lunes, 9 de julio de 2012

La vista recobrada o El que guarda siempre tiene

Ya me he referido hace tiempo a San Vicente Madelgario, el guerrero irlandés que se puedo al servicio del rey merovingio Dagoberto y que llego a ser santo en las tierras del Henao (ver Las monjas visionarias).
El rey Dagoberto I. Miniatura del siglo XV.
El rey franco premió sus servicios, entre otros favores, con la mano de Waldetrudis, hija de Gualberto, doncella ilustre tanto por la sangre como por la virtud. 
Pero, según relata un antiquísimo manuscrito que recogen las Acta sanctorum el día 10 de julio, era tanta la virtud de Waldetrudis que había decidido consagrarse a Cristo y que insistentemente rogaba a su marido que tuviese a bien separarse de ella y hacer vida aparte. De modo que, no viendo otra salida, Madelgario accedió a sus deseos y regresó a su patria, pero (y esto no se lo dijo a Waldetrudis) con el fin de encontrar otra mujer menos reacia a la vida conyugal. 
Cuando la esposa se percató de la traza del marido, acompañada de un numeroso séquito embarcó en pos de él rumbo a Irlanda, y allí, asediándolo con incesantes súplicas y mimos, lo persuadió y se lo trajo de vuelta a Francia.
Había entonces en Irlanda siete hermanos: Faolán, Ultan, Furseo, Eloquio, Algiso y Etón, que habían decidido peregrinar a Roma y le pidieron a la noble pareja que les hiciese la merced de llevarlos consigo en su travesía al continente. Dice un manuscrito que San Etón era hijo de Philtano, rey de Irlanda: acaso se oculte algún Finntan detrás de ese nombre.
En Roma les fue revelado que era voluntad divina que permaneciesen en las Galias. Faolán y Ultan se instalaron cerca de Namur; Furseo y Algiso en Perona; Eloquio en la Tierache (Picardía).
Etón encontró un bosque de su agrado y animosamente se puso a talar y desbrozar un trozo donde edificar una pequeña ermita.
Pero aquel bosque tenía dueño, un tal Jovino, que no tardó en presentarse.
-Y... ¿qué? No es usted de por aquí, ¿eh?
-No, señor.
-Y... ¿qué?... Talando el bosque, ¿eh?
-Ya ve usted.
-¿Qué?... Da trabajo...
-¡Uf! No vea.
-Con este calor... Y ¿le ha pedido usted permiso a alguien?
-¿Para cortar cuatro árboles?... ¡No!
-Pues... el caso... La cosa que... este bosque es mío, y podía haber preguntado por lo menos; que no es por ser desconfiado, pero al fin y al cabo usted es un forastero que no lo conoce nadie aquí ni puede responder por usted. La costumbre por aquí es dejar alguna señal.
-Ah, perfecto. No sabía. Quédese usted con esa hacha.
-Pero... ¿cómo? -dijo tirando con rabia el hacha a unos matojos- ¡Usted le va a tomar el pelo a su padre! ¿Un hacha que no vale un cuarto por un terreno hermoso?
-Usted verá... Otra cosa no tengo.
-¿Que no? ¡La capa! Pero ¿qué?... 
 Jovino agitaba la mano como un desesperado, con la capa del santo pegada, que no había manera de que se le soltase, por más recios tirones que le diese.
Al final, Jovino le prometió a Etón que le regalaba el terreno para él para siempre, y de esta manera la capa se desprendió sola.
Esta prueba de santidad no tardó en saberse por la comarca y empezaron a venir a visitar a Etón no sólo los lugareños, sino grandes y famosos personajes: Madelgario, San Amando, San Ursmaro, San Walnulfo, San Gislano, Santa Aldegunda, Santa Waldetrudis, Santa Gertrudis, San Faolán y Ultan sus hermanos y otros innumerables santos de toda Francia.  
San Etón, grabado del siglo XVII. Sobre la vaca de la 
izquierda, el milagro del vaquero mudo.
Una vez iba andando el santo cuando vio un vaquero tranquilamente dormido en un parado, mientras sus vacas pastaban apacibles. Etón se le acercó y le dio un golpecito con el báculo en las costillas.
-Gracioso, ¿para qué me despiertas de la siesta?
-¿Tú no eras mudo de nacimiento?
-¡Arrea, es verdad! Y estoy hablando.
-Pues ahí tienes la respuesta. Y ya puedes seguir hablando toda la vida.
Pero ni siquiera un santo tan magnífico como San Etón puede sentirse seguro frente a la tentación.
Estaba el santo un día meditando cuando oyó ruido de cascos y al poco tiempo vio pasar al galope un jinete montado en un caballo de estampa soberbia. El joven, ufano de su montura, la lucía dando vueltas por allí; y tenía motivos para sentirse orgulloso.
-¡Qué caballo tan estupendo! ¡Ya quisiera yo tenerlo! -pensó San Etón.
Jinete. Relieve gótico.
Y al momento:
-¡Válgame Dios! ¿Qué he hecho? ¡He codiciado los bienes ajenos!
Una enorme pesadumbre se apoderó de él.
-Por estos malditos ha entrado la tentación. Ahora, que no me la vuelven a jugar. ¡Fuera!
E hincándose los dedos se sacó los ojos de sus cuencas.
Autocastigo edípico que, por cierto, la mitología suele asociar con una visión superior, visión profética o contacto con el otro mundo.
El caso fue que San Etón aquello no le pareció penitencia suficiente y tomó la decisión de volver a Roma caminando, como peregrino.
Con eso juzgó expiada su culpa y a su regreso al calvero buscó a tientas una cajita que había dejado en una repisa, sacó los ojos, que había tenido la precaución de guardar allí y que se conservaban incorruptos, se los puso como si fueran de vidrio y empezó a ver de nuevo como el aciago día del caballo.
Y continuó su vida acostumbrada, meditando, orando y haciendo milagros, hasta que recibió la revelación de su muerte inminente. La comunicó a sus discípulos y amigos, que se afligieron hondamente. La víspera de su tránsito, por la noche, se le indicó en sueños el lugar exacto donde debía ser sepultado. San Etón mandó a uno de sus compadres que fuese por cierto camino y que cuando se encontrase con otro compadre suyo, le trajese lo que aquél llevaba. Por el camino se cruzaron los dos compadres; el segundo llevaba en un carro un sarcófago que San Etón le había mandado hacer sin decirle para quién.
Etón pasó sus últimos momentos con sus amigos, rezando y cantando salmos con gran alegría.










No hay comentarios:

Publicar un comentario