jueves, 23 de febrero de 2012

San Fingar y setecientos setenta mártires

En la Patrologia Latina de Migne (tomo CLIX), entre las austeras y geométricas páginas de San Anselmo (aunque marcada con la tilde de incertus) se entromete la piadosa narración de San Guigner y sus compañeros, obra de Anselmo, sí, pero no el famoso teólogo de Canterbury, sino un fraile mucho menos célebre, probablemente del Monte San Miguel en el extremo de Cornualles. Su título Passio Sancti Guineri, Fingaris, Pialae et sociorum. Título algo engañoso: Guinerus y Fingar son el mismo santo. 
Dice el cuento que cuando San Patricio recibió de boca del ángel la orden de regresar a Irlanda para predicar la fe de Cristo, se corrieron las voces entre los irlandeses; de manera que le salieron al encuentro, con intención hostil, siete reyes con sus sátrapas, los pontífices de sus ídolos y una gran muchedumbre.
De entre tanta gente, sólo rindió los debidos honores al santo el príncipe Fingar, hijo del más poderoso de los siete monarcas, el rey Clito.
Éste, enfurecido por la benevolencia de su hijo ante aquél que venía a revolucionar y poner patas arriba las costumbres ancestrales de la isla, lo desheredó.
Fingar, acatando el decreto paterno, se desterró acompañado de un grupo de amigos de su edad, pertenecientes a la más alta nobleza del reino. Y cruzando la mar, aportó en Bretaña. 

Emigrando en barco. escultura gótica en Guimiliau (Bretaña).
El Juez que mandaba allí lo mandó llamar y acogiéndolo con la mayor hospitalidad le concedió tierras (cuanto pudiese un caballo recorrer en un día); los nuevos colonos confraternizaron con la población local.
Esto del Juez es un detalle curioso, porque en las genealogías de los reyes de Cornualla (Bretaña) aparecen en los primeros tiempos de su pequeño reino Iahan Reith y Lex o Regula. Ahora bien, Reith significa lo mismo que Lex -"ley"- en bretón de aquella época (es el equivalente del latín rectus) y se ha pensado que se trata de un título y no de dos nombres de persona. Y eso coincide con que la autoridad a la que se enfrenta Fingar lleve el título de juez.
Yendo, pues, un día de cacería Fingar (o Guigner, que es en bretón lo mismo que Fingar en irlandés) se separó de los suyos persiguiendo un ciervo. 

Caza del ciervo. Manuscrito del siglo XIII.
Cayó la niebla y se perdió del resto de los cazadores. Alcanzó al ciervo, lo mató y desolló; y no encontrando dónde limpiarse la sangre de las manos, hincó el cuento de la lanza en el suelo, de donde brotó una clara fuente. Pero al agacharse para lavarse en ella, se vio tan bello reflejado en su espejo que maravillado por la perfección de las obras de Dios resolvió dedicar la vida a Su servicio. Y fiándose al capricho de su caballo se dejó llevar hasta una cueva que se abría al pie de un roble con cuyas bellotas se estuvo sustentando varios días.
El juez de Bretaña y los demás exiliados lo buscaron como locos hasta dar con él y, vista su determinación, le establecieron un monasterio en aquellos parajes.
Tiempo después, por orden de un ángel, volvió a su tierra natal, donde había muerto entre tanto el rey Clito y sus súbditos pretendían que ciñese la corona. Fingar declinó la oferta, pretendiendo abdicar en su hermana Ciara (Piala en bretón), que podía casarse con alguno de los ilustres y nobles del reino.
Mas he aquí que Piala, sin decirlo a nadie, se había bautizado y consagrado a Dios como su hermano. De manera que Fingar y ella, con setecientos setenta compañeros, entre ellos siete obispos ordenados por San Patricio, se hicieron a la mar.
Una doncella, llamada Hía, se retrasó y al llegar a la playa observó, desolada, las velas de las naves que se alejaban hacia el horizonte. Mientras lloraba amargamente, vio nadar sobre las olas una hojilla y sin saber por qué empezó a jugar con ella procurando acercársela con una varita que llevaba. ¡Oh maravilla!: según movía la punta de la varita sobre la superficie de la hoja, ésta se agrandaba cual imagen en tableta; y cuando alcanzó las dimensiones de una alfombra pequeña, Hía se montó encima y la hoja la llevó prestamente donde iban los barcos. Haesitandum non est de operibus Dei, dice Anselmo. 
San Guigner. Vidriera en Sainte Anne d'Auray.
Desembarca la expedición en Cornualles, en la bahía de Hayle, donde son saludados por cierta ermitaña a la que no quieren estorbar y continúan camino (no sin haber hecho brotar una fuente milagrosa) hasta Conetconia, generalmente identificada con  el pueblo de Lelant. Allí los acogió una pobre mujer llamada Coruria, que subsistía gracias a una sola vaca que tenía. Llena de caridad, para que los viajeros durmiesen cómodos, arrancó la paja del tejado y la extendió por el suelo; por si fuera poco mató a la vaca para que  se la cenasen junto con una cacharra de leche. Con el hambre que traían no dejaron más que la piel y los huesos. Pero el santo envolvió éstos en aquélla y devolvió la vaca a la vida, bendiciéndola además para que ella y sus descendientes diesen tres veces más leche de lo acostumbrado. Además, a la mañana siguiente la casa apareció con el tejado como nuevo.
Este tipo de resurrección de un animal a partir de la piel y los huesos se encuentra extendidísima por las leyendas de numerosos pueblos y se remonta a la idea chamánica de la muerte, despedazamiento del cuerpo, viaje al mundo sobrenatural y vuelta a la vida. Todo este complejo de mitos ha sido estudiado por Carlo Ginzburg en su Historia nocturna (sobre todo en el capítulo final, "Huesos y pieles").
Reinaba entonces en Cornualles un rey malvado y según Anselmo pagano llamado Teodorico. 
Conocemos a este Teodorico por otros textos, como la Historia Francorum de Gregorio de Tours, que no lo pintan tan feroz. Era hijo del rey Budic, a cuya muerte fue traidoramente destronado por Macliau. Tras unos años de exilio en tierras de los francos, regresó y recuperó el trono de su padre. Es, en todo caso, un personaje histórico. Pero no es de creer que fuese pagano, aunque puede que no viese con buenos ojos la llegada de una inmigración masiva.
Lo que parece deducirse es que reinaba a la vez sobre las dos Cornuallas, la de Gran Bretaña y la de Armórica. esto no era excepcional, según León Fleuriot, estudioso de los orígenes de Bretaña.
Parece que Fingar salió de Cornualla en tiempos de Budic y regresó reinando ya Teodorico. Budic murió en el 577.
En la Vida de San Fingar se dice que Teodorico cayó como un león sobre los recién llegados e hizo una terrible matanza de ellos. San Fingar, que estaba algo alejado de los suyos, al oír el fragor del ataque se apresuró a reunirse con ellos, y allí, plantado el báculo en el suelo, se arrodilló para ser decapitado por el propio tirano.
El báculo creció hasta hacerse un gran árbol; en cuanto al santo, recogió su cabeza, se levantó y se dirigió a la ciudad más próxima. 
Al llegar a ella oyó un tumulto: eran unas mujeres que se estaban peleando y arrancando el moño.
-Aquí, en esta tierra tan follonera, no me paro yo -dijo Fingar para sí-. Que sea maldita y que sus habitantes no paren de pelearse y de ponerse pleitos unos a otros hasta el día del Juicio.
Y así ha sido.
Siguiendo su camino, Fingar se detuvo un momento a lavar la sangrienta cabeza en un arroyo que quedó enriquecido con poderes curativos y siguió su marcha.
Después se le apareció en sueños a un tal Gur, pidiéndole que le diese sepultura. Gur lo consultó con su mujer, que le prohibió hacer nada al respecto, no fuese a incurrir en la ira de Teodorico.
Pero estando en el campo, Gur presenció una escena milagrosa: venía una jauría de perros en persecución de un ciervo, y el animal, de pronto, detuvo su carrera y se echó a descansar como si hubiese alcanzado un lugar de asilo. 
Perro persiguiendo a un ciervo. san Ambrosio de Milán. Siglo XI
.http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/38/9836_-_Milano_-_Sant%27Ambrogio_-_Pergamo_%28secc._XI-XII%29_-_Foto_Giovanni_Dall%27Orto_25-Apr-2007.jpg
Los perros, en efecto, se pararon, y en vez de ladrar meneaban el rabo y daban signos de veneración. Gur se dispuso a averiguar qué era aquello y encontró el cuerpo de Fingar, al que ya no dudó en enterrar, así como al resto de los mártires.
Anselmo cuenta algunos milagros de San Fingar después de muerto.
En una ocasión, dos soldados, por burla, se pusieron a orinar en una piedra que había servido de ancla a la nave del santo y que se tenía por reliquia. Al momento, unos demonios los poseyeron y el uno se cortó la lengua con los dientes, la masticó y se la comió, mientras el otro expulsó las vísceras espurriadas "per postrema" y murió de una muerte horrible.
Otro burlón (más por blasfemia que por perversión insólita, es de suponer) tuvo la ocurrencia de acostarse con su amante sobre el sarcófago de un obispo que había sido de la corte del rey Clito. Los pecadores se quedaron pegados "in ipso opere turpitudinis" a manera de canes sin que hubiese medio de separarlos hasta que los llevaron a la tumba del santo y los pudieron destrabar por los méritos del mártir y la intercesión de los fieles.

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