miércoles, 24 de julio de 2013

Declan y los santos pioneros

Entre los varios pueblos que habitaban en Irlanda en la época de los grandes santos uno de los más importantes era el de los Déisi.
Había Déisi en la Irlanda central (en Brega y Tara) y en la Irlanda meridional. Éstos eran los más destacados. De entre ellos salieron los aventureros que fundaron sus colonias en el actual Gales, que se fundieron con la aristocracia britana y dieron varios reyes y santos.
repetidamente han ido apareciendo a lo largo de estas entradas. De los Déisi que se quedaron en Irlanda, andando el tiempo, nacería el gran rey Brian Ború, que unificó la mayor parte de la isla bajo su cetro y dejó herido de muerte al poder vikingo  en ella con la derrota de Cluan Tairbh (Clontarf) en 1014.
El principal santo de los Déisi, y uno de los mayores de la antigua Irlanda, fue San Declan. El Santoral de Óengus le dedica una vibrante estrofa:
Mad toich duit, a Hére,
dot chobair cing báge,
táthut cenn céit míle,
Declan Arde máre.

¡Si te corresponde, Irlanda,
un paladín que te proteja,
tuyo es el caudillo de cien mil hombres,
Declan de Ardmore!

Según el Santoral de Óengus, Declan era descendiente en línea directa de Brecc mac Airt Chorpa, rey de los Déisi en la época en que comenzó la larga epopeya de este pueblo. Todo comenzó con el rapto de Forach, sobrina de Brecc, por Conn, hijo del rey de Irlanda Cormac mac Airt (el que reinaba en tiempos de Fionn mac Cumhail y Oisín: Fingal y Ossian en la poesía de Macpherson). Esta fechoría desencadenó una interminable enemistad entre los Déisi y los reyes de Tara. El relato medieval La expulsión de los Déisi (del que existen varias versiones) narra las andanzas y tribulaciones de este pueblo errante.
La vida de San Declan, sin embargo, refiere que la ofensa inicial consistió en que el hijo de Cormac mac Airt, Cellach (y ya no Conn), sacó los ojos a un protegido de Óengus, rey de los Déisi.
De la vida de San Declan existen dos relatos latinos y uno irlandés, que parece ser traducción del latín.
Fuego y ángeles sobre una villa. Ilustración moderna de Claude Auclair en la novela gráfica Bran Ruz.
Cuando, pues, vino Declan al mundo, eran aún los tiempos de los paganos, pero -dice la vida- había algunos pocos cristianos en Irlanda, y nadie les molestaba por causa de su fe.
Al nacer la criatura, no sé si por descuido o por cuál otra causa cayó de cabeza contra una gran piedra. 
Para asombro de todos los presentes, no se la despachurró sino que la roca se ablandó milagrosamente y recibió como si fuera de cera el frágil colodrillo del recién nacido. Vuelta luego a su naturaleza dura y pétrea, conservó el hueco, y el agua que dejaba en él la lluvia se recogía con veneración para remedio de toda clase de enfermedades.
Se dejó ver un globo de fuego cerniéndose sobre la casa. Los ángeles jubilosos subían y bajaban del Cielo para visitar al niño, con cánticos maravillosos, que aquello parecía la escala de Jacob. También apareció por allí, guiado por inspiración divina, San Colmán, uno de aquellos primeros cristianos, que bautizó al niño y profetizó las grandes obras que llevaría a cabo.
Declan se crió en casa de un tío suyo, Dobrán, hasta los siete años, en que se le confió a San Dima para su educación. Tenía por compañero a otro niño, San Cairpre mac Coluim. Vivían en un lugar llamado Mag Sceith, Campo del Escudo, y siete lugareños, que habían visto el globo de fuego, comprendieron por iluminación del Espíritu de qué se había tratado y dejaron el siglo para vivir religiosamente junto a ellos. Fueron santos los siete: Mochellog, Beán, Colmán, Caemán, Lachnáin, Mobi, Finnlog. Y no fueron más que los primeros, que a lo largo de los años que estuvo Declan estudiando en Campo del Escudo, fue congregando en torno a sí una numerosa grey de discípulos.
No tenía mayor deleite el joven que ahondar los secretos de las Escrituras y cuando vio que en Irlanda no progresaba todo lo que ansiaba, decidió marchar a Roma. Allí se encontró con otro irlandés, San Ailbe o Elvis, como se dice en inglés, que le sirvió de guía. Los romanos lo acogieron magníficamente pues era un joven de excelentes prendas y además gran hacedor de milagros.
Cuando, ya consagrado obispo, Declan regresó a Irlanda,  muchos romanos lo acompañaron, entre ellos Lunano, el hijo del rey. Por el camino, aún en Italia, se encontró con San Patricio, que iba a Roma. Ambos santos se saludaron y se despidieron como grandes amigos. Un día, estando en la iglesia, Declan vio entrar volando por la ventana y quedarse suspensa en el aire ante él una pequeña campana de un metal negro como el azabache. Comprendió que era un regalo del Cielo y se la dio a guardar con toda veneración a Lunano. Y aquella campana les sirvió en adelante de protección contra los ataques de bárbaros y bandoleros.
Llegada al Canal de la Mancha, la comitiva de Declan se encontró con una desagradable sorpresa: los patrones de los barcos que cruzaban a las islas se habían confabulado unos con otros para subirse a la parra tan abusivamente que al santo no le llegaba para el pasaje de los suyos.
Se llegó a la playa y empezó a tocar la campana, pidiendo ayuda a Dios. No tardó en ver venir sobre las olas una nave vacía, que navegaba sin remos ni velas. Embarcaron resueltamente y la embarcación los transportó a Britania antes de desaparecer por donde había venido, que nunca se supo.
Ya en Irlanda, San Declan comenzó a predicar la fe de Cristo, bautizando a bastantes paganos. Había otros tres obispos sembrando la misma simiente: San Ailbe, San Ciarán y San Ibar, y los cuatro eran grandes amigos. Cuando San Ailbe, que era algo más viejo, estuvo a punto de morir, unos ángeles vinieron a avisar a San Declan y a él para que se despidieran hasta el otro mundo, y así lo hicieron, con tanta alegría como tristeza.
Pero a pesar del loable esfuerzo de estos primeros apóstoles, la conversión de toda Irlanda estaba reservada a San Patricio. 
No todo fue tan fácil al principio. Ailbe y Ciarán inmediatamente reconocieron la primacía de Patricio, como enviado papal que era. Ibar, en cambio, montó en cólera (hoy diríamos que por nacionalismo): se negaba a admitir que un britano tuviese la primacía sobre todos los obispos irlandeses. Ibar y Patricio se enfrentaron agriamente. Tuvo que intervenir directamente un ángel del Cielo y bajar a poner las cosas en su sitio; entonces dio Ibar su brazo a torcer. Declan no tenía ese tipo de problemas. Era muy amigo de Patricio desde sus tiempos de Italia, pero no le cabía en la cabeza que tuviese ninguna superioridad sobre él, ya que ambos venían a Irlanda con misión papal. También fueron necesarias las dotes persuasivas del ángel para que Declan se convenciese.  
San Declan fue a predicar a Cashel, corte de Mumu (Munster), donde reinaba a la sazón un rey célebre e ilustre, Óengus mac Nad Froich. 
Se ha dicho que este Óengus pudo ser el famoso rey Anguis de la leyenda artúrica, padre de la princesa Isolda o Iseo, la enamorada de Don Tristán de Leonís. 
Isolda (aquí en un cuadro de Herbert James Draper) se dice que si fue hija
de Óengus mac Nad Froích.
Dos de los príncipes de Cashel, Colmán y Eochu, eran hermanos de madre de Declan, según se decía. Colmán se había hecho cristiano, convertido por San Ailbe, pero Eochu no había querido adoptar la nueva fe, por si ello le causaba dificultades a la hora de subir al trono de Mumu. En cuanto al rey, tampoco estaba por la labor:
-Que predique Declan libremente y que nadie le moleste. Pero yo no dejo que me bautice porque, queráis o no, sería colocarme bajo su autoridad. Y como Declan es de los Déisi por los cuatro costados, ¿qué iba a decir nuestra gente? Ya sabéis que nosotros, los Eoganachtaí, que reinamos en Cashel, tenemos ancestral enemistad con los Déisi. Este hijo Declan ha convertido a tantos de ellos en tan poco tiempo que ya la gente ve a la religión nueva como cosa de los Déisi... Yo, personalmente, no tengo nada contra ellos: que ya veis, hasta vuestra madre era de los Déisi... pero para el pueblo sería una china mala de tragar. ¡Además, que no! Ningún irlandés está por encima de un Eoganacht y yo no inclino la cabeza ante ninguno.
-Padre, esa soberbia es muy poco cristiana.
-¿Y qué? Yo no estoy bautizado. No me pidas valores cristianos mientras no lo sea.
-¿Y si Declan fuera de otro país?
-Eso sería harina de otro costal.
De hecho, Óengus mac Nad Froich acabó cristiano, pero no lo bautizó ningún irlandés sino un britano, San Patricio.
San Declan estuvo en Roma varias veces: por lo menos tres. Una de ellas, a su regreso, pasó cuarenta días de visita en su monasterio de Gales con San David, y ya embarcado rumbo a Irlanda echó de menos su campana milagrosa.
-Lunano, hijo, tráeme la campana.
-La tiene Mac Testa. ¡Mac Testa, la campana milagrosa!
-¡Adiós, que se me ha quedado en Gales! La dejé puesta encima de una piedra de la playa mientras cargábamos el equipaje y a la hora de la verdad... pues que no me acordé de la campana.
-Hijo mío, Dios te bendiga, no me podías haber dado mayor disgusto. 
-¿Y ahora qué podemos hacer?
-Aguantarnos y dar gracias Dios, Él sea loado. Venga, vamos a rezar. A ver si me consuelo.
Los rezos de Declan y sus monjes llegaron a las Alturas. Milagrosamente, la peña, con su campana por sombrero, se despegó de la costa y comenzó a navegar a toda prisa hasta adelantar a la nave de los frailes, que la vieron pasar de largo velozmente.
-¡Padre, tu campana!
-¡Qué mecha lleva!
-¡Bendito sea Dios! -dijo el santo- Ella sea nuestra guía. Sigámosla y donde toque tierra fundemos un monasterio y será cabeza de mi diócesis. Ése será el lugar de mi muerte, de mi sepultura y de mi resurrección.
-Será hecho así.
Ruinas de la catedral vieja de Ard Mór.
Campana y navío llegaron a una isla pequeña, coronada por un monte llamado el Alto de las Ovejas (Ard na gCaorach), porque allí pastaban las de la hija del rey.
-Este altozano es muy pequeño para todos los monjes que vamos a ser aquí -dijo uno del séquito de Declan.
-No digas eso: es un alto grande (ard mór) -dijo el santo.
Y con ese nombre, Ard Mór, se quedó desde entonces.
La verdad era que a los monjes no les hacía ninguna gracia que la fundación estuviese en una isla, y tener que ir y venir en barco cada vez que necesitasen algo. A los lugareños tampoco porque para ellos eran pastos comunes. De manera que cuando Declan pidió al rey aquellos terrenos y le fueron concedidos cundió el descontento.
-Pues si ésas tenemos -dijeron los vecinos-, nos tendremos que aguantar, pero nadie nos manda ponérselo fácil. Digo que escondamos todas las barcas y nos neguemos a pasarles y si quieren isla, que se remojen y vayan nadando.
-Eso, eso.
Declan se empeñaba en que Dios le había señalado aquel terreno y no otro.

-¿Cómo queréis que desobedezca al Señor?
-Pues haz como Moisés cuando cruzó el mar rojo y deja un pasillo por lo menos para poder pasar andando.
-Yo a Dios no lo molesto por una minucia que se arregla cogiendo una barca.
-Sólo te pedimos que des un golpecito de nada al agua con el báculo. ¿qué te cuesta?
-Bueno: por no oíros.
Apenas rozó el báculo las olas cuando se apartaron con tal rapidez que los peces tenían que huir a toda prisa si no querían quedar en seco, y muchos quedaban brincando y bailando desesperados en el barro del fondo. Allí asomaban monstruos marinos nunca antes vistos ni oídos y ponían espanto con su horroroso aspecto y sus voces descomunales. 
Aquellos mares estaban infestados de monstruos.
Especialmente a un frailecito joven, llamado Manchín, que rogó a Declan:
-Para ya, padre, que se nos van a zampar vivos los monstruos estos.
El mar se paró al instante.
Declan, enfadado, le dio un moquete con el revés de la mano al rapaz en las narices.
-¿No te podías callar, cacho de tonto? ¡No era yo, sino Dios, el que estaba apartando las aguas, y Él sabe lo que se hace! Ahora has dejado el trabajo a medias. 
Declan, viendo que con el cachete había hecho sangrar al mozo, se arrepintió y lo bendijo. Tres gotas que habían caído de su nariz a la arena se convirtieron en tres fuentes curativas, y de tarde en tarde, mirando atentamente sus aguas cristalinas, se ve la sangre luciendo como una brasa en el fondo.
Hago aquí un paréntesis para recordar que la idea esta del fuego que se oculta en el agua y le confiere su fuerza vivificadora es antiquísima y compartida por los pueblos indoeuropeos desde la India a Irlanda, pasando por Persia y Roma (ver Tres fuentes que encierran sangre, El fuego libre del agua). 
El terreno que quedó descubierto milagrosamente en aquella ocasión es prodigiosamente feraz y de lo que allí se planta se alimenta el convento.
A Declan los animales lo obedecían. Una vez que iba de viaje y se le quedó cojo un caballo por culpa de algo que había pisado, mandó venir un ciervo del monte, lo enganchó a su carro y se sirvió de él durante todo el día, con gran gusto del animal. Llegado a su destino, lo despidió y el ciervo se marchó feliz de haber servido a tan gran santo.
Aunque Declan había convertido a muchos de los Déisi, el rey, Lebano, seguía aferrado al paganismo. Cuando llegó San Patricio por allá, se negó a darle hospedaje ni comida. Un ángel voló a avisar a Declan:
-Anda con ojo, que san Patricio está a punto de echar una maldición al reino de los Déisi; y como lo haga, ya sabes que no puede echarse atrás. 
Declan corrió a ver a su amigo y lo apaciguó; después se entrevistó con el rey, pero no consiguió más que atizar su indignación contra San Patricio. No veía en él más que a un extranjero metomentodo que venía a subvertir el país con costumbres y creencias extravagantes y exóticas.
-Vas a conseguir que eche una maldición a todo el reino.
-No me quitan el sueño las maldiciones de ese britano.
-No sabes lo que dices y me obligas a lo que voy a hacer.
Declan, que era de sangre real, habló con los jefes guerreros y con los labriegos. Los asustó con la maldición de San Patricio y consiguió que le retiraran el poder real a Lebano y lo aclamasen a él como cabeza del reino. Lebano marchó al exilio y nunca se supo más de él. Lo primero que hizo Declan fue rendir pleitesía a Patricio. Después, triunfante el golpe de estado, concedió la corona a Fergal mac Cormaic, con el aplauso de todos y satisfacción de Patricio, que más tarde declaró en Cashel, cantando en irlandés:
"Declan es el Patricio de los Déisi 
y los Déisi serán de Declan por siempre".
Estando en aquellos momentos de incertidumbre política, sucedió que Declano, al ir apresuradamente de un sitio a otro, pisó un hierro viejo que andaba tirado y se atravesó el pie de parte a parte. Sangraba abundantemente y no sólo no podía andar, sino ni siquiera tenerse en pie. San Sechnall, y San Ailbe fueron a avisar a San Patricio que con un toque de sus manos cerró y sanó la herida.  
Ya varias veces hemos visto el valor simbólico de la cojera como muestra de la fuerza sagrada que asiste a algún hombre. En este caso es obvio el parecido entre lo ocurrido a Declan y la desventura de Óengus mac Nad Froích, rey de Mumu, al que durante su bautizo Patricio atravesó involuntariamente el pie con el cuento de hierro puntiagudo de su báculo.
Otra vez, a uno de su comitiva que se había caído al suelo le pasó la rueda de un carro por encima y le segó una pierna limpiamente por la pantorrilla.
-Juntadle el pedazo y andando, que no hay tiempo que perder -dijo Declan.
Nadie del séquito se atrevía a hacer aquello, de la grima que les daba. Sólo un tal Dualach tuvo estómago para coger el pie y atárselo al muñón, y encima iba haciendo bromas:
-¡Paso al médico! ¡Verás qué pierna te voy a dejar! Te la voy a quedar para romper las piedras a patadas. Yo soy el rey de los reimplantes.
El caso fue que cuando llegaron a su destino y descubrieron la herida de la pierna, el miembro se había soldado y no quedaba ni la cicatriz.
-Tú decías -dijo Declan a Dualach- lo del médico por chiste: pero de hoy en adelante queda en ti, por valiente, la virtud de curar; y la heredarán tus descendientes.
Iba de viaje Declan cuando vio venir hacia sí una muchedumbre alegre con risas, gritos y cantos.
-¡Alto! -les dijo-: a ese niño quiero bautizarlo yo.
-¿Cómo sabes que llevamos un recién nacido a bautizar?
-Porque lo sé.
-Pero no tenemos pila ni sal.
-Para pila vale el río y sal ¿quién ha dicho que no hay?
Cogió Declan un puñado de tierra, escupió encima, lo estrujó entre las manos y al abrirlas apareció un puñado de sal blanquísima.
-A este niño vamos a ponerle Ciarán, y sabed que será un gran santo y una columna de la fe. 
(Hay que saber que se cuentan hasta siete santos Ciaranes en Irlanda)
-¡No podía dejar pasar -explicó Declan- la ocasión de bautizarlo, con la gran honra que eso supone para mí!
En aquellos días primeros del cristianismo de Mumu se abatió sobre la región una terrible epidemia que primero ponía a la gente ictérica y luego acababa rápidamente con ella. 
El rey tenía en palacio siete rehenes, hijos de siete reyes vasallos, y los siete murieron en una noche. Óengus estaba muy preocupado temiendo que esa muerte fuese causa de alborotos y revueltas entre aquellas naciones. Por eso recurrió angustiado a Declan.
-Van a decir que han enfermado por negligencia mía y esto será causa de muchas muertes de hombres.
-En la vida y la muerte no manda más que Dios. Recemos, que es lo que podemos hacer. Estos cuerpos ya están azules. Mala cosa...
Declan pidió a Dios que los muertos volviesen a la vida para poder recibir el bautismo y hacer una gran labor entre sus pueblos en pro de la fe. pronto comprendió que sus súplicas habían sido escuchadas. Al poco tiempo, los resucitados empezaron a mover los párpados y no tardaron en incorporarse de sus lechos mortuorios.
-Ahora voy a bendecir el reino para que se vaya la epidemia esta con viento fresco,
Declan, haciendo la señal de la Cruz en dirección a los cuatro puntos cardinales, limpió de enfermedad al reino y se fue a su tierra entre enormes muestras de gratitud.
No fueron éstos los únicos resucitados de San Declan. También sacó de entre las fauces de la muerte a Balín, discípulo de San Patricio, que se había ahogado en un río, y lo sacaron ya hinchado y morado como una ciruela. Y si cuando se ahogó estaba pachucho y achacoso, cuando resucitó lo hizo rozagante y en plena salud.
Declan solía alojarse en casa de Dercán (Ojito), un amigo suyo pagano y bromista.
-Vamos a gastarle una buena a este cristiano sabelotodo -dijo-. Vamos a cebar un perro, el mayor que encontremos, y la próxima vez que venga por aquí lo matamos y se lo asamos como si fuera cordero.
Sentados a la mesa de Dercán los monjes, empezó a aromar la estancia un perfume sublime de carne bien asada. Los estómagos ronroneaban y las bocas se hacían agua. Se sacó la carne a la mesa solemnemente. ¡Qué aspecto delicioso! Todos estaban impacientes por que Declan bendijese la comida y más Dercán y los que estaban en el ajo. Pero Declan, que ya era algo viejo, se había quedado traspuesto. Lo despertaron al fin, y no acababa de despabilarse y rezar la bendición.
-Padre, ¿qué esperas? ¡Que eso si se enfría no vale nada!
Bendición de la mesa. Tapiz de Bayeux, siglo XI.
-Es que estoy viendo no sé por qué alguna obra diabólica en esta mesa.
-Aquí lo único que hay es un cordero, animal nada diabólico sino muy suculento, diciendo "comedme". Ten compasión de nosotros y adelante con las preces.
-Yo sólo bendigo y como cordero con pezuñas, y no de éste que tiene dedos con uñas.
-¡Inútiles! -exclamó Dercán por lo bajo- ¡Os había dicho que enterraseis la cabeza y las patas!   
-No la tomes con ellos, Dercán; ha sido un milagro. Ellos enterraron las patas, pero Dios puede más. Tú... no digo dónde tienes la gracia.
-Hombre, era una broma, para echar unas risas.
-Esa broma era muy pesada, porque no sé si sabes que para nosotros es un pecado grave comer perro y nos cuesta una penitencia muy áspera aunque haya sido sin querer.
-No hay mal que por bien no venga, porque advirtiendo tu clarividencia, que excede a lo humano, en este mismo instante te pido el bautismo. Y bendice alguna cosa de aquí en memoria de esta cena felizmente frustrada. Vosotros, amigos, no temáis, que no soy tan pobre que no encuentre algo que llevarnos a la boca que aventaje al cordero ladrador. 
Declan bendijo una roca y le dio la virtud de que los ejércitos de los Déisi, cuando al ir a la batalla desfilaban en torno de ella, se tornaban invencibles.
Verdaderamente, Dercán no sabía hasta qué punto se la había jugado. Declan era severo castigando. 
A una mujer, que le robó al descuido un objeto difícil de identificar, llamado habellumkabellum o tabellum (¿acaso una tablilla de escribir, que podían ser muy valiosas?), y se lo escondió entre las ropas, se la tragó la tierra, que poco después, como si fuera el hueso de una fruta, escupió el habellum petrificado.
Como el monasterio de San Declan estaba junto al mar, un día llegaron piratas paganos a saquearlo.
-¡Padre Declan, padre Declan! ¡Que vienen los piratas! ¡Haz algo!
-Estoy haciendo otra cosa.
-¡Pero que lo talan y lo queman todo, arramblan con lo de valor, fuerzan a las mujeres y las llevan a vender, esclavizan a los hombres, degüellan a los enfermos y a los viejos inútiles, profanan los sitios sagrados...!
-Ya: que se encargue el hermano Ultan, que les haga la señal de la cruz.
Fueron desalados al monje en cuestión, San Ultan (pero no San Ultan el peregrino, del que he hablado hace poco, compañero de San Fursa, sino otro que se llamaba igual) y le reiteraron la misma angustiada llamada de auxilio.
-No puedo hacer la señal de la Cruz. ¿No veis que tengo ocupada en otra cosa la mano derecha?
-Pues con la izquierda, ¡caramba! ¡Que ya casi están tocando la playa!
San Ultan hizo la señal de la cruz con la mano izquierda y toda la flota invasora se hundió en las aguas. Los piratas surgieron luego de entre ellas, pero convertidos en peñascos.
San Ultan y San Declan discutían luego, cediéndose mutuamente el mérito del milagro, y quedó como proverbio "la izquierda de San Ultan" para referirse a un favor que parece pequeño pero que es de mucha ayuda.
Evariste-Vital Luminais: Ataque de piratas normandos
en el siglo IX.
Una vez, andando por Osraige, que viene siendo lo que hoy se llama Ossory en inglés, en el centro de Irlanda, un terrateniente no sólo no le dio posada a san Declan sino que lo mandó echar a palos de su casa. Esa noche, de sesenta personas que vivían en ella, murieron repentinamente cuarenta y ocho. Los restantes fueron a contar la tragedia a Declan.
-Ya lo sabía. Para que aprendan. Vosotros os habéis librado porque os pesó del mal proceder de vuestro amo.
Otra vez que pidieron posada en otra casa los mandaron a dormir a un establo viejo y ruinoso, gélido. Declan mandó a un frailecillo:
-Diles que te den por lo menos unas ascuas para hacer lumbre, que aquí nos helamos.
El chico volvió con las orejas gachas:
-Dice que no tienen lumbre ni para ellos.
-Están de enhorabuena, porque la van a tener pero bien.
Aquella misma noche, se declaró en la casa un voraz incendio que la dejó hecha cenizas y todos los que había dentro murieron miserablemente abrasados.
En cambio, otra vez que iba de camino vio de lejos el castillo de un amigo suyo, llamado Cainech, ardiendo por los cuatro costados. El edificio apenas se veía, pero por el resplandor  sangriento que enrojecía el horizonte, Declan comprendió lo que pasaba. Arrojó entonces como jabalina su báculo, que llevado como por milagrosas alas recorrió la enorme distancia por la región del aire hasta caer a hincarse en medio del edificio en llamas. Inmediatamente se apagaron éstas y todo el castillo quedó incólume, como si no se hubiera prendido en él ni una pequeña hoguera.
San Declan tenía en Ard Mór un pequeño reducto secreto donde se había mandado construir una pequeña ermita. Allí se refugiaba y escondía de la muchedumbre de fieles que  venían en busca de su santidad y poderes taumatúrgicos. No es de extrañar, ya que, según dice el autor de la vida, la mano se cansaría de poner por escrito las innumerables curaciones milagrosas que hizo, dando la vista a ciegos, el oído a sordos, la limpieza y salud a leprosos, el movimiento a paralíticos, cojos y mancos. 
La situación de la ermita estaba cuidadosamente estudiada. Quedaba oculta a las miradas, acurrucada en el fondo de un ameno bosquecillo por donde un arroyo corría a arrojarse en el mar, que se ofrecía a la vista en amplio y tranquilizante panorama.
Cuando sintió que le llegaba la hora, Declan mandó que lo llevasen a su deleitoso escondrijo. De entre todos sus discípulos, escogió para que lo acompañase en ese trance a San Mac Liach, pero antes quiso predicar una vez más al pueblo de la ciudad, que lo despidió con grandes muestras de duelo.
La festividad de San Declan se celebra el 24 de Julio. 



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