
-¡Maldito seas! ¡Así tengas que calentarte con lumbre de alisos!
-Así sea; ya nos arreglaremos.
-¡Así salgan en tu isla las rocas de canto!
-Bueno, sea todo como Dios quiera.
-Amén... ¡Arrieritos somos!  
Por supuesto, la maldición de San Colum Cille se cumplió. En la isla no había más árboles que alisos: ¡alisos por todas partes!, y ya se sabe lo que dice el refrán: "la leña de aliso ni el Diablo ni Dios la quiso", porque arde mal y echa mucho humo. Sin embargo, los alisos de Lismore, por especial permisión divina (se conoce) arden bien. Y los picachos de la islas, formados por estratos de roca, ofrecen unos senderos naturalmente planos por los que se camina con comodidad.
Toda esta leyenda está llena de elementos que remiten al dios Lug. Pues éste, como Apolo, era dios de los navegantes, y muy especialmente de las rutas marítimas, encargado de que los mareantes llegasen con bien a su destino. Lugaid o Moluóg adopta la función de su modelo divino. Como él, es el que abre caminos, y no en vano elige como sede Lismore, importante nudo de comunicaciones marítimas en su época. Ni tampoco es casual que una de las propiedades maravillosas de la isla se refiera a caminos, y caminos de piedra (siendo las piedras otro de los elementos en que se manifiesta la divinidad apolínea y de Lug). Como éste, vence mediante la astucia y no mediante la fuerza. Hay coincidencias aún más llamativas. Lug es llamado lámhfhada, "mano larga": como señala Sergent, más que mano larga, se trata de la mano que actúa a lo lejos, a distancia (como actúan los rayos del sol: símbolo que se viene fácilmente a la imaginación; así las representaciones del dios egipcio Atón); por eso Apolo es el dios que ataca con arma arrojadiza, ya lanza, ya arco y flechas, que son prolongación de la mano. Aquí, en la leyenda de Moluóg, es la mano misma la que se torna arrojadiza y toca tierra a distancia.
la festividad de San Moluóg se celebra el 25 de junio.

jueves, 20 de junio de 2013

Los sueños de San Gobán

Un libro de gran influencia (influencia comparable a la de la Navegación de San Brendano) en la literatura y en la mentalidad de la gente en la Edad Media fue la Vida de San Fursa. Claro que la influencia es de doble sentido: también la experiencia de San Fursa responde a las inquietudes de su tiempo. Lo que mayor eco dio a la Vida de San Fursa fueron sus viajes en éxtasis al Cielo y al Infierno.
Fursa fue uno de los monjes irlandeses que se establecieron en Inglaterra, fundando su monasterio en Cnobheresburgh, junto a Yarmouth. Mereció así la atención de San Beda el Venerable, que le dedica un capítulo de su Historia ecclesiastica y recomienda la lectura del libro de su vida.
Durante su paso por el Infierno, Fursa quedó un poco chamuscado por el roce con un precito; cuando volvió en sí su piel conservaba la quemadura.
Alma arrastrada por los demonios. Relieve románico.
Jorge Luis Borges se interesa en el artículo La flor de Coleridge en esas pruebas tangibles que se traen a veces de sus expediciones fantásticas, al Paraíso o al futuro, los viajeros. La quemadura de Fursa es paradójica y descolocadora: sabemos que la visita del misionero al Más Allá (como la de su compatriota Cú Chulainn siglos antes) ocurre espiritualmente y mientras su cuerpo yace postrado y como muerto. Es algo semejante a un viaje chamánico. Sin embargo, despierta con la cicatriz, ya indeleble, en su piel material. La visión deja su huella calcada en la realidad sin que por eso una y otra se confundan. Dos planos del universo destiñen uno sobre el otro.
Como tantos otros santos de su tiempo, San Fursa nunca se encontraba satisfecho en su demanda espiritual y esa desazón (esa desazón en que románticamente se ha querido ver un rasgo esencial del alma celta, la "saudade do Alén") lo llevó a probar la vida eremítica y por último a viajar cada vez más allá, convirtiéndose en uno de los pioneros de la misión irlandesa en el Continente.
Pero, en fin, San Fursa tiene su festividad en Enero y no entraba en mis intenciones extenderme sobre este santo.
Cuando San Fursa partió de Irlanda rumbo a Gran Bretaña, lo hizo acompañado de un grupo de seguidores, que serían los monjes de su primer monasterio. 
Aquí se comprende bien cómo la palabra latina monasterium, adaptada al irlandés en la forma muintir, llegó a significar "mesnada", "séquito", y hoy quiere decir "familia" o "conjunto de personas vinculadas a algo". 
Entre aquellos discípulos los había de mayor confianza, como Dicuil y Gobán, que junto a Fullan (hermano de Fursa) se quedaron a la cabeza del monasterio cuando el fundador, acompañado de su otro hermano Ultan, se retiró a vivir como anacoreta.
Gobán era nombre corriente en la antigua Irlanda. El Dictionary of Irish Saints de Pádraig Ó Riain conoce cuatro, entre ellos el semi-mítico arquitecto, Gobhán Saor, que ya ha aparecido en varias de estas entradas. Gobán es diminutivo de gobha, "herrero". Del carácter sagrado de los herreros entre los antiguos celtas es testimonio la figura de Goibniu (siempre la misma raíz), herrero de los Tuatha Dé Danann, en quien se ha visto un antiguo dios del trueno (así lo cree O'Rahilly) y del que Gobhán Saor es probablemente una cristianización, como señala James MacKillop en su Dictionary of Celtic Mithology (un avatar femenino sería Santa Gobnat). 
Al Goibniu irlandés corresponde el Gofannon galés y entre los galos aparecen los famosos gobedbi (en caso instrumental, probablemente), seguramente unos sacerdotes herreros que rendirían culto a la deidad llamada Ucuetes en la ciudad de Alisia. Al menos, eso parece desprenderse de una célebre inscripción cuyo significado exacto, cierto es, sigue discutiéndose. 
Ya en la Edad Media, existía en Francia la creencia en un demonio Gobelino -lo menciona Orderico Vital-, cuyo nombre, no explicado aún con certeza (la etimología propuesta a partir del griego kobalos, "malhechor", no despierta ninguna confianza), se relaciona con los duendes llamados kobold en alemán y pervive en el de los gobelins franceses y goblins ingleses, otros trasgos. El tal Gobelino actuaba por la actual ciudad de Evreux y hubo de vérselas con San Taurino, que acabó expulsándolo de la región. Es curioso cómo estos duendecillos malintencionados han dado nombre a unos tapices famosos, los Gobelinos de Francia, y a un metal, el cobalto.  
El Gobán, pues, de esta historia, era, según dice su Vida, recogida en las Acta sanctorum, un joven de insigne prosapia, dotado de todas las virtudes, alegre y amable, estudioso; sano y hermoso de cuerpo, largo en caridades, acostumbrado a retiros y vigilias de oración.
Tan peregrinas cualidades no pasaron desapercibidas a Fursa, obispo en Irlanda entonces, que lo escogió para ordenarlo sacerdote entre otros jóvenes esclarecidos: Nervisando, Foilano (éste, seguramente su hermano San Fullan), Gisleno, Etón (ver La vista recobrada o el que guarda siempre tiene), Vicente, Adelgiso, Momoleno, Eloquio, Godelgero, Gillebrodo, Melboeno y otros de cuyo nombre no queda constancia. Las Acta sanctorum consideran esta lista con bastante escepticismo. Identifican, con hartas dudas, a Vicente con San Vicente Madelgario (ver Las monjas visionarias), que era soldado y cortesano y no sacerdote, a Gisleno con San Gislano de Mons, griego de nacimiento y franco o galo belga de estirpe según la tradición, a Gillebrodo con el gran san Willibrordo, apóstol de los frisones, que, como señalan, tampoco era irlandés.
La conclusión de los editores bolandistas es que seguramente se trata de una retahíla de nombres amontonados gratuitamente y a voleo (es de suponer que para crear sensación de veracidad); unos irlandeses, otros francos o sajones y otros camelísticos. No es imposible, pero en la transmisión de estas leyendas los nombres, exóticos y extraños para los copistas, pueden sufrir sorprendentes alteraciones. No es raro tampoco que el hagiógrafo medieval identifique a un personaje con otro más famoso de nombre semejante. 
No bien había recibido Gobán las órdenes cuando le salió al camino un ciego, a quien había llegado la fama de su santidad, rogándole que hiciese el milagro de devolverle la vista. Gobán no se consideraba capaz de esas curaciones, pero ante la insistencia del otro se echó de bruces a orar por él y cuando, al final de sus plegarias, le hizo la señal de la cruz sobre los ojos, el ciego vio.
Una noche de domingo, a San Gobán se le manifestó en sueños Jesucristo diciéndole: "venid a mí los que estais cansados, que yo os repararé; benditos del Señor, venid a tomar posesión del reino que os está reservado desde toda la Eternidad". Y al despertar, sintió que el sueño le había inspirado una apremiante necesidad de visitar a su maestro San Fursa. De camino, se fue encontrando con los demás discípulos y, hablando hablando, vieron que todos habían tenido el mismo sueño a la misma hora.
-Esto no puede querer decir más que una cosa: que se nos ordena marcharnos del país y buscar a Dios en otra parte.
-Eso creo yo; y va a ser en Galia.
Cuando se lo consultaron a Fursa, no sabía qué decirles.
-¿Qué pensáis vosotros que querrá decir lo del sueño ese?
-Que dejemos atrás todo lo de aquí y pasemos el mar.
Hicieron, pues, todos los preparativos y se encaminaron a la costa. Pero, como si Dios quisiera desmentir su interpretación, cuando llegaron a la ribera se desencadenó un fuerte temporal que les imposibilitaba zarpar. Durante tres días estuvieron rezando y ayunando, y nada.
-Gobán, di una misa tú, a ver si hay manera.
-¿Por qué yo?
-Porque tú eres el único que ha hecho un milagro.
-Pero soy el peor de todos. Ahora, si os empeñáis...
La misa se dijo, y la tempestad se amainó. Los peregrinos embarcaron y cruzaron sin novedad a Galia, donde se internaron juntos hasta la famosa abadía de Corbie. Allí se separaron al cabo de tres días, con muestras de tristeza y afecto. Gobán, con un criado, se dirigió al Monte del Yermo, junto a Laon. Allí hincó en el suelo su bordón, hizo de su capa doblada una almohada y se tumbó en el suelo.
-¡Qué bien se está tumbado! No podía más de cansancio y de sueño. Tú quédate despierto mientras echo una cabezada, que va a ser un momento.
Una cabezada. Relieve románico.
Gobán se durmió y en sueños se vio rezando el salterio completo. Al llegar al salmo 132, donde dice: "Éste es mi reposo para siempre: aquí habitaré, porque la he deseado", se despertó de repente y se levantó. Al sacar el báculo del suelo, un brioso manantial brotó saltando del agujero que había dejado en la tierra. Esa fuente es de aguas milagrosas y curativas para muchas enfermedades.
-Amigo -dijo a su criado-, está claro que Dios nos manda quedarnos aquí. Éste es buen sitio para que sirvamos a Dios con nuestras oraciones y de aquí no se pasa.
Probablemente el bienestar del descanso fue el que trajo a la memoria de Gobán, en sueños, el recuerdo de los versos del salmista, núcleo en torno al cual cristalizó todo el sueño. Se ha observado repetidamente que el tiempo en los sueños puede dilatarse y ese fenómeno es el que da pie a la famosa narración del estudiante, el nigromante y las perdices, el ejemplo XI de El conde Lucanor.
Poco tiempo después, Gobán se dirigió al monte Bibrax (el Monte del Castor), donde había una iglesia dedicada a la Virgen. A la puerta pedían limosna un ciego y un mudo a los que sanó.
La fama de estas maravillas llegó a oídos del rey, que lo mandó llamar.
Reinaba sobre los francos de Neustria, a la sazón, Clotario II, hijo de la tremenda reina Fredegunda. Clotario fue un rey que procuró mantener siempre buenas relaciones con la jerarquía eclesiástica. 
-¿Quién eres tú?
-Yo, un peregrino irlandés, de Hibernia.
-Pídeme lo que quieras, que te lo concedo.
-Pues que me dejes poner mi ermita en tus tierras, por aquí.
-Muy bien; llévate uno de mis criados.
Clotario II niño, en brazos de la reina Fredegunda, su madre.
Miniatura gótica.
Gobán se quedó en los terrenos que ya tenía escogidos y se puso a levantar con sus propias manos su pequeño oratorio. Los días dedicaba al trabajo y las noches a la vigilia y a la oración, como quien sabía que la Gracia de Dios es más difícil de conservar que de alcanzar.
Con su buen ejemplo trataba de conmover el corazón de los lugareños, pero en vano. Se trataba de gente endurecida en los vicios y malas costumbres y no había manera de enderezarlos. Iban, dice la vida, por un camino "malo y pésimo", eran "malignos y odiosos" y no les gustaba más que el pecado y perjudicar a las buenas personas. De modo que las "suavísonas exhortaciones" de Gobán caían en saco roto.
Gobán era hombre paciente y curtido en los combates de la ascesis, pero aquella situación podía con él.
-Señor mío, ¡pues sí que he atinado con el sitio! Mejor era que me llevase Dios de este mundo: ¡para lo que le sirvo aquí!
Y Cristo se le volvió a aparecer en su sueño.
-Gobán, preocúpate de servirme y nada más. Ahora tú lloras y el mundo ríe; espérate un poquito y verás quién ríe y quién se tira de los pelos de verdad. Tú te pasas la vida rogándome por el perdón de esos protervos, ¿no es cierto? Pues de eso nada. ¡Se van a enterar, hombre! Y a ti te va a llegar el turno de dar saltos de alegría. Porque de aquí a poco voy a mandar sobre el país unos bárbaros que van a dejar chiquitos a los vándalos de antaño y a ti te van a conceder la corona de martirio por la que tanto suspiras; y a estos nativos cerriles y berroqueños, pues igual: pero ellos sin querer y con una desesperación que los arrojará de patas al Infierno. ¡Para que vean!
Estas palabras fueron de gran consuelo para Gobán y no tardaron en cumplirse. Días después, las hordas prometidas cayeron como una ola furiosa sobre el territorio corriéndolo a sangre y fuego; llegaron al Monte del Yermo, donde encontraron a Gobán orando y le cortaron la cabeza.

Fue enterrado solemnemente en la iglesia que él mismo había levantado y en su tumba comenzaron a producirse curaciones milagrosas que atrajeron a una multitud de peregrinos. La fuente que manaba de donde el santo había hincado su báculo sanaba muchas enfermedades con sus aguas. 
En aquel tiempo la iglesia era de San Pedro; después, en honor del santo, se llamó de San Gobán, Saint Gobain en francés. La cabeza cortada, dice Margaret Stokes (que escribió sendos libros dedicados a los santos irlandeses en Italia y en Francia y Bélgica, obras de mucho interés a pesar de la opinión de Dom Gougaud, estudioso también de los santos célticos), se conservó en un precioso relicario de plata. Éste y el sarcófago de piedra donde reposaba el cuerpo fueron destruidos en el siglo XVI, durante las guerras de religión.
Son verdaderamente interesantes los libros de Margaret Stokes -pueden leerse en línea en Internet Archive-, notable investigadora, escritora y dibujante. Fue, por cierto, su hermano el importante celtista Whitley Stokes, editor de varios de los más importantes textos literarios de la Irlanda medieval.

El día 20 de junio, fecha, según se cree, del martirio de San Gobán, se conmemora su fiesta.
Para terminar, una recomendación a los interesados en estos asuntos: es muy interesante consultar el blog Omnium Sanctorum Hiberniae, que se encuentra en las siguientes señas:
http://omniumsanctorumhiberniae.blogspot.com.es